Euterpe, la musa de la Música

Autor: Delia Steinberg Guzmán

publicado el 13-09-2017

Hoy vi a Euterpe, la musa por excelencia, aquella cuyo atributo, el del sonido, hoy es para nosotros música, ciencia de las musas, armonía que resume el conjunto de las artes y de las ciencias.

Euterpe, la musa de la MúsicaLa vi como suelo ver todas mis extrañas apariciones: rodeada de un halo de prodigio, transformando mágicamente el viento que pasaba por la caña hueca de su flauta. Lo que hasta entonces era aire sin orden ni concierto era, a partir de entonces, sonido armonioso y puro, modulado en discurso especial que los humanos llamamos melodía.

Recordé cuánto valor tenía para la musa el saber elegir y combinar los sonidos, el saber disponer tanto del elemento sonoro como del silencio de fondo y soporte. Recordé que, para la musa, el sonido no tiene un valor casual y que no es lo mismo juntar unos que otros, pues de la unión de los sonidos proviene la armonía o la discordancia, según hayamos sabido o no coordinar lo que es conveniente coordinar.

El viejo Platón –tan viejo como la Musa–, ya nos explicaba sobre los distintos estados de ánimo que puede provocar la música en el hombre, y sobre lo que él llamaba músicas positivas a diferencia de las negativas. La positiva era aquella que elevaba el corazón del hombre, preparándolo para grandes empresas, haciéndole sentir fuerte y seguro de sí mismo, activo, feliz, sereno. La negativa, en cambio, alentaba la melan­colía, el desánimo, el temor y la inseguridad, el miedo a fracasar, la tendencia a la inercia.

Y, ¡oh, paradoja! Hoy que hay tantos y tantos sitios dedicados a la música, nos hallamos en presencia de otros tantos templos profanados, donde no se adora a Euterpe, sino a su negra contraparte.

Si descontamos las excepciones (que por eso son excepciones), veremos que la música de hoy no es arte, no surge de la inspiración. Es un vulgar comercio, donde im­pera una moda: prostituir al hombre, degradarlo en sus gustos, anular sus más mínimas posibilidades de despertar. Y, por consiguiente, hay que seguir la moda: cuanto más pagan, mejor, y la moda es un artículo caro.

Los sonidos se unen en ritmos discordantes que sugieren al cuerpo distorsiones en lugar de danza. La armonía se pierde en saltos simiescos, y la voz humana se confunde con estertores de bestias moribundas. La flauta de Euterpe… pobre flauta… ya no alcanza para expresar tanto desastre. Ha sido sustituida por exóticos instrumentos donde es mil veces mejor el viento que entra por una punta que la melodía que sale por la otra.

Pero, como no hay otra música para escuchar, esta es la que se escucha, y la que termina por gustar en esta ausencia total de belleza y armonía. Especialmente la juven­tud, se adormece en sones melancólicos, instintivos, sensuales e incitantes. Todo es bueno, con tal de que los jóvenes malgasten sus lógicas energías… Si creciesen sanamente… ¡cuántas mentiras, cuánto dolor, cuánta miseria no se evitarían…! Pero Euterpe no cabe en este mundo. Ha sido desterrada, al punto de que mi humilde visión terminó por esfumarse al compás de golpes y ruidos lejanos que hasta mí –y hasta ella también– llegaban desde una “casa de música”.

Se fue Euterpe, enredada en sus velos y en sus melodías, soplando prodigios en su flauta, remontando vuelo con su ritmo.

Y al irse me dejó otro misterio. Su flauta es hueca… El viento corre por ella porque la flauta lo deja correr; tan solo lo recoge, lo modula y, nuevamente, lo deja salir transformado en música para los oídos… Euterpe es hueca, es pura y limpia como los primeros rayos del sol en la mañana; por eso caben en ella la belleza y la armonía… Y nosotros, ¿qué somos nosotros? Pobres cañas taponadas por el barro del tiempo, recu­biertas por el musgo de las pasiones, inutilizadas por el óxido de la fallida voluntad…

Hace falta al hombre, como alguna vez lo enseñó Euterpe, limpiarse y abrirse por dentro, ejerciendo una fuerza suprema en base a otra fuerza ideal. Y entonces sonará el instrumento; entonces el mundo sabrá cuál es la armonía todavía oculta que resulta del hecho de ser hombre.

Por este, tu mensaje, gracias Euterpe. Y por dejarte ver, la promesa de no borrarte ya jamás de mi horizonte.

Créditos de las imágenes: The Athenaeum

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