Meditaciones sobre la reencarnación de las formas

Autor: Jorge Ángel Livraga

publicado el 25-03-2018

En una muy vieja ciudad del Mediterráneo, he visto un ánfora de barro cocido, que se vendía entre otros heterogéneos objetos. Me he acercado a ella con estupor, pues por su forma era una «vinaria» romana del siglo I. Al tomarla entre mis manos descubrí que estaba recién hecha y que, unos metros más allá, multitud de recipientes parecidos se ofrecían al viandante.

Nueva Acrópolis - Ánfora de vinoEl primer momento fue de decepción, y pensé: «Esta ánfora me engañó». Mas pasó tiempo y he reflexionado. El ánfora no me había engañado; su forma era auténtica, solo el soporte material era nuevo y, por lo tanto, la hacía más parecida aún a una romana del siglo I, cuando estaba nueva. Es que mi experiencia me había mostrado tan solo ánforas antiguas, llenas de sales y pátinas; al ver una en su estado original no la reconocí y la llamé «falsa». Mas esas ánforas no habían sido hechas por rústicas manos con intención de engañar al turista –que en su pueblo no los había casi–, sino simplemente para transportar vino.

Pienso, ahora, que las formas son tenaces y perdurables, que retornan y renuevan su soporte, sin mermar por ello. La Forma, contrariamente a lo que opinan algunos filósofos, no es material, sino de origen mental e imponderable. La vemos y palpamos sin verla ni palparla. Lo que en realidad vemos y tocamos es la materia orientada y modelada sobre una forma espiritual: como en esos experimentos de nuestra adolescencia, cuando colocábamos un imán debajo de una cartulina, luego vertíamos sobre ella limaduras de hierro, y nos asombrábamos con el milagro de la orientación de las partículas que dibujan un huso sobre ambos polos del escondido imán. Si barríamos las partículas y colocábamos otras semejantes, el huso volvía a formarse idéntico. O sea, que el huso magnético perduraba, la forma perduraba más allá del cambio de las limaduras de hierro. El metal tan solo nos permitía ver y tocar el invisible e intangible huso de materia desprovisto, pero siempre expectante y siempre el mismo.

Así las miríadas de formas pensadas por la Naturaleza o por el hombre –en fin, pensadas por Dios– permanecen visibles o invisibles según las circunstancias de tener o carecer de materia que las corporice. No es la materia la que perdura, salvo que la consideremos en su expresión amorfa; es la forma la que le espera pacientemente en cada uno de los cruces de camino del tiempo. En esas encrucijadas las formas se tornan visibles, y luego el viento del tiempo se las lleva; pero el cíclico devenir de este universo curvo las trae de nuevo, y otra vez se fijan por un instante. Y en este instante son finas, son jóvenes, son únicas. Sin embargo, la forma dura más que lo formado; el tiempo no le afecta. Es mentira que la forma evoluciona; simplemente existen «familias de formas» que, como redes de mayor o menor peso, apresan unas diagramaciones u otras. La distancia entre las repeticiones hace que a veces digamos: «esta es una forma nueva». Si quien escribe no hubiese conocido las ánforas romanas del siglo I, jamás hubiese descubierto, bajo el barro moderno, el viejo molde invisible que las plasmó.

Esta es una ley universal. Es un dogma de la Naturaleza. Ni el espíritu por ser perfecto, ni la forma por constituir su imagen, evolucionan. Lo que evoluciona es lo intermedio, el mundo psíquico pasional y vital que hace sus experiencias aportando su protoplasma entre los dos polos de una perfección complementaria: el espíritu y la forma. De allí que los ideales de perfección, como armonía y belleza, sean perdurables, sean incorruptos, sean inmortales. Busquemos en espíritu y en forma la mayor perfección; rechacemos lo innoble, lo pasajero, lo inarmónico, lo corruptible, venga de donde venga. O mejor: aceptémoslo, pero con la sola condición de sujetarlo a las leyes inmutables de la belleza y la inmortalidad.

La arcilla es nueva, pero el espíritu y la forma son antiguos, inmensamente antiguos. Nosotros no copiamos; nosotros vivimos otra vez. Nada tenemos que ver con nuestros inmediatos predecesores; a esos ya se los llevó el tiempo; somos los mismos que levantaron la Academia y el Liceo, que auguraron con Apolo y danzaron con Dionisos.

El viento de la Historia que nos llevó del teatro del mundo, nos trajo otra vez en el retorno cíclico. Estemos a la altura, todos, de quienes fuimos y seremos, más allá de los engaños e ilusiones del tiempo y del espacio.

Créditos de las imágenes: Manuel

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Referencias del artículo
Artículo aparecido en la revista Nueva Acrópolis de España núm. 112, mes de enero de 1984

Un comentario

  1. Jose Alecrim dice:

    Es necesario leer y leer este artículo, una y otra vez, para perderse en su profundidad, que es abismal. Esta es la verdadera filosofía, la que lee en el Alma de la Naturaleza, la que se eleva como el fuego y calma la sed del alma como agua pura, la que nos despierta del sueño de lo que falsamente llamamos “vida”. Filosofía no es una red mental para entretenenernos o amargarnos, metamorfoseándonos a lo Kafka en bichos o parásitos. Filosofía es una antorcha encendida y un camino que recorrer.

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