Melpómene, la musa de la Tragedia

Autor: Delia Steinberg Guzmán

publicado el 15-09-2017

Hoy vi a Melpómene, la musa de la tragedia, la inspiradora de artistas a todo lo largo de la Historia, la amada y la temida, la imagen acusadora de la vida.

Melpómene, la musa de la TragediaLa vi como siempre nos la han pintado, con su larga túnica cayendo a sus pies, con su rostro severo e impasible, con su cetro, su puñal y la máscara trágica en la mano. El cetro hacía de ella la reina absoluta de la existencia, la dueña de los destinos, la que, en mayor o menor grado, tiñe todos los acontecimientos de la vida. La máscara, terrible en su rictus, recordaba las innumerables veces en que todos los humanos hemos con­traído nuestros propios rostros, dirigidos por el dolor; había en esa máscara una extraña conjunción, donde se sumaban todos los ojos, todas las miradas, todas las expresiones de todos los hombres… Y la conjunción hablaba, como siempre, de dolor… Y el puñal… era al menos la promesa de poder acabar con las sombras, con las mentiras y el sufrimiento obligado; en manos de Melpómene, el puñal era más dulce y prometedor que la máscara y el cetro de trágica poderosa.

Pero las visiones de este mundo son inestables, y se empañan como espejos de mala calidad… La propia vida, la esencia misma de Melpómene, nos hace perder claridad en las imágenes. Y así fue como mi primera visión de la musa se fue transformando, hasta centrarse por completo en la prodigiosa máscara que llevaba en la mano.

Los antiguos hubiesen hablado de magia, yo hablo apenas de lo que vi. Lo cierto es que la máscara adquirió movimiento ante mis ojos, y dejó de ser la vacía cobertura que conjugaba a todos los hombres. Fue, de pronto, un rostro más entre los rostros, animado de vida y circulando entre los muchos rostros que circulan por las muchas calles de una nutrida ciudad.

Pero era esta máscara un rostro inquisitivo; sus ojos, en verdad, nunca dejaban de parecer vacíos y hondos, y desde esa hondura preguntaban sin hablar: ¿por qué? Y todos los hombres bajaban la mirada, y todos los caminantes se volvían hacia otros sitios, con tal de no tropezar con los mudos ojos de la muda pregunta, porque cada uno de los humanos se sentía incapaz de contestar al por qué. Su boca (la de la máscara) mostraba una sonrisa trágica, ya que de otro modo no hubiese podido ser; y esa sonrisa era una burla para cada ser, una burla de sí mismo, de su incapacidad, de sus sueños irrealizados, de sus temores y de sus dudas… Y todos se volvían para evitar la sonrisa, sin poder evitarla, porque desde entonces, todos empezaron a sonreír de la misma forma en el fondo del alma…

Esperé, como siempre espero, que la visión de Melpómene se fuese alejando, entre peplos y extraños sonidos del pasado. Y la espera no resultó vana. Melpómene se desvaneció entre las brumas de su mundo celestial, pero me dejó una imagen que ya no se borra más… Me dejó la máscara viva, la Tragedia de la Vida.

Hoy vi a la musa de la tragedia, pero de hoy en adelante no podré dejar de ver la constante tragedia de la existencia. Hoy vi a Melpómene y comprendí que su imagen no es más que la concretización de las muchas vicisitudes que nos toca vivir. Hoy sé que su máscara no es adorno, no es un simple atributo. Su máscara es un espejo donde se reflejan los rostros contorsionados por la tragedia, máscara que acusa porque muestra exactamente lo que somos… Y hoy sé que hay una sola vía para que el rostro de la Humanidad cambie de expresión: desentrañar el misterio de la vida y su tragedia, variar la duda por la certeza de la fe, y el dolor de la ignorancia por la sonrisa de la sabiduría.

Créditos de las imágenes: The Athenaeum

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