H. P. B. y el discipulado

Autor: Delia Steinberg Guzmán

publicado el 10-05-2026

Al cabo de cien años de su desaparición física, HPB nos resulta más atractiva y misteriosa aún que en aquellos momentos en que, al alcance de los humanos, sea para alabarla o criticarla, también escapaba al común denominador de la gente. Ella encarnó y seguirá encarnando un personaje complejo, de riquísimos matices, enigmático y sencillo a la vez, y resulta muy difícil separar aspectos aislados de su vida sin tener que referirnos de continuo al conjunto, que es el que otorga valor a cada elemento integrante. Una existencia plena de aventuras físicas y metafísicas, unos escritos que por su contenido en sabiduría se escurren por las duras aristas de la mente apenas racional, todo ello se une al intentar analizar el factor discipulado en relación con HPB.Helena Blavatsky

¿Qué es, en una primera aproximación, el discipulado? Una forma de vida en que un hombre o una mujer quedan bajo la guía directa de un Maestro, llevados de un anhelo de perfección moral y espiritual y dispuestos a vencer en todas las pruebas necesarias por amor a la sabiduría que encarna su Maestro.

Esta cuestión, pues, entraña varios factores inseparables:

El hecho de la existencia de los Maestros de Sabiduría (sin los cuales no habría discípulos), y en este caso particular, el que HPB los haya dado a conocer en Occidente, a veces de manera específica y concreta, y las más de las veces refiriéndose a la presencia constante de esos seres animando su labor y la de todos los hombres de conciencia despierta.

A pesar de las críticas que se granjeó al respecto, y aunque hacia el final de su vida HPB haya sido tratada de impostora, entre otras cosas por mencionar a unos Maestros que solo vivirían en su fantasía, este es un hecho fundamental que ha motivado, motiva y motivará buena parte del impulso espiritual y evolutivo que anima a la humanidad.

El hecho de la existencia de discípulos (sin los cuales no habría Maestros), entre los que se encuentra la misma HPB, y todos los que auténticamente deciden acceder a estos grados de perfeccionamiento progresivo.

La relación entre Maestros y discípulos, muchas veces teñida de romántica ingenuidad y escaso conocimiento. Relación que puede ser más o menos directa y concreta, más o menos conocida y publicitada, más o menos frecuente según las circunstancias históricas y humanas. Relación muy difícil de definir por cuanto se basa en unas cotas de amor, comprensión, compromiso y entrega que sobrepasan el sentido vulgar de esos términos. Se traduce en Devoción, Investigación y Servicio por parte del discípulo; y Pruebas, Guía, Exigencias y Energía por parte del Maestro.

Tomando en cuenta estos tres factores que acabamos de considerar, nos proponemos dividir este trabajo en los siguientes apartados:

  • HPB como Discípula.
    Puesto que lo fue de corazón durante toda su vida, no podremos hacer a menos que apoyarnos en algunos puntos biográficos que nos ayuden a introducir su constante relación con los Maestros, su fidelidad y obediencia y la dedicación a la obra por Ellos encomendada.
  • HPB como Maestra.
    Aquí la enfocaremos a partir de un momento determinado de su vida; incluiremos algunos aspectos de su carácter personal, su capacidad para rodearse de gente; sus discípulos, sus obras y el particular estilo de su enseñanza.

 

H. P. B. como Discípula

Si bien no dentro del exacto contexto discipular, sí encontramos referencias a las características extraordinarias que señalaron a HPB desde su más temprana edad. Es posible que estas características hayan sido la evidencia inicial o el punto de partida de su relación con los Maestros, o mejor dicho, con Su Maestro y otros muchos “Hermanos” –como ella solía llamarlos– en el Sendero espiritual.

Desde muy pequeña asombró a sus familiares y conocidos con unas dotes insólitas para provocar todo tipo de fenómenos a su alrededor, para recordar lo que nadie recordaba y ver o entender lo que nadie veía o entendía. ¿Debemos interpretar esta innata disposición como un contacto inconsciente con los Maestros y con otros planos de manifestación, o bien como una habilidad prematura favorecida por otras muchas encarnaciones dedicadas al desarrollo del potencial interior humano?

