Un verano para reflexionar sobre la Vida Universal

Autor: Delia Steinberg Guzmán

publicado el 10-08-2026

Nos ha tocado vivir un verano lleno de acontecimientos que rozan múltiples facetas de nuestras vidas. Antes solía decirme que en verano se detenían todas las actividades, incluso las revoluciones políticas, para que la gente pudiera descansar y el turismo no se viera afectado. Ahora, por lo visto, la acumulación de tensiones y problemas sin resolver es tan grande que hay que utilizar la más sagrada de las estaciones, la que solo parece invitar al olvido y la relajación.

Pero no son los acontecimientos políticos, sociales o económicos los que quiero mencionar, y no porque no tengan importancia: al contrario, son los que ocupan los mayores espacios en los medios de comunicación. Me interesan, sin embargo, otros episodios que, aunque aparentemente desligados, llaman la atención sobre una misma idea: la Vida, la Gran Vida.

Como siempre, el verano ha sido desgraciadamente pródigo en incendios forestales. Han desaparecido cientos, miles de hectáreas, superando las cifras de años anteriores con gran holgura. Incluso hubo que lamentar pérdidas humanas entre aquellos que, cumpliendo su ejemplar misión de paliar el fuego, fueron tragados por la vorágine[1].

Ante esto, hay una pregunta que nunca he podido dejar de hacerme: ¿qué siente la Tierra cuando se queman sus árboles? Si el planeta pudiera expresarse, ¿cómo nos haría llegar su dolor? Por ridículo que parezca, si los seres humanos varían de un lugar a otro en sus lenguajes y formas de expresión, ¿por qué no habría de tener la Tierra algún sistema que fuera propio de ella, que pudiera ser entendido por los más intuitivos y perspicaces?

Foto 30 años después del impacto del cometa Shoemaker-Levy en julio de 1994, al sur del planeta Júpiter.

También durante el mes de julio vivimos una experiencia llamativa: la de un gran cometa partido en varios trozos, que chocó durante al menos cinco días contra la superficie del planeta Júpiter. Algunos impactos, al decir de los expertos, abrieron huecos tan grandes como la misma Tierra y otros investigadores aseguraron que esas fueron apenas cosquillas para el gigante Júpiter, el grande entre los grandes de nuestro sistema solar, el que los antiguos relacionaron con el dios regente de los eternos cielos. ¿Pero sabemos en realidad cuál fue la reacción íntima del planeta, más allá de las marcas físicas evidentes? ¿Sabemos cuáles fueron sus sentimientos –o alguna forma de vivencia– que reflejaron y reflejan todavía ese para nosotros incompresible fenómeno de la Naturaleza?

Si partimos de la base de que solo los humanos somos los que estamos conscientemente vivos, todas las preguntas anteriores carecen de sentido. Tanto la Tierra como Júpiter no serían más que unas bien acondicionadas rocas girando en sus órbitas alrededor del Sol. Pero no puedo evitar el recuerdo de tantos filósofos antiguos que supieron presentar con propiedad y claridad sus pensamientos sobre la Vida Universal, la que atañe a todo lo que existe, aunque se presente bajo las más variadas formas. Entonces tanto la Tierra como Júpiter viven, tienen sus ciclos de salud y enfermedad, de tranquilidad y de zozobra… En sus propias escalas, gozan y padecen como lo hacemos los humanos.

¿Que no hay pruebas de ello? ¡Qué más da! Durante siglos no tuvimos pruebas de las verdades científicas hoy aceptadas y apoyadas en complejos cálculos. Tampoco faltaron los que dejaron sus vidas intentando demostrar unas verdades que intuían si bien entonces no tenían medios precisos para fundamentarlas.

Sea como sea, si nosotros en nuestra pequeñez y, por qué no, en nuestra ignorancia, nos sentimos impresionados por los embates de los cometas interestelares y por los incendios monumentales, ¿cómo pensar que los más directamente afectados están fuera del alcance de esta proyección vital?

Si la Vida es Una, es Una para todos. Ya vendrán más adelante las tan apreciadas demostraciones. Hoy nos queda el asombro, el dolor, la impotencia, la maravilla de vivir en este infinito mundo del que apenas alcanzamos a comprender una mota de polvo y al que, por lo visto, poco podemos ayudar, por más que nuestros deseos de aliento vuelen mucho más lejos que nuestras mentes.

 

Nota

[1] Durante el verano de 1994 y debido a una gran sequía y una ola de calor, el Este de la península ibérica sufrió unos enormes incendios que provocaron la muerte de 13 personas, la mayoría profesionales que lucharon para contener la tragedia.

 

Créditos de las imágenes: Reddit

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Referencias del artículo

Publicado en la Revista Cuadernos de Cultura núm. 229, en septiembre de 1994.

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