Aportes fundamentales de H. P. Blavatsky

Autor: Jorge Ángel Livraga

publicado el 05-05-2020

Desde mi primera juventud, hace de esto más de cuarenta años, las enseñanzas de H. P. Blavatsky, vertidas a través de sus libros editados y de cuadernos y apuntes de tiraje limitado, fascinaron mi alma y mi inteligencia. Sus conocimientos me parecieron –y aún me parecen– verdaderamente colosales, de una omniabarcancia y profundidad increíbles para alguien nacida en el materialista siglo XIX y no en el siglo de Pericles.Helena Blavatsky

Pero un filósofo, si quiere serlo de verdad y buscar la verdad donde se halle, debe cuidarse mucho de sus propias simpatías, pues estas actúan como verdaderas lentes coloreadas entro lo observado y el observador. Por eso quiero verter en este artículo los conocimientos y teorías fundamentales que nos dejó H. P. Blavatsky, necesariamente resumidos y sin comentarios.

En una obra tan vasta, compleja y desordenada como la de ella, es muy difícil extraer si quiera un temario, pero lo intentaremos.

Dios

Nos explica reiteradamente que esta gran percepción mística de aquello a lo que llamamos Dios es inmanente al estado humano; no concibe hombres ateos, pues la pérdida de la captación de lo Divino llevaría al ser humano a un estado de hibernación espiritual y su humanidad sería tan solo potencial.

Explica de qué manera los diferentes pueblos, en épocas distintas y regiones disímiles, revistieron con su propia forma de vida esa percepción mística. Y que los enfrentamientos religiosos son frutos podridos de la ceguera humana, pues los que podríamos llamar Libros Sagrados, aun en lo poco original que nos ha quedado de ellos, no se contradicen. Así, los hombres del desierto imaginan un Infierno caliente y los de las cercanías polares lo ven oscuro y gélido.

Para H. P. Blavatsky no existe un Dios personal. Su posición es netamente panteísta. Tampoco cree que nadie pueda arrogarse el hecho de representar a Dios sobre la Tierra. Más bien opina que todo ser humano, a medida que va despertando a lo espiritual, participa más y más de esa Esencia Divina y, por lo tanto, percibe su Presencia.

Dios, si nos referimos a Aquello, es innombrable con nombre propio e inconcebible racionalmente, es un Misterio. El hombre tan sólo puede entender lo inteligible para él, y así le da atributos a Dios, muy parecidos a los que en cada época y lugar fueron tenidos por los mejores. Y a tales extremos se llegó que muchos pueblos han afirmado que Dios les pertenecía y que había pueblos elegidos, convirtiendo a sus enemigos en pueblos malditos a los cuales ese “Dios” de uso particular ahogaba, pisoteaba, quemaba y destruía.

H. P. Blavatsky se muestra contraria a toda discriminación basada en creencias, pues las sabe a todas relativas en el tiempo y el espacio. Nadie posee la Verdad, sino una particular y deformada visión de esta. Rechaza todas las inquisiciones, sea la de Asoka o la de Torquemada. Nos recuerda que nuestras propias creencias están condicionadas, por lo general, al lugar donde hemos nacido, a la época y el entorno familiar. Es enemiga de todo racismo, especialmente el racismo espiritual.

Lo que el Hombre puede percibir, místicamente, son concreciones e intelectualizaciones de lo que presumimos como “Aquello”. De allí que coincide y reproduce el pensamiento antiguo de que existen “Dioses Intermediarios”, innumerables criaturas normalmente invisibles, que rigen la naturaleza de los hombres y las cosas. En esta jerarquía, ninguna cosa material escapa de estar “cabalgada” por una entidad de naturaleza más sutil, desde los átomos a las galaxias. Además, existen Maestros de Sabiduría que brindan la oportunidad del Discipulado.

Cosmogénesis

Resurge en sus enseñanzas lo que el Occidente platónico conoció como Caos + Teos = Cosmos.

El Cosmos es, como dijo el neoplatónico Marción, un Macrobios, una gran forma viviente, que se renueva constantemente como el cuerpo de cualquier mineral, vegetal, animal o humano. El propio Hombre no sería nada especial en este Cosmos, sino una de sus tantas manifestaciones pasajeras en lo físico.

