Hacia el advenimiento de una nueva edad media

Autor: Jorge Ángel Livraga

publicado el 15-07-2021

Señoras y señores, tengo el alto honor de hablar en este Casino de Madrid y de poder dirigirles la palabra. Agradezco, desde ya, esta presentación que me han hecho y que tanto mérito me hace, aunque obviamente es inmerecida.

Yo suelo, en mis conferencias, tratar de iniciar un diálogo –un diálogo que es un monólogo– con aquellos que me escuchan. Creo que todos nosotros, seres humanos, tenemos una necesidad de contacto filosófico y de contacto humano. Los temas, sean cuales sean, son suertes de continentes, como cajas cerradas que nos permiten abrirlas y extraer de ellas las maravillas de la Antigüedad y las maravillas de un mundo interior. Es necesario, hoy más que nunca, establecer un contacto humano, un contacto profundamente humano.

edad mediaEl tema que hoy voy a desarrollar es sobre el advenimiento de una nueva edad media. Es una tesis histórica que presenta una realidad de una manera simple y sencilla, sin ninguna pretensión científica, tratando tan solo de descubrir una realidad que nos toca a todos, que de alguna manera estamos viviendo, y la estamos viviendo íntimamente.

¿Qué es, ante todo, una edad media? La palabra «media» nos sugiere algo que está entre dos extremos, obviamente. Ya pasaron los tiempos en que cuando hablábamos de Edad Media tan solo nos referíamos a aquella que afectó a la cuenca del Mediterráneo, aquella que dio comienzo –según algunos– con la invasión de Alarico sobre Roma. Hoy sabemos que todos los pueblos, de todas las épocas, en algunos momentos tuvieron estas edades medias, estos extraños momentos históricos en los cuales se derrumba una situación dada y se engendran las semillas para una situación que va a venir; todos los pueblos lo han tenido.

Si vamos, por ejemplo, a los pueblos de México, vamos a encontrar que después de las altas culturas, de las más remotas –de las cuales la más conocida es la de los mayas–, entran una suerte de entes barbáricos, llamados chichimecas, que van a revolucionar todo el arte, la cultura, la comprensión y la ciencia.

También lo hallamos en India. Tras los reyes Gupta, van a aparecer una serie de pequeños reinados que van a menoscabar, de alguna forma, todo lo antiguamente aceptado, pero van a recrear nuevas formas de pensamiento. Nos bastaría citar uno: el budismo mismo es un fruto de una de esas edades medias, que presenta, ante el pensamiento hindú de la época, una modificación sustancial que está más allá de todas las retóricas, que está más allá de todo lo que puede ser una relación formal, para encontrar el corazón del hombre y preguntar las causas: ¿de dónde vengo?, ¿adónde voy?, ¿de qué forma puedo romper lo que los orientales llaman la Rueda del Samsara, la rueda que mueve las causas y los efectos?

En China también sabemos que han existido varias edades medias. Una expresión de ese problema es, por ejemplo, la caída del imperio de los Han, e incluso, antes de la misma caída, todos los movimientos que se van a generar a partir de Confucio y de Lao-Tsé. Confucio y Lao-Tsé van a representar las dos tendencias dentro de esta suerte de edad media china; Confucio, tratando de mantener los antiguos principios con una serie de elementos simbólicos que van a tratar de reverdecer las viejas verdades. Lao-Tsé, lejos de la ceremonia, propone un camino más libre, un camino más amplio; nos habla del Tao, nos habla de un principio que existiría en todo el universo y que, más allá de todas las relaciones formales, podría comunicar al hombre con la Naturaleza y con Dios.

También sabemos que dentro de las culturas europeas han existido edades medias muy previas a la que nosotros conocemos. Existe, por ejemplo, luego de la caída de Troya, una serie de elementos que van a marcar una etapa baja –aparentemente baja en la civilización– y que, sin embargo, nos va a dar algunas de las más grandes flores de la literatura universal; nos va a dar un Homero, nos va a dar un Hesíodo. Tanto Homero como Hesíodo van a rescatar del antiguo mundo elementos que van a servir para forjar un nuevo mundo helénico; ese nuevo mundo helénico que va también a diluirse después de las etapas alejandrinas para dar lugar al nacimiento del Imperio romano.

Podríamos también mencionar el caso de las civilizaciones de Sudamérica, cuando, ante la caída de las grandes culturas, de las grandes protoculturas como Chavín, Nazca o Paramonga, va a haber una especie de gran vacío que será después llenado por el Imperio de los incas.

