Cuando lo espiritual cae en lo ridículo

Autor: Jorge Ángel Livraga

publicado el 10-12-2019

Los reyes de la Antigüedad demostraron un gran conocimiento de la psicología humana cuando, para hacer reír a sus convidados, les presentaban un deforme parlanchín… disfrazado de rey. Tal vez, si hubiesen dejado al enano con ropas corrientes, sin oropeles y silencioso, la concurrencia no se habría burlado de él y es muy probable que ni siquiera lo hubiesen percibido y, de haberlo hecho alguno, le habrían dirigido alguna palabra de aliento.

Creo que sería bueno detenerse a pensar, con más frecuencia, el porqué del descrédito de los temas esotéricos y espirituales en general… Y lo mucho que nos cuesta exponerlos sin que la gente, especialmente los jóvenes, hagan burla de ellos o simplemente los oigan con una curiosidad que difícilmente se plasma en actos.

Lo espiritual y lo ridículoEn una de mis últimas giras por Europa, en un país nórdico, dejábamos pasar la sobremesa en fructífera conversación alegre y filosófica. Allí acuden recuerdos y anécdotas, a la vez que proyectos y planes. Una pequeña cabeza sumeria nos mira con sus ojos circulares de asombro metafísico desde lo alto de sus 5.000 años de antigüedad. De pronto, alguien pone en mis manos un libro en español y me pregunta si lo conozco. Se trata de una biografía apologética de un hindú que fundó una escuela (?) de autorrealización a principios del siglo XX, en la ciudad de Los Ángeles, USA; hindú de cuyo nombre no quiero acordarme, como dijese Cervantes de un lugar de La Mancha, y al que nombraré por sus iniciales, P. Y. Sí… el libro había pasado por mis manos en mi ya lejana adolescencia y tenía de él un vago sabor a nada.

Pero como algunos discípulos habían hecho preguntas referentes a temas allí tratados, lo ojeamos rápidamente y yo mismo leí algunos capítulos en voz alta… hasta que, rotas las barreras de la seriedad con que habíamos encarado el asunto, todos estallamos en risas que llegaron hasta las lágrimas. Un viejo discípulo mío, que conoce mi vocación por las bromas, tuvo que cerciorarse leyendo el libro por sí mismo, pues no podía creer lo que había oído.

Aparte de los rimbombantes nombres, o mejor apodos, con que nombraban a los dirigentes de esa desordenada “orden” –que ignorando la más elemental modestia, se identificaban como “la hija preferida de la Gran Madre”, “el que lleva la verdad suprema”, “el amigo de Dios”, “el inefable Maestro”, y otros parecidos–, aparecían fotografías de orientales y occidentales que nos miraban fijamente, con una especie de asco metafísico y sonrisas de desprecio desde las altísimas cumbres de su “espiritualidad”.

“La-que-no-duerme” aparecía junto al “que-no-come” y había una fotografía del fundador, que se había muerto voluntariamente… de un paro cardíaco durante una cena ofrecida al embajador de la India en USA.

También se hacía referencia a cómo un sencillo “mantram” y una simple “respiración” permitían a cualquier persona no alimentarse de por vida y así llegar a los 112 años de edad.

Ante la pregunta de uno de los asistentes a una de las reuniones en el “asram”, durante una “Kumbamela[1]”, sobre por qué no se enseñaban esas técnicas a los pueblos de India, que ya en los años treinta sufrían hambre, uno de estos personajes le dijo que aguardase unos instantes pues tenía que preguntárselo a Dios. Y el Supremo, en línea directa, les contestó que no se podía enseñar eso al pueblo para no dejar sin trabajo a los agricultores… Hecha esta revelación se los ve babeantes de felicidad, con alguna foto de Gandhi intercalada.

Y así corren las páginas entre mutuas loas referidas a la infinita espiritualidad de todos los presentes, la mayoría de los cuales no reencarnaría jamás.

Una simpática viejecita nos explica machaconamente las virtudes de vivir sin comer y sin dormir, aunque confiesa que ya no sabe cuándo está despierta o dormida, que jamás sufrió enfermedad y que permanece sentada sobre su “sagrada esterilla”.

Festejando, según el relator, la finalización de la Segunda Guerra Mundial, que por cierto la dan en fecha equivocada, se hizo otra “Kumbamela” para navidad; el fundador y sus excelsos acólitos predicen que ahora viene una era de paz y de concordia entre todos los hombres… y otra foto de Gandhi, pocos meses antes de que lo mataran a balazos.

Los ridículos nombres se suceden, se intercambian apologías increíbles, y todo se va desarrollando como un cómic de Superman, mezclado con Mortadelo y Filemón y Condorito. Al lado de esto, los cuentos de Popeye, el Pato Donald y el gato Félix son serios tratados, y Tintín y Astérix libros de misa.

Confieso que las risas de los que me acompañaban y las mías propias nos tranquilizaron las conciencias, al ver que dentro de nuestra pequeñez, por lo menos no habíamos generado tales locuras y aberraciones “sobrehumanas”.

Alguien me pregunta asombrado qué contestar a los discípulos que han leído este libro tan promocionado, sobre si el que no come llega a la sapiencia superior, a la teofanía, a la gran realización. Levanto la vista y veo otra vez los ojos redondos de la vieja cabeza sumeria; a su lado hay piedras, vasijas, vidrios. Pregunto si esos objetos comen. Me responden que no. Les contesto. “¿Y por el simple hecho de que no coman las piedras, serán estas superiores a los humanos que comen?

Todos nos reímos… Pero hemos rozado una verdad.

¡Qué bello es ser filósofo!

[1] Una de las mayores festividades del hinduismo, consistiendo en un peregrinaje donde millones de fieles se acercan a determinados ríos sagrados de la India colocando collares de flores y velas en la orilla.

Créditos de las imágenes: Jordan Bates

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