Apocalipsis optimista. Entrevista

Autor: Jorge Ángel Livraga

publicado el 08-10-2019

La semana pasada, un profeta ha visitado Israel. Ha venido por pocos días; habló para aproximadamente veinte personas, para quienes quisieron entenderlo, y se fue.

Desde hace treinta años, va de país en país, dictando conferencias para un puñado de personas (más de un puñado, de vez en cuando), y así va continuando sus estudios.

Para su desgracia (o la nuestra), Jorge Livraga nació en una generación que no cree en los profetas. Esta generación no cree en verdades sencillas que ya conocían antiguas civilizaciones, y es precisamente de estas cosas de las que habló el profesor Livraga. Los profetas de la Antigüedad tenían un trabajo muy sencillo: no hablaban de cosas provenientes de revelaciones divinas; solo usaban de los dioses como introducción para encontrar un auditorio atento a las verdades más simples: la codicia es mala y la tolerancia es buena.Apocalipsis optimista - Nueva Acrópolis

Las cosas de las cuales nos habló el profesor Livraga no son más complicadas que lo que antecede. El título de su conferencia fue “El planeta en peligro de muerte”; en los periódicos estaba mencionada en la categoría de “esoterismo” porque, ¿existe algo más esotérico que el peligro de destrucción de nuestro planeta?

El público estaba principalmente compuesto por el pequeño grupo de personas asiduas a las conferencias esotéricas y por los estudiantes de Nueva Acrópolis Israel, cuyo director es Pierre Poulain. Sobre las ventanas de la sala de conferencias estaban representados Hertzel, Ben Gurion, Weitzman y otros. Livraga aparece respetable, vestido con un elegante traje y corbata, y su cabeza resplandece como la de los “Hobbits”: nariz redonda, frente amplia, algunas canas bien cepilladas y un rostro sonriente.

“Cuando haya terminado de hablar –dijo Livraga en español con traducción simultánea–, ustedes podrán hacerme preguntas, pero yo no les prometo que voy a poder responder. Como filósofo, yo prefiero aparecer como alguien que sabe que no sabe nada”.

Su conferencia duró cerca de una hora y no ofreció ninguna información nueva ni profecía arriesgada alguna. ¿Qué es lo que hizo en su refrescante charla? Es un hombre muy educado, con un coeficiente intelectual extremadamente alto, verdadera autoridad académica, pero ha elegido darnos ideas sencillas. Únicamente el hecho de su elevado nivel académico lo protege contra una acusación de candidez. Así, nos habló de la polución del planeta, de la falta de consideración con la Naturaleza, de la destrucción de la flora y fauna, de nuestra suicida adoración hacia la tecnología como fin y no como medio.

“En el último siglo, la gente viajaba desde muy lejos para admirar las chimeneas y el humo negro de las fábricas. Los llamaban ‘Los templos del trabajo’. La tecnología ha permitido al hombre hacer cosas importantes, pero el hombre se volvió más y más orgulloso de su obra. El humo negro hizo que el hombre olvidase todo lo anterior, y ello ha provocado una confusión entre el adelanto tecnológico y el adelanto humano”.

“Es muy fácil cometer un error si por ejemplo yo hablo con un micrófono en la mano y la gente que está en el fondo de la sala puede oírme como si yo tuviese la voz de un gigante, pero eso no me transforma en un orador mejor que Sócrates: yo simplemente hablo en voz alta gracias al micrófono”.

“Para mí, el mejor símbolo de la situación actual de la humanidad es el Titanic. El ingeniero jefe decía: ‘Ni siquiera Dios podría hundir al Titanic’. En verdad, no fue Dios quien hundió al Titanic, sino un trozo de hielo. Y cuando se estaba hundiendo, la orquesta seguía tocando música y la gente bailando, aunque el ‘imposible’ accidente ya se había producido. De vez en cuando hacemos lo mismo: por ejemplo, todos sabemos que existe un agujero en la capa de ozono y se ha probado sin ningún lugar a dudas que el proceso de extinción de la raza humana ya ha comenzado sobre nuestro planeta. Pero, sin embargo, seguimos suicidamente adelante en nuestra tarea polucionante como si ni siquiera Dios pudiese hundirnos”.

