Nacimiento y muerte del hombre tecnológico

Autor: Jorge Ángel Livraga

publicado el 24-02-2015

Nueva Acrópolis - Hombre tecnológicoEl tema de hoy es uno de esos temas que darían ocasión para hablar mucho tiempo porque, si fuésemos a hacer historia real del nacimiento del hombre tecnológico, tendríamos que retroceder hasta la etapa paleolítica, donde se empezó a golpear una piedra con otra y se produjeron las primeras lascas. Luego, esos instrumentos se van puliendo, se van recortando sus bordes, se van modelando como a dentelladas y va apareciendo lo que se denomina el periodo mesolítico, y tras él, el Neolítico. Posteriormente, el Hombre va a descubrir los metales, a través de los aerolitos, va a encontrar el oro, la plata y el mercurio para hacer amalgamas, y esta época se va a llamar la Edad de los Metales.

Después, el Hombre empezará a utilizar las dos manos y a manejar varios elementos. Nacen así los primeros mecanismos: aparece la rueda –cuándo aparece, no lo sabemos–; el rodillo, mediante el cual se pueden desplazar grandes moles; aparece la palanca, surgen los famosos principios como el de Arquímedes, cuando decía que con un punto de apoyo podía mover el mundo. Aparecen toda una serie de elementos que sería larguísimo de comentar y de detallar, que van a ir creando la psicología del hombre tecnológico.

El siglo XIX nos enseñó que el Hombre evolucionaba, que no era un ser estático, no era una criatura ideal de Dios que ya no se movía, que no se perfeccionaba, y donde tan solo la repetición de ciertas fórmulas podía llevarle al éxito, sino que el Hombre podía evolucionar, e incluso fue «colocado» dentro del reino animal como un simple mamífero superior. Y a aquellos restos que no se han encontrado en cuanto a la relación entre los homínidos y el Hombre, se les dio en llamar «el eslabón perdido». Fue el famoso cráneo de Piltdown, que probaba que el Hombre descendía de un homínido muy parecido al mono. En la última Guerra Mundial, dicho cráneo fue guardado en los sótanos más secretos del Museo Británico por encima de todos los grandes valores culturales de la Antigüedad, hasta que en los alrededores de 1950 se le aplicó la técnica del carbono 14 y se comprobó que el hombre de Piltdown no existió nunca, que fue una broma de unos estudiantes, quienes habían reunido partes de un parietal de mono, con un maxilar de un hombre negro y algunos dientes que encontraron por ahí, le pusieron cerca unos cuantos elementos del Paleolítico y así se formó el hombre de Piltdown.

Hoy, si bien existen muchas hipótesis sobre el origen del Hombre, la realidad es que lo desconocemos. No sabemos exactamente de dónde venimos ni tampoco sabemos exactamente adónde vamos, y no lo digo solo en un sentido metafísico u ontológico, sino también filogenético, pues no tenemos una seguridad sobre la evolución de las especies. Tampoco tenemos todavía una idea clave o una fórmula que pueda determinar por qué se forman las células, los tejidos, los órganos, o por qué un niño deja de crecer en determinado momento. Sabemos que esto sucede porque hay glándulas internas que dejan de funcionar, pero ¿por qué dejan de funcionar? Pues porque todos tenemos dentro un reloj biológico. Pero ¿qué es lo que impulsa a este reloj biológico?, ¿qué es lo que hay detrás de toda nuestra programación genética?

Las preguntas hechas de manera filosófica van demoliendo esas afirmaciones que parecen muy profundas, muy meditadas, y que son causa de gruesos libros que todos alguna vez tuvimos que deglutir amablemente en las universidades o en los estudios secundarios. La verdad es que tras esos libros no existen realidades de peso, sino evidencias más o menos inventadas o acomodadas, expresadas con un lenguaje especial.

Es como el lenguaje que usan los filósofos actuales para decirnos que, por ejemplo, esta silla no tiene Ser, sino una cosidad en cuanto a la cosa en sí. El que no está acostumbrado a esta terminología, dice: «¡Qué extraordinario!, la cosidad de la silla en cuanto a la cosa en sí, que es la cosa y no es el ser, ¡así se habla!». ¿Qué dije? En el fondo, nada. Simplemente, el sugerir que la silla, por no ser un ser vivo –si consideramos seres vivos a los que respiran, se alimentan, se reproducen–, no tendría un alma como podemos tener nosotros. Eso es todo lo que quise decir, pero aplicando ese idioma, esa especie de acuerdo semántico, uno puede llegar a confundir y a confundirse. Por eso en Acrópolis tratamos de hablar muy claro, de una manera casi infantil. Alguien que era más grande que nosotros, Cristo, dijo que había que volver a ser como los niños para poder llegar al reino de los cielos. Yo creo también, de alguna manera, que tenemos que volver a ser como los niños, a hablar, pensar y sentir como los niños para, si no llegar al reino de los cielos, por lo menos llegar a nosotros mismos.