Mas, para no abundar en todo esto y, dados los ejemplos suficientes, creo que podemos concebir que en la marcha de la Historia existe un ritmo; un ritmo que es necesario interpretar. Un grave problema, no solamente de la gnosis, sino de la vivencia cotidiana, es interpretar los ritmos de la Historia, interpretar los ritmos vitales, interpretar lo que la Naturaleza nos presenta.

Por eso, entonces, encontramos que ese fenómeno de las edades medias existió en todos los pueblos y en todos los periodos históricos, y no podemos ya creer en aquello que se afirmaba en el siglo pasado, en la época del positivismo comtiano que vosotros conocéis tan bien. El positivismo comtiano había solucionado falsamente el problema de la Historia, creando gradaciones –digamos ad infinitum– que partían desde un hombre primitivo hasta un hombre social perfecto.

En estas gradaciones que proponía el materialismo decimonónico se establecía primero una sociedad de tipo mágica, completamente mágica y carente de elementos técnicos, filosóficos o científicos. Luego de esta etapa mágica, surgía otra etapa de tipo religioso donde el hombre volcaba toda su actividad, todas sus iniciativas hacia la religiosidad, hacia los mitos, hacia las relaciones con una serie de elementos de tipo subjetivo. Más allá, el positivismo propone una etapa filosófica en donde se reemplazan los elementos religiosos por elementos de pensamiento, o sea, pensamientos que se van a hilvanar para, a través de una ascesis, llegar a una verdad. Y, finalmente, decían estos positivistas que estaba la etapa científica, la etapa fáctica, la etapa técnica.

Desde mi punto de vista, esta posición del positivismo decimonónico está completamente superada. Desde mi punto de vista, este es el gran fracaso del materialismo, el haberse basado en los juegos de la materia y el haber hecho una elaboración completamente artificial y de laboratorio de aquello que es vivo y palpitante. No se puede pretender conocer al hombre disecando sus músculos, sus nervios, sus venas y sus arterias; no se puede interpretar la belleza, la fuerza, el símbolo, la perdurabilidad y la verticalidad de un árbol simplemente contando las hojas de su copa. Ese fue el gran error.

Pero vinieron luego los descubrimientos arqueológicos. Se descubrió que no siempre sobre una etapa lítica encontrábamos una etapa cúprica o una etapa férrica. No. Se descubrió que muchas veces ese mundo lítico había sobrepasado el mundo de los metales y había vuelto de nuevo a aparecer. Se descubrió que bajo las arenas de los desiertos, en lugares alejados, existían ruinas de grandes civilizaciones, y el estudio metódico de esas ruinas puso de manifiesto conocimientos de tipo astronómico, conocimientos de tipo teosófico y de tipo religioso.

Hoy ya no podemos hablar de una antinomia entre lo mágico, lo religioso, lo filosófico y lo científico. Hoy podemos hablar, tal vez, de un alternarse de los acentos y, así y todo, sabemos perfectamente que en todos los grupos humanos y dentro de nosotros mismos coexisten todas estas fuerzas y muchas más.

Nosotros no podemos hablar de una secuencia natural que nos lleva inexorablemente hacia el auge del materialismo. Por el contrario, nuestra verdadera fuerza, nuestro origen, nuestro medio, nuestra finalidad, es la fuerza del espíritu; la fuerza del espíritu, que está mucho más allá de la materia. La materia es simplemente como la barca de Santiago. La materia es aquello que nos lleva sobre las aguas; la materia es aquello que puede estar adornado con conchas, movida misteriosamente; sin embargo, el valor es de aquel que está dentro de esa barca, dentro de esa materia, y el mensaje lo va a dar no solamente la barca material, sino aquello que lleva dentro. La comprensión de este principio –y nuestra posición, completamente contraria a lo que puede ser ese exitismo, que parte del materialismo– nos lleva a concebir la existencia de estas edades medias en distintos momentos de la civilización.

Cabe ahora tratar de entender qué valor tienen esas edades medias, o sea, de qué manera podríamos decir nosotros que en la Edad Media o en las edades-pico, en las edades-extremos, existe la misma valoración. Es muy difícil; es muy difícil porque cada uno de nosotros tenemos una alienación completamente diferente. Pensemos, por ejemplo, en un hombre del Imperio romano. Un hombre del Imperio romano ve una luz que cruza el cielo y dice: «Ahí va el carro de Apolo». Un hombre del Medioevo, del Medioevo europeo, ve una luz que cruza el cielo y dice: «Ahí va un arcángel». Un hombre del momento actual ve una luz que cruza el cielo y dice: «Ahí va un ovni». ¿Pero qué vieron el hombre romano, el hombre medieval y el hombre del siglo XX? Cada cual vio una luz, una luz que cruza el cielo. Lo demás lo han aportado con sus propias alienaciones, lo demás lo han aportado con su propio ángulo de mira, con su propia sugestión o su punto de vista.

