El poder de la mente sobre la materia

Autor: Jorge Ángel Livraga

publicado el 15-02-2019

Quizás lo que necesitamos sea una aproximación más bien práctica que teórica al tema del poder de la mente sobre la materia.

Este poder es uno, tal vez el más viejo de todos los poderes del hombre. Desde que el mundo es mundo, el hombre trató de que la materia le sirviese, le fuese útil, y para lograrlo no sólo tuvo que trabajar la materia, sino que primero tuvo que pensar la materia. Es el viejo ejemplo del alfarero que primero sueña y piensa su vaso, y luego lucha con la materia que, en general, se resiste en virtud de la inercia que le es propia: la tendencia a caer a la tierra, a participar de aquello de lo cual se levantó.

La mente, en cambio, es la forjadora de la forma. La forma no es estrictamente material, sino que es mental. Sus raíces son más altas y más espirituales.

Para comprender esto no creo que basten las fuentes occidentales. En Occidente, los estudios de psicología, y aun los de parapsicología, son relativamente nuevos desde el punto de vista científico.

Por ejemplo, ante fenómenos como el de la telepatía o la telequinesis, los científicos, los parapsicólogos, no se han puesto totalmente de acuerdo. Si en verdad hubiera realmente una ciencia de estudios psicológicos y parapsicológicos, sabríamos a qué atenernos, evidentemente. Así, ante cualquier fenómeno físico o químico, los científicos ofrecen un conocimiento de la intimidad del mismo; pero, si bien la materia es relativamente conocida, la mente no lo es. Su alcance no se conoce suficientemente y, sin embargo, el hombre se caracteriza por poseer mente. En sánscrito, por ejemplo, “hombre” se dice como en inglés, “man” y “Manú” es el hombre por excelencia, es decir, el que dirige hombres, el rey de hombres. Y se habla de “Maná” como el poder de plasmar con la mente cosas, el misterioso poder de Kriyashakti. Y se habla también de que el hombre está constituido en gran parte por el elemento “manas”, es decir: “la mente”.

Para los orientales, la mente es una suerte de puente o de elemento copulativo entre lo espiritual (purusha) y lo material (prakriti) que se encontrarían unidos y anudados por este elemento mental. Platón también decía que Dios soñó primero el Universo (arquetipos) y, luego, éste se plasmó; y que nosotros, para poder plasmar las cosas, necesitamos llegar a nuestro propio arquetipo o logos, a nuestro propio mundo de lo inteligible.

Pero veamos: en un sentido más práctico tenemos una tendencia a confundir la mente con la imaginación. ¿Qué es la mente en sí? Digamos que lo sabemos por experiencia, aunque no lo podamos definir de manera racional.

Y ¿dónde termina la materia? No podemos anclarnos en una concepción tipo siglo XIX. No se trata de estudiar en primer lugar a la materia, sino más bien a nuestra capacidad de conciencia.

Las cosas existen para nosotros en cuanto las concienciamos o les prestamos atención. De ahí que, si bien la mente no puede ser conocida, sí podemos decir que es un instrumento de conciencia que se adorna con la imaginación y a veces está trabado por la fantasía. Todo es según la calidad de nuestra mente y la posibilidad de fijarla en una cosa o en otra.

Todo lo que nos ocurrió en el pasado, revive para nosotros en cuanto empezamos a pensarlo. Según cómo dirijamos el foco de nuestra mente, estaremos en contacto con la realidad. De ahí que, desde el punto de vista de la filosofía antigua, se sostiene que la mente es fundamental: participa de una parte material y de una parte espiritual. Para los antiguos indos, “manas” tiene dos aspectos: uno, no condicionado o “arupa”, y otro, condicionado o “rupa”.

Si situamos nuestra mente en aquello que es incondicionado, todo lo que está condicionado no nos toca, o nos toca relativamente. Si estamos aferrados a las cosas de la materia, todo nos afecta.

El dominio de la mente es fundamental para dominar la materia. El primer punto a tener en cuenta es el dominio común de la mente sobre la materia, que sería el ejemplo del alfarero a que aludía antes. En cuanto al dominio fuera de lo común, necesitamos puntualizar que lo milagroso o extraordinario está limitado por nuestra propia posibilidad de captación.

El materialismo se debe a una alienación según la cual, en base a los conocimientos técnicos conseguidos, todo se tiñe de materia, aun lo que es inmaterial.

¿Se puede, con el poder de la voluntad, llegar a doblar una cucharilla, si la mente maneja la energía? ¿No podemos, con el calor, doblar un metal? Y hoy sabemos que cosas, que son inamovibles para formas de materia, no lo son para formas de energía. Por deducción, sacamos entonces que podemos poner en movimiento fuerzas de la Naturaleza que hagan que objetos inertes se comporten de manera atípica, de una manera no común.

Si de la misma forma que he desarrollado mi lengua o mi garganta, hubiese desarrollado la transmisión del pensamiento, ¿no podrían llegar a vosotros, así como mis palabras, mis pensamientos? ¿Cuántos de nosotros no hemos tenido la experiencia de estar leyendo la mente del que está en frente a nosotros, de saber lo que está pensando? ¿Y cuántos de nosotros no tienen experiencia de saber cuando a un pariente o a una persona querida le pasa algo, sentirlo como si fuese en nosotros mismos? Es una prueba más que científica; una prueba personal, tangible y objetiva de la existencia de un mundo mental, de una dimensión en la cual se mueve la mente. Porque si hablamos -como dicen los orientales- de que además de cuerpo físico tenemos un cuerpo psíquico, un cuerpo energético y un cuerpo mental, cada uno de estos vehículos tendrá que moverse en una dimensión. Sería bueno conocer cómo es esa dimensión de la mente.

