Glosas y comentarios

Autor: Delia Steinberg Guzmán

publicado el 11-01-2015

Glosas Emilianenses

Glosas Emilianenses

Según nos indican los conocedores del lenguaje, glosar es explicar textos oscuros. Y comentar es explicar algo para que se entienda mejor. No pretendo poner luz en la oscuridad ni comprensión donde no la hay, sino apenas tomar algunas frases de aquí y de allá, del profesor Jorge Angel Livraga para detenerme en ellas.

La Filosofía ha tenido siempre el cometido de clarificar el entendimiento, y los filósofos han seguido esta consigna, buscando de mil maneras exponer las ideas que inquietan al ser humano. Lo que un filósofo dice o escribe sólo resulta oscuro y difícil para quienes tienen pocas inquietudes; o puede suceder también que no sea filósofo -al menos en el sentido clásico de la expresión- sino mero malabarista de las palabras y los conceptos.

En todo caso, la sencillez y profundidad del pensamiento de Jorge Angel Livraga, necesita pocos comentarios. Si los hago es apenas para disfrutar en el ejercicio y transmitir, en alguna medida, el mismo placer que obtengo al penetrar en el mundo de un pensamiento claro, preciso, contundente y edificante para el alma.

Un verdadero filósofo no es aquel que sabe de memoria las definiciones de Kant, Plotino, Santo Tomás de Aquino o de cualquier otro. ¡No! El verdadero filósofo es el hombre simple, el hombre que puede interpretar la naturaleza, el hombre que, aunque se quedase sin libros, podría seguir leyendo y, aunque se quedase sin naturaleza a su alrededor, podría seguir soñando.

Nuestra cultura -al menos la de este siglo que acaba- ha centrado el aprendizaje en la repetición y en la memoria mecánica, en la acumulación de datos, en el análisis y crítica de todos los que nos precedieron, sea para elogiarlos o denigrarlos, en el recuento temporal de autores y sus doctrinas. Pero nuestra cultura ha olvidado (¿en nombre de la memoria?) la formación interna y duradera del hombre; ha dejado de lado el desarrollo de sus valores potenciales para enaltecer las debilidades, transformándolas en virtudes. Nuestra cultura ha empequeñecido al hombre simple, que es el menos simple de los seres. Ha borrado el lenguaje universal de la Naturaleza que habla a todos los que saben comprenderla y, consiguientemente, ha borrado la memoria del alma que no necesita libros ni imágenes para apoyarse en ellos una vez que ha captado las esencias.

Ser filósofo no es una profesión en el sentido común de la palabra; es un atributo que la naturaleza nos ha dado y que nos diferencia de los demás seres vivos; es una búsqueda interna y externa. Es una actitud militante del alma que trata de captar las esencias de las cosas… Tratando de intuir los motores ultérrimos que mueven la vida y nuestra propia acción.

Sería maravilloso que dejáramos de pensar en la Filosofía como una profesión, para considerarla en cambio como una actitud ante la vida, como una incesante búsqueda de por qués, de motores escondidos pero evidentes. Y una búsqueda que va más allá todavía, tratando de encontrar las respuestas que la vida ofrece a quienes entienden sus leyes.

Hay dos cosas que solamente puede hacer el hombre y no los animales: sonreír y orar; cuando se pierden esas dos facultades, la del humor y la de la religión, el hombre se bestializa.

La risa, el humor sano, el ver el aspecto lúdico de las cosas sin perder por ello calidad ni profundidad, son dones decididamente humanos. Llorar, sufrir, expresar el dolor, lo hacen todos los seres vivos de una forma u otra; pero poner en el rostro la luz de una sonrisa auténtica, es un rasgo de elevación por encima de lo efímero.

Y la religión universal de la oración no requiere nombres ni definiciones específicas aprobadas por ningún tipo de autoridades. Es una actitud íntima de contacto con lo sagrado, es la percepción de lo infinito y la forma más eficaz de conectarse con ello.

Es el descubrimiento de otro aspecto de la Realidad.

En palabras de Jorge Angel Livraga, si aprendemos a despersonificar a Dios y no atribuirle nuestros sentimientos -que por otra parte cambian de siglo en siglo – daremos un paso hacia la comprensión. Dios no es grande, ni pequeño, ni viejo, ni joven, ni bueno, ni malo a la manera humana. Todos estos atributos se los hemos inventado los hombres.

El día que la humanidad se encuentre con el destino que ha elaborado en estos últimos siglos, cuando sobre los ojos de sus dirigentes futuros llueva toda esta sangre, la suerte de las religiones antiguas en cuyos templos hoy pasta el ganado, les parecerá suerte envidiable y gloriosa…

Entre tantos olvidos que afectan a la memoria mecánica, destaca el de la unión indefectible que existe entre las causas y los efectos. En cada momento de la historia se siembran semillas que inexorablemente darán frutos de su misma condición. Hoy, sea por ignorancia o por maldad sabiamente maquillada, la siembra de horror y violencia, de crueldad e injusticia, prevalece sobre las buenas intenciones que todavía florecen en algunas personas.