Sería casi imposible el diálogo entre personas que tuviesen una gran diferencia cronológica. Si ahora por esa puerta entrase un señor medieval que, por alguna magia extraña, se hubiese quedado por ahí, no entendería muchas de las cosas que nos rodean, no entendería muchas de las cosas que son válidas para nosotros. Y nosotros tampoco entenderíamos los valores del hombre medieval; sería para nosotros casi como un marciano, como alguien venido de otros mundos, pues él pensaba otras cosas, él creía otras cosas.

El tratar de ver la Historia como una proyección tangencial es un grave error. Los hombres del Medioevo, por ejemplo, pensaron que en el año 2000 el mundo occidental estaría cubierto de catedrales góticas. Hoy podemos construir catedrales góticas, hoy podemos hacer vitrales, ¿por qué no los hacemos? Porque hoy, en lugar de hacer catedrales góticas, hacemos antenas de televisión o hacemos edificios para casas y apartamentos. Ni nosotros, a lo mejor, podemos entender –honradamente, desprovistos de todo prejuicio– a esas multitudes que acarreaban piedras para hacer una catedral –digo en la Edad Media, o en el pasado, en las pirámides de Egipto– y tampoco ellos podrían concebir nuestras formas de vida actuales, ni lo que nosotros valoramos hoy en la actualidad.

De ahí, entonces, que hay una serie de elementos de fractura dentro del pensamiento humano, y más que tipos de fracturas, son momentos de crisis, en el sentido griego, momentos de cambio; un cambio que no toca las esencias, pero sí toca a la contención de las cosas. Por tanto, las edades medias significarían un mundo en crisis, un mundo en cambio, un mundo en donde el hombre, colectivamente, siente que ha perdido algo.

El hombre medieval, el hombre de la época de Pedro el Ermitaño, se preguntaría: «¿Adónde van esas grandes vías romanas?, ¿de dónde vienen?». Él tenía memoria de lo que había sido el Imperio romano, pero vivía en un mundo completamente diferente. Entre los coptos, Afú el Búfalo[1] prefería estar entre los búfalos y entre los animales tomando calor, antes que estar en el palacio. ¿Es que Afú el Búfalo, es que los coptos o los estilitas estaban locos? ¿O es que estaban locos los romanos? No; ni locos los romanos, ni locos tampoco los estilitas. Son diferentes formas de ver la vida.

Hoy nos daría risa oír hablar a un Simón, diciendo: «Yo me subo a una columna muy alta porque estoy más cerca del cielo». ¡Vamos! Nosotros, que viajamos en aviones a once mil metros, sabemos que cuando se está en un avión leyendo un libro o tomando una copa, no estamos más cerca del cielo que cuando estamos aquí. ¿Pero es que lo decía en ese sentido Simón? Es que, tal vez, cuando él se quedó de pie encima de una columna, ¿no percibía algo que a nosotros se nos escapa? ¿Es que de alguna manera esa gente no tenía algo que hoy nos falta, como nosotros tenemos algo que a ellos les faltaba?

¿Cómo es posible que, por ejemplo, la caída de Troya, la caída de una ciudad, haya inspirado toda la poesía homérica, y que el mito o realidad del caballo de Troya, el mito o la realidad del robo del paladión de Troya hayan cruzado los siglos y hayan inspirado a tantos hombres y, hoy, en cambio, la conquista de la Luna por los hombres no esté inspirando prácticamente ningún tipo de literatura? ¿Dónde están los grandes poemas, los grandes poetas que hoy canten al hombre que puso el pie en la Luna? ¿Dónde está la literatura?, ¿dónde está la música? Ni siquiera conozco yo grandes monumentos que se le hayan hecho. Es que es una diferencia de mentalidad, es una diferencia de posición dentro de la Historia.

De ahí que, para poder comprender el proceso de las edades medias, para poder comprender el proceso del hombre medieval, tenemos que tratar de ser abiertos, de entender que las cosas se ven desde diferentes ángulos, desde diferentes puntos de vista. A lo mejor, un mismo objeto, este micrófono, puede parecer de un color de aquel lado y a mí me parece de otro color. Y, sin embargo, este aparato, este micrófono, tiene en sí ambos colores, ambas características; no es el micrófono el que cambia, es la posición nuestra la que cambia. Si yo ahora bajase de este estrado y me diese la vuelta, vería las cosas como las veis vosotros; y vosotros, estando en este estrado, veríais las cosas como las veo yo. ¿Es que las cosas realmente cambian? ¿Es que las cosas varían fundamentalmente? ¿O es el hombre el que realiza círculos de búsqueda para poder tener un conocimiento que se le escapa, para poder apresar los distintos ángulos y las distintas medidas?

