Magia en el siglo XX

Autor: Jorge Ángel Livraga

publicado el 10-10-2018

Renace en pleno siglo XX la necesidad de recobrar un sentido mágico de la vida.

¿Quién no siente hoy la nostalgia de un mundo mágico al que el hombre tuvo acceso en lejanos tiempos?

Nueva Acrópolis - Magia siglo XXAnte todo, hemos de determinar qué podemos entender por magia, dado que esta palabra, como tantas otras, ha sido tergiversada con el correr de los siglos, con el cambio de las opiniones, con las distintas direcciones de los vientos de la historia, y ha tomado diferentes significados.

Parece entenderse por magia una suerte de prestidigitación, o de hechicería, contraria a las religiones. Sin embargo, magia, etimológicamente tiene su raíz en Mag que viene a significar algo grande, importante.

Magia o “magna ciencia” es una ciencia que relaciona todas las cosas. Es evidente que hoy, con nuestra mentalidad actual, resulta difícil entender de forma clara qué es la magia, ya que la filosofía postcartesiana ha separado la magia de la religión, de la ciencia, y es el nuestro un tipo más de análisis que de síntesis, por lo que resulta casi imposible hacer realidad aquel ideal platónico del hombre filosófico, del hombre mago que podía tener un conocimiento integral.

Hoy vivimos en el mundo de los especialistas, que llevan dentro una semilla de antítesis porque la especialización excesiva ciega la conciencia para con los otros campos del conocimiento.

En los tiempos más remotos existió un tipo de conocimiento integral, que trataba de que el hombre captase ciertas constantes de la naturaleza que estuvieran más allá de las especificaciones.

¿Cuáles son los elementos fundamentales dentro de la magia?

Hay que tener en cuenta que, a pesar de la diferencia de civilizaciones y de lugares geográficos, existen elementos comunes a todos los pueblos.

Las aceptaciones son fundamentales en la magia. Si bien hay algo en nosotros que rechaza la aceptación como punto de partida, no hemos de olvidar que incluso en nuestros días los conocimientos científicos se basan en admitir constataciones previas y creencias generalizadas. Aceptamos, por ejemplo, la distancia entre la Tierra y la Luna sin dedicarnos a comprobar por nosotros mismos si es como se nos dice.

Para poder extraer los elixires básicos de la magia hay que fijarse en esos postulados. El primero, y quizá el más importante, es el de la relación universal cósmica: todo está relacionado y lo que pasa en cualquier lugar del universo nos afectaría indirecta o directamente.

¿Cuántas veces, al ver el agua de un estanque ondularse cuando arrojamos una piedra, nos hemos preguntado adónde va esa energía que llega hasta el borde del estanque? ¿Es que algo puede desaparecer de forma total? ¿No golpeará esa agua también la piedra, aunque sea de manera mínima?

De alguna manera nosotros también recibimos la influencia del mundo circundante al que estamos sujetos.

La Magia de todos los pueblos ha sostenido esa interrelación, no solo entre las cosas materiales sino también en las cosas que están más allá de la materia. Y aquí entramos en el segundo postulado mágico: la existencia de seres que no pueden medirse, saborearse, tocarse, pero que de alguna forma existen.

El positivismo del siglo XX hubiese negado esta afirmación; hoy sería imposible negarlo. Y la magia considera que esa realidad inmaterial no está aparte, sino que está incluida dentro de un mismo universo, aunque en otro plano de conciencia.

La magia de todos los tiempos admitió siempre la existencia de Dios, un Dios que no se puede definir, porque definir es limitar y comparar con otras cosas que no son lo que definimos, y no podemos hablar en términos absolutos. Incluso cuando nombramos a la Divinidad la limitamos.

La magia aceptó también la existencia de los espíritus y vio siempre al hombre como a un espíritu encarnado. Para la magia nosotros somos básicamente criaturas espirituales que nos reflejamos en lo material. Por eso el hombre, para la magia, no comenzaría cuando nace ni terminaría cuando muere, sino que su existencia en la tierra sería pasajera.

La magia ha aceptado asimismo la existencia de los espíritus incorpóreos, ya sea los llamados espíritus de la naturaleza –los elementales de tierra, agua, aire y fuego–, o los ángeles, o los dioses: seres inteligentes que pudieran no tener cuerpo físico, y aun la existencia de seres que no sean forzosamente inteligentes. Nosotros solo podemos concebir a seres pensantes o razonadores que, todo lo más, son una exaltación o una deformación de nuestra propia imagen. No olvidemos que cuando queremos imaginar algo, nos es muy difícil crear realmente, y concebimos el mundo y los seres solo a imagen y semejanza de nosotros mismos.

La vieja magia concebía la existencia de seres en dimensiones completamente diferentes, con propiedades completamente diferentes. Pensaba también que, siendo el hombre espiritual, tenía capacidad para relacionarse con los mundos espirituales, de concebir y vivir en un mundo invisible asistido de alguna forma por estas fuerzas de la naturaleza.

Llegamos a otro de los postulados fundamentales de la magia: el hombre no solo tiene para su existencia este vehículo de carne; tiene también otros vehículos, otros cuerpos, otras formas de expresión, una suerte de vehículo vital o magnético, otro mental, intuicional, etc.

