Urania, la musa de la Astronomía

Autor: Delia Steinberg Guzmán

publicado el 23-09-2017

Hoy vi a Urania, la musa de los astros, la Celeste, a la que para verla basta solo con alzar los ojos. Pero hoy es muy difícil poder levantar los ojos…

Urania, la musa de la AstronomíaHoy estamos lejos de las musas, cegados para la inspiración superior, porque hemos aprendido a besar las sogas y cadenas que nos atan más y más a la tierra. Por eso vamos olvidando que hay cielo, que las estrellas brillan a pesar de nuestro ofuscamiento, y que las leyes sagradas que rigen el universo siguen su curso inexorable, aunque los hombres pretendan haber abolido el orden matemático con simples decretos de papel.

Hoy vi a Urania, y la vi portando en sus manos ese universo movido por leyes, ese universo amplio y fantástico donde la armonía se expresa a través del número, del movimiento, de los ciclos y de la vida que siempre continúa. La vi azul, purísima, rodeada de astros brillantes, mostrando desde su mundo sideral los hilos sutiles con que están unidas todas las cosas existentes.

Lejos de las abstracciones a que nos ha acostumbrado la ciencia, vi que los astros son seres pletóricos de vida, que desarrollan su experiencia fijados a sus cuerpos de luz, tal como los humanos necesitamos de nuestro cuerpo para aprender y para comunicarnos. Vi cómo el giro de los astros se asemeja al constante rotar de los hombres, cuando van de un punto a otro de sus ciudades para cumplir con sus vidas diarias. Vi cómo el aparecer y desaparecer de los astros coincide con lo que nosotros llamamos sueño y vigilia. Vi cómo ellos buscan a su sol central y giran a su alrededor, tal como el humano se dirige hacia Dios en constante búsqueda de perfección.

Vi y comprendí el profundo conocimiento de los antiguos cuando, sabiendo del comportamiento de cada astro cual ser vivo, lo asociaban con distintas deidades, unien­do símbolos y significados en un intento de síntesis que ayudase al hombre a sentirse parte del universo.

Viendo a Urania, sentí el empuje de los caminos paralelos, que hacen que hom­bres y estrellas circulen hacia el mismo destino, cada uno según sus posibilidades. Nosotros, opacos; ellas, brillantes; pero de la misma esencia en el fondo. Nosotros, solos y desesperados; ellas, acompañadas de Urania, a la que siguen marcando el paso de sus ondas matemáticas. Nosotros, abajo; ellas, arriba, pero haciendo unos y otros un esfuerzo para lograr el encuentro: ellas, enviando sus eternos efluvios, y nosotros, aprendiendo a levantar los ojos hacia sus señaladas presencias en el cielo nocturno.

Cuando se apague el Sol del día, cuando mengüen las preocupaciones y los afanes que te han atrapado hasta ese momento, eleva, amigo lector, tus ojos hacia la noche. No dejes que las nubes oscuras te engañen: detrás de ellas verás brillar el manto de Urania, plagado de luces que laten con el mismo ritmo que tu corazón.

Busca a Urania y verás que no estás solo; que el universo que ella te presenta es infinito y que, más allá de los dolores humanos, hay una promesa de grandiosa eternidad, en un mundo donde vibran los astros hermanos, aquellos que, habiendo dado un paso más en el camino de la vida, han aprendido a transmutar lo oscuro en luminoso, lo efímero en duradero. ¿La ves? Por lo mismo que has levantado tus ojos, ella ha bajado los suyos hacia ti y se señala con una estrella de brillo superior… tu propia estrella.

Créditos de las imágenes: The Athenaeum

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