Es obvio, entonces, que estas posiciones medievales –digamos así– entre dos extremos, engendran un tipo de mentalidad, engendran un tipo de hombre, un hombre que ya no piensa con la mentalidad del pasado y que tampoco piensa con la mentalidad del futuro; un hombre que es actual, un hombre que vive a su tamaño, que comprende las cosas según sí mismo; un hombre, tal vez, más auténtico. Desconoce este hombre medieval las grandes masas humanas, salvo cuando se las encarrila por un acto de fe, como en el caso de las cruzadas.

El hombre desconoce toda esta máquina administrativa; él se siente de alguna forma solo pero poderoso; se siente solo, rodeado de misterios, rodeado de tabús y, sin embargo, se siente seguro; se siente seguro en algo muy simple, en una palabra que nosotros decimos y que estamos viviéndola muy poco, se siente seguro en Dios. Se siente seguro en Dios. Cuando yo digo Dios, no me refiero a ninguna forma predeterminada; me refiero a lo que tenemos dentro, a lo que tenemos fuera, a lo que no vemos, a lo que es subjetivo, Dios. Y eso es válido hoy, aunque todavía no estemos en una Edad Media.

Hoy hasta tenemos vergüenza, hoy hasta tenemos temor de hablar realmente de una mística, de una ascesis; y no hablamos de Dios. Hablamos de problemas sociales, políticos, económicos y, sin embargo, en nuestras conversaciones la palabra Dios falta. Hablamos libremente de los problemas sexuales, de los problemas psicológicos y depresivos que tiene el vecino –incluso delante de nuestros hijos–, pero no hablamos lo suficiente sobre Dios, sobre la inmortalidad del alma, sobre los valores profundos. Nos sacamos un tabú para ponernos otros tabús tal vez más importantes. Porque lo que levantó las catedrales, lo que levantó las pirámides, lo que hizo que Simón subiese a su columna, lo que hizo que Afú se refugiase entre sus búfalos, no fue precisamente el conocimiento de actitudes sexuales, sino que fue una fe profunda, una fe profunda en Dios.

Pueden las hormigas edificar sus pequeños conos de tierra, pueden las abejas medir perfectamente sus celdillas y pueden las flores ser multicolores, pero tal vez solo la Humanidad –dentro de lo que nosotros sabemos– percibe ese milagro interior de poder ver a través de las cosas, de poder penetrar más allá de los mármoles, de las paredes, de los suelos, de los ojos de los demás hombres, y poder percibir ese otro misterio al cual llamamos Dios; misterio que ultérrimamente hace mover las estrellas, florecer las flores, nacer a los niños, morir a los hombres, levantarse y caer los imperios. Esa es la actitud, ese es el meollo psicológico y filosófico que siente el hombre de la Edad Media.

¿Por qué, para esta breve charla de hoy, he escogido el tema del advenimiento de una nueva Edad Media? Lo he elegido porque creo, desde mi punto de vista, que estamos en los umbrales de una nueva Edad Media. Y con esto no quiero de ninguna manera tratar de ser pesimista, no quiero hablar de una catástrofe, ni siquiera imagino una guerra atómica que cubra al mundo; me estoy refiriendo, simplemente, a los ciclos de necesidad que llevan a los hombres actuales a reencontrarse consigo mismos, sobre todo aquellos que tienen juventud.

Y quiero aclarar algo: para mí, juventud no es un problema de células epiteliales, para mí, juventud no es un problema de tener veinte años. Creo, con los griegos, creo con los presocráticos que juventud es la “Afrodita de Oro”. Juventud es el ser interior, juventud es la fuerza que tenemos dentro de nosotros mismos, que nos hace escribir un libro como una planta hace florecer, que nos hace dar una conferencia como un río que hace crecer, que nos hace componer una música como las estrellas brillan en el cielo. Es un fuerza misteriosa la fuerza de la juventud interior, la Afrodita de Oro de los griegos, aquello que nos permite, más allá del tiempo y del espacio, ser eternamente jóvenes, tener entusiasmo, tener ideales, tener capacidad de amar más allá de las glándulas y más allá de los distintos pellejos que nos recubren, tener esa fuerza interior, vertical como un fuego, como un árbol, como un menhir en medio de un inmenso campo; ser verticales y dirigirnos hacia el cielo y tener conocimiento de la tierra. O sea, esa juventud de hoy, esa juventud interior, es lo que está naciendo poco a poco en el seno de cada uno, ante el advenimiento de una nueva Edad Media.