A.P. Sinnett asume la hipótesis de que aun en su primera infancia, HPB (la Srta. Hahn como él la llama) estaba protegida por cierta “anormal” intervención, capaz de actuar en el plano físico cuando lo requerían las circunstancias. Y efectivamente, fueron muchas las ocasiones en el transcurso de su vida en que pudo haber sufrido peligrosos accidentes o hubiera muerto de no ser por estas intervenciones “milagrosas”. En el mismo sentido escribe la condesa Wachtmeister: “Durante su infancia ella había visto, a menudo cerca de ella, una forma astral que siempre se le aparecía en un momento de peligro y la salvaba justamente en el instante más crítico. HPB se acostumbró a considerar esa forma astral como su ángel guardián y sentía que estaba bajo Su cuidado y guía”. La misma figura imponente la acompañó durante su adolescencia; era siempre el mismo protector y su rostro le resultaba inconfundible, al punto de que cuando contaba veinte años y lo encontró bajo forma humana, lo reconoció de inmediato y sintió que siempre se había formado bajo su cuidado.

Después de su matrimonio, a los diecisiete años, y tras abandonar a su anciano marido aunque conservando para siempre su apellido, se marchó de su país y durante unos diez años viajó por lugares insólitos del Asia Central, India, América del Sur, África y Europa. No es fácil saber con exactitud qué hizo HPB en los diez años de incesantes viajes que mencionábamos. No hay relatos precisos al respecto, salvo sus propios comentarios no siempre extensos ni clarificadores.

¿Cómo fue su viaje a la India y al Tíbet? ¿Cuánto duró y qué hizo en ese tiempo? Algunos datos recortados hacen ver que intentó varias veces entrar en Tíbet; queda reflejado el hecho de que fue un samán tártaro quien la ayudó a ingresar convenientemente disfrazada, y a recoger personalmente interesantísimas experiencias.

Cuando después de diez años, HPB regresa donde estaba su familia carnal, se advierte ya sin dudas el desarrollo que habían adquirido sus facultades, por entonces atribuidas al espiritismo, que ganaba terreno y adeptos en Occidente.

Sería interminable enumerar la cantidad de fenómenos más o menos llamativos que ocurrían a su alrededor: muebles que se movían solos, aumento o disminución de peso en los objetos, posibilidad de ver cosas invisibles y personas ausentes, espectros de fallecidos, ruidos, susurros, golpes rítmicos, campanillas, músicas… Sin embargo, HPB no obraba como una simple médium, es decir, no era gobernada por ningún tipo de entidad, sino por su propia voluntad, rasgo este último que fue desarrollando cada vez con más vigor, aunque para su desgracia hubo de ofrecer al público muchos fenómenos que avalasen en parte sus palabras, o que ayudasen a despertar inquietudes espirituales adormecidas en sus observadores. Su hermana, la Sra. Jelihowsky, comenta en sus escritos que HPB no estaba influida por fantasmas o espectros de difuntos, sino por la presencia en cuerpo astral de sus “potentes amigos”.

Una particular experiencia que vivió alrededor de sus treinta años, podría interpretarse como un contacto más profundo con los Misterios Iniciáticos y con su misión ante el mundo en relación con los Maestros. El episodio parte de una incomprensible enfermedad que la llevó a permanecer varios días en estado de coma. Ella misma relata que entonces vivía una doble personalidad: una era HPB, que aun enferma abría los ojos y respondía cuando se la llamaba por ese nombre; la otra –que nunca reveló quién era– actuaba plenamente en otro mundo y no tenía idea de quién era HPB… La gravedad de la enfermedad hizo aconsejable trasladarla a Tiflis, con sus parientes. Durante el viaje, en el fondo de una simple barca que seguía la irregular corriente de un río, sus criadas la veían levantarse y desaparecer entre los bosques de la orilla, a pesar de que su cuerpo debilitado e inconsciente no se movía de la embarcación. ¿Con quién se encontraba entonces y para qué? Creemos que la respuesta forma parte de los muchos secretos a los que ella fue tan fiel como a sus mismos Maestros.

