Dice un refrán popular que “es más fácil bajar que subir”. Y estamos de acuerdo. Pero queremos hacernos una pregunta: si la facilidad para bajar es propia de todo cuanto existe, o al enunciar esa sentencia nos estamos refiriendo tan solo a un tipo determinado de elementos.
La ley de la gravedad, con la atracción que ejerce la Tierra hacia su centro, es indiscutible en cuanto a la materia se trata. Por una suerte de natural consustanciación, todo lo material, todo lo que tiene peso y dimensión, se deja atraer por la madre Tierra, como un llamado hacia los ancestros.
Sin embargo, la Filosofía nos enseña desde remotas épocas que el hombre está formado “de lo uno y lo otro”. Es decir que si por un lado aceptamos la presencia corpórea del ser humano, lo otro estaría representado por su Alma, por su Ser Interior, o como quiera llamársele, siempre que se trate de aquella parte inmaterial pero viva, no visible pero activa. Ese Ser Interior, al no tener peso físico, no se sentirá atrapado por la gravedad de la Tierra. ¿Qué es lo que le atrae, pues?
Por ley de analogías, si la Tierra atrae lo terrestre, las esferas superiores del sentimiento y del pensamiento serán los focos de la parte sutil humana. Así, el alma tiene su centro de gravedad, su punto de apoyo, que es el Centro del Espacio Celeste, o Dios, como todas las religiones le han reconocido.
Los ciclos de la Historia afectan, no obstante, a los cuerpos y a las almas, pues la Historia la hacen los hombres completos, los que tienen cuerpo y asimismo alma. Eso provoca giros y cambios, apariciones y desapariciones, modas, olvidos… Hoy el ciclo da la primacía absoluta al mundo material de las medidas, y el alma ha pasado a ser como una vieja tradición de otras épocas a la que lamentablemente no se da más importancia que a un cuento de niños. Claro, ello es porque el alma no puede medirse, no puede pesarse, no puede apresarse con las manos, ni puede visualizarse con ojos comunes.
Pero el olvido del alma no significa la inexistencia del alma. Como todas las cosas postergadas, la vida espiritual, el florecer interior, está en el fondo de todas las cosas a la espera de un mundo nuevo y mejor, donde el hombre vuelva a ser la completura “de lo uno y de lo otro”.
Y en ese nuevo mundo, donde todas las cosas serán mejores, no será más fácil bajar que subir. Bajará lo que tenga la naturaleza de la caída, y subirá libremente aquella chispa interior que ha permitido rozar a los hombres las esferas celestes con otras manos y otros ojos que no necesitan ver ni tocar para aprender a vivir.
Créditos de las imágenes: Waranont (Joe)
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