Nuestro mundo de hoy, nuestro mundo se va derrumbando poco a poco; no tal vez en un fin apocalíptico, pero sí poco a poco, poco a poco… Buscad en los archivos, leed los periódicos de hace cincuenta, sesenta, setenta años; buscad los viejos libros, los viejos conceptos, oíd la palabra de los sacerdotes y de los filósofos y veréis de qué manera nuestro mundo va perdiendo poco a poco, se va descascarando, vamos perdiendo la capacidad de amar, vamos perdiendo la capacidad de apreciar lo hermoso, lo bello, lo digno, lo noble; mientras que nuestros abuelos cerraban un contrato dándose la mano fuertemente diciendo: «De ahora en adelante, esta villa te pertenece», y eso no se movía más.

Nosotros hoy tenemos papeles, nosotros hoy tenemos abogados, nosotros hoy tenemos leyes y, sin embargo, abogados, papeles y leyes se mueven y se cambian en cualquier momento, y uno nunca sabe qué es lo que es de uno, qué es lo que es de otro, porque ninguna seguridad hay, porque corren papeles que son promesas, porque corren palabras que son promesas, pero que no están cuajadas en actos verdaderos que nos permitan vivir íntegramente lo que nosotros queremos vivir. En aquellos tiempos un padre era un padre, un hijo era un hijo… Hoy son todos «amigos», el padre del hijo, el hijo del padre. En aquel entonces, había una esposa y había un esposo, en aquel entonces, había un sacerdote y había un profesor, había un político y había un militar. Pero hoy nos encontramos con que todo se diluye.

Encontramos que esta suerte de marea de materialismo nos va carcomiendo poco a poco, poco a poco, como el casco de los buques que hubiesen anclado en un mal puerto; poco a poco la carcoma nos va entrando. Empezamos a dudar de todas las cosas. Escuchamos con resentimiento las palabras de un sacerdote. No nos hablan de Dios. ¿De qué nos hablan? ¿Qué más nos quieren decir?

Cuando un profesor o un conferenciante dice algo, pensamos: «¿Y qué habrá detrás de todo ello?». Y cuando alguien hace un trato comercial con nosotros, se piensa: «¿En qué me estará estafando este hombre? ¿Qué estará ganando?». Y cuando vemos una dama, nos olvidamos de que es una dama y vemos simplemente una mujer, y nos olvidamos de lo que son los caballeros y vemos tan solo a los hombres.

Nuestro mundo se va desgastando poco a poco, nuestro mundo se va desgastando, y en las cunas de nuestro mundo están los niños, nuestros hijos, nuestros nietos, nuestros herederos, nuestros pequeños, que van a ver un mundo de formas desgastadas, un mundo donde la belleza ya no va a existir de la misma forma que ahora.

Ved, incluso, este salón bien decorado, con buenos cuadros, con buenas lámparas, ¿creéis que si se construyese ahora se haría igual?, ¿creéis que hoy se haría de la misma manera? No, obviamente. Hoy, un artista tomaría un huevo, lo vaciaría, lo llenaría de tinta, lo estrellaría contra una pared y diría: «He ahí mi realización, ahí puse mi angustia». Eso es un cuadro. Se colgaría cualquier cosa del techo con tal de que ilumine, especialmente que ilumine mucho, que dé mucha luz, mucha energía, pero a lo mejor no pondría belleza. ¿Pero cómo vamos a apreciar la belleza hoy en día, si cuando se pretende hacer cualquier obra grandiosa, importante, atendemos más a las soluciones técnicas, al sentido práctico, al rendimiento económico, que a plasmar algo que presente armonía con el entorno, que lo realce, que lo dignifique y que realmente quien disfrute de esa obra, pueda sentir, además de la utilidad, la belleza?

Hoy esto no interesa, y ese desgaste paulatino nos va llevando inexorablemente hacia una nueva Edad Media.

Esa marcha inexorable –e irreversible en cierta forma– hacia una nueva Edad Media, salvo que un milagro lo pueda parar –porque ha habido también edades medias que han abortado y han seguido directamente su cumbre–, salvo que una fuerza misteriosa, salvo que una lágrima de Dios venga en nuestro socorro, esta fuerza nos irá comiendo poco a poco las entrañas, nos irá comiendo la fe, se irá comiendo las relaciones humanas, los gobiernos, las iglesias; todo se irá diluyendo.