Después de otra estancia de varios años en Oriente dedicados a una sólida formación en cuanto al dominio de sus poderes y a la sabiduría oculta, y tras haber accedido muy probablemente a la Iniciación, comprende que su tarea es la de divulgar sus conocimientos entre la gente, pero aún no tiene muy claro cómo habrá de enfocarlo.

Podríamos hacer arrancar de esta fecha (1870) su labor concreta como Maestra, pero antes de abordar este otro aspecto de su vida, debemos insistir en que jamás, en ninguna circunstancia, dejó de ser una fiel discípula antes que ninguna otra cosa. A tenor de sus relatos, ella habría sabido desde su primer encuentro con su Maestro, a los veinte años, el trabajo que le esperaba en el mundo, la futura fundación de la que habría de ser la Sociedad Teosófica, y todas las dificultades que ello le acarrearía. Pero su amor y su obediencia la llevaron a aceptar todo cuanto fuese necesario:

“Desde el principio yo sabía lo que debía esperar porque se me había dicho, y no he cesado de repetírselo a los demás: tan pronto como uno entra en el Sendero… el karma personal, en vez de serle atribuido a través de toda la vida, le llega en bloque y lo aplasta con todo su peso. Aquel que cree en lo que profesa y en su Maestro, lo aguantará y saldrá victorioso de la prueba; el que duda, el cobarde que teme recibir lo que en justicia merece y trata de evitarlo, fracasa”.

H. P. B. como Maestra

Podríamos asegurar, sin temor a equivocarnos, que la mejor lección de maestría de HPB fue su inquebrantable lealtad para con sus Maestros. Y tal vez por eso fue Maestra; no porque se haya sentido segura de su saber y de su fuerza, sino porque siempre intentó transmitir a los demás la procedencia Superior de su energía espiritual y de su extraordinaria sabiduría. Fue Maestra para alabar a sus Maestros, humilde cuando erraba y más humilde todavía cuando cosechaba triunfos.

¿Sus discípulos? Esa es otra larga y confusa historia que no siempre queda aclarada. En todo caso enseñó, escribió e hizo lo que hizo porque así se lo ordenaron. Quienes entendieron esto, la siguieron, y quienes no, nunca la entendieron ni a ella ni su Mensaje.

Retomemos el hilo de su vida en 1870. En principio pensó actuar apoyándose en la difusión de las ideas espiritistas. Entonces se hallaba en Egipto y fundó una asociación para la investigación de los fenómenos espiritistas que le trajo más disgustos y problemas que satisfacciones. A partir de ese intento comienza la larga saga de críticas y calumnias de envidiosos e ignorantes que la perseguiría hasta el final de sus días… y aun cien años después. Pero ese fallido proyecto le sirvió para volver a ponerse en contacto con su viejo amigo, el mago copto.

Fue en 1873 cuando se radicó en Estados Unidos, y en noviembre de 1875 fundó en Nueva York la Sociedad Teosófica, designando Presidente vitalicio al coronel Olcott, y reservando para ella el oscuro cargo de Secretario Corresponsal.

Este hecho nos plantea un importante enigma en cuanto a su función de Maestra, pues aparentemente deja de lado una excelente oportunidad de gestionar de manera directa la transmisión de sus enseñanzas. Aunque es probable que esa haya sido su intención al desligarse de toda labor burocrática (si bien nunca pudo apartarse de ello) y rutinaria. Pero en ese caso, lo que resulta asombrosa es la escasa selectividad que ejercía sobre la gente que se acercaba a la Sociedad Teosófica y a ella misma, tanto que fue vendida, traicionada y vituperada muchas veces por quienes habían tenido el raro privilegio de estar junto a ella.

¿Tenía HPB intención de escoger y formar un núcleo de discípulos, o volcaba su saber a manos llenas y con toda confianza entre todos los que la frecuentaban? ¿Era Maestra de todos y para todos, o alguna vez pretendió constituir un grupo especial, así como sus Maestros la habían distinguido a ella especialmente? Puede que la respuesta esté en la Escuela Esotérica y en el Grupo Interno en los que colocó sus esperanzas en sus últimos años, y a los que luego nos referiremos.

