Filosofía: educación para la vida

Autor: Delia Steinberg Guzmán

publicado el 25-09-2014

Inmersos en tantas utopías, hablamos de filosofía, sueños y realidades, hablamos de filosofía. Y hablar de filosofía es hablar de muchas cosas. ¿Una utopía…? Puede ser; porque la filosofía contiene muchos elementos que realizar en un futuro. ¿Un sueño? Porque de una forma u otra, grandes hombres de todas las grandes civilizaciones han soñado con ello. ¿Una realidad? Estoy convencida de que todos los seres humanos, aunque no lo sepan y no tengan un título, son filósofos. Estoy convencida de que cualquier ser humano que se pregunta cosas y que cuando se encuentra a solas consigo mismo quiere saber quién es, ha dado nacimiento a un filósofo.

Acropolis-panorama-night¿Qué es filosofía? A mí no me gustan las definiciones, tal vez porque he tenido que estudiar muchas, porque me he dado cuenta de que en esos casos la memoria sirve de poco, y lo que ha servido es lo que se nos va quedando en el alma.
La filosofía, más allá de los muchos conceptos que se han explicado a lo largo de la Historia, más allá del alcance de las finalidades que se le han dado, es el gran arte, la gran ciencia. Es una actitud ante la vida. Es una actitud que requiere una ciencia; si uno se hace preguntas, necesita respondérselas. Y es una actitud que implica un arte, porque esas preguntas no se pueden responder de cualquier forma.

¿Qué es actitud ante la vida? Es… ir por ella con los ojos abiertos; es no tener miedo de indagar en los grandes misterios; es no tener miedo de mirar en el universo y preguntarse por él, por uno mismo, por el ser humano. Y es allí donde coinciden todos los pueblos, porque, en todos los momentos, cuando el hombre se preguntó cómo se une con el universo, ha encontrado a Dios, y lo ha reflejado de mil maneras.

Esto no significa que filosofía sea religión, pero no la excluye; puede ser conocimiento, arte, religión; puede ser muchas más cosas. Es algo lo bastante general como para convertirse, justamente, en una gran utopía.

De todas las definiciones de filosofía, hay una que particularmente me agrada muchísimo y que he repetido tantas veces en mis clases que la diré una vez más, porque, como en el arte, las repeticiones nunca sobran, sino que nos ayudan a comprenderlo; me encanta la definición que se atribuye a Pitágoras, cuando los sabios de su época se dirigían a él con gran veneración denominándolo justamente así, como un sabio. Se cuenta que en una oportunidad respondió: “No, yo no soy un sabio. Yo soy simplemente un amante de la sabiduría”. Y de esta expresión griega surgió el philo-sophos, el que ama la sabiduría porque no la posee; porque siente que aún le faltan muchas cosas, y por eso la ama, la busca y la persigue. Claro está que llamarnos a nosotros mismos filósofos nos lleva a compararnos con Pitágoras y nos queda demasiado amplio; en todo caso seríamos filo-filo-sophos: muchos intentos de acercamiento, mucho amor y muchos escalones para llegar a ese amor como lo llamaba Pitágoras, ese amor a la sabiduría, inmenso motor que nos hace ir hacia lo que nos falta, hacia lo que necesitamos.

Platón decía que no amamos lo que tenemos, sino lo que nos falta. Justamente, el amor nos lleva hacia aquello que nos hace falta, aquello que nos completa, aquello que nos perfecciona. Percibir que hay sabiduría y que no la poseemos es magnífico, porque eso nos mueve, porque ese amor es lo que nos hace salir, nos hace romper las barreras del egoísmo, esa barrera de “lo que yo quiero”, “lo que a mí me gusta”, “lo que a mí me preocupa”, porque cuando se empieza a mirar al universo con otros ojos se abren muchas puertas, puertas interiores, pero también muchísimas exteriores, y hay una gran posibilidad de entender a las otras personas, en la medida en que uno se va entendiendo.

Hoy, tal vez, a muchos siglos de distancia de Pitágoras, de aquellos filósofos considerados utópicos, la filosofía, en líneas generales, es algo bastante diferente; lo he experimentado de manera personal estudiando en la facultad, como una insatisfacción permanente. Hoy, filosofía es algo muy abstracto; son muchas palabras y muchos conceptos difíciles, y cuando la gente se queda con esta idea de la filosofía, huye de ella. Hoy, filosofía es casi Historia de la Filosofía, es un repaso a todo lo que han pensado todos los filósofos de todos los tiempos. Eso sí, acatando ciertas normas, porque en todo momento hay filósofos que son muy buenos, muy notables, y hay otros que son prohibidos, malos, nefastos. Pasarán unos años y los nefastos serán los buenos, y los que hoy se consideran buenos pasarán del otro lado: también la Historia de la Filosofía tiene modas.

Hoy, la filosofía no se considera algo práctico, algo útil para la vida. Esa idea de falta de aplicación, esa idea de que la filosofía es una utopía, de que no sirve para nada, ha hecho que tuviéramos que padecer, sobre todo en parte del siglo pasado y en éste, en que muchas ideas materialistas han ido avanzando, las consecuencias de este mito que es la filosofía. Por ejemplo, el caso de España y otros países, no muchos por suerte, que han decidido quitar esta materia de los planes de estudio, porque ¿para qué sirve?