Y de ahí, entonces, ¿qué podemos sacar? ¿Podremos sacar simplemente un sentido práctico? ¿Podremos enhebrar nuestras lágrimas como si fuesen collares que nos ahorquen mañana? ¿Podremos tan solo arrodillarnos y pedir perdón a un Dios que no conocemos? De ninguna manera tenemos que tratar de interpretar estos nuevos tiempos y tenemos que tratar de mantener aquello que sea válido, que sea bueno, porque nosotros creemos en lo válido y en lo bueno.

Este hombre de esta nueva Edad Media está, sin embargo, generando dentro de su corazón una nueva forma de vida. Las grandes megalópolis, donde nos hemos amontonado millones de hombres nos han demostrado que el materialismo estaba equivocado, que no bastaba con sumar gente, con acercarla físicamente, ponerla codo con codo, pecho a pecho; que lo que hacía falta es un entendimiento humano superior. Hoy, en el seno de las megalópolis, hoy, en nuestros rascacielos, estamos más solos y estamos más desamparados que lo que lo podrían estar nuestros bisabuelos en sus chozas o en sus castillos o en sus casas; hoy, a veces, un hombre se enferma o un hombre grita o un hombre pide auxilio dentro de un moderno piso o apartamento, y toda la gente que le escucha dice: «dejemos que vaya la policía» o «dejemos que vayan los bomberos» o «no nos metamos porque debe de ser un problema familiar».

¿Dónde está la fuerza, dónde está la valentía, dónde está el valor de los viejos caballeros que, cuando sentían gemir a una dama, tiraban una puerta abajo para ver qué pasaba? ¿Dónde está la fuerza y la energía de aquellas damas que, cuando veían a un niño abandonado, lo amaban como si de su sangre fuese y le criaban con sus propios hijos? Hoy lo dejamos todo a un sistema anónimo, pero ese sistema anónimo genera en nuestros corazones el frío de la desdicha, genera en nuestros corazones la soledad, y en medio de las megalópolis y marchando en medio de millares de hombres, y corriendo por las calles y las carreteras, y amontonados en aviones y en barcos, nos sentimos infinitamente solos, sentimos que no tenemos amistad, que no tenemos familia, que no tenemos a nadie que nos enseñe, y a veces tampoco tenemos a quién enseñar.

Nos encontramos ante una gran soledad y un gran vacío. Mas, debemos aprovechar aquello que tenemos a mano, debemos aprovechar este vacío, debemos aprovechar esta soledad para renacer de nosotros mismos, para poder lograr una fuerza que nos permita formar un mundo nuevo, un mundo mejor. Mas, para hacer un mundo nuevo, para hacer un mundo mejor, tampoco nos van a bastar las ideas materialistas; hará falta hacer un hombre nuevo, hará falta hacer un hombre mejor.

¿Cómo ha de ser ese hombre nuevo? ¿Cómo ha de ser esa nueva mujer? Ya están las semillas en muchas partes del mundo dentro de distintas organizaciones o en la soledad individual; dentro de distintos lugares de cultura se genera ya ese hombre nuevo, ese hombre de la nueva Edad Media, ese hombre que es más humilde, ese hombre que tiene una fuerza, ese hombre que busca de nuevo, hoy, a Dios, que busca de nuevo, hoy, una mística, que se pregunta de nuevo: ¿de dónde venimos y adónde vamos? Ese es el hombre poderoso, ese es el hombre interior. Y entonces, desde esas semillas escondidas en la tierra pueden surgir otra vez bosques de ramas en alto que puedan señalar el cielo y tener la fuerza de la verticalidad.

Nosotros hoy, ante esa Edad Media, ante esa Edad Media que se avecina, ante este desgaste de las cosas, necesitamos afianzarnos fundamentalmente en los valores morales.

No vamos a pasar el abismo de la Edad Media con nuestros aviones supersónicos, no vamos a pasar el abismo de la Edad Media mediante nuestros aparatos y técnicas, ¡lo vamos a pasar en base a nuestro corazón, en base a nuestra fe y a nuestra determinación interior! Un hombre con Dios es mayoría. Eso lo olvidaron los actuales políticos. El mundo lo cambiaron los grandes seres, los grandes hombres, lo cambiaron los grandes filósofos, lo cambiaron los grandes artistas. ¿Quién eligió a Beethoven?, ¿quién eligió a Wagner?, ¿quién eligió a San Francisco? ¡Los eligió la Naturaleza, los eligió Dios, y los hombres luego les siguieron! No es cuestión de número, no estamos contando bellotas; ¡estamos contando hombres!, ¡hombres que no son tan solo algo material!, ¡hombres que reflejan en sí la gloria y el poder de Dios!