Así pues, la primera pregunta sobre cuál es el origen del Hombre, queda sin respuesta, ya que existen muchas teorías. Pero hay otra pregunta sobre la evolución que se puede utilizar como hipótesis de trabajo: ¿la evolución es continua y lineal, como se decía en el siglo XIX? Porque en el siglo XIX la teoría era muy fácil: en un determinado lugar, el Hombre se asentaba y ponía su industria lítica; más tarde, después de esta industria del tallado de piedras, el Hombre comenzó a golpear los metales. El primer metal que golpeó fue el cobre, de ahí el nombre de etapa calcolítica, de chálkos, «cobre», y líthos, «piedra», «el cobre tratado como una piedra». Luego viene la etapa de los metales propiamente dichos, donde se utilizan distintos métodos, como el de «la cera perdida»; después llegará la época de las máquinas, la evolución de las máquinas, hasta llegar en el siglo pasado al llamado mundo positivo, el mundo científico y tecnológico.

Esa torre arqueológica es un mero invento. La actual arqueología ha demostrado, sin lugar a dudas, que esto no es así. Vamos a suponer un lugar de China donde en la Antigüedad se pudo desarrollar una alta industria de broncería, pues en la actualidad puede ser que haya un desierto o gente que está prácticamente en la Edad de Piedra.

Hace tres días que he regresado de Egipto, en donde he visitado a los acropolitanos que están en Alejandría, pero… ¡quién puede resistirse a navegar por el Nilo! Así que nos fuimos a Luxor, que en la Antigüedad se llamaba Tebas, y volvimos a surcar sus aguas y a ver de nuevo esas maravillosas ruinas, esas columnas que todavía hoy no sabemos cómo fueron levantadas. Una computadora japonesa, una vez programada con los datos que se sabían, dijo que el techo del templo de Karnak fue hecho en el suelo; luego, levantado todo junto; y finalmente, colocados los tambores de las columnas. Parece ser que esta computadora estaba en su día alegre y por eso dio una solución un poco rara: levantar primero el techo, y luego ir poniendo las columnas. Es contrario a la razón, pero eso es lo que predijo la máquina.

En ese lugar, en donde indudablemente ha tenido que haber una industria, una población enorme –porque además de las grandes columnas y los grandes templos, hay obras de regadío, restos de caminos, cerámicas, bronces, utensilios, que demuestran que hubo una gran civilización–, actualmente hay una pequeña ciudad y unos cuantos campesinos. A medida que el avión se acerca a Luxor, vamos a ver un gran cuadrado en el desierto, enorme; eso fue Tebas, a la que llamaban «la ciudad de las cien puertas». Los egipcios no eran tontos, es decir, no iban a poner una puerta al lado de la otra, así que una ciudad que tiene cien puertas es porque es muy grande. Desde el avión se ve la planta de la ciudad enorme, y en un rinconcito, pequeñito, junto al río, está Luxor. Si fuese cierto lo que en el siglo XIX nos decían, sobre las ruinas de la vieja Tebas estaría Nueva York, la evolución le habría llevado a tener ahora los más grandes rascacielos del mundo, a ser el país más poderoso del mundo, a tener miríadas de coches y un gran desarrollo tecnológico.

Pero parece ser que existe una ley de los ciclos que rige a todos los seres manifestados. Hemos visto que hoy había luz, era de día, ahora es de noche, mañana volverá a salir el sol. Otra vez estamos usando ropas más pesadas, ya es otoño, ha empezado a llover, y hace fresco, está viniendo el invierno, y sin embargo, hasta hace poco nos estábamos muriendo de calor. Y luego llegará el calor otra vez. Es decir, que existen ciclos, y dentro de ellos están los ciclos históricos. Y estos ciclos históricos son los que han obligado, con su trama, a que en los lugares en donde hubo importantes asentamientos de civilización hoy haya desiertos, y en otros lugares en donde tan solo había rocas y mar, como es el caso de Nueva York, hoy se encuentre la ciudad más grande del mundo, o por lo menos una de las más impresionantes.