Consecuencias: que la gente intenta evitar la filosofía de la misma manera que el que no ha aprendido a vivir intenta evitar el estar a solas consigo mismo. Hay mucho vacío interior, mucha inseguridad, y no debe extrañarnos en absoluto que haya tanta corrupción, tanto desorden, tantas catástrofes naturales, porque cuando el ser humano no encuentra un eje dentro de sí mismo, no tiene cómo salir adelante.

Treinta años en Acrópolis, estudiando filosofía, y unos años antes en la facultad, son muchos años dedicados a ella, y aunque me digan que es teórica y que no sirve para nada, yo me sigo diciendo: pero, y las grandes preguntas, las grandes inquietudes… ¿dónde se contestan? ¿Qué hacemos con aquello que nos asalta cuando uno se encuentra a solas consigo mismo: y por qué la vida, y por qué la muerte, y por qué el dolor, y por qué envejecemos, y por qué nos pasan las cosas que nos pasan? ¿Por qué hay sufrimiento, y por qué se puede pasar del sufrimiento a la alegría y de la alegría al sufrimiento, y qué es lo que nos conduce como un viento de una cosa a otra? ¿Por qué tenemos temores y por qué dudamos…?

Y cuando surgen estas preguntas, o las respondemos o viviremos perpetuamente angustiados porque habremos echado una cortina delante de nuestros ojos intentando no ver lo más importante. Cuando hay interrogantes, no hay más remedio que preguntar. Cuando Sócrates decía: “Sólo sé que no sé nada”, no lo decía por conformarse con no saber nada. Es un reconocimiento de lo que no se sabe y un punto de partida: “Voy a saber más porque necesito más”. Aunque pasen los siglos, el ser humano se seguirá planteando estos interrogantes. Y basta que nos exijan una respuesta para que la filosofía se vuelva útil y práctica, y necesaria. La filosofía es la gran educadora; es la que nos enseña a vivir. Lo más difícil de todo, que es vivir, casi nadie lo enseña. No vamos a llegar a ser sabios, pero por lo menos tendremos algunos temores menos, algunas dudas menos de las que teníamos antes; no vamos a mirar a la gran Verdad, pero empezaremos a tener algunas certezas.

El quién soy, qué hago aquí, para qué estoy, de dónde vengo y adónde voy, es una forma de aprender a vivir; el arte de vivir es contestarse día a día a esas preguntas. Es entender por qué sufrimos, por qué hay dolor. Los filósofos orientales, tan viejos que a veces no sabemos ni qué fecha ponerles, decían que el dolor es vehículo de conciencia. Cuando uno es feliz y ríe, difícilmente se pregunta: “¿por qué me pasa esto a mí?”. Parece ser que los humanos aprendemos cuando algo nos duele, y el arte de vivir nos enseña que cada vez que sufrimos, hay que detenerse y preguntar: “¿por qué sufro, qué me está intentando enseñar la vida en este momento? ¿Qué hay detrás de este dolor? ¿Qué experiencia importante puedo extraer?”.

Cuando un filósofo está aprendiendo a vivir, se le pone una prueba, y si la supera, sabe que cuando llegue la siguiente, podrá pasar por encima y querrá aprender algo más de la vida.

Este arte de vivir incluye también algo tan importante como valorar la vida y a todos los seres vivos. No es posible escuchar que haya gente joven que diga: “Yo no he pedido venir a la vida”, como si fuera un reproche. Un reproche ¿a quién? No sé si hemos pedido venir a la vida: estamos aquí, y hay que aprender a valorarla, porque es un magnífico regalo. No se puede pasar por la vida dejando que nos arrastre; tal vez esto también constituya el arte de vivir. En lugar de ser un tronco de árbol a la deriva en un río, tener la capacidad de construir una barca con el tronco, unos remos, y poder dirigirnos a nosotros mismos a través de la corriente.

Esta filosofía, y este arte de vivir, ¿es para unos pocos? No; es para todos. En todo momento, en todos los lugares, nos hace falta alguien que nos dirija en este arte de vivir… Nos hace falta un maestro. La filosofía nos enseña a valorar al maestro y al discípulo. Ya que hemos hablado de filosofía, tengo que hablar de educación. He ido a un diccionario a ver lo que es educación, y me encuentro cosas tan bonitas como dirigir, encaminar, adoctrinar; y he pensado: “¡Esto está muy bien en el diccionario, pero según dónde se diga puede sentar bastante mal!”, porque nadie quiere ser dirigido, ni encaminado ni adoctrinado. Hoy todo el mundo pretende ser libre, antes que aprender. Queremos ser libres antes que saber. Sin embargo, educar es eso: es encaminar, es dirigir, es saber llevar, y solo puede educar el que tiene alma de educador, porque sabe encontrar lo que hay dentro de la persona, sabe desarrollar, engrandecer todos esos valores que a veces permanecen callados, escondidos, y si uno no tiene el valor de extraerlos, permanecerán callados y escondidos a lo largo de su existencia.

