Los Espíritus Elementales de la Naturaleza

Autor: Jorge Ángel Livraga

publicado el 05-07-2021

Para comenzar esta charla, me gustaría mencionar que si alguien me preguntara si he visto los elementales, le diría que sí, que los vi. Ahora bien, con eso, aunque aparentamos contestar algo no estamos diciendo prácticamente nada. ¿Por qué? Porque estamos en un mundo en donde hay una serie de factores que han separado a los hombres de los hombres, de la naturaleza y de Dios. Entonces, si alguien dice que vio algo, los demás dicen: «Bueno, vale, pero como yo no lo vi…».

Recuerdo que una vez me encontraba en un país hispanoamericano y había un periodista que al comentar yo la necesidad que tiene la humanidad de creer en Dios, de creer en un espíritu, en algo que rige los mundos, en un principio rector del cosmos, en el destino de las cosas, dijo: «Yo nunca vi a Dios». Yo seguí hablando de este fenómeno teológico que aparece en todos los pueblos, no solamente en los pueblos de la India, del lejano Oriente sino del cercano Oriente, de la América precolombina, de Europa… en donde todo grupo organizado de hombres, toda sociedad, todo Estado ha tenido siempre una creencia en algo espiritual, o en algo que es como un estandarte o bandera invisible que dirige a los hombres hacia un Ideal y a lo cual yo llamaba Dios. Y el periodista volvió a decir: «Yo nunca lo vi, yo no creo en Dios».

elementalesLa filosofía me ha dado larga paciencia, pero todo tiene un comienzo y un final. Entonces Dios que me hizo filósofo y escritor, pero también me hizo perspicaz por naturaleza, hizo que tras varias intervenciones, yo le preguntase:

– Señor periodista ¿usted visitó China?

– No.

– ¿Y usted cree en China?

– Sí.

– Eso es un acto de fe; eso no es ciencia, es religión.

– Pero, un momento, hay una diferencia profesor, porque yo puedo coger un avión e irme a China.

– No es tan diferente, muchos libros y muy valiosos y que leen millones de personas desde hace siglos dicen que hay caminos místicos que nos llevan a conocer a Dios. Tal vez sea más sencillo recorrer un camino místico que conseguir dinero para un pasaje.

Es decir, las cosas son a veces verdades intransferibles. Por eso he escrito este libro, aunque parezca una paradoja, porque el libro tiene una cierta intimidad. Los antiguos filósofos daban mucha importancia a la intimidad. La intimidad es la que nos permite a veces estar a solas sin que nadie nos juzgue y leer lo que queremos leer y de la manera en que lo queremos leer.

Es diferente a cuando estamos en público. Si estamos en una reunión social o estamos viajando en un avión en primera clase especial y todos los que están ahí son altos directivos que leen cuestiones económicas, políticas, sociales, uno no puede leer Mortadelo y Filemón[1] delante de toda la gente; tendrá que ponerlo en medio de algún tratado o algún ensayo y disimular un poco. Pero cuando uno está a solas consigo mismo, uno puede leer lo que quiere y puede volver a ser lo que uno realmente es, lo que la sociedad con sus zarpazos le fue sacando de encima. No es que lo fuese desnudando, sino que lo fue desfigurando. Por eso escribí un libro, para que este libro a solas pueda estar con cada uno de los que estéis interesados en el tema, y podáis leerlo y meditarlo.

Quería agradecer a Josef Machynka de la Academia de Arte de Viena, que fue quien hizo las pequeñas ilustraciones que tiene el libro. Aunque no esté presente querría darle las gracias y contar algo curioso. Cuando nos encontramos en uno de mis viajes, le comenté que quería escribir algo sobre los espíritus elementales de la naturaleza. Este señor, que es catedrático de dibujo, me escuchó pero no me prometió ni me dijo nada, tampoco me pareció que estuviese demasiado interesado en lo que le dije, pero al cabo de pocos meses llegaban a Madrid una serie de dibujos de elementales. Lo curioso es que sin haber leído mi manuscrito, que no lo había leído –además no lo hubiese entendido porque no sabe español, solamente habla alemán–, había coincidido con varias partes de mis artículos y con muchos de los personajes que yo incluyo dentro de este libro.

