Todos necesitamos creer

Autor: Delia Steinberg Guzmán

publicado el 10-02-2026

Todos necesitamos creer en algo. Y ya no es una cuestión de fe religiosa. Comprendemos que en los planos elevados del ser y de la existencia, los humanos necesitemos de razones –tal vez pocas, pero contundentes– que nos ayuden a dar con el porqué de la vida; a eso, hay quienes lo llaman fe religiosa y otros lo llaman filosofía, aunque en la raíz de ambas aparecen elementos comunes. La otra creencia que nos hace falta es más simple, más concreta, más cotidiana: es la que nos ayuda a sobrevivir en el día a día, dando sentido a nuestro trabajo, a nuestras esperanzas, a nuestras penas y a nuestra visión de futuro.

Necesitamos creer que todo lo que hacemos tiene algún valor y nos conduce a alguna parte. La vida diaria está llena de complicaciones, aunque de tanto en tanto nos premie con unas pocas satisfacciones. Pero esa vida diaria no es un andar solitario ni se reduce exclusivamente a la familia; todos compartimos, para bien o para mal, el destino de una ciudad, de un país, de un trozo de la Tierra donde aparentemente los intereses son comunes.

Vivir en comunidad, participar de intereses comunes, luchar con más o menos suerte para lograr mejorar en tantos y tantos aspectos, requiere indudablemente un gobierno, algo o alguien que dirija los esfuerzos de todos hacia una meta digna.

Gobiernos no faltan; los hay de todos los colores, tendencias y aplicaciones. Gobernantes tampoco faltan; lo que no está claro es si ejercen como tales, pero al menos ostentan títulos y cargos que los facultan para obrar en beneficio de sus pueblos. Sin embargo, nunca el hombre se ha sentido tan solo frente a la multitud: multitud de opciones, multitud de enfrentamientos entre quienes aseguran ser los únicos poseedores de lo mejor, multitud de guerras y terrorismo armado en los que no prevalecen las ideas sino vulgares odios, multitud de insultos y desprestigios, multitud de contrasentidos, multitud de desconciertos, multitud que se convierte en nada, en un puro desierto para el que quiere hallar un verdadero apoyo, ya no para vivir, sino apenas para sobrevivir.

Todos necesitamos creer en algo, en alguien, necesitamos saber que hay quienes son mejores o más hábiles que nosotros y se encargarán de velar por nuestros pasos, con rectitud, con honor. Pero ¿cómo creer si los ídolos de hoy son delincuentes mañana? ¿Cómo creer si quienes tienen que conducirnos son modelos de corrupción? ¿Cómo creer si un ciudadano sufre las consecuencias del más mínimo de sus desacatos –voluntarios o no a la ley establecida– mientras que los grandes personajes sólo son castigados cuando sus delitos sobrepasan la imaginación de cualquier mortal? ¿Cómo creer, si nunca estamos seguros de que tales delitos son reales o posibles manejos en la interminable lucha por el poder? ¿Cómo creer a unos medios de comunicación que hoy dicen una cosa y horas después la contraria? ¿Cómo saber quiénes son los delincuentes y quiénes los jueces?

Todos necesitamos creer, saber que no estamos hundidos en el barro, que la vida merece la pena vivirse, por muchas dificultades que encontremos en el camino. Tal vez sea la falta de filosofía y de fe religiosa que, después de todo, se asientan en el rigor intelectual y moral, las que nos privan de personas capaces de conquistar no solamente nuestra admiración momentánea con un par de palabras altisonantes, sino de ganar nuestras voluntades para construir un mundo nuevo y mejor.

Todos necesitamos creer y es hora de empezar a dar respuestas auténticas. Alguien tiene que hacerlo o caeríamos en ese ateísmo cívico que se llama incredulidad y apatía.

Créditos de las imágenes: Billy Pasco

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Referencias del artículo

Publicado en la revista Nueva Acrópolis número 24, en diciembre de 1976.

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