Dormid, dormid, mortales,
Que el grande y el pequeño
Iguales son los que les dura el sueño.Calderón de la Barca
La palabra “igualdad” deriva etimológicamente del latín “Aequalitas”, que significa la conformidad de una cosa con otra en cantidad y, por extensión, en calidad o apariencia. De esto se deduce fácilmente que la igualdad es una propiedad adquirida por la comparación de una cosa con otra y no una propiedad de la cosa en sí.
No habría, pues, ni ser ni cosa que pudiese ser igual sin la ayuda de otra; no se trata de una cualidad natural sino proveniente de las circunstancias. La igualdad, como todas las propiedades adquiridas, es dependiente. Una cosa u objeto cualquiera en el espacio, sin relación con otro, no es pequeño, ni igual ni grande, ya que la igualdad es una cualidad relativa que puede adjudicarse al Ser pero que no tiene ser en sí.
En Aritmética decimos que dos es igual a dos, y esto es cierto en la abstracción. Pero en el mundo manifestado, en el aquí y el ahora, cuando las cosas poseen más de una cualidad, dos manzanas no son iguales a dos relojes, por ejemplo. Y ni siquiera es forzoso que las dos manzanas sean iguales entre sí en tamaño, peso, color, etc.
En verdad, en este mundo en el que nos corresponde vivir, no existen ni dos cosas iguales; cuando más, pueden ser semejantes, o sea, tener algunas características iguales, y otras desiguales que las diferencian. Mas la suma de igualdades y desigualdades, siendo estas últimas variables, dan un forzoso resultado desigual, diferente.

No sois en absoluto parecidas a mi rosa, no sois nada aún —les dijo—. Nadie os ha domesticado y no habéis domesticado a nadie. Sois como mi zorro. No era más que un zorro semejante a cien mil otros. Pero yo lo hice mi amigo y ahora es único en el mundo…
El Principito
La experiencia cotidiana nos enseña de manera irrebatible que no hay dos hojas de árbol iguales, ni dos rostros humanos iguales, ni ninguna cosa que lo sea respecto a otra. A lo sumo, una cosa puede ser igual a sí misma en un instante puntual, sin dimensiones, lo que la hace idéntica a sí misma, pero jamás a otra.
El concepto de igualdad nace artificialmente de las limitaciones de la observación humana. Así, la estrella Sirio puede parecer igual a la estrella Aldebarán ante determinadas condiciones deficientes de observación, pero hoy sabemos que la estrella Sirio no existe como unidad, pues en realidad se trata de dos estrellas que vemos a ojo desnudo como una, simplemente debido a la distancia.
Si observamos desde lejos una multitud de hombres y mujeres nos parecerán todos iguales, pero bastará un acercamiento para que se humanicen en infinitas diferencias, no sólo físicas, sino también psicológicas. Fue la lejanía y la confusión de los detalles los que los masificaron ante nuestra observación haciéndonos creer que todos eran iguales. Cuanto más íntimo sea nuestro contacto con ellos iremos descubriendo más y más matices diferenciadores, dentro de los que no puede rebasar la semejanza de pertenecer todos al reino humano, o a la “especie” humana, como dirían los materialistas.
El concepto hipotético «comunizante» de que todos los humanos son iguales es una falacia tan frágil, que hasta un niño la puede deshacer. Bastaría con preguntarle si su padre, su hermana, su madre, son iguales entre sí o iguales a él mismo. Su respuesta rápida y natural afirmaría que no, y si insistiésemos preguntándole el porqué, podría señalarnos mil detalles, desde los anatómicos hasta otros más sutiles que hacen a todos maravillosamente diferentes, circunstancia que permite reconocerlos y apreciarlos.
Es la igualdad tan antinatural e inexistente que sería suficiente imaginar algo hermoso: una mariposa, una flor, una mujer, un hombre, un cuadro o una estatua; son bellos en su singularidad…, pero si nos viésemos rodeados nada más que de millones y millones de mariposas, flores, mujeres, hombres, cuadros o estatuas que fuesen todos iguales, total e irremediablemente iguales, caeríamos en el desconcierto psicológico más aberrante, en el tedio y la locura. Nuestra circunstancia carecería de profundidad y de sentido. Y en medio de esa diabólica multitud nos sentiríamos solos. Pues por un efecto de multiplicidad no multiforme, la cantidad se nos confundiría en un caos aséptico y repugnante a nuestra más íntima seidad.