El día que descubramos que, más allá del número, existe una esencia, existe una fuerza, existe un poder, reconstruiremos este mundo que estamos perdiendo y lo reconstruiremos mejor. Porque este hombre de la nueva Edad Media, este hombre, el hombre nuevo, tiene en sus ojos una nueva luz, tiene en su voz una nueva fuerza, tiene en su alma una nueva fe. Este hombre, este hombre nuevo de la nueva Edad Media, este hombre que se perfila en medio de nuestras juventudes, quiere simplemente un mundo más limpio, un mundo más descontaminado.

Ved cómo ya las gentes no gustan de habitar las grandes megalópolis, ved a las gentes que empiezan a marchar hacia las afueras, hacia los chalés, para estar más en contacto con la Naturaleza. Ese es un fenómeno real. Ved de qué manera hoy se considera que, más que a lo mejor estar en una reunión social, es más agradable ver correr un río, poder estar junto a una playa o subir una montaña. El hombre ha iniciado una marcha hacia sí mismo, el hombre ha iniciado una marcha hacia su interioridad, o sea, el encontrarse consigo mismo y el resumir las fuentes de la vida.

Nosotros hoy, ante este advenimiento de la nueva Edad Media, tenemos que preguntarnos cómo será la nueva dama, cómo será el nuevo caballero. ¿Serán diferentes?, ¿serán iguales?, ¿serán semejantes? Iguales no han de ser; las cosas no se repiten jamás. Sabéis que hay ciclos; hoy salió el Sol, ha caído ya. Mañana surgirá de nuevo el Sol; es el mismo Sol. Es la misma Madrid. Somos los mismos. ¿Pero el día de mañana será igual al de hoy?, ¿el día de ayer fue exactamente igual al de hoy? Todos los años tenemos una primavera donde todo se renueva, donde las semillas germinan y los campos reverdecen; todos los años hay un verano donde hace calor y los días son más largos; también todos los años hay otoño e invierno. Pero cada momento en el tiempo es único, es absoluto en sí. Habéis visto en vuestra vida caer millones de hojas secas. Todas las hojas caen igual y, sin embargo, ¿acaso hay una que es exactamente igual a la otra? Nunca, mis amigos.

De ahí que es fundamental, sobre todo, el mensaje de la civilización occidental de tratar de vivir de instante en instante la vida, la vida misma que tenemos frente a nosotros, porque aunque las cosas se repitan, siempre serán diferentes.

Debemos entender que el hombre nuevo, este hombre de la nueva Edad Media, esta dama de la nueva Edad Media, este caballero de la nueva Edad Media, han de ser diferentes de los que conocíamos. Los caballeros no vendrán con sus caballos acorazados, ya no vendrán con sus adargas; no tendrán tampoco las damas un largo bonete sobre la cabeza. Tal vez no toquen sus viejos laúdes, pero, sin embargo, el espíritu subyacente será el mismo, sin embargo, la fuerza interior será la misma.

En el hombre que aparece, en el hombre que viene, en el hombre que está próximo, en el caballero, vuelven a nacer otra vez, volverán a reafirmarse el sentido del valor, el sentido de la generosidad, el sentido de la dación. Y en el corazón de ese hombre retumbarán estas palabras: «Un hombre con Dios nunca está solo, un hombre con Dios es mayoría». Y ese hombre solo, ese hombre, físicamente desamparado, cruzará el mundo de punta a punta llevando un mensaje, llevando un estandarte ya disecado por el viento de la Historia y que, sin embargo, tendrá más fuerza que todas nuestras propagandas, que nuestros periódicos, que nuestra televisión, que están huecas completamente y que carecen de la fuerza espiritual y que carecen de aquello que puede conmover a la gente, que puede hacer marchar a los hombres y a los niños.

¿De dónde sacaríamos hoy la fuerza para hacer, por ejemplo, una Primera Cruzada? ¿Dónde está Pedro el Ermitaño? ¿Dónde está la Cruzada de los Barones? ¿Dónde está la Cruzada de los Niños? Esos hombres se movieron y llegaron al Oriente no en base a elementos técnicos. Llegaron porque creían en algo, porque entendieron los símbolos, porque su espada era la voluntad, porque su escudo era la pureza; esos hombres podían interpretar la Naturaleza y extraer una fuerza de sí.