Esta conformación nos permitiría realizar una serie de fenómenos como la telepatía o la levitación, basándonos en una serie de cuerpos que el hombre común no utiliza.

La magia también ha sostenido que el hombre puede retornar a la tierra más allá de la muerte, es decir, la teoría de la reencarnación, que considera que el hombre no termina su misión en la tierra con una sola vida, sino que existen fuerzas o deseos que lo traen otra vez al mundo. En India estos deseos se llaman skandas, las causas de acción que hacen que un hombre vuelva otra vez al mundo con nuevas oportunidades.

De ahí que también, en otro de los postulados de la magia, esté el número fijo de las almas. Esto haría que en los momentos de gran crecimiento demográfico estas tuvieran periodos celestes más breves; en cambio, en los momentos de menos población estos períodos fuesen más largos. Esto explicaría el que en las épocas en que la Tierra está menos poblada exista una espiritualidad mayor, y en las de mayor crecimiento demográfico se fortaleciese el materialismo por esa carencia de vida en el mundo celeste.

Hay muchos más puntos fundamentales de la magia que no analizaremos ahora. Basten los ya mencionados para definir la “mentalidad mágica” como especial: es elaborada y a la vez simple y fundamental.

Se podría pensar que ya no hay seres en el siglo XX con esa mentalidad mágica en un mundo de urgencias materiales. Pero podemos constatar que este viejo espíritu de la magia interesa más al hombre del siglo XX que al del siglo XIX, más positivista y materialista.

El hombre que sabe que la ciencia no es la panacea, que sabe que hoy, con todo nuestro desarrollo, con toda nuestra posibilidad de comunicación, hay preguntas fundamentales que siguen acuciándonos; ese hombre tiene una vida interior que no se ve tan afectada por el mundo circundante, que hoy sabemos que no da la felicidad. Vemos que los avances de la ciencia y del materialismo nos han convertido en una especie de robots que van mirando hacia abajo; estamos sujetos a nuestras limitaciones.

Pero en este siglo se abre algo que podría ser como una mitología del siglo XX, se abre una búsqueda, un interés por ese mundo invisible, que está más allá de la materia.

En distintos lugares de Europa hay grupos interesados seriamente en las cosas de la magia, que investigan tradiciones que encierran tantos elementos antiguos.

Hoy mismo aquí, en España, uno puede encontrarse con restos de la magia griega, celta o romana, y en el subconsciente colectivo del hombre reflorece la necesidad de un mundo mágico en el siglo XX. Muchas veces las exageraciones que leemos sobre seres extraterrestres, sobre brujería y similares no son más que reflejos de la búsqueda de una magia primera, que es instintiva. Sentimos todos nosotros, que tenemos necesidad de contacto con un mundo mágico.

Evidentemente, no creemos en lo que dicen revistas o periódicos sobre tal o cual signo del zodíaco, pero pueden existir relaciones con el mundo cósmico que nos rodea, según el momento en que hayamos nacido y dónde hayamos nacido, y eso hay mucha gente que lo empieza a sentir y percibir y se siente curiosidad por ello.

Esto explica también que los estudios sobre esoterismo vayan cobrando otra vez auge, e incluso se hable de especialidades sobre estos temas.

Renace en pleno siglo XX la necesidad de recuperar un sentido mágico de la vida. No nos conformamos tampoco con desaparecer de manera total de este escenario, y muchas veces hay como una voz secreta que nos dice que conocemos lugares donde nunca estuvimos y presentimos lugares que nunca hemos visitado y reconocemos a personas que parece, al verlas por primera vez, que las conocemos desde el fondo del tiempo.

Tal vez las respuestas a estas preguntas nos podrían poner en contacto con un mundo que no fuese fantástico, imaginativo, que tal vez fuera más apasionado, como era el mundo de los antiguos. El hombre de hoy carece de pasiones; siente las básicas, pero siente vergüenza de mostrar los sentimientos. ¡Qué lejos estamos del Imperio Romano en el que cuando alguien lloraba de emoción guardaba sus lágrimas en lacrimatorios! Esa gente no se avergonzaba de sus lágrimas, sino que las guardaba como cosa sagrada.

El mundo del siglo XX está renaciendo a ese mundo de pasiones grandes, está recobrando el gusto por la oratoria, renace la necesidad de creer en Dios. Este siglo XX nos ha cortado las alas de tal manera que nuestros niños no se avergüenzan de hablar de sexo, pero se avergüenzan de hablar de Dios.

Se siente esa necesidad de ser y de creer en las cosas superiores, en las cosas perennes, de creer en Dios, creer en nosotros mismos, creer en la victoria, creer en la derrota, creer en el amor, en la amistad, en la concordia. Nosotros hombres del siglo XX podemos arreglar cosas materiales pero lo que más necesitamos arreglar son los problemas de la gente.

De ahí que la magia en el siglo XX sea una realidad ascendente y los años venideros verán cada vez más personas interesadas por las cosas que no se apresan con las manos y que rigen nuestro destino, como en la época de nuestros abuelos, en que no se apresaban con las manos las estrellas, pero regían las rutas de los barcos.

Créditos de las imágenes: AtmanVictor

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Referencias del artículo
Artículo aparecido en la revista Nueva Acrópolis de España n.º 31, en el mes de septiembre de 1976.

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