Sin embargo, la Sociedad Teosófica tenía unas finalidades bien concretas desde sus comienzos, como lo atestiguan tanto HPB como el coronel Olcott. Este último reconoce que la obra se llevó a cabo bajo la dirección de un grupo de Maestros, especialmente uno de Ellos, Maestros a los que Olcott tuvo acceso gracias a la mediación de HPB. Y ella adjudica a la Sociedad Teosófica la difícil tarea de despertar las dormidas conciencias a la Sabiduría Atemporal y a las trascendentales facultades del hombre. Pero el conocimiento de los motivos de la fundación de la Sociedad Teosófica no implicaba el que los Maestros le hubieran señalado el método exacto para hacerlo. Así, HPB se enfrentó a la terrible dificultad de desvelar las ciencias ocultas y la existencia de los grandes Maestros, adaptando estas ideas de la “Religión de la Sabiduría” al estilo del razonamiento occidental. El resultado fue que muchos de los integrantes de la Sociedad Teosófica consideraron que no era suficiente gozar de las enseñanzas de HPB y quisieron entrar en contacto directo con los Maestros sin analizar mayormente sus merecimientos para ello. Llovían las solicitudes para ser aceptados como candidatos al discipulado, lo que hizo que en parte se relajaran las reglas de admisión a fin de favorecer con mayores oportunidades a quienes demostraban al menos un fuerte impulso y convicción.

Pero así y todo, la Sociedad Teosófica y la misma HPB fueron objeto de duras acusaciones por parte de quienes se sentían excluidos, rechazados y aun engañados con el fantástico relato de unos Maestros que, de ansiados, pasaron a calificarse de inexistentes.

¿Se consideraban, estos miembros de la Sociedad Teosófica, discípulos de HPB, o la tomaban como simple intermediario, tratando de emular sus pasos? En todo momento ella puso de manifiesto las difíciles condiciones que les eran exigidas a los verdaderos discípulos y la insuficiencia de clamar por el adeptado y el ejercicio de los fenómenos sin antes probarse en el crisol del trabajo por el prójimo, animando y elevando a los más débiles y menos favorecidos. Eso, sin contar con que el hecho de pasar a estar bajo la observación de un Maestro (lo vea o no con sus ojos el discípulo) equivale a despertar todo lo noble por un lado, y también por el otro, todas las pasiones dormidas de la naturaleza animal, así como cargar con las causas kármicas que afectan a su propio grupo o nación, granjeándose la antipatía del medio circundante en cuanto se intenta alterarlo con fines beneficiosos.

HPB cita, desanimada, la gran cantidad de fracasos de esos presuntos discípulos, aunque destaca unas pocas y honrosas excepciones. “Durante los once años de existencia de la Sociedad Teosófica (escrito en 1886) he conocido, de setenta y dos chelas aceptados regulares a prueba, y de cientos de candidatos laicos, solamente tres que no han fracasado hasta ahora, y solamente uno que alcanzó completo éxito”. “…a esos teósofos que están descontentos con la Sociedad en general, nadie les ha hecho ninguna promesa imprudente; menos aún, ni la Sociedad ni sus Fundadores jamás les ofrecieron sus “Maestros” como premio a los de mejor conducta. Durante años, a cada nuevo miembro se le ha dicho que no se le prometía nada, pero que tenía que esperarlo todo de su propio mérito personal”.

En buena medida, HPB se sentía responsable de haber dado a conocer en Occidente la existencia de los Maestros, y aun de haber dado los sagrados nombres de algunos de Ellos, desatando más curiosidad y especulaciones que un auténtico deseo de progresar. Por ello se vio obligada a precisar la naturaleza de estos Maestros, que son a su vez discípulos de otros Mayores y que en conjunto están sometidos a leyes, como todos. “A pesar de su santidad y adelanto en la ciencia de los Misterios son, sin embargo, hombres, miembros de una Fraternidad, en la que son los primeros en observar sus correspondientes leyes y reglamentos”.