¿Qué recolectaremos en el futuro? Es evidente: el resultado de nuestras acciones presentes. Tal vez aún estemos a tiempo de corregir el rumbo de tanta desdicha con medidas certeras y, sobre todo, desinteresadas e inegoístas. Tal vez entonces los dirigentes del futuro puedan construir en lugar de llorar sobre las ruinas que ya empiezan a proliferar como manchas de aceite sobre la Tierra.

Lo importante no es no tener miedo, sino evitar que el miedo nos tenga a nosotros. El hombre debe ser amo hasta de sus debilidades.

Resulta difícil evitar el miedo; es una emoción atávica que nos sobrecoge en las más variadas ocasiones y, sobre todo, cuando tenemos que enfrentar algo nuevo y desconocido, algo en lo que no hemos probado aún nuestras fuerzas. Sentir miedo es normal, pero es necesario conocer las raíces de nuestros miedos para evitar la parálisis y seguir actuando, con el miedo como compañero si es preciso. Lo terrible es convertirse en víctima pasiva del miedo, dejarse arrebatar por el temor al punto de no mover ni un grano de arena.

Conocer nuestras debilidades objetivamente es el primer paso para empezar a vencerlas y dominarlas, sustituyéndolas por valores efectivos y activos.

La forma de envejecer no es dejar que pasen los años; la forma de envejecer es la autoinmolación de los sueños, de las esperanzas aun siendo jóvenes.

¿Cuándo llegará a su fin la triste creencia de que los sueños y esperanzas son cosas de la juventud física? ¿Acaso las fuentes del ser interior se tienen que agotar indefectiblemente ante el paso de los años, o al contrario, hacerse más abundantes?

El hecho de mantener siempre encendida la llama de la esperanza, de los sueños, de las finalidades a alcanzar, de metas que nos devuelvan la energía cada mañana al despertar, es lo que nos permite ser siempre jóvenes. Confundir la madurez con la sequía de esperanzas es una triste forma de saltar de la juventud a la vejez más árida, sin haber pasado nunca por la verdadera madurez.

El dolor es un aviso; el dolor nos alerta en distintos planos de la conciencia cuando algo no anda bien. El dolor es vehículo de conciencia, es aviso de retorno a un camino previamente trazado.

Todos podemos aprender de todo; curiosamente la felicidad nos adormece en su dulzura y nos vuelve torpes para recoger experiencias. En cambio el dolor, con su herida lacerante, nos obliga a reflexionar. Si no nos dejamos atrapar por el sufrimiento, daremos paso al entendimiento de cuáles son las leyes o los caminos previamente trazados que hemos abandonado por inercia o por ignorancia.

Solo el conocimiento de la verdad hace libres a los hombres, y las distintas sectas parecen rivalizar en ignorancia. ¡Inútil es cambiar de yugo: lo esencial es dejar de ser buey!

Henos aquí ante dos conceptos terribles y grandiosos: Verdad y Libertad, dos faros que nos atraen aunque nuestra ignorancia nos aleja de lo mismo que buscamos. Sin embargo, es fundamental encontrar la Verdad o al menos una parte de la Verdad- para conquistar la Libertad -o al menos, una parte de libertad-. ¿Dónde está la verdad? En todas partes… y en ninguna. No te martirices con lo que ignoras; cada paso en el camino te hará avanzar otro paso hacia el horizonte. Lo malo es que, lejos de la humildad y la paciencia requeridas para ir paso a paso hacia la Verdad, la impaciencia se dirige a las sectas de diversa índole (que no todas son religiosas) que imponen dogmas de los que nadie puede apartarse, a menos que se quiera caer en el desprestigio de ir contra corriente. No es la ignorancia la que se impone, sino la explotación deliberada de la ignorancia de la gente y el deseo bien claro de no permitir que ninguno se aparte de las brumas de la inexperiencia. Ni tampoco el cambiar de collar nos hará más sabios. Las tendencias actuales valoran altamente la novedad, el salto de un color a otro, de una apariencia a otra, como si en el cambio mismo estuviese la verdad. Hemos perdido la visión clarificadora, nos cuesta mucho discernir y elegir para, por fin, permanecer en las verdades encontradas con el peso de la propia experiencia y del propio criterio, aunque éstos estén avalados por la sabiduría de todos los tiempos.

Morir es fácil… Pero vivir, vivir todos los días tratando de hacer un trabajo constructivo, es mucho más difícil que morir.

A pesar del temor que todos sienten ante la muerte, expresado o no, esa despedida de la vida requiere apenas un instante de valor para dar un salto, y luego cada cual encontrará lo que ha aprendido o lo que ha soñado.