Nuestro cuerpo mental es muy parecido al físico. El mundo físico no es más que como un reflejo del mundo mental. Nuestro problema es que a veces no nos damos cuenta, porque el materialismo nos ha cegado, de que necesitamos cuidar ese mundo mental de la misma manera que cuidamos el mundo físico. ¿Quién dedica algo a su parte mental o superior? Así como el ejercicio de un músculo hace que ese músculo pueda tener una determinada fuerza, de la misma manera, si nosotros podemos manejar nuestros elementos mentales, podremos entonces tenerlos depurados. A veces decimos: “No tengo poder mental”. Pero no cuidamos nuestra mente; no nos preocupamos de limpiar cada día nuestra mente, de lavarla, alimentarla. Si el cuerpo físico se alimenta de cosas físicas, la mente se alimenta de ideas, pero si la alimentamos de ideas corruptas o de pequeñas ideas, lógicamente la mente apenas podrá tenerse en pie. Si todos los días la alimentáramos y cuidáramos, tendría otra robustez, otra potencia, otra posibilidad.

Los orientales también enseñan que esta mente tiene vehículos inmediatos, que no serían la parte física, sino la parte energética. Enseñan que corren a través de nuestro cuerpo tres energías, que ellos llaman: Ida, Pingala y Sushumna.

Ida y Pingala serían las fuerzas positivas y negativas, masculinas y femeninas. Sushumna es una fuerza vertical. Las tres energías, debidamente coordinadas, permitirían la realización de esos fenómenos parapsicológicos que, sin embargo, para aquellos que han hecho estos estudios en el lejano Oriente o que los poseen de manera natural, no tienen ninguna importancia.

Nuestra aplicación del poder de la mente sobre la materia debe darse no tanto para realizar fenómenos más o menos impresionantes, sino para realizar un fenómeno mucho más importante, más humanístico, más personal. El poder de la mente sobre la materia debe utilizarse para manejarnos a nosotros mismos, para no dejarnos arrastrar por nuestras pasiones, para no lloriquear nuestras enfermedades, para tener sentido de la voluntad, para memorizar lo que leemos, para atrevernos a dar un paso hacia delante que nos mejore. Ese es el verdadero poder de la mente sobre la materia.

Es obvio que la materia se defienda con su inercia. Lo primero que hay que hacer para el dominio de la mente sobre la materia, es hacer dos listas básicas: ¿Qué me gusta? ¿Qué no me gusta? Y todos los días, tratar de no entregarse a lo que nos gusta y hacer una pequeña cosa de lo que no nos gusta. No decir: “Abandono, lo dejo; desde ahora en adelante mi mente triunfará sobre la materia”. No, eso es estúpido. La materia es inteligente, sabe lo que quiere, sabe a dónde va, sabe de dónde viene. Tiene su inteligencia. Antes la llamaban “diabolismo”. Si atacamos directamente nuestros defectos, nuestros defectos se transforman y nos engañan. Tiene que ser poco a poco. Todo está según dónde ponemos la mente. Lo fundamental está en dirigir la mente, el poder de la imaginación que se torna fantasía cuando crea ideas circulares.

Debemos controlar esa vida íntima dentro de nosotros; tratar de dominar nuestra imaginación, y la fijación de nuestra imaginación; que no se torne una fantasía como un pulpo enloquecido que nos arrastre. ¿Cómo diferenciar lo que es propio de uno y del alma, de aquello que se le ha adherido, que se le ha pegado al alma? Aquello que es propio del alma es aquello que dura mucho. Aquello que no dura mucho, no es propio del alma.

Y ¿qué es lo primero, pues, para conocer el poder de la mente sobre la materia, sobre nuestra propia materia? Hacer algo continuado, hacer algo que tenga un fin; no empezar mil cosas y no terminar ninguna; tratar de entender que todo el Universo va hacia alguna parte. ¿Os habéis preguntado, en las noches, por qué caminan esos grandes batallones de hormigas? Sé que hay mil explicaciones, pero ¿por qué esa ansia de sobrevivir en todas las cosas? ¿Por qué esa ansia de vivir de las estrellas, de las hormigas, de los gusanos, de los hombres? Porque todo el Universo marcha hacia alguna parte. Porque toda idea, incluso, es como un ser vivo que trata no solo de vivir, trata de no morir y de reproducirse. De ahí que, para poder tener una ideología, necesitamos tener básicamente ideas puras, sanas y fuertes. Y para ello, si podemos, hacer ejercicios mentales de concentración de la mente, de fijación de la mente, que nos ayudarán a tener un sano discernimiento.

Se trata de tener una nueva forma de ver las cosas, esa forma que llamamos Acrópolis, una ciudad alta, no en lo físico, sino en lo mental. Que cada uno de nosotros encuentre su montaña interior; y no solamente su montaña interior, sino también ese pasaje que va elevándose hacia la cumbre. Que cada uno de nosotros conozca también la soledad, que conozca un poco del frío interior; esa soledad y ese frío espiritual que nos hace tanta falta. Que esa soledad y ese frío espiritual nos calmen la fiebre de nuestro caminar por el mundo. Todos tenemos problemas; todos tenemos angustias; todos tenemos ciertos sentimientos que nos abruman. Necesitamos un poco de paz; necesitamos un poco de descanso; necesitamos no ya un poco, sino un mucho de fe: fe en Dios, fe en nosotros mismos fe en que hay algo más que este mundo de carne, fe en que cuando muramos, vamos a seguir viviendo, fe en que tal vez no es la primera vez que estamos en esta tierra.

Créditos de las imágenes: geralt

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Referencias del artículo
Resumen de una conferencia del mismo título, oublicado en la Revista Nueva Acropolis nº 22 de España, noviembre 1975.

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