Esto hace que entendamos la Historia de una manera mucho más dinámica y que veamos que el hombre tecnológico es, simplemente, uno de los tantos hombres que pudo haber existido. No estamos seguros de que el Hombre fuera una especie de mono u homínido que andaba a cuatro patas y que, no sé por qué milagro, de repente se puso vertical; se le modificó la columna vertebral; como ya no necesitaba rabo, se le cayó; empezó a mover la cabeza, y de tanto moverla –algunos dicen que la función hace al órgano– le empezó a crecer, y así tuvo más cerebro; al tener más capacidad de pensar, empezó a utilizar instrumentos; de ahí nació el Homo sapiens, y de este, el «Homo tecnologicus».

Nosotros pensamos que tal vez no fuese así, sino que el hombre tecnológico sea algo completamente pasajero dentro de la historia humana. ¿Por qué? Porque haciendo un análisis un poco más profundo de la Historia, vamos a ver que no en todas las épocas se le ha dado la misma importancia que ahora a la técnica. Por ejemplo, había un reloj enorme en Alejandría, muy famoso, un inmenso mecanismo de relojería con lámparas de colores, en el cual aparecía una estatua articulada de Hércules, con su maza, grande, de tamaño natural, y según las horas del día, aparecía luchando con la hidra, con el león… según cada uno de sus doce trabajos. Hay no menos de diez comentaristas romanos que hablan de este reloj famoso de Alejandría: sobre la parte mítica, sobre lo que quería representar, sobre la parte religiosa, sobre el efecto psicológico que producía en la gente el ver esa maravilla, sobre los viajeros, los comentarios de los viajeros cuando llegaban a Alejandría…, pero no he encontrado un solo autor que nos diga quién construyó el mecanismo del reloj. ¿Por qué? Porque la alienación era diferente; en aquel momento lo importante no era el mecánico que había hecho el reloj, sino lo que quería transmitir a nivel religioso o artístico.

Si bien el Hombre es tecnológico desde siempre, pues siempre usó la técnica (es psicológico desde siempre, porque siempre se preocupó por los problemas de la psicología, aunque no le llamase psicología; es filósofo desde siempre; es pintor desde siempre; y es escultor desde siempre), el verdadero hombre tecnológico va a aparecer mucho más tarde. En la Antigüedad, a ese hombre tecnológico prácticamente no se le encuentra, y no solamente en la Antigüedad de la cuenca del Mediterráneo, sino también en las grandes culturas de Asia y de América; no hay una alienación técnica, la gente a eso no le da importancia.

Hay unas pequeñas piezas de la etapa chimú, una de las culturas que hubo en Perú, que están hechas de un metal muy raro. Es una aleación de oro y cobre, pero que no está confeccionada como hoy nosotros lo haríamos, sino con una técnica completamente diferente. Entre las culturas peruanas era llamado huanín, y las culturas colombianas lo denominaban tumbaga. Han quedado tradiciones sobre sus efectos mágicos, sobre las figuras que se hacían con él, sobre el poder de los amuletos hechos con este metal. Sin embargo, nadie nos dejó su fórmula. No había una preocupación tecnológica.

¿Cuándo aparece el hombre tecnológico? La psicología, el pensamiento del hombre tecnológico, aparece en Occidente en nuestra Edad Media. En la cuenca del Mediterráneo, después de la caída del Imperio Romano, los hombres quedan aislados como células, hay una especie de gran separatismo general, dado que no hay algo que los una. Antes existía el Imperio Romano, bueno o malo –no analizaremos ahora este punto–, que unía a la gente a través de una moneda que generalmente era la misma, aunque permitían monedas locales respondiendo a un canon común; a través de una lengua oficial, que era el latín, aunque permitían que se hablasen las distintas lenguas de los distintos lugares; a través de un estilo arquitectónico extraído de los tres órdenes griegos, que se aplicaba en todas partes, y que yo lo he visto en África, en Asia, en Europa, en todos los lugares a los que llegaron; a través de una forma determinada de armas, de una manera de vestir, de un estilo de vida.

Un autor italiano de mediados de este siglo decía que los romanos, de alguna forma, habían sido la civilización del vino. ¿Por qué? Porque allá donde iban llevaban vino. Sus ánforas de vino aparecían siempre. Yo he visto una pequeña jarra de vidrio, con forma de racimo de uvas, que se hizo en Egipto, pero bajo dominación romana. Este culto a la uva, al vino, se dio fundamentalmente con el advenimiento de los romanos, y no porque los egipcios no conociesen el vino, pues en las viejas tumbas de las primeras dinastías aparecen representaciones de hombres recogiendo uvas y bailando sobre ellas de manera ritual para hacer vino, pero con los romanos aparece como algo cotidiano, como algo público.

