Terpsícore, la musa de la Danza

Autor: Delia Steinberg Guzmán

publicado el 21-09-2017

Hoy vi a la musa de la danza. Terpsícore la llamaban los griegos, y hasta su nombre tiene un no sé qué de ritmo y armonía…

Terpsícore, la musa de la DanzaPero es un nombre que ya nadie pronuncia, y es un arte que ya no se practica. Mientras el mundo presenta señales de corrupción en todos los niveles, también los bastardos del movimiento y la cadencia han usurpado el trono de la musa, disfrazando de danza la torpeza de la bestialidad instintiva en acción.

Terpsícore no fue una invención de los viejos griegos; la danza no fue una diversión o pasatiempo. Musa y danza fueron el resultado de una meditada observación de la Naturaleza, donde todo se mueve rítmicamente, describiendo figuras y marcando leyes.

Para comprender el espíritu de la danza basta con sumergirse entre las hojas de un frondoso árbol y sentir cómo el viento las mueve… Sin desprenderse de su tallo, las hojas danzan y cantan, ofreciendo una sinfonía en verde que encanta los ojos y los oídos. Basta con sentarse un momento frente al mar, y dejarse llevar por el ritmo inexorable con que las olas baten estéticamente las orillas. Basta con ver volar un pájaro, o aun caer una hoja danzando cuando el otoño señala su hora… Basta con ver correr las nubes, que bailan por el cielo, asumiendo mil formas fantásticas. Basta, en fin, con saber leer en ese libro abierto que a diario nos ofrece la vida, pero del que solo apreciamos –y de vez en cuando– apenas las cubiertas exteriores.

Pero cuando no hay ojos para ver, tampoco hay cuerpo para danzar. Solo queda un trozo de materia (al que llamamos cuerpo) que se agita y se retuerce, más bien presa de alguna suerte de convulsión patológica, que no de una estética rítmica. Solo queda un ser instintivo que busca sin disimulo su satisfacción, antes que una ansiedad espiritual de belleza.

Cuando no hay ojos para ver, tampoco hay sonidos para hacer música… Si los sonidos siguiesen el orden y la conjugación, producirían en el cuerpo una respuesta conjugada y ordenada; pero la música es disonante, es chillona, es violenta, cuando no es traidoramente dulzona y solapadamente tierna, mientras palabras y letras se tornan en invitaciones a la degeneración sexual de moda o al sistema político en boga.

Todo es pretexto y disimulo, mientras la verdadera consigna se mantiene oculta, señalando la muerte de la danza: es la consigna del triunfo de la materia, la promesa de una falsa libertad que nunca se conquista por la sencilla razón de que no existe en los mundos en que se pretende alcanzarla. Es un “haz lo que quieras, mientras sea lo que yo quiero”. Es un “muévete libremente” mientras sigas la moda impuesta. Es ver bonito lo que asquea; es taparse los ojos y girar y saltar locamente, pisoteando el recuerdo de la venerable musa del ritmo y la armonía.

En medio de tanta falsedad, en medio de tanta palabra sin sentido, en medio de jóvenes que, ya lejos de saber danzar, han olvidado aun la gracia propia del caminar, en medio de brincos y cuerpos abandonados, caídos y desgarbados, he clamado por Terp­sícore. La he llamado con la añoranza hecha fuerza que radica en el fondo del alma, más allá de mil apariencias contradictorias.

Y ella vino a mí. Fue cuando la vi envuelta en sus túnicas, irradiando gracia en cada uno de sus movimientos. Caminaba a través del tiempo, y su andar era una danza; escogía uno a uno sus gestos y estos eran música. Creí que estaba muerta, pero lo Bello nunca muere… Creí que nadie advertiría su presencia, pero lo Verdadero se impone…

Fue una visión fugaz, en que el tiempo y el espacio pierden su terrible categoría, y en que la moda se agazapa avergonzada ante lo que siempre es, ha sido y será.

La musa de la danza pasó por un instante entre nosotros; ya nadie conoce su nombre ni nadie recuerda su arte, pero dejó la añoranza impresa en unos pobres cuerpos que, perdidas sus alas, no saben volar ni caminar; solo elevar los ojos ante visiones fugitivas mientras el alma ruega por que se vuelvan realidad.

El alma sí sabe danzar; ella vive dentro, en cada uno de nosotros, más o menos prisionera de las rejas que le hayamos querido poner. Cuando el alma vibra, los griegos la llamaban Terpsícore, nombre de gracia y armonía; cuando en nosotros llora, ¿cómo la habremos de llamar?

Créditos de las imágenes: The Athenaeum

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