Erato, la musa de la Poesía Amorosa

Autor: Delia Steinberg Guzmán

publicado el 11-09-2017

Hoy vi a otra de las musas, generosas criaturas que bajan de tanto en tanto al árido mundo de los humanos para volcar una gota de su eterna inspiración. Y, en medio de este extraño mundo en que vivimos, en medio de este mundo seco y torturado, vi ante mí a la dulce Erato, reina de la poesía, genio de la lírica, fuente del amor…

Erato, la musa de la Poesía AmorosaCediendo al impulso primero, vi de ella su apariencia y, como siempre me ha sucedido, quedé absorta en su presencia, tratando de buscar un poco más allá el conte­nido interno de los muchos símbolos que la adornaban. Vi su sencillez, su modestia y delicadeza, vi su cabeza coronada de rosas; vi los pliegues de su manto, que eran en su caída un canto de armonía; vi su lira y su flecha, y al pequeño Eros rondando a sus pies, buscando él también –aunque pequeño dios– el apoyo de la musa para mejor impactar en los hombres.

Y, tras la visión, vino el ensueño… ensueño que agranda la enorme diferencia entre el ámbito que vio nacer la musa y este otro ámbito que hoy nos rodea. Aparente­mente, nada hay más dispar que aquellos viejos años heroicos y apasionados y estos otros cobardes y malvados; entre aquellas épocas de poemas y finos sentimientos y estas otras de ruido e instinto. Y los que hoy anhelan lo bueno y lo justo, aquello que debe vivir en el fondo de todo ser humano, cargan además con el dolor que supone tener que esconderlo, disimularlo, callarlo o llorar a solas, pues la “moda” no permite esas “debilidades”.

Así, entre oleadas de dolor vino el ensueño… Escuché versos de maravilla en medio de un suave ritmo, con viejas palabras olvidadas, tan simples y tan puras que no tienen ningún sentido si no van cargadas de sentimientos afines. Escuché los sones líricos que reúnen toda la Naturaleza en un solo canto a la belleza. La lira de la musa se expresaba en tenues melodías para acompañar aquellos viejos poemas de amor.

Entonces vi cobrar vida al pequeño Eros. El tierno diosecillo clavaba sus ojos traviesos en la flecha que la musa llevaba en la mano, y todo adquiría un color más profundo, más intenso.

Comprendí –una vez más– que Erato canta a un amor sublime, que escapa por completo de nuestro tiempo y espacio. Supe que la musa ya no vive entre nosotros, porque son muy pocos los hombres que quieren saber de este amor sin límites que apenas si se apoya en el cuerpo, para elevarse hasta estratos sutiles donde se encuentra la raíz misma de la vida. Añoré con fuerza aquellas oleadas cadenciosas donde la poesía toma el mismo ritmo que el fluir de la sangre, donde las palabras bullen como las aguas del mar, y donde el sentimiento es matriz de visiones celestiales.

Bella y casta Erato: tu lirismo no ha muerto con el tiempo; tu antiguo mito no es la mentira que hoy nos cuentan. Tu existencia es tan real como la imperiosa necesidad que los hombres sienten de aquello que tú representas. Pero, como a tus otras hermanas, nadie te comprende por miedo a comprenderte; nadie te sigue por el inmenso trabajo que significa despegarse del barro. Hay miedo a volar como tú, a cantar como tú y a sentir como tú, porque todo ello equivaldría a vivir con el alma limpia, abierta y al desnudo. Por eso hoy se desnudan los cuerpos y se cubren las almas de sucios harapos… Por eso ha muerto la poesía, por eso mueren poco a poco las palabras amorosas y por eso el gesto de dulzura de tu reino ha sido reemplazado por el golpe y la ironía…

Pero yo te he visto y sé que existes… Aunque tu visión sea fugaz, he estado contigo un instante y, desde mi humilde condición de mortal, hago a partir de ahora el esfuerzo necesario para perpetuar tu gloria y tu belleza. Déjame cantar por ti; déjame usar la lira e inspira mis voces; cúbreme con tu ternura y haz que lo que hoy digo –lo que hoy vi– sea realidad para todos los que, mudos y desesperados, sueñan contigo sin saberlo.

Créditos de las imágenes: The Athenaeum

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