Tal vez mi formación científica haga que yo no crea en las casualidades sino en las causalidades. Toda cosa tiene una causa y tiene un efecto. Creo que entre los hombres existe una comunicación, existe algo que podemos llamar telepatía o coincidencia espiritual. Por tanto, si entre los hombres que tenemos un cuerpo físico, que estamos encerrados en una caja física, existe esa posibilidad de contacto metafísico, más aun, podemos tener contacto con otros seres que existan en otros planos de la naturaleza.

Hoy ya no podríamos rebatir la existencia de planos de la naturaleza en los cuales la energía prima sobre la materia. Hoy, cualquier estudiante de Física sabe perfectamente que un átomo está constituido prácticamente de energía. Lo que nosotros podemos registrar como orientaciones atómicas o spin cuántico es simplemente una cristalización de una enorme masa de energía. El átomo prácticamente no es material. Y el átomo constituye la molécula, la molécula constituye nuestras células, las células los tejidos, los tejidos constituyen nuestros órganos y así hasta nuestro cuerpo. Entonces, nosotros estamos hechos prácticamente de energía.

Lo que estamos viendo es similar a lo que pasa cuando debajo de un papel donde hemos puesto limaduras de hierro ponemos un imán. La energía del huso magnético se hace visible a través de la orientación de las partículas de metal, pero ya existía antes, y es lo más importante y es lo que verdaderamente tiene fuerza e impone la forma. De tal suerte, también nosotros somos cúmulos de energía con una pequeña proporción de materia. No son contrarios, porque materia y energía son interconvertibles. Los alquimistas lo dijeron, Pitágoras lo afirmó, pero hoy lo sabemos técnica y desgraciadamente la humanidad lo constató en base a elementos bélicos, como son las bombas atómicas arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki.

Si en este plano que es tangible existe eso, ¿por qué en otros planos, los energéticos, no pueden vivir otros seres? No lo estoy afirmando; lo pregunto simplemente. Es una posibilidad.

Si nosotros visitamos una casa en la ciudad de Valencia, y en esa casa vemos que hay una familia, vemos que hay muebles, que alguien lo ha arreglado todo, ¿por qué vamos a pensar que en las otras cinco, diez o mil casas no va a haber nadie? Aunque haya casas que yo no conozco en la ciudad de Valencia, tienen que estar pobladas. Si este mundo que nosotros vemos está poblado, también los otros mundos, aunque no los veamos, tienen que estar poblados, tal vez por seres un poco diferentes, tal vez con ciertas características que no son exactamente las nuestras, pero por ley de probabilidad tienen que estar poblados.

Un periodista me decía ayer, después de leer mi currículum, con muy buena voluntad: «Profesor, ¿por qué no escribió algo sobre ciencia, sobre filosofía pura? Usted está escribiendo sobre gnomos y los gnomos son un cuento». Creo que hemos perdido la filosofía del riesgo, debemos volver a arriesgarnos. Sabéis que Galileo, por ejemplo, se subió a la torre de Pisa y empezó a tirar piedras de diferentes tamaños. Hasta ese entonces toda la gente de la Edad Media y parte del Renacimiento pensaba que las piedras más grandes caían antes que las más pequeñas. Él demostró que no. Luego vendrían las teorías aerodinámicas que mostrarían que según la forma de los objetos se adquieren diferentes velocidades, pero pese a todo Pisa se reía de él.

Yo no tengo la importancia de Galileo, ni pretendo tener la importancia de estos grandes renacentistas, pero prefiero, en todo caso, que se rían de mí y presentar algo que considero que es una realidad y que afirmaron muchos otros hombres en el mundo.

Volvemos a tener necesidad de esas realidades y tal vez tenemos la necesidad de atrevernos a hacer reír. Ya hay demasiados que hacen llorar. Hay muchas viudas, hay muchos jóvenes que están llorando y están sufriendo en todo el mundo por guerras, guerrillas y atentados. Pongamos un poco de amor, pongamos una flor sobre estas secas tumbas, pongamos de nuevo una esperanza, pongamos de nuevo un contacto con algo que nos puede explicar el porqué y el cómo de ciertos mecanismos de la naturaleza.

