Clío, la musa de la Historia

Autor: Delia Steinberg Guzmán

publicado el 09-09-2017

Hoy vi a Clío, la musa de la Historia.

A fuerza de leer y soñar con los viejos clásicos, aquellos que recibían la visita inspiradora de estas sutiles inteligencias, me he extasiado en la contemplación de un pulido mármol con formas femeninas que representan la Historia.

Clío, la musa de la HistoriaY he intentado ver más allá de las formas, más allá del mármol, procurando extraer el misterio de la diosa que rigió el concepto de tiempo y de Historia durante tantas centurias.

Quise acercarme a ella explicándole lo que ahora llamamos Historia, y tuve vergüenza de exponer tan pobres palabras. Me di cuenta de que la Historia ha quedado restringida a una serie de relatos que se leen en los libros, más o menos adulterados y teñidos por las ideologías de cada época. Me di cuenta de que la Historia había dejado de ser activa o, por lo menos, dependía de unos pocos hombres que gobernaban los hilos a su gusto y según sus propias conveniencias, nunca suficientemente claras ni limpias. Y la propia visión de la musa me trajo a la memoria el legendario mito de la caverna, que tan bien expusiera Platón: unos hombres encadenados en conjunto en el fondo de una caverna, y unos invisibles amos de la caverna que prometían constantemente “libertad” a los condenados a vivir tomando las sombras de los muros por realidades. Los atrapados en las sombras y en el engaño, difícilmente pueden hacer Historia; y si la leen, leen tan solo la que le presentan los oscuros amos de la caverna.

Ante tanto desconcierto, ante tanta falta de ideales elevados –le explicaba a mi musa–, la Historia ha tomado rasgos de casualidad, olvidando el ritmo, la ley, la armonía, el criterio, los designios y los profundos trazos que requiere el avance de la Humanidad.

Pero comprendí que mi musa no lo había sido jamás de la casualidad. Ella había regido sobre los hechos esenciales marcados por la Necesidad, la Ley y la Acción. Ella había sido, ciertamente, la musa del destino. Ella había inspirado a los hombres, seña­lándoles el camino a recorrer, el camino apropiado para llegar a buen puerto.

Hoy vi a la musa de la Historia, y ella también me ayudó a ver en los enigmas del libre albedrío, aparentemente opuesto a la predestinación. Aprendí que las supuestas “creaciones” humanas son efectivas en cuanto se desenvuelven en los cauces de la gran Ley, del gran Destino; entonces sí estamos frente a una indudable predestinación. ¿Es que no cabe, acaso, que quien nos ha dado la vida y ha animado los mundos, haya designado también un devenir para estos mundos y para sus seres vivientes?

¿Y cuál es nuestro libre albedrío, nuestra capacidad de creación individual?

Es nuestra posibilidad de escoger conscientemente el buen camino, el camino señalado. Según la musa de la Historia, los humanos terminaremos andando por el buen sendero sobre la base de dos posibilidades: o por determinación consciente, una vez reconocida y aceptada la ley, o por la fuerza, equivocándose y sufriendo una y mil veces, para terminar huyendo del error como escapa el niño del fuego que le quema la piel, aunque sin entender las características del fuego.

Los ojos de mármol de la musa estaban fijos en el futuro. En ellos vi que, por mucho que hayamos olvidado el sentido de la Historia, por mucho que vivamos encerrados en el fondo de la tétrica caverna materialista, por mucho que ensayemos mil y una fórmulas vacías de contenido, el dolor nos llevará inexorablemente a buscar la línea intangible que demarca los ojos de la musa.

La elección –y esto sí es libre albedrío– consiste en tomar buen rumbo cuanto antes y sin dolor, o más tarde, pero con el alma desgarrada por el sufrimiento.

Sea como sea, al final del camino, la musa de la Historia espera, blanca y firme, con sus ojos serenos de mármol, para tender la mano a los que ayudan a escribir el devenir y no solo contemplarlo, para inspirar por siempre jamás a los valientes y decididos, a los protagonistas de la vida, a los conocedores del principio y el fin de las cosas y, por ende, de este medio que ahora recorremos.

Créditos de las imágenes: The Athenaeum

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Un comentario

  1. ingrid Pimentel dice:

    Muy acertado articulo

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