En la Edad Media el vino se sacraliza, se convierte en la sangre de Cristo. El Hombre piensa de manera diferente. Van a crearse centros de resistencia al vandalismo, puesto que ahora los hombres ya no tienen una organización, ya no tienen un Estado que los centralice. Van a levantarse los castillos, con el señor feudal y los vasallos, que viven dentro de la muralla y trabajan fuera, en los campos. Posteriormente, a medida que la población vuelve a crecer se empiezan a construir casas que están apoyadas no solamente en la parte interior de la muralla que rodea al castillo, sino en el lado exterior, una especie de cultura de extramuros. Se vuelven a abrir los viejos puertos, se vuelven a actualizar las viejas carreteras, aparecen los mercados y se fomentan los intercambios.

El Hombre que antes hacía zapatos para él y su familia descubre que sabe hacer buenos zapatos y que los demás no están bien calzados, y se le ocurre crear una zapatería. Ese Hombre empieza a tener una mentalidad tecnológica, porque para poder trabajar en la zapatería tiene que utilizar, además de empleados, una serie de herramientas y elementos que le va a facilitar el herrero; y el herrero, para poder fundir sus clavos y sus mazas va a necesitar yunques, fuelles y aparatos que le dan, de manera mecánica, la posibilidad no de hacer un solo martillo o una azada para él o su familia, sino de hacer miles de azadones, guadañas, cuchillos… Así va naciendo el hombre tecnológico, el Hombre que va a utilizar de una manera casi exhaustiva la máquina.
En el Renacimiento, denominado en Italia Cinquecento, vamos a encontrar que esta necesidad de expresión a través de la máquina va a llegar a la intelectualidad. Todos recordaréis a Leonardo da Vinci con sus intentos de volar, de navegar por debajo del agua, de caminar más rápido que nadie, de ir acorazado contra los tiros, de poder hacer cañones que no revienten; son famosos sus dibujos. Trabajó, entre otros, para el duque Ludovico Sforza, el Moro, y en la corte de César Borgia, donde dirigió sus fortificaciones. Posteriormente va a ser protegido del rey francés Francisco I, en el Château de Clou; con él van a trabajar todo un grupo de personas que van a dar a la técnica cada vez mayor importancia. Vamos a encontrar fuentes que manan misteriosamente agua. En realidad, no son más que vasos comunicantes, pero para la gente es algo asombroso. Se vuelve a la magia, pero ya no es una magia psicológica o espiritual, ni basada en los Dioses, sino que se basa en las máquinas, en los aspectos técnicos.

Curiosamente, cuando se inventó el telégrafo y el ferrocarril, se pensó que ya estaba todo inventado. Luego, vinieron los aviones y ciertas armas más sofisticadas, y se creyó que no quedaba nada por inventar, pero se descubrió la penicilina y tantas otras cosas. Entonces el Hombre empezó a desbordar psicológicamente el sentido técnico de las máquinas, y comenzó a pensar que su felicidad dependía de las máquinas, de la parte técnica. Ya no vio a la técnica como un instrumento más de manifestación de su alma, de sus inquietudes, de su posibilidad de relación con los otros hombres, de su posibilidad de extraer riqueza y de distribuir equitativamente esa riqueza, sino que el Hombre va a enamorarse de la máquina, va a identificarse con ella.

Eso nos pasa a todos. Muchas veces con mis discípulos, que han estudiado la constitución septenaria del Hombre según la consideraban en el antiguo Egipto o en India, nos reímos mucho cuando alguien tiene un accidente con el coche y dice: «Me han abollado un guardabarros», olvidando que nosotros no tenemos un guardabarros que se pueda abollar, que el que tiene el guardabarros es el coche. Es tanto lo que uno se identifica con el coche que le llamamos el «octavo cuerpo», como si además de los siete cuerpos que dicen los antiguos que tenemos, tuviésemos un octavo, el coche. Es decir, que tenemos una enorme dependencia de las máquinas y de la técnica. Pero no solo en lo físico, que eso no sería nada; el problema es que esta mecanización se nos ha metido en el alma, en lo psicológico, en lo mental, en lo sentimental, y en lugar de manejar nosotros las máquinas, las máquinas nos empiezan a dictar órdenes que deben ejecutarse.