Nosotros ya no podemos creer a estas alturas de nuestras investigaciones en la simple casualidad. La casualidad no existe; existe la causalidad. La casualidad es el nombre que le damos a la parte de la causalidad que ignoramos, de la misma forma que en ciertos tiempos de la humanidad se pensaba que los relámpagos los procuraban dos señores dioses golpeando los martillos en el cielo. Pero no es que sea un choque de las nubes porque sí, sino que hay toda una causalidad en este tipo de cargas magnéticas, y científicamente podemos admitir, porque hoy lo sabemos, que los rayos no bajan sino que primeramente suben.

Hoy sabemos cosas que antes entraban en el reino de lo milagroso. En la antigua Babilonia si yo hubiera hablado tan bajo a gente que está a veinte metros de mí, parecería milagroso que se me estuviese escuchando, y lo mismo el hecho de que haya lámparas tan poderosas que no echen humo. ¿Cuál es el concepto de lo milagroso, de lo fantástico? Simplemente ignorancia.

Estamos tratando de quitar un poco de esa ignorancia, de que tomemos contacto otra vez con el mundo de lo invisible, con el mundo de los sueños, con el mundo de las otras realidades. Las realidades materiales y tangibles no son nada más que pequeños bastones para caminar por la vida; pero hay otras realidades, espirituales, emocionales, mentales que son las que nos mantienen vivos, las que nos diferencian de los demás seres, las que nos unen a los otros humanos, las que nos permiten formar una sociedad, formar una familia o formar un grupo humano cualquiera.

Estamos lanzados hacia esas otras realidades. ¡Bienvenidos gnomos!, ¡bienvenidos elfos!, ¡bienvenidas ondinas! Si es que existís, nos traeréis un poco de belleza y de paz, y si no existieseis nos traeríais, aunque sea, un poco de entretenimiento. ¿Qué vamos a elegir? ¿Armas atómicas o elementales de la naturaleza? Por lo menos con esto no se hace mal a nadie; por lo menos con esto se logra penetrar un poco más en esta aparente irrealidad que nos rodea, en este entorno que es para todos nosotros una gran pregunta. Y Acrópolis, esta ciudad alta espiritual que queremos construir, trata de que todos nos hagamos preguntas.

Debemos interrogarnos sobre la vida, sobre el porqué y el para qué, porque eso nos mantiene vivos, eso nos lanza a dimensiones en donde la injusticia, el dolor y la barbarie no existen. Por eso me estoy refiriendo a estos a veces pequeños, a veces volátiles, a veces extraños seres de la naturaleza que a todos nos han sobrecogido en algún momento, o nos han alegrado nuestros años de niñez o daban consuelo a nuestras abuelas cuando con los pies bajo la mesa-camilla contaban estos cuentos a sus nietos, a sus pequeños, en un mundo ya perdido en donde había abuelas, había padres y había niños.

Queremos que vuelva a existir ese mundo; lo convocamos, lo invocamos. Queremos que de nuevo existan niños, queremos que haya padres responsables y haya abuelas que nos cuenten cuentos, que haya filósofos que nos enseñen a preguntarnos, que haya hombres que hayan tomado contacto con cosas que nosotros no podemos contactar.

Poco antes de venir a Valencia pasé por una subasta y vi un cuadro del siglo XVI, un simple bodegón con unas uvas, y le decía a la profesora Guzmán: «Tenemos que comprarlo para nuestra escuela». Quienes me oían me preguntaban para qué queríamos un bodegón con unas uvas. «¡Ah! porque esas uvas parecen venidas del paraíso, son diferentes, tienen una transparencia y una luminosidad que no tienen las uvas de esta Tierra. Además no se marchitan, no se aplastan, no caen». El milagro del arte inmortaliza las cosas, las fija y les da luz, y el milagro de la búsqueda filosófica puede llegar a inmortalizar y dar luz en este mundo de oscuridad y de terror.