Lo difícil es vivir día a día, sin huir cobardemente ante las dificultades, sin cerrar los ojos ante la crudeza de la realidad, sin hundirse en la indignidad por muy bien decorada que aparezca de títulos y honores. Lo difícil es amar de verdad y trabajar sin descanso por un amor que muchas veces no tiene un destinatario preciso, ya que es ni más ni menos que la humanidad en su conjunto. Lo difícil es actuar para todos y para ninguno sin pedir retribuciones, sin estar ansiosos de recibir mucho más de lo que somos capaces de dar.

Los conceptos e ideas también son, en cierta forma, seres que nacen, se reproducen y mueren, para volver a manifestarse en épocas venideras, tomando nuevos vehículos formales.

Estamos tan habituados a entender la vida solamente a través de nuestros cuerpos, que a duras penas la concebimos latiendo en las piedras, las plantas, los animales, las estrellas, el infinito. Resulta duro ver vida en un concepto, en una idea entretejida de conceptos; resulta penoso para nuestra vanidad aceptar que las ideas que hoy ponderamos, mañana dejarán de existir. Y más complejo todavía es lanzarse hacia el futuro, imaginando la forma en que viejas ideas vuelven a tomar vida bajo nuevas formas. En todo caso, ese ha sido el prodigio del Renacimiento y durante siglos logró iluminar miles de hombres y sus expresiones culturales.

Si nos percatamos de este proceso, daremos cada vez más consistencia a las mejores ideas, a las permanentes, a las que alimentaron humanidades lejanas y cercanas, para que ellas adquieran el poder de la eternidad, o en todo caso, para volver a insuflar aliento cada vez que la humanidad necesite recuperar su voluntad debilitada.

El arte no solamente debe ser una expresión del hombre en un estado determinado de conciencia, sino que debe ser su captación de un misterio cósmico y de un misterio humano.

Junto a las innumerables definiciones que hay sobre el Arte, bien puede caber esta que se dirige, más bien, a la inspiración. El hombre que logra un “determinado estado de conciencia”, es un hombre inspirado, dando por sentado que ha llegado a una esfera límpida y extensa de visión, que va mucho más allá de la estrecha óptica cotidiana y rutinaria.

Pero mejor todavía si esa expansión de la conciencia le permite al artista entrar en contacto con los misterios de la naturaleza humana y del universo entero. Es posible que sea un contacto breve y puntual, pero lo bastante poderoso como para infundir un rayo de esplendor en toda obra verdadera de arte.

No es el desarrollo tecnológico el que envilece al hombre, sino que su deterioro moral es previo, y es el que lo inclina fatalmente a buscar en los bienes materiales y en el poderío económico la única fuente de felicidad.

La cuestión no reside en enfrentar como enemigos el desarrollo técnico y el desarrollo humanístico, o en otras palabras, la vida exterior y la vida interior, sino en encontrar un justo equilibrio que proviene de una moral robusta sin melindres absurdos.

El equilibrio moral es el fiel de una balanza de la que nadie puede escapar, porque todos tenemos que hacer algo en lo técnico y en lo estrictamente humano. Inclinar la balanza dando total prioridad a uno de los extremos, es fatal para la armonía.

Precisamente estamos padeciendo los resultados de esa falta de armonía; hoy la historia se escribe en términos de bienestar material, necesario a todas luces, pero pernicioso cuando es lo único que se ambiciona.

Sin amor no hay conocimiento posible; sin amor no hay posibilidad de emplear de manera recta el conocimiento.

Otro enigma inmenso e inmensamente atractivo: el Amor que, en palabras de Jorge Angel Livraga, es una fuerza tremenda que une las cosas y las mantiene.

Así, como lado de unión inquebrantable entre todas las cosas y los seres, el Amor es indispensable para llegar al Conocimiento y para aplicar el Conocimiento con rectitud. Es imposible Saber si no se ama lo que se sabe, si no se unen armónicamente las ideas y los conceptos. Y es imposible Saber sin ser justos y prudentes a la hora de llevar a la práctica los conocimientos.

¿Cómo llamaríamos al que, conociendo lo que otros no conocen, utiliza su ciencia para esclavizar la voluntad de los ignorantes, sin dejarles salir fuera de la oscura cueva en la que viven?

El hombre tiene el tamaño de aquello que se atreve a hacer.

Sí, y por eso hay grandes criminales y grandes filósofos. Esa es la cuestión del tamaño. Y está asimismo la cuestión del ideal que mueve al hombre a hacer grandes cosas. Hay quienes se pasan la vida destruyendo y destruyéndose, y quienes, heraldos de la verdadera grandeza, cumplen diligentemente con una labor poco espectacular pero mágica: mantener el propio fuego encendido para educar, para dar Conocimiento y Vida. Esos son los Maestros, los que, de la mano de la Filosofía, saben labrar un Sendero sencillo por el cual todos podrán llevar sin tropiezos sus propios pasos.

Delia Steinberg Guzmán.

Créditos de las imágenes: Rafael Nieto – Cenobio

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