El Hombre empieza a robotizarse, empieza a adquirir las características de la máquina. Ved, si no, los robots mecánicos que se hacían en el siglo XVIII, que tenían forma netamente humana, incluso se los vestía como muñecos y realizaban una serie de tareas, entre ellas jugar al ajedrez. Hablo de esos famosos robots que tenían Luis XV y Luis XVI en Versalles. Pues hoy no. Hoy los robots los pensamos de otra manera, con otras formas: figuras técnicas, con aristas, con planos, pero nosotros también nos empezamos a vestir y a utilizar cosas que tienen aristas y que son planas; empezamos a pensar de manera plana y a manejarnos con aristas. El hombre tecnológico hoy existe no solo en lo físico, sino en lo psicológico, en lo intelectual, en lo espiritual.

Antes habíamos hablado de que una silla tenía su cosidad, pero no tenía Ser, y si no tenía Ser no tenía alma, y al no tener alma, no la podemos pensar inmortal. Platón dijo una vez que el Hombre que se identifica con la silla donde está sentado, dura tanto como esa silla. Y eso es una gran verdad. Platón vio dos milenios y medio antes lo que podría pasar en el mundo. El Hombre se ha identificado tanto con la materia, con los planes materiales, con los objetos materiales, con el entorno material, que él también se volvió material; cree que tiene cosidad, que no tiene alma. Tiene un terrible temor a la muerte porque no se cree inmortal, y si es creyente, simplemente tiene una esperanza –la palabra misma lo dice: creyente, el que cree– de que no va a morir, de que va a seguir viviendo, pero es una esperanza, no es un conocimiento.

El Hombre se ha tecnificado, nuestras relaciones se han tecnificado, y esta tecnificación del Hombre se pensó que iba a llevar la felicidad a todo el mundo. ¿Qué pasaba antes con las verduras cuando ya no eran de temporada? Se tiraban porque se pudrían. Pero se inventó el envasado al vacío y se dijo que la técnica nos permitía comer zanahorias todo el año. ¡Magnífico! El frío nos permite comer huevos de gallina puestos hace un mes. ¡Maravilloso! La técnica nos permite poder hablar por teléfono con una tía, con un hermano, o con la novia, que no está en España sino en París, y así poder oír su voz. ¡Qué felicidad! Creíamos que con todo esto habíamos llegado a la felicidad.

Pero nos olvidamos de que, además de estas cosas beneficiosas, iban a aparecer las armas, la parte destructiva, las bombas atómicas, los pequeños explosivos que se están utilizando desgraciadamente hoy tanto en España, y que son tan terribles. Es decir, que la parte tecnológica tiene una parte positiva y una parte negativa, y ultérrimamente el Hombre es el responsable de todo. Según es el Hombre, será la tecnología y el instrumento. Una barra de hierro en las manos de un hombre trabajador es una palanca que mueve, que da trabajo, que transporta, pero en las manos de un asesino se convierte en un arma peligrosa. La barra, ¿es buena o mala? La barra no es buena ni es mala, depende de quién la maneje.

De ahí viene el fracaso del hombre tecnológico. A medida que avanza el siglo XX, este Hombre que había hecho imprentas fabulosas, que pueden tirar en minutos miles de ejemplares, se da cuenta de que no pueden llegar esos miles de ejemplares a millones de hombres. Ese Hombre que había creado una serie de elementos que podían preservar los alimentos, se encuentra con problemas económicos y de subestructuras que hacen que hoy, en la actualidad, haya mil millones de personas que están prácticamente muriéndose de hambre.

En el transcurso de esta pequeña charla de cuarenta o cincuenta minutos, han muerto de hambre cientos y cientos de personas en muchos lugares del mundo. ¿Por qué? Porque la tecnología ha fracasado. Porque no ha podido llegar a estos hombres. Hoy tenemos televisión, cierto, pero a veces hay que apagarla porque lo que aparece o son estupideces o es pornografía. Hoy tenemos películas de cine, es la verdad, pero a veces no vale la pena pagar para entrar al cine, porque son pésimas o porque nos están mostrando actos comunes de la vida que ya los conocemos y que, francamente, estar viéndolos en una película es de viciosos y no de personas normales.

Tenemos una demostración palpable, cotidiana y personal, de que la tecnología no nos va a salvar, no nos va a redimir, no nos va a dar felicidad. El hombre tecnológico empieza a decaer. Con el siglo XX empiezan a aparecer movimientos ecológicos, empiezan a aparecer grupos de personas que quieren de nuevo investigar las viejas ciencias y que tratan de preservar la naturaleza. La tecnología ha sido llevada a tal extremo por el Hombre, que no ha sabido conocerse a sí mismo ni autocontrolarse, que se han contaminado las aguas y el aire.