En este mundo oscuro levantamos nuestras banderas de paz y de una investigación profunda de la naturaleza y queremos volver a tomar contacto con todos estos elementales, con todos estos semidioses, con todos estos ángeles custodios que puede que no sepamos que existen, pero sé que los necesitamos profundamente.

La teoría de que los espíritus de la naturaleza no existen porque no se ven es muy materialista, nos viene del siglo XIX, del positivismo comtiano. Comte no podría entender que si colocamos aquí un aparato de radio y lo conectamos, se produzca música. Él diría: «¿Cómo va a haber música si la habitación está cerrada? ¿de dónde viene la música?». Nosotros hoy sabemos que las ondas hertzianas atraviesan la pared como si no existiese y llegan hasta aquí convertidas, por medio del aparato, en música o en palabras. Y desgraciadamente, pese a esto, hoy la gente sigue pensando como en el siglo pasado, de un modo materialista, creyendo que las cosas que no se ven no existen. Y como los elementales no son normalmente visibles, pues dicen que no existen.

Muchas veces vais a ver en los jeroglíficos de los antiguos egipcios que se representan, no tanto los lados de un triángulo, sino los espíritus que habitan en esos ángulos. Es decir, esos espacios que parece que no tengan nada, no tienen materia sólida sino otra forma de materia que es la energía. Porque, como hemos dicho, materia y energía son la misma cosa. Es como la unión de dos átomos de hidrógeno con uno de oxígeno: agua, pero esa agua puede ser vapor, nube, hielo. Siempre es H2O; cambian simplemente las distancias entre las partículas. La sustancia universal –sustancia, del latín sub-stantia, lo que está debajo de las cosas– se puede subdividir en muchos planos y muchas densidades diferentes. Los antiguos la dividían en cuatro.

Estos eran los cuatro elementos: aire, agua, fuego y tierra. Estos cuatro elementos aparecen también en alquimia, en el atanor[2]. El atanor tiene cuatro partes: una inferior donde está la sal, lo concreto, lo cristalizado. Encima están los llamados dos mercurios, cuyo símbolo en química es Hg, uno superior y otro inferior, como el aire y el agua. El aire y el agua son muy parecidos; tienen corrientes, se mueven, y tanto el aire como el agua tienen sentido horizontal. En cambio, la tierra tiene sentido vertical, inferior, y el fuego tiene un sentido vertical superior, con lo cual se obtiene la cruz de las cuatro direcciones del espacio. En la parte superior del atanor está el azufre, que correspondería al fuego. En una parte aún más elevada, habría un quinto elemento conocido como el Fénix, el pájaro de la inmortalidad que va a renacer de sus cenizas. Aquí estaría el huevo del Fénix, que vuelve para renacer. Es el símbolo del hombre, es un símbolo de toda la naturaleza. Los antiguos pensaban que estos cuatro planos de conciencia estaban habitados por espíritus diferentes.

En el plano de la Tierra estaban los gnomos. Este nombre proviene del griego y significa «lo que surge de la tierra». También se agrupaban ahí las hadas. Estos gnomos y hadas colaboran en el funcionamiento pránico[3], vital del universo. Los gnomos son tal vez los elementales con los que es más fácil tomar contacto. En mi libro doy un ejercicio muy simple para entrar en contacto con ellos. Normalmente tienen forma humana, pero viven más tiempo que nosotros, muchos siglos, de ahí que lleven atuendos como medievales o antiguos.

No nacen como nosotros ni como los pájaros, sino de otra manera. Los gnomos de los pinos nacen de las bifurcaciones de las ramas. Se apoyan allí y lo dejan impregnado de algo que dará origen a nuevos gnomos con una forma idéntica a los grandes, pero más pequeños. En eso recuerdan a los insectos, que son iguales al nacer que uno grande, excepto por el tamaño.