Así las cosas, durante su estancia en los EE.UU. se vio siempre rodeada de gente que la visitaba en su domicilio, y aunque ella fue extraordinariamente constante y leal para con sus amigos, no siempre le pagaron con la misma moneda. Las tertulias se prolongaban en largas y eruditas conversaciones que atrajeron un interesante núcleo de pensadores en Nueva York. Pero como decía un periodista del “New York Times”, “No todos los que la visitaban compartían sus opiniones, pues en verdad solo unos pocos seguían sus enseñanzas con implícita fe. Muchos de sus amigos y de los que se afiliaron a la Sociedad Teosófica por ella fundada, eran personas que afirmaban poco y no negaban nada”.

Siempre ganaba y perdía amigos. ¿Y discípulos?…

Al trasladarse a la India en 1879, pensó que allí tendría un medio más propicio para la difusión de sus ideas. Pero no fue exactamente así. Aunque la gente sencilla del pueblo la amaba por su generosidad y benevolencia, no faltaron nuevas traiciones y malentendidos en el ambiente político inglés que imperaba, aunque curiosamente HPB pensaba que el inglés era el mejor gobierno para la India tal y como se encontraba entonces. Y tampoco allí su enorme capacidad para producir fenómenos desembocó en las reacciones positivas esperadas.

Siempre fue muy trabajadora y activa. Madrugaba para escribir artículos y traducciones –luego haría lo mismo cuando se dedicó a su Doctrina Secreta– bien sea para revistas inglesas, americanas, rusas, o interminables cartas relativas al funcionamiento de la Sociedad Teosófica. Atendía horas y horas a los indígenas que iban a visitarla o bien discutía con los cultores del moderno hinduismo que, según ella, contradecía el verdadero significado de los Vedas. Pero se hallase en la actividad que fuese, bastaba con que oyese “la voz que los demás no podían oír” (el llamado de su Maestro o alguno de los “Hermanos”) para que abandonase todo y se encerrase en su cuarto para recibir instrucciones.

A partir de 1881 tuvo que sobrellevar una serie de ataques cada vez más duros y continuados que se centraban en su capacidad de producir fenómenos, en su presunta calidad de “espía rusa”, en sus “manejos” económicos, en su “montaje” acerca de los Maestros, y un largo e igualmente torpe etcétera. Desgraciadamente, esto le restó muchas energías, atrasó en parte la compilación de La Doctrina Secreta e influyó malamente en su endeble salud.

En 1882 enfermó gravemente y recibió un aviso para entrevistarse con sus ocultos Instructores en Sikkim. Entonces escribió al matrimonio Sinnett:

“Adiós a todos, y si me muero antes de veros, no me creáis ‘impostora’, porque juro que os dije la verdad, aunque mucho de ella os oculté. Espero que la señora X no se deshonrará evocándome con algún médium. Dadle la seguridad de que si alguien se aparece, no será nunca mi espíritu ni nada mío, ni siquiera mi cascarón, que murió hace ya mucho tiempo. Vuestra todavía en vida, HPB”.

Fueron varios los que quisieron acompañarla en este viaje en la certeza de poder conocer a alguno de esos excepcionales Maestros, pero Ellos se las ingeniaron para despistar a todos –bien o mal intencionados– y mantener a solas la entrevista. Esta duró apenas dos o tres días, tras los cuales regresó curada de la terrible enfermedad que había estado a punto de acabar con su vida.

De regreso a Europa, pasó por Francia, Alemania e Inglaterra, relacionándose con los miembros de la cada vez más floreciente Sociedad Teosófica. Si bien muchos de ellos eran partidarios de la doctrina expuesta por HPB en su aspecto más serio y profundo, es triste comprobar que lo que continuaba llamando la atención eran los fenómenos que se producían a su alrededor, y sus comunicaciones con los Maestros.

