Hacia una nueva convivencia

Autor: Jorge Ángel Livraga

publicado el 05-08-2020

«La convivencia, cuando voluntaria y consciente, es el arte de vivir y dejar vivir».

Este arte es más difícil de lo que parece a primera vista, pues implica, a distintos niveles de la conciencia, elementos tan esenciales y antiguos como el instinto de supervivencia, de propiedad, de rol y de sexo.

Es, en su máxima síntesis, una lucha a muerte entre la conciencia espiritual y la existencia animal. Es el viejo mito que se representó entre los pueblos de todos los tiempos, desde el Kurushetra del Mahabharata hasta el de San Jorge y el dragón.

Hacia una nueva convivenciaLa convivencia es una prueba para todos nosotros. Lo es, incluso, en el sentido iniciático de este concepto, como prueba de valor, pues solo los valientes, los que valen, la pueden superar. Los que fracasan suelen apelar a motivos pseudoespirituales para justificar su falta de capacidad para la convivencia.

El primer paso hacia una convivencia consciente es reducir al mínimo el egoísmo y aun el egocentrismo. Esto no conlleva la cesación de nuestro imprescindible espacio vital, sino saber acomodarlo de manera que no entre en conflicto con el espacio vital de los otros; tornarlo un medio elástico e inteligente, que domine sus límites, haciéndolos avanzar o retroceder según convenga, sin pegarse al terreno de cosas materiales ni psicológicas, sino ejercitando la bondad de corazón, la concordia, la verdadera confraternidad. Esa que todos se precian de tener y defender, pero que es tan difícil de encontrar cuando las circunstancias se vuelven desfavorables.

La nueva convivencia ha de caracterizarse por la capacidad de cada individuo –y de los grupos que ellos componen– de vivir y dejar vivir… sin creerse por ello personas que rozan la santidad, sino simples y auténticos seres humanos.

Sin convivencia, nuestro proyecto histórico de un mundo nuevo y mejor es imposible. No nos podemos manejar con abstracciones ni lejanías, sino con elementos reales, existentes y actuales.

Nuestra comprensión de que somos todos diferentes nos ayudará a lograrlo, pues la convivencia no se da jamás entre iguales, sino entre desiguales que tienen mucho que intercambiar, es decir, elementos de interés mutuo.

La desigualdad nos une, como los dientes de un engranaje que entran en los espacios que deja el otro, y viceversa. La desigualdad y su concienciación nos permite transmitir fuerza y traccionar del hilo del Destino, no alejándonos de él y su perspectiva de la nueva Historia.

La desigualdad hace interesantes a las demás personas y a las diferentes perspectivas, opiniones y posibilidades. Hace nacer, en medio de la vida, la esperanza y el entusiasmo, la actividad, el movimiento positivo.

Entonces, se hace posible y necesaria, naturalmente necesaria, la convivencia, no solo entre los humanos, sino con todos los seres visibles e invisibles, abriéndonos factores de percepción en lo oculto, que son insospechados para el que empieza a recorrer el camino.

Pero la verdad, como decía H. P. Blavatsky, se honra con la práctica…

Ahora, ¡al trabajo!

 

Jorge Ángel Livraga

Créditos de las imágenes: Clay Banks

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Referencias del artículo

Artículo publicado en la Revista Nueva Acrópolis, número 241, de octubre de 1995.

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