Yo he estudiado un poco los gnomos que habitan cerca de los pinos. Ellos conciben una forma de adoración al espíritu del árbol, al genio que hay en el pino. Lo veneran y de ello se beneficia el árbol. Por eso suelen estar en círculo alrededor y dedicar una serie de ofrendas psíquicas, no físicas, al doble[4] del árbol, pues él también tiene su doble. Los árboles no mueren cuando se los corta, salvo que se muera la raíz. Mientras no muere la raíz, en ella está el genio del árbol. Los árboles, como todas las cosas, tienen alma y de alguna manera reencarnan, pues dejan su semilla y vuelven a ser arbolitos.

Los gnomos también reencarnan, o mejor dicho, se “re-eterean”, ya que ellos son etéreos… Dejan este plano etéreo para pasar a otro plano más volátil, muriendo de alguna manera al dejar esta dimensión más concreta. Sin embargo, después van a volver otra vez, pues el número de genios es fijo, y por ello no puede aumentar. Puede crecer el número de los encarnados, no el de los totales.

De la misma manera, el número de almas de la humanidad es fijo; hay un número concreto de almas. Si hay muchas encarnadas, habrá poco tiempo celeste y si hay pocas encarnadas habrá mucho tiempo celeste. Por eso cuando hay alta población en el mundo reina el materialismo, porque volvemos predispuestos al materialismo. No nos hemos lavado en el mundo devacánico[5], en el Leteo, y traemos recuerdos subconscientes. De ahí que digan que los niños de hoy son más avanzados que antes. No es que sean más avanzados, es que recuerdan su anterior experiencia de forma inconsciente.

Los elementales del Agua fueron muy conocidos por los pueblos de la antigüedad. Son las ondinas, tritones, nereidas. La misma palabra ondina viene del latín unda. Hay algunos que viven mucho tiempo en cavernas submarinas y otros viven fracciones de segundo en la costa, donde rompe la espuma. Hay elementales que tan sólo nacen y mueren. Por eso los antiguos griegos creían que la espuma en ese momento daba vitalidad, y relacionaban la espuma con el esperma humano, de ahí que Afrodita sea hija de la espuma (en griego afros). Esto condiciona nuestras definiciones ya que cuando hablamos de las cosas afrodisíacas todavía nos estamos refiriendo a un poder oculto que afortunadamente hoy no se conoce.

Os ruego que no incluyáis a las sirenas entre los elementales del agua pues son del aire. Las sirenas eran representadas por los griegos como mujeres con cuerpos de pájaros que cantaban muy bien. Recordad a Ulises, que obligó a sus hombres a taparse los oídos para no sucumbir a los encantos, y él, dado que quería escucharlas, hizo que le atasen al mástil de la nave.

En el plano del Aire podemos mencionar además dos grandes grupos: los silfos, muy poderosos, y los pequeños y menos poderosos elfos. Los silfos rigen la parte meteorológica, en donde se están observando fenómenos muy extraños que no funcionan solamente por isotermas o isobaras sino por algo inteligente. A veces vienen desviaciones y direcciones que tiran hacia diferentes lados. Es decir, que la ciencia tímidamente está empezando a sospechar que hay una especie de inteligencia automática o algo más allá de la simple diferencia de presión que mueve los vientos.

Los elfos viven en las corolas de las flores, hasta donde llega el perfume. Mueven las alas como los colibríes y ahí tienen su poder y su fuerza. Los médicos magos los utilizaban a veces en la parte curativa y ello nos ha quedado como tradición. Todavía hoy a los enfermos les llevamos flores, sin saber por qué lo hacemos… y aun a los muertos les llevamos flores para que les ayuden. Nos ha quedado la forma.

En el plano superior están los elementales del Fuego, tanto el fuego cósmico, es decir, solar, como los fuegos de las chimeneas. Se los llama generalmente salamandras, nombre que tendría muchos orígenes. Unos dicen que tiene origen árabe, otros que viene de la universidad de Salamanca. Las salamandras pueden ser vistas en el fuego de las chimeneas como serpientes negras verticales y son mucho más difíciles de ver en un relámpago o rayo.