Ese hombre nuevo de la nueva Edad Media va a recoger esos tesoros espirituales para levantarlos otra vez, va a levantar otra vez altares, va a creer en Dios, va a creer en la amistad, va a creer en el amor; y esas damas volverán otra vez a tener la sensibilidad necesaria como para poder amar realmente, poder hacer poesía, poder hacer música; pero no llamemos poesía y música a cualquier cosa, sino a encontrar la belleza y la armonía del cosmos y del mundo circundante.

Es necesario que ayudemos a construir ese hombre y esa mujer nuevos, ese nuevo caballero, esa nueva dama. Esa no es una responsabilidad tan solo de los estados, no es una responsabilidad tan solo de los hombres poderosos o de los grandes sistemas, es una responsabilidad individual, de cada uno de nosotros. Dios no nos juzga tan solo ante los altos altares, Dios nos juzga también desde la mirada del ciego. Dios nos juzga desde el hombre más humilde, en una brizna de pasto; Dios nos ve en todas las cosas.

Es de esta nueva caballería, de esta nueva actitud de una nueva Edad Media, de donde podemos extraer fuerza moral. Podemos hacerlo individualmente. Cuando estamos solos, podemos tener dentro de nosotros una fe y una oración, podemos dar la mano francamente a alguien, podemos amar francamente a alguien, podemos darle una limosna a un hombre; pero no tan solo porque nos estén viendo o porque se nos ocurra o porque es costumbre, sino porque amamos a ese hermano, porque amamos a ese hombre, a ese hombre que ha caído en desgracia… ¿Quién puede decir que no puede caer en desgracia? Todos podemos caer en desgracia. Los hombres suben y bajan, las cosas suben y bajan.

Debemos tener un coraje y un corazón generoso, algo que se dé a los demás; debemos hacer un culto a la verdad –no a la hipocresía–, a la verdad, a la mano abierta, a la palabra dicha espontáneamente. Debemos llegar a ese culto a la verdad, debemos retomar también el valor de la energía y de la fuerza. Hoy, por lo general, cuando se habla de la energía y de la fuerza, se habla de violencia y de agresividad. No, señores, no; a veces, hay más violencia y más agresividad en un testigo pasivo de una injusticia que en aquel que se juega, que combate, que lucha por algo justo y por algo verdadero.

Esa fuerza debe ser revalorizada, ese sentido de la fuerza, de la fuerza como un ente espiritual, debe de nuevo tener su lugar. Deben tener su lugar de nuevo, otra vez, las reales relaciones humanas. Un padre es un padre, un hijo es un hijo, un maestro es un maestro y un discípulo es un discípulo, un sacerdote es un sacerdote y un militar es un militar. No es todo mezcla, no está todo como si fuesen las arenas en el mar. Las cosas nacen de una forma o de otra. Y, ¡ay de nosotros, los que podemos diferenciar fácilmente que esto es una copa de agua y que esto es una jarra y que a veces no podemos diferenciar a un filósofo de un místico o a un místico de un trabajador o a un trabajador de un sacerdote, y que no podemos diferenciar, incluso, el bien del mal! El haber perdido la posibilidad de diferenciar el bien del mal es, tal vez, lo más catastrófico que nos pueda pasar.

Nuestra cultura, la nueva cultura que nace en el seno de esta nueva Edad Media es una cultura que está basada, no en el intelecto, no en la repetición de nombres, no en el conocimiento de las citas, sino más bien es una cultura basada en la vivencia profunda y en el conocimiento de la verdad, en llamar a las cosas por su nombre, en enaltecer las cosas que deben ser enaltecidas, en sobajar las que deben ser sobajadas y en saber jugarnos la vida y nuestros sueños por un ideal que sea grande, que sea fuerte, un ideal que abarque el mundo.

Debemos inyectar en nuestros jóvenes de nuevo un nuevo sentido de la gloria. Todo hombre necesita un poco de amor y un poco de gloria. Todo hombre necesita sentir que tiene una responsabilidad histórica y que las puertas del Destino ceden a su paso cuando sabe decir: «Creo en Dios; un hombre con Dios es mayoría».

NOTAS:

[1] Anacoreta del desierto que en los comienzos de la cristianización de Egipto en el siglo IV vivía entre y cómo los búfalos.

Créditos de las imágenes: Stephanie LeBlanc

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Referencias del artículo

Conferencia dictada el 19 de noviembre de 1976 en el salón de actos del Casino de Madrid, Alcalá 15, Madrid, España.

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