El Cosmos no tiene dimensión inteligible, pero eso no lo condiciona a él como Cosmos, sino a nosotros, como Hombres. Nuestro conocimiento del Cosmos crece o decrece según nuestros avances o retrocesos científico-astronómicos. Ultérrimamente, lo que tenemos del Universo es una imagen, un concepto variable dentro de la Historia. Desbordando ese conocimiento epocal que refleja la cultura y percepción de cada tipo y momento del devenir humano, existen viejas enseñanzas presuntamente entregadas por los Dioses a los hombres. H. P. Blavatsky utiliza mayoritariamente el Libro de Dzyan, tibetano. Estas enseñanzas describen el Cosmos visible como aquello que de él podemos percibir en nuestro actual estado. Habría una inmensa complejidad cósmica, con infinitud de formas de materia y energía. Y eso sería tal como “nuestro cosmos”, del que habría otros más o menos semejantes, inconcebibles para la vulgar razón humana.

Las partes, y aun el conjunto del Cosmos, nacen, viven, se reproducen y mueren, como cualquier ser vivo. Se expande y se contrae (Pralaya y Manvántara) en una respiración cósmica (kriya) basada en la armonía por oposición.

A través de sus diagramas pedagógicos de “Cadenas”, “Globos” y “Rondas”, H. P. Blavatsky trata de explicar el “Camino de las Almas”, ya que las viejas tradiciones muestran cómo las almas van despertando (¿evolucionado?) a través de millones de reencarnaciones y se traspasan de planeta en planeta, para ocupar cuerpos cada vez más perfectos, desde las inconcebibles oscuridades de la materia primordial ultrapesada, hasta las piedras, los vegetales, los animales, los hombres, los Dioses, etc. Los planetas que menciona no son, forzosamente, los ahora existentes, sino que los hubo, ya destruidos y los habrá, aún inexistentes. Todo esto concierne a la “Línea Humana”, pues hay otras muchas “líneas” de vida en el Cosmos; por ejemplo, la “Angélica”, que anima a los Espíritus de la Naturaleza o Elementales, ciertas piedras, vegetales y animales.

El porqué y el ultérrimo para qué existe este Cosmos… “ni el más grande vidente de los más altos cielos lo sabe”, según los viejos textos. Misterio, Misterio dentro de Misterio. El principio y el fin escapan a la percepción humana, aun a las exaltadas por la Iniciación y el Adeptado.

Antropogénesis

H. P. Blavatsky rechaza las ideas de Darwin, tan de moda en su tiempo… y tan exageradas por los seguidores de este sabio científico-viajero. Ella sostiene las viejas doctrinas referentes a una Humanidad que “desembarca” de una manera espiritual de otro planeta, entonces vivo, la actual Luna, y que se va corporizando a medida que la naciente Tierra se condensa. Esta es una etapa de un largo camino. Ya en la Tierra física y con cuerpo físico, el Hombre se desarrolla como tal hace 18 millones de años. Primero, como un gigante intelectualmente limitado que alberga subrazas, que tenía un ojo en medio de la frente: los Cíclopes. Hace 9 millones de años, el Hombre ya está en un estadio parecido al actual, aunque el tamaño de los cuerpos de algunos grupos sea gigantesco. Hace un millón de años, está en pleno apogeo la llamada “civilización atlante”, que tiene su capitalidad en un continente parecido a la actual Australia y que existía entre el escudo continental euroasiático y el americano. Estos atlantes habrían desarrollado grandes avances técnicos, teniendo máquinas voladoras (Vimanas) movidas por una unidad antigravitatoria y “remos” de impulsión que eran, en realidad, una forma de motores a reacción. Los de guerra tenían formas semejantes a los pájaros y lanzaban “huevos” sobre los ejércitos enemigos, suficientes para matar a un millón de soldados en campo descubierto. También poseían rayos paralizantes. Los reyes seguían estas batallas a través de “espejos mágicos” que nos hacen, en el momento de escribir este artículo, recordar a los actuales aparatos de televisión, los que H. P. Blavatsky desconocía en su época (1831-1891).

Este continente, debido a catástrofes geológicas provocadas, en parte, por el uso abusivo del “Marmash” (¿algo así como la energía atómica actual?), se fue despedazando, aunque quedaron focos coloniales en varias partes del globo. La gran isla, con su capital, siguió troceándose hasta convertirse en la Poseidonis que los egipcios mencionaron a Platón y que este describe en el Timeo. El último resto se hundió hace unos 11.500 años en las aguas del océano que recibió el nombre de “Atlántico” en el siglo 102 a. C.