También podemos hablar brevemente de los elementales de los seres humanos, llamados en la iglesia católica ángel de la guarda. Acompaña a los humanos hasta los siete años, pues a esta edad el Ego se integraría realmente. Hasta entonces el ángel de la guarda protege al niño, no físicamente, sino que le daría sugerencias de lo que tiene que hacer o no hacer, de lo que debe tocar o no. Pero lo que generalmente no se sabe es que la gente mayor también tiene guardianes, son los llamados ángeles custodios. No son como los de los niños, sino que serían como arcángeles; no los arcángeles cósmicos, sino ángeles, como en la antigüedad era la Fortuna o el Víctor, que daría al hombre buenas sugerencias, que le ayudaría en determinados momentos de la vida, que le evitaría los peligros.

Para terminar este tema que es amplísimo, quiero decir que en muchos pueblos distintos de la antigüedad los elementales fueron representados de la misma manera, lo que nos hace pensar que esas gentes observaron una misma realidad. Si los egipcios, mayas, griegos, medievales… todos los representan de forma muy parecida, podemos sospechar que vieron algo, porque si no, no podrían coincidir grupos que no estaban comunicados entre sí. Todos, sin embargo, tienen las mismas tradiciones, los representan de la misma manera, unidos siempre a la parte médica y a la parte espiritual, no sólo del Ego, sino a lo metafísico, a lo que está más allá de la parte física.

Como dije al principio: sí, yo los vi. Pero ¡qué importa eso! Lo que más importa es que cada uno vea aquello que tenga que ver, lo que más importa es que cada uno tenga una experiencia directa e individual que lo pueda arrancar, sacar de la masa, y que lo convierta otra vez en individuo a solas consigo mismo y con Dios. Eso es lo más importante. Por eso escribí un libro sobre los elementales de la naturaleza.

Lo he escrito con mucho cariño, no sólo hacia los seres invisibles sino hacia mis lectores, esos miles de amigos de los que no conozco el rostro pero que tal vez a solas, cuando nadie los vea, se van a despojar de todas sus envolturas extrañas y van a volver a ser niños y van a volver a tomar contacto con los espíritus de la naturaleza. Tal vez se den la vuelta rápidamente para intentar atisbar a un gnomo, a un hada o un elfo. Si lo he logrado estaré feliz porque habrá hombres que podrán tomar contacto otra vez con estos mundos hoy ignorados…

 

Pregunta:
A todos nos preocupa lo que no vemos, lo que no entendemos. ¿Bajo qué planteamientos hay que leer este libro?, ¿como una distracción?, ¿como una evasión o bajo un punto de vista científico? ¿De qué forma hay que introducirse en él?

Respuesta:
Mi respuesta es muy simple. Yo creo que hay que introducirse en el libro tal como uno es. Porque el científico no va a poder dejar de ser científico, ni el poeta poeta, ni el economista economista, ni el simple curioso curioso. Cada cual debe ver qué es lo que más le interesa, y qué es lo que puede detectar.

Hay una paradoja, y es que en este mundo científico no podríamos definir lo que es ciencia, ni conceptos como por ejemplo la fuerza.

Definimos los efectos de la fuerza, pero no el concepto de fuerza; ni siquiera sabemos definir qué es electricidad. No podemos definir exactamente lo que es ciencia en el sentido filosófico y profundo –no me refiero a una explicación que se puede dar a un estudiante de segundo de BUP–. Así que creo que cada cual debe leer el libro con su propia personalidad, con sus propias dudas o con sus propias afirmaciones, con sus creencias o sus escepticismos, auténticamente, y así va a encontrar algo que le puede convenir, que puede estar de acuerdo con uno, libremente.

Pregunta:
En el libro se habla de la arquitectura inmaterial de Wagner. ¿Por qué es tan importante Wagner?

Respuesta:
La música es una arquitectura, como la poesía. Esas arquitecturas o líneas de fuerza que permiten que existan cristalizaciones, pueden ser sonidos u objetos que están regidos por fuerzas de la naturaleza. Yo relaciono estas fuerzas con los espíritus de la naturaleza y me hago eco de las antiguas tradiciones que dicen que esas fuerzas de la naturaleza son inteligentes. Pero la verdad es que me referí a la obra de Wagner como podría haberme referido a la obra de Beethoven o de Bach; todos ellos estaban en contacto con lo invisible, con algo más allá, ya sea porque estaban en comunicación con los espíritus de la naturaleza o porque recordaban encarnaciones anteriores.

