Esoterismo y orientalismo

Autor: Delia Steinberg Guzmán

publicado el 10-04-2021

En repetidas oportunidades hemos insistido en el sentido que Nueva Acrópolis asigna a la Filosofía. Efectivamente, para nosotros Filosofía es, como en sus comienzos, “Amor a la Sabiduría”. Y con Platón afirmamos asimismo que amamos precisamente aquello que nos falta, aquello que más necesitamos: la Sabiduría

Por ello no nos pretendemos sabios, al contrario, admiramos a los Sabios que han llegado a un estadio de evolución que para nosotros es apenas un atisbo.

Cuando hablamos de “Filosofía Esotérica” no hacemos más que reafirmar el sentido profundo y aun oculto de la Filosofía, del verdadero Saber. La palabra esoterismo indica lo interno, lo guardado, por contraposición a lo exotérico, lo externo y visible. Los filósofos de todos los tiempos, y aún nuestra propia experiencia, nos han enseñado que la Filosofía no es exotérica o externa de buenas a primeras; ella se torna externa, se hace visible en la medida en que avance en el saber; cuanto más sabemos más vemos. Por eso es lógico que la mayor parte de los conocimientos nos resulten esotéricos, es decir que aún permanecen ocultos ante nuestra ignorancia, sin que ese ocultamiento sea definitivo ni característica propia del conocimiento.

Esoterismo y orientalismoAsí como aceptamos en la vida diaria que hay elementos propios de unas edades de la vida y no de otras; así como aceptamos una educación progresiva en base a grados que van desde el aprender a leer y escribir hasta el profesionalismo más acabado, del mismo modo hay en la Filosofía etapas del conocimiento. El esoterismo marca aquellas verdades que no son compatibles con la vulgaridad y la inconsciencia, tal como un cirujano se cuidaría mucho de dejar un filoso bisturí en manos de un niño pequeño. No es que el bisturí sea “malo”; simplemente su forma de uso correcto es “esotérica” para el niño, que obtendría más perjuicios que beneficios sin una enseñanza adecuada del manejo de estos instrumentos.

Para penetrar por las puertas del conocimiento esotérico hay, pues, que dejar de ser niño, filosóficamente hablando. Hay que tener algo más que simple curiosidad. Hay que sentir la extraña ansiedad interior que merece llamarse Filosofía, Amor al Conocimiento. Entonces lo exotérico deja de serlo para convertirse en saber actual y consciente, y aún exotérico en la medida de las posibilidades de comprensión del mundo circundante.

Y ya que de esoterismo hablamos, cabe aun la referencia a la habitual confusión que provoca este término en cuanto se emparenta siempre con “orientalismo”. Es indudable que el viejo mundo del Oriente ha legado a la humanidad joyas del saber que no podrán empalidecer los siglos, ni aun la ignorancia de la gente. Es indudable que el Oriente ha sido maestro en esoterismo, en enseñanza gradual de los hondos misterios de la Naturaleza toda. Pero sería injusto creer que tan solo Oriente tuvo misterios esotéricos, cuando en verdad ellos no faltaron ni en el Medio Oriente, ni en Occidente, abarcando África, Europa y América. Todas las antiguas civilizaciones –y algunas de las modernas—tuvieron sistemas de paulatina comprensión de las verdades profundas; fueron muchos los pueblos que supieron encaminar a sus hombres con habilidad y cuidado por las peligrosas sendas del saber. Pero las bifurcaciones de la Historia han llegado a diferenciar en buena parte el destino de estos. Es así como hoy (buscando como siempre lo que nos falta) en Occidente se desata la moda por el “orientalismo”, y cabe consignar que, del mismo modo, Oriente mira con simpatía los elementos civilizatorios occidentales. El mundo del oeste ha preferido evolucionar en base al desarrollo técnico, mientras que el este ha persistido en una visión mística de la vida. Pero un mundo y otro han caído en extremos peligrosos que, por una puerta u otra, han dejado paso a un materialismo venenoso.

El exceso de tecnificación ha vuelto los ojos del hombre exclusivamente hacia la tierra, y le ha hecho perder los horizontes del espíritu que, justamente por espirituales, no se pueden imbricar en la lógica de las máquinas. El exceso de mística, en abandono de los intereses de la tierra, ha tornado indefensos a los hombres del oriente que, de todos modos, han caído en garras de la abulia, simplemente aplastados por la fuerza de esta enfermedad del mundo actual, según la cual el hombre vale tan solo en la medida de lo que produce materialmente.

Vemos, pues, que ya no cabe el paralelo entre esoterismo y orientalismo, así como tampoco podríamos enfocar la búsqueda de un esoterismo contando tan solo con las tradiciones de una sola parte del mundo.

Hay miles de enseñanzas esotéricas que duermen delante de nuestros propios ojos. Todavía el hombre sigue siendo un misterio para sí mismo, y la Naturaleza encierra más secretos que los que se han logrado descubrir. En todos los pueblos subyacen tradiciones de épocas antiguas, donde los símbolos encubren verdades de una ciencia mágica, para las que las razones de los fenómenos eran mucho más profundas que la simple apariencia. En fin, que es por eso que en Nueva Acrópolis estudiamos filosofía esotérica, en busca de las raíces más intrínsecas que nos lleven al porqué de todas las cosas; y estudiamos con la paciencia que presupone la Filosofía: el saber esperar el momento adecuado, el hacerse digno del conocimiento, y el reconocer que en este mundo dual todas las cosas son dobles: lo que está oculto y lo que está develado. Lo oculto nos llama; seamos filósofos.

 

Créditos de las imágenes: Hassan Ouajbir

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Referencias del artículo

Originalmente publicado en la Revista Nueva Acrópolis número 32, en octubre de 1976.

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