A finales de 1885, comenzó a recopilar su ciclópea Doctrina Secreta. Al respecto son interesantísimas las acotaciones de la ya mencionada condesa Wachtmeister, que vivió junto a HPB y la cuidó en sus últimos años, en las que explica la manera prodigiosa en que fue escrita la obra, así como la integridad personal de su autora:

“La Doctrina Secreta será en verdad una magna obra. Yo he tenido el privilegio de ver cómo la ha ido escribiendo, leer el manuscrito y presenciar el oculto procedimiento con que obtiene sus informaciones”. “Un día, al entrar en su escritorio encontré el piso cubierto por hojas manuscritas, y cuando le pregunté el significado de ello, me contestó: ‘Sí, he intentado doce veces escribir esta página correctamente y cada vez el Maestro dice que está mal. Creo que me voy a enloquecer escribiéndola tantas veces, pero déjeme sola, no me detendré hasta haberla logrado, aunque tenga que pasarme en eso toda la noche’”. “A menudo, temprano por la mañana, veía yo sobre su escritorio un trozo de papel con caracteres desconocidos trazados en tinta roja. Al preguntarle el significado de esas misteriosas notas, ella contestaba que indicaban su trabajo para ese día”. “¡Cuán a menudo he lamentado ver cómo resmas de manuscritos, cuidadosamente preparados y copiados, eran arrojados a las llamas a una palabra, a una intimación de los Maestros…!”.

Pasó sus últimos años en Londres, donde murió el 8 de mayo de 1991, casi de repente, sentada en una silla junto a su cama, ya que el médico le había dicho esa misma mañana que no había ningún peligro inminente de muerte.

¿Qué conclusiones extraer ante un panorama tan rico y complejo, tan poco usual, tan extraordinario y enigmático?

Hay por lo menos un par de ideas que nos quedan relativamente claras: no cabe ninguna duda de la condición de discípula de HPB, pero sí quedan puntos oscuros en cuanto a los discípulos que ella formó. HPB es un modelo impecable de discipulado. HPB es un misterio como Maestra, pues más bien parece que su labor en este sentido fue transmitir y enseñar cuanto le ordenaron, con amor por la humanidad, sí, indiscutiblemente, pero por amor hacia sus Maestros.

Si sus poderosos Instructores la eligieron para cumplir con una misión específica en el mundo, si ella fue uno de los pocos escogidos en Occidente, es difícil decir lo mismo respecto a la elección que HPB pudo haber hecho de sus discípulos.

Hemos abundado en la cantidad de decepciones que recibió de amigos, discípulos y miembros en general de la Sociedad Teosófica, aunque supo sobrellevarlas con filosófica grandeza. La Sociedad Teosófica no fue para HPB el semillero de hombres y mujeres ansiosos por la Sabiduría Superior que habría cabido esperar.

Desde siete años antes de su muerte parece haber intentos –siempre a petición de los Maestros– de formar un grupo de discípulos más capacitados en esoterismo profundo. En 1887 es Judge –a cargo de la Sección Americana de la Sociedad Teosófica– quien solicita a HPB un cuerpo de enseñanzas que respondiera al sincero deseo de muchas personas de realizar un trabajo probatorio preliminar y convertirse así en dignos de ser aceptados como discípulos de los Maestros. Todo ello cuajó en la Sección Esotérica o Escuela Esotérica, dirigida por HPB, quien desde Londres enviaría las Instrucciones a Judge en América y a Olcott en los países asiáticos.

Esta Escuela, independiente de la Sociedad Teosófica, fundamentó su trabajo y la formación de sus componentes en base a un “Libro de las reglas” redactado bajo la inspiración del Maestro M. y de HPB. El primer escrito con indicaciones específicas –en su día estrictamente privado, confidencial y personal para los miembros de la Escuela– fue una Memoria Preliminar confeccionada por HPB en 1888, en la que da una serie de razones para la formación de este grupo y explica lo que se espera de sus integrantes.

Al intento especial de la Escuela Esotérica hay que agregar otro más profundo y apremiante: la constitución de un Grupo Interno para doce discípulos personales, que recibieron clases de HPB desde el 20 de agosto de 1890 hasta el 22 de abril de 1891, un total de 23 clases con una periodicidad de 2 a 4 por mes, y hasta pocos días antes de su muerte.