Por ejemplo, en la película de Mozart que acaban de estrenar[6], vemos que cuando Mozart tiene cinco años está tocando tranquilamente con los ojos vendados. Eso parece casi imposible, pues no había aprendido piano. Y hay algo que la película no refleja, y es que otra prueba que le hacían es que además de tener los ojos vendados, sobre el teclado del piano ponían una sábana. Es decir que no podía saber dónde estaban las teclas, sino que tenía que bajar directamente los brazos y poner los dedos sobre las teclas, y él lo hacía sin problemas.

Ahí hay una conjunción de recuerdos o hay una conjunción de contactos con otros seres, con otros mundos o con potencias o fuerzas parapsicológicas que no son normales. Nosotros, las personas normales, cuando queremos aprender un instrumento, ponemos el dedito, vemos dónde está el do, el re, el mi… Para esas otras personas, sin embargo, ha de ser diferente.

Contaba ayer a los periodistas que Miguel Ángel en una oportunidad, siendo joven, había hecho una escultura de un fauno. Y uno pasó por allí y le dijo: «No, jovencito, has hecho mal esta escultura, ese es un fauno viejo y los faunos viejos no tienen todos los dientes». «¡Ah, no se preocupe!». Tomó una maza y golpeó la boca del fauno, saltándole dos o tres dientes. Ese fauno está hoy en el museo del Vaticano. Cualquiera que sepa algo de escultura sabe que un solo golpe de mazo dado sobre una superficie que no sea plana es muy difícil que pueda producir ese efecto. Es evidente que estamos ante hechos que la sola razón no explica, y por eso tenemos que pensar que hay cosas que, aunque parezca que no son razonables, tal vez sean más razonables aún que la razón que nosotros conocemos.

Pregunta:
Aparentemente los elementales de los que usted habla parecen todos buenos y hermosos, pero la realidad de esos contactos en la vida es diferente. Si uno de los personajes malvados que ha habido en la historia tuviese un contacto con ellos, este señor no se encontraría ninguno bueno.

Respuesta:
En mi libro he tratado de exponer la parte positiva, la parte que no genere malas formas mentales, aunque en un apartado me refiero a unos elementales subterráneos que tienen una especie de trompa como si fuesen proboscídeos y que se alimentan de otros elementales, que son muy terribles y que crean pavor. Hay elementales que provocan el temor y el miedo.

Eso lo conocían los antiguos magos. La retirada de los hurritas y los hititas de Egipto tiene mucho que ver con esto. En los antiguos papiros encontramos que los animales y los hombres eran sobrecogidos por golpes de terror sin que tuviesen causa aparente para ello. Es decir que no había un ejército enfrente y sin embargo les venía el terror, los caballos se encabritaban, volcaban los carros, la gente huía. Pero de esas cosas, aun sabiendo un poco, he preferido no hablar, precisamente para no desencadenar ni siquiera indirectamente nuevos horrores en el mundo, porque ya hubo muchos horrores en el mundo. Por eso hablé de elementales buenos.

Pregunta:
En su libro habla de que se puede tomar contacto con los elementales. ¿En qué medida es aconsejable hacerlo?

Respuesta:
En mi libro explico los requisitos para que no se presente ningún elemental maligno. Hay una serie de condiciones previas de purificación y de pacificación del alma, como por ejemplo estar en un lugar ecológicamente limpio. Hay una ley de afinidad. Los elementales malignos que puedan parecernos repugnantes a nuestra vista están más bien en los lugares sucios, en los mataderos, en los lugares bañados de sangre. En los lugares limpios, en donde no existe esa violencia, los elementales no suelen asumir formas terroríficas.

Así y todo, una de las características de los elementales es su plasticidad. Los elementales son muy plásticos y se transforman frente a las personas. Si la persona tiene miedo, si empieza a imaginar cosas nefastas, el elemental empieza a tomar formas nefastas, pero si la persona no tiene miedo, si lo ve naturalmente, con un sentimiento de amor básico, el elemental no toma formas nefastas.