En el mundo quedaron representantes de la Raza de los Gigantes, Tercera Raza, que son los actuales negros; los descendientes de los atlantes, rojos americanos y amarillos asiáticos, los de la Cuarta Raza; y los actuales dueños del mundo, los de la Quinta o aria: los blancos hoy asentados en Europa, América y Asia.

Vida post mórtem

Para H. P. Blavatsky los humanos siguen siendo más o menos los mismos estén encarnados o no. Cumplen su ciclo inexorable de nacimiento, permanencia y muerte. No fue muy afecta a tocar en detalle este tema, pues en sus años proliferaba el espiritismo, que le resultaba maléfico. Según ella, lo que acudía al cuerpo del médium, en los casos verdaderos, era nada más que un rastro astral o “cascarón” del difunto, y otras veces un Elemental que usurpaba su identidad; todo ello cargado “vampíricamente” por el aporte psíquico-magnético de los asistentes. Como tantos libros antiguos, y aun el mismo Platón, H. P. Blavatsky recomendaba vivamente abstenerse de este tipo de reuniones.

Después de la muerte sobrevendría (estamos refiriéndonos a casos generales) un sueño más o menos profundo y más o menos prolongado, según el nivel del fallecido. El despertar sería paulatino y el Alma o Conciencia iría, bien hacia el mundo de los vivos, si aún por él estuviese atraído, bien a algún plano sutil. Los más elevados espiritualmente irían al Devakan (Ciudad de los Ángeles), donde se experimentaría paz y felicidad.

Los que no tuviesen valores espirituales y estuviesen muy apegados a las cosas terrestres, irían al Kamaloka (Lugar de los deseos) en el cual, las ansias insatisfechas torturarían, de alguna forma, a los que estuviesen en ese estado. Estos últimos buscarían los contactos y el reencarnar muy rápidamente.

La forma en que se reencarna es semejante a lo que explica Platón en el mito de Er, en el final de La República. La novedad está en ciertos detalles, como ser que las almas sedientas de encarnar giran en lo que los neoplatónicos llamaban “Cinturón de Venus”, que es como un anillo alrededor del planeta que coincide aproximadamente con el ecuador magnético terrestre. (Coincidiría con la conocida ahora como Banda de Van Hallen).

Tal como lo presenta Platón en sus obras, el deseo de los muertos impulsa la libido sexual de las parejas aptas para la reproducción. El alma entraría en el cuerpo del feto a nivel humano, recién en el cuarto mes de gestación. Poco a poco, los principios etéreos y más sutiles se introducirían, portando sus vivencias anteriores en el curso de los años, habiendo momentos especiales a los 7 años de edad, a los 14 y a los 21.

También en la muerte natural por ancianidad, los principios humanos se adormecen paulatinamente, comenzando de abajo arriba, o sea, por el cuerpo físico, el que en un proceso de retardamiento, va a permitir a los demás vehículos ir preparándose para el despegue de este mundo. H. P. Blavatsky no da mucha importancia a este proceso, sino que por el contrario, cree que en la ancianidad crece la sed de desencarnar. (Obviamente, se dan muchos casos diferentes provocados por la deformación producida por la presión del mundo circundante).

Ella no era partidaria de la muerte violenta ni del suicidio.

Fenómenos parapsicológicos

Tenía para ellos un sentimiento de desprecio. Tan solo creía que los pueblos, en su incapacidad de entender ciertas verdades, son alentados e inspirados por este tipo de fenómenos. Ella afirmaba que no eran “sobrenaturales”, pues nada puede escapar a la Naturaleza. Desde luego, no creía en los milagros, ni atribuía a los posibilitados para la plasmación de estos fenómenos (de los cuales ella fue un extraordinario ejemplo) ninguna valorización espiritual. Tampoco aceptaba que algunos de estos prodigios proviniesen de lo Bueno y otros de lo Malo. Los consideraba como algo mecánico, dejando su clasificación moral al sentido e intención de quienes los ejecutan o aprovechan. No los estimaba excepcionales, sino potenciales en todos los hombres, sean espirituales o no.

Repetimos que tratar de condensar en un artículo periodístico todos los aportes de esta gran filósofa y maga del siglo XIX es imposible, pero confiamos en haber despertado la curiosidad del lector como para promover un contacto o una profundización de los conocimientos, recopilados y relacionados por analogía, por este ser tan extraño y humanamente incomprensible que fue H. P. Blavatsky.

Créditos de las imágenes: Deodar

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Referencias del artículo

Artículo aparecido en la revista Nueva Acrópolis de España n.º 196, en el mes de septiembre de 1991

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