Podría tratarse de argumentar que, si bien las cosas no pueden ser iguales, sí pueden ser equivalentes. Pero también esto es falso. Porque es filosóficamente imposible que dos cosas diferentes tengan una suma de atributos iguales. Y de la simple observación nos nace el rechazo de ese absurdo, pues cada cosa o individuo, por ser lo que es, no puede identificarse con otro ni tener sus mismos atributos. Sólo el materialismo aberrante que pone precio a todo, puede tratar de adjudicar valores iguales a cosas diferentes, y así diría un patán que cualquier anciana es lo mismo que su madre y que cualquier mujer lo mismo que su hermana, o que cualquier perro lo mismo que su perro. Carente de sensibilidad, sin “paladar” espiritual, psíquico ni físico, todo le da igual y es como el ciego para el cual no hay diferencias entre las cosas, y si se abandona a sí mismo tanto se llevaría a la boca un buen alimento como un trozo de madera.
Ante la inventada igualdad, la escala de valores que es la que con sus peldaños naturales nos permite ascender y aún tener la libertad de descender, se pierde. Nada más contrario a la libertad que la igualdad. Es libre la curva que rueda sobre el plano de un camino, o las plásticas aguas sobre el rígido lecho de un arroyo; mas si rueda y camino, agua y piedra fuesen iguales, ni andaría el carro ni correría el agua. Y todo lo que se detiene es apresado por el tiempo y se pudre.
Por todo esto ya los presocráticos afirmaban el principio de identidad, que hace que una cosa pueda ser tan sólo igual a sí misma.
A nivel social, la comprensión de estas verdades evidentes permite la supervivencia del individuo, con sus virtudes y sus defectos, con sus características, más allá de la vara del juez que diga lo que es bueno y lo que es malo. Pues buena es el agua para el sediento, pero mala para el que se está ahogando en ella. Y así todas las cosas. Los valores devienen de las circunstancias y el valor en sí es tan solo la propia identidad.
Las hipótesis materialistas que se expresan políticamente a través del marxismo y del capitalismo pretenden igualar a los diferentes y, lo que es peor, a la altura del más bajo. Como la Revolución Francesa no podría asesinar al rey, lo hizo en la persona del ciudadano Capeto. Como la Revolución Rusa no se atrevía a matar a la familia real zarista, ejecutó a todos los Romanov, sin excluir niños ni ancianos.
En la misma raíz de igualar está, en potencia, el genocidio, pues este es más fácil cuando reducimos lo diferente a la pasta amorfa de lo igual. En los campos de concentración de la última época nazi se mataban “judíos”, y en los finales de la 2ª Guerra Mundial, las bombas atómicas de las democracias calcinaron “japoneses”. Es al igualar, al amontonar, al cosificar a los seres humanos cuando se los hace más vulnerables y proclives a ser injustamente destruidos.
Uno de los mitos más terribles y funestos de este siglo XX que está viviendo sus últimos lustros en un ambiente de miseria, opresión y terror, es el de la igualdad.
El que unos seamos diferentes de los otros no significa que “valgamos menos ni más”… Ese es un valor añadido, artificialmente, contra naturaleza. Cada uno vale lo que vale en relación a cada cosa que sea o haga. Un excelente nadador puede ser hombre lento al caminar sobre la tierra y andar a los trompicones.
La filosofía acropolitana, al señalar el valor de las diferencias, canta una loa a la sabiduría de Dios, reflejada en la Naturaleza. Todos somos maravillosamente diferentes. Como no tenemos precio, no somos equivalentes. Somos seres humanos con todo lo grandioso que esto significa. No somos iguales a nadie. Somos distintos e irrepetibles y aun si aceptamos la teoría de la reencarnación, jamás volveremos a ser exactamente los mismos, pues si bien el espíritu es idéntico a sí, no lo puede ser su entorno o sus vehículos.
Incluso quien esto escribe ya no es igual al que comenzó el artículo, ni el lector es ya igual al que comenzó a leerlo. Sí, sabio Heráclito…, ¡nadie puede bañarse dos veces en el mismo río! ¡La igualdad no existe!
¡Cuánta felicidad da el constatarlo, el vivirlo, el liberarse del cenagoso mito de la igualdad!
Créditos de las imágenes: Dayerlin Sosa López
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