Se ha llegado a una saturación demográfica tal, que en algunos puntos es verdaderamente desorbitada, mientras en otros hay grandes desiertos. Y el Hombre, aunque viva al lado del Hombre, en grandes ciudades, está solo. Cuando uno de nuestros abuelos daba un grito en un pueblo, venían todos los que estaban alrededor y le decían: «¿Qué te ocurre? ¿Por qué has gritado? ¿Qué pasa, hombre?». Hoy, probad a gritar en un piso. Los demás cierran las puertas y las ventanas no sea que les toque algo. Creíamos que la tecnología nos iba a comunicar. No, no nos llega a comunicar. La tecnología simplemente nos hace sentir a unos o a otros, pero no puede llegar a la real comunicación. La tecnología es útil, sí, pero no le demos el papel de una especie de redentor espiritual, no le demos más de lo que puede hacer.

De ahí que el hombre tecnológico haya fracasado en este siglo, y que sintamos todos la necesidad de la creación de otro tipo de Hombre, lo que nosotros llamamos el Hombre Nuevo. No podemos seguir en este ciclo de violencia, de pobreza progresiva, en este ciclo donde vemos que cada vez hay más analfabetos en el mundo, donde cada vez aparecen genocidios más horribles, donde cada vez estamos menos seguros cuando caminamos por la calle, donde no sabemos si cuando volvamos a nuestra casa habrán forzado la cerradura y nos estará esperando un loco dentro. De tanto estudiar las máquinas nos hemos olvidado de estudiar al Hombre.

Tenemos que volver a estudiar al Hombre, tenemos que volver a conocernos a nosotros mismos, tenemos que volver a hacer surgir de nosotros la fuerza espiritual, que es la que eventualmente hizo incluso las grandes maravillas tecnológicas, porque las pirámides de Egipto o Nôtre Dame de París o el Escorial de España, no se construyeron basándose en ideas materialistas tecnológicas, sino en ideas espirituales. Las hicieron hombres que creían firmemente, con conocimiento interior, en Dios y en su alma inmortal. Cuando nosotros volvamos a ese conocimiento interno, cuando volvamos a creer que Dios está en nosotros y volvamos a ver realmente nuestra vida como parte de un inmenso ciclo vital que pasa a través del tiempo, cuando sintamos que no somos tan solo un poco más de polvo en la Historia, sino que somos elementos útiles y vitales que pueden abrir las puertas del futuro, habremos superado al hombre tecnológico. Entonces habrá aparecido el Hombre Nuevo, un Hombre imbuido de amor, de confraternidad, de comprensión hacia todos los hombres.

Yo invito a todos aquellos que crean y sientan latir dentro de sus corazones esta necesidad del Hombre Nuevo, a que sigáis viniendo a Nueva Acrópolis, a que colaboréis en todo lo posible para que este Hombre Nuevo sea una realidad. Esto no es un sueño fantasmal. Hoy Nueva Acrópolis está en más de veinte ciudades en España. Es una realidad. Podemos volver a tener juventud interior, esperanza, fe, podemos volver a darnos la mano, como amigos, todos los hombres del mundo.

Hace falta que nos lo propongamos y que entendamos que necesitamos colaborar los unos con los otros. Porque es triste que los ladrones, que la mafia, que los traficantes de drogas estén dando lecciones a las personas honradas, porque ellos sí se apoyan unos a otros, ellos sí se organizan. En cambio, las personas honradas andan solas por la vida, hoy escuchan una cosa, mañana otra, hoy leen un libro, mañana otro; están en la eterna duda de qué hacer, qué no hacer. Tenemos que superar esa duda, tenemos que dejar esa oscilación. Tenemos que marchar siempre hacia arriba y hacia adelante, al encuentro de nuestra acrópolis interior y de nuestra acrópolis exterior, que está en cada uno de nosotros, hijos de Dios, nuestro Señor.

Jorge Ángel Livraga Rizzi.

Créditos de las imágenes: Benoit DUCHATELET

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Referencias del artículo
Conferencia dictada el 23 de octubre de 1982 en la sede de Nueva Acrópolis, Gran Vía 22, Madrid, España.

Un comentario

  1. Jucimara dice:

    Agora, já estava me considerando,
    Em uma técnica exata de vida sem defout, ler um comentário assim?
    Solo Dio.

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