Eso nos pasa también en la vida cuando conocemos a una persona y le agredimos o decimos algo que pueda ser inconveniente y la persona reacciona mal. Pero si nosotros hablamos con las personas de una manera amable, si no les agredimos, salvo que nos encontrásemos con un loco, no nos van a atacar sino que nos van a tratar bien. Esto es exactamente igual. No habría verdadero peligro. Además, hay que recordar que todo lo que se forma son ilusiones, maya, como dicen los orientales.

Nosotros hoy tenemos un canon de belleza, pero dentro de la humanidad ese canon ha ido cambiando. Si hace trescientos años a un grupo de amantes de la pintura les hubiesen mostrado de golpe el Guernica de Picasso hubieran salido todos corriendo. Para alguien que tenga un gusto clásico es lo más espantoso que pueda haber en el mundo. Sin embargo, para aquel que tenga un gusto actual eso tiene un simbolismo, es maravilloso, y puede que frente al David de Miguel Ángel igual diga: «¿Y qué tiene de interesante un señor flexionando un brazo?», o ante la Venus de Milo diría: «Le faltan los brazos, verdaderamente no está completa» o ante la Victoria de Samotracia: «Parece que se acaba de bañar, es muy descocada, y no tiene cabeza». Depende de con qué ánimo lo veamos. Si tenemos un poco de pureza, un poco de sentido de belleza y de voluntad no nos deben asustar ni los elementales, ni ninguna otra cosa.

Pregunta:
Hay personas que padecen enfermedades mentales como esquizofrenia o paranoia y hacen alusión a una serie de hombrecillos que aparecen en su vida y que incluso les persiguen. Yo quería preguntarle si cabría establecer una relación entre esos personajes que ellos ven y los espíritus elementales que usted menciona en su libro.

Respuesta:
Podrían ser elementales, es evidente.

Algunas veces, dentro de almas balanceadas existen este tipo de temores, temores subconscientes, formas de superstición. Hay personas muy inteligentes, que pueden ser incluso catedráticos y que no pasan debajo de escaleras y si se les cruza un gato negro no les gusta. Son cosas que nos han quedado en el subconsciente o que sentimos íntimamente.

Pero más allá de eso, respecto a la pregunta, sí, pueden ser elementales, porque así como acuden las moscas cuando alguien tiene gangrena y una de sus extremidades se pudre, y también acuden a los cadáveres y a la carne podrida, de la misma manera sobre las personas que padecen enfermedades psíquicas muy graves es probable que acudan moscas de otros planos, moscas psicológicas que les rodean. Es lógico.

 

Notas

[1]“Mortadelo y Filemón es una serie de historietas humorísticas creadas y desarrolladas por el autor español Francisco Ibáñez a partir de 1958, la más popular de las suyas, y probablemente de todo el cómic en España”.

[2] En todo laboratorio alquímico el instrumento central y el más característico es el horno de fusión, también conocido como atanor. Proviene del árabe hispánico, attannúr, este del ár. clás. tannūr ‘horno’

[3] Del sánscrito “Prana”, vida, energía vital.

[4] Se refiere a lo que se denomina en filosofía esotérica “doble etérico”, una materia más sutil que la del cuerpo, que ínterpenetra absolutamente todo nuestro cuerpo físico y sobresale apenas un poco, como si fuera un resplandor, el aura.

[5] Nombre derivado del sánscrito Devachan, que se refiere a un estado de existencia más sutil que el de la materia física, normalmente asociado a la “vida celeste” que mencionan múltiples filosofías y religiones.

[6] “Amadeus”, película estadounidense de 1984 dirigida por Milos Forman.

 

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Los espíritus elementales de la Naturaleza

Créditos de las imágenes: Marek Piwnicki

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Referencias del artículo

Conferencia-presentación del libro Los espíritus elementales de la Naturaleza pronunciada el 10 de mayo de 1985 en la sede de Nueva Acrópolis, Valencia, España.

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