¿Los resultados de todo ello? La Historia, como siempre, tendrá la última palabra y se expresará en hechos concretos. No importa que muchos de los discípulos de HPB se hayan quedado en el camino o hayan caído en el olvido; su labor no ha sido infructuosa porque a pesar del tiempo y a través de su obra, sigue despertando almas y sigue generando discípulos.

Es probable que su gran misión haya sido escribir y escribir incansablemente, dejando constancia de una sabiduría quizá demasiado avanzada para su momento, y aun quizás para el nuestro. Lo que es innegable es que HPB conocía perfectamente sus dificultades para actuar como Maestra, aunque no para proyectarse en su obra escrita, que es donde debemos buscarla. Veamos, si no, sus propias palabras, en una carta dirigida a la condesa Wachtmeister:

Si usted está ‘preocupada’ yo estoy por completo perpleja para comprender lo que se espera de mí. Nunca he prometido desempeñar el papel de gurú, maestro de escuela o profesor… Le he dicho a usted, en repetidas ocasiones, que yo nunca enseñé a nadie a no ser en mi propia y usual manera… Si hubiera que infligírseme el castigo de impartir ordenadas instrucciones, a la manera de un profesor, durante una hora –y no digo nada si fueran dos horas por día– yo preferiría escapar al Polo Norte o morirme cualquier día cortando enteramente mis conexiones con la Teosofía. Soy incapaz de hacer tal cosa, como cualquiera que me conozca debería saberlo”.

Mucho se ha insistido sobre el enigma de HPB, tanto el de su personalidad –aparentemente en contacto con los hombres pero viviendo las más de las veces en relación con otros seres– como el de su obra, extensa, compleja y difícil de apreciar a través de una simple lectura. Su lenguaje oscuro suele engañar: la oscuridad es la de quienes no están a la altura de sus enseñanzas y la falta de claridad es propia de temas que nunca serán claros para la mente sino para la intuición.

Pero supo transmitir con meridiana claridad el sentido de su vida, su entrega a un ideal noble y su inalterable amor por quienes la guiaron en el Sendero. Nada mejor, pues, que sus propias palabras para demostrar el brillo luminoso de la verdad, la fuerza de la luz que arrasa las tinieblas.

“Se me preguntará: ¿Y quién es usted para encontrar faltas en nosotros? ¿Es usted, que sostiene mantener comunión con los Maestros y recibir a diario sus favores, tan santa, tan impecable, tan digna? A esto contesto: no lo soy. Imperfecta y defectuosa en mi naturaleza, muchos y notorios son mis errores y por esto mi karma es más pesado que el de cualquier otro teósofo. Es así (y debe serlo) desde que por tantos años estoy en la picota para blanco de enemigos y hasta de algunos amigos. Sin embargo, acepto la prueba alegremente. ¿Por qué? Porque sé que tengo, a pesar de todas mis faltas, la protección del Maestro que se extiende sobre mí. Y si la tengo, la razón es sencillamente esta: por más de 35 años, desde 1851 en que vi a mi Maestro en cuerpo real y personalmente por primera vez, jamás le he negado ni dudado de Él, ni aun en pensamiento. Jamás un reproche ni una queja en su contra se ha escapado de mis labios ni penetrado en mi cerebro, por un instante, bajo las pruebas más duras… Devoción incondicional a Aquel que encarna el deber que me toca, y creencia en la Sabiduría (colectivamente, de esa grande, misteriosa, pero real Hermandad de hombres santos), es mi único mérito y razón de mi éxito en la filosofía oculta”.

Delia Steinberg Guzmán

Si alguna de las imágenes usadas en este artículo están en violación de un derecho de autor, por favor póngase en contacto con nosotros.

Referencias del artículo

Publicado en el libro "Reflexiones sobre la actualidad de las enseñanzas esotéricas de H. P. Blavatsky" de Editorial Nueva Acrópolis.

¿Qué opinas?

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *