¿Pueden ser conocidos los designios de Dios?

Autor: Jorge Ángel Livraga

publicado el 06-10-2021

Este tema nos obliga a ponernos en guardia sobre un primer error que solemos cometer, más o menos cegados por las religiones exotéricas que han primado en nuestra educación infantil. Un filósofo, como amante de la verdad que es, debe evitar personalizar a Dios.

Conocer los designios de Dios

“Aquello” a lo que llamamos los filósofos Dios, no tiene propiedades ni podemos adjudicárselas. Ya lo dijo H.P. Blavatsky: si las vacas tuvieran alguna forma religiosa y quisiesen representar a Dios, es evidente que lo figurarían con cuernos. No debemos olvidar que todas las religiones son formas exotéricas, adaptadas al lugar y al tiempo, para beneficiar a determinados hombres. Así, los indos han puesto cabeza de elefante a su dios de la sabiduría; los egipcios, cabeza de ibis. Así también, el Budha entra al Nirvana con los ojos entrecerrados, impoluto de toda suciedad y adormecido; el Cristo entra al Reino de los Cielos, humanamente sucio y sangrante, luego de haber sufrido la última prueba de la duda, teniendo como compañeros a dos ladrones. Pero todo esto es puro exoterismo; revestimiento exterior de cosas más profundas y misteriosas. Cuando Platón dijo que “jamás el vulgo será filósofo”, no cometió ningún error social…; simplemente dijo la verdad. Hay que dejar de ser “vulgo” –o sea “exotérico”- para llegar a la verdad del esoterismo.

Veamos, asimismo, que no es fácil –ni mucho menos– conocer la verdad. Tampoco es difícil para “quien esté preparado para ello” … Pero hay tan pocos preparados… y hay tantos que creen estarlo… que preferimos dejar la verdad de Dios y dedicarnos tan sólo a sus designios, es decir, sus voluntades, sus eones y dáctilos, que son los que rigen, ciertamente, la Tierra y todos sus habitantes.

Decir que los designios de Dios son un enigma es cierto si lo tomamos en ciclos inconmensurables para nosotros, pero a escala humana, pueden ser conocidos; en la práctica del aquí y ahora pueden ser conocidos.

Toda la ciencia no es otra cosa que el conocimiento de los designios de Dios. Y estos designios no son anárquicos ni cambiantes, como si proviniesen de un gigantesco y caprichoso niño… Estos designios se repiten y el conocimiento de sus repeticiones y de los ritmos que los rigen es el conocimiento de las leyes que rigen todo lo manifestado, en este plano dimensional o en cualquier otro. “Así es arriba como es abajo”, dice el Kybalión.

Si yo sé que dos volúmenes de hidrógeno más uno de oxígeno, al juntarse a una temperatura propicia, van a dar agua, conozco un designio de Dios y este designio se repetirá tantas veces como yo lo convoque con mi sencilla experiencia química. De la misma manera, si el astrólogo percibe una conjunción y paridad de marcha entre la estrella Régulus y el planeta Marte, puede prever problemas para los humanos… de la misma manera que el químico puede prever agua si ve que se van a poner en contacto dos volúmenes de hidrógeno y uno de oxígeno, a una temperatura propicia. Los milagros no existen… Existen sólo los “prodigios” que son las manifestaciones de leyes naturales y que, al no conocerlas, el vulgo llama milagros. Por ejemplo, un simple automóvil andando velozmente, sin caballos que lo tiren, hubiese sido interpretado como un milagro en París en el siglo XIII. Y en cierta medida, lo hubiese sido, pues hay un tiempo para la manifestación de cada cosa y otro tiempo para olvidarla. Tales son los designios de Dios.

Tengamos mucho cuidado en negar el “aspecto esotérico” de las cosas y desconocer que hay quienes puedan percibirlo e interpretarlo. No caigamos en la superstición del vulgo, que no pasa de la “letra muerta” de un libro sagrado, pero interpreta como válido el simbolismo de sus sueños sobre las cosas más triviales… por la “suprema razón” de que lo soñaron ellos y no es una interpretación de Platón o Blavatsky. Esta forma de egocentrismo infantil, consciente o no, debe ser suplantada por un estudio más serio y responsable que diga no a la superstición y sí a la Magna Ciencia[1].

No es vanidad tratar de saber lo que va a pasar mañana, si se utilizan los instrumentos correctos. Es natural en el ser humano el estar preocupados por su futuro y por el futuro de sus obras; de sus hijos, de sus discípulos.

Veamos que toda la Naturaleza está ya planificada por Dios a través de sus designios, de su mente cósmica. Los seres humanos mismos somos una forma de “designios de Dios” y participamos más o menos activamente en la corriente de la Vida; la cual, referida a las cosas humanas, se llama “Historia”. No esperemos que se nos aparezca la mano de Dios, como se figura que se le aparece a Adán en la Capilla Sixtina. Es aquel un arte muy bello, pero si no se percibe que el dedo de Adán tiene el mismo tamaño que el dedo de Dios, quedémonos con nuestros manuales de pintura. Y no critiquemos a quienes tratan de llegar al Espíritu de las cosas… porque criticaríamos una forma de los designios de Dios.

De tal manera, diremos que se pueden conocer los designios de Dios y que es lícito hacerlo si se tiene los suficientes conocimientos para ello, y un espíritu filosófico que garantice la honradez del procedimiento y la publicación o no de sus resultados. Y reitero mi advertencia del principio: NO PERSONIFICAR A DIOS NI ATRIBUIRLE NUESTROS DEFECTOS NI VIRTUDES HUMANAS.

 

Notas:

[1]    Magia, en el sentido del antiguo conocimiento que se conservó en las Escuelas de Misterios, que relacionaba al hombre con los astros y lo terrestre con lo humano y lo celeste.

Créditos de las imágenes: Davide Cantelli

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Referencias del artículo

Artículo aparecido en la revista “Nueva Acrópolis”, de España, nº 125, del mes de marzo de 1985

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