El fundador de Nueva Acrópolis, mi Maestro, el profesor Livraga, hablaba mucho sobre la educación. Él decía que el papel de la educación es hacer surgir las cualidades intrínsecas del individuo. Y este papel de la educación de hacer surgir viene, precisamente, de la raíz latina educir; es sacar de dentro hacia fuera. Platón decía que el filósofo hace las veces de una partera: hay una partera que nos trae a la vida con el nacimiento, y hay un filósofo, alguien, que nos da la vida el día que nos ayuda a extraer lo que llevamos dentro, hilar nuestras vidas, a unirlas, a poner orden en nuestros sentimientos y a dirigir nuestra vida con cierta seguridad; y seguía diciendo el profesor Livraga que la verdadera pedagogía es aquella que despierta el potencial de aprender: educa sin reformar, informa sin mentir, despierta el alma y las fuerzas interiores que existen en todos los seres humanos.

La ciencia de la educación platónica se resumía en cuatro virtudes, que eran tan valiosas hace miles de años como ahora: valor, templanza, prudencia y justicia. Valor no es ser temerario; es poseer fortaleza, es saber estar vivo con dignidad. Templanza es la capacidad de mandar sobre nosotros mismos, es encontrar el justo medio, el equilibrio; es un equilibrio alto, elevado. Prudencia es una palabra que se puede interpretar de maneras muy distintas: el ser prudente es ser sabio; sólo el que sabe es prudente. El que ignora es imprudente y se arroja en brazos de la vida de cualquier manera. Confucio decía que el hombre prudente piensa las cosas dos veces: una es muy poco, y tres, una exageración. Dos veces, lo justo. Eso es prudencia, eso es sabiduría.

Una buena educación forma y transforma. Una buena educación es alquimia interior; no podemos ser igual antes de aprender como después. Y si somos iguales es que no hemos aprendido nada, es que hemos memorizado un montón de cosas y no sabemos nada. Esa educación formativa, de transformación, como nos decía el profesor Livraga, no es una educación de forzar a la gente; no se puede torcer la personalidad humana. En todo caso, es una educación que nos tiene que liberar de muchas ataduras y de muchas deficiencias, y de muchas inseguridades y temores. Cuando uno puede soltar estos lastres, desamarrar la embarcación, el alma se siente libre. Esa educación formativa tiene que ayudarnos, tenemos que aprender a aprender. Y tenemos que aprender con la práctica, porque nos estamos haciendo muy sedentarios. Demasiado. Nos falta la experiencia. Hay que llegar a ser uno mismo. Encontrarse pequeño y saber que eso es mucho más hermoso que no encontrarse y no saber dónde está lo que llamamos “yo”, dónde está el “yo soy”.

He recogido un par de frases, una de Platón y una del profesor Livraga. Platón dice: “Es hermoso y divino el ímpetu ardiente que te lanza a buscar la razón de las cosas. Y adiéstrate en estos ejercicios que en apariencia no sirven para nada, y que el vulgo llama palabrería sutil, mientras aguante el cuerpo. De lo contrario, la verdad se te escapará de las manos”.

¡Qué poco ha cambiado el mundo! Hace 2500 años, aquellos jóvenes que se reunían alrededor de un Sócrates o de un Platón, ya nos decían que buscar las razones de las cosas era palabrería absurda, y Platón les respondía que no, que es un ímpetu ardiente que nos lanza a buscar esas razones: “y hacerlo mientras seáis jóvenes, que luego perderéis ese impulso ardiente”.

Y hay algo más hermoso todavía que nos decía el profesor Livraga cuando le preguntábamos: “cuando ya no seamos tan jóvenes, ¿qué haremos?”. Nos respondía: “la juventud no está en la cara, ni en el cuerpo, ni en las arrugas… La juventud se lleva en el alma”. Y nos hablaba del concepto de los griegos clásicos de la Afrodita de oro; esa Afrodita permanentemente joven, permanentemente brillante, fantástica, que está en el interior de cada uno. Y, realmente, cuando uno se pregunta a sí mismo: ¿cuántos años tengo?, si ha vivido su vida con intensidad, con satisfacción y aprendiendo, puede contestarse: ¡y qué importa cuántos años tengo, soy joven, todavía tengo muchísimas cosas que hacer!

El profesor Livraga nos enseñaba qué fantástico era nuestro siglo, que nos había abierto tantas y tantas puertas y que nos había permitido disfrutar de tantos y tantos avances tecnológicos. La ciencia ha permitido que el hombre pueda llegar a la luna, pero ahora le toca a la filosofía permitirnos hacer otro viaje más largo, y es llegar al fondo del ser humano.

A todos nos gusta llegar al fondo de nosotros mismos, y cuando se llega, emerger con las manos llenas para poder abrirlas hacia los demás, a un mundo de seres vivos llenos de amor; en una palabra: filósofos a través de la educación, vivos a través de la filosofía.

Delia Steinberg Guzmán.

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