“El recalentamiento progresivo de la Tierra, el llamado ‘efecto invernadero’, proviene del agujero en la capa de ozono, que ya tiene dimensiones impresionantes. Para todas las grandes ciudades de los países desarrollados es de suma importancia, porque el deshielo de la bóveda glacial de los dos polos puede provocar un aumento general del nivel de las aguas de 20 metros. En tal caso, Tel-Aviv sería enteramente tragada por las aguas, así como Londres, Nueva York, Tokio, Venecia, Buenos Aires y Río de Janeiro. Este escenario es enteramente creíble, pero la mayor parte de la gente no quiere admitir la posibilidad de que esto ya haya ocurrido antes, a pesar de que en numerosas civilizaciones, que no han tenido ningún contacto entre ellas, existen mitos relativos a un diluvio. Esos relatos conservados en los mitos, nos enseñan que deberíamos prestar más atención a lo que desencadenan nuestras conductas. Pero jamás los hemos tomado en serio”.

“Yo veo dos soluciones posibles para evitar esa catástrofe: la primera sería decidir cambiar radicalmente nuestras costumbres, pero temo que sería una solución bastante difícil de implementar ya que nuestros hábitos están muy profundamente arraigados en nosotros. La segunda solución es la de la Naturaleza, es decir, una decisión que tomaría la Tierra por sí misma, ya que no tenemos prueba ni razón alguna para dejar de lado la idea de que la Tierra es una parte viva de un sistema vivo, el sistema solar. Yo sé cuán difícil es pensar a la Tierra como algo vivo, pero eso nos viene simplemente del hecho de que las definiciones de ‘vida’ que empleamos están en función de las ideas que tenemos sobre la vida. Está claro que nos faltan palabras y que nuestros idiomas no contienen la idea de Vida, así, con mayúscula. Para ello es suficiente entender, cuando digo ‘vivo’, que hablo de seres que reaccionan”.

“Si la capa de ozono sigue deteriorándose, eso es lo que va a ocurrir. El ‘efecto invernadero’ producirá el deshielo de los Polos y eso –a su turno– provocará la inundación de la mayor parte de los pueblos desarrollados. La mayoría de los asentamientos tecnológicos resultarán destruidos y la población de los países desarrollados se transformará en grupos de refugiados”.

“La mayor parte de los descubrimientos tecnológicos volverán a ser inútiles, la evaporación de las aguas oscurecerá la luz del sol y las temperaturas bajarán. La vegetación entonces mutará y, lentamente, los refugiados comenzarán nuevamente a desarrollar la humanidad. Quizás ellos mismos también van a tener mitos sobre grandes inundaciones o diluvios”.

Al día siguiente de la conferencia, entrevisté al profesor Livraga en el hotel Hilton de Tel-Aviv, apenas horas antes de que partiera de Israel.

Livraga cree que la mayoría de los conocimientos importantes de hoy ya estaban reunidos en las antiguas civilizaciones, pero fueron olvidados. Por ello, él estudió griego antiguo, latín, sánscrito, jeroglíficos y otras catorce lenguas, pero no habla inglés.

Fundó Nueva Acrópolis hace 32 años, cuando era un joven estudiante de veintiséis años en la Universidad de Buenos Aires.

“Éramos un pequeño grupo de jóvenes que teníamos problemas con los estudios que seguíamos en la Universidad. Teníamos claro que por mucho que estudiásemos todas nuestras vidas en la Universidad, no seríamos moralmente muy diferentes del hombre primitivo, de un hombre no intelectual. No seríamos más que especialistas en algún campo particular. Así, nos preguntábamos si la Universidad valía la pena. Entonces decidimos abrir una escuela que diese más posibilidades a los estudiantes, algo que sirviese más a los valores atemporales de la humanidad, y no solo ofreciese valores académicos. Durante diez años investigamos en el campo de la Filosofía, la Historia y la Educación, llegando a conformar los planes de estudios y el contenido de las materias que hoy se enseñan en Nueva Acrópolis. Hemos investigado en todas las culturas y en todas las fuentes de conocimiento lo que nos ha parecido importante y de valor para el Hombre”.

“Hemos desechado los conocimientos esotéricos que contienen elementos caprichosos y fenoménicos, intentando encontrar una nueva definición de la realidad y del mundo, nueva por su forma, pero eterna por su contenido”.

–Ustedes han hecho todo esto durante la época del Presidente Perón en Argentina y posteriores Gobiernos, épocas no muy tolerantes para tales ideas inhabituales; ¿han tenido problemas?

–No hemos encontrado problemas. Ni con Perón ni tampoco en ninguno de los países en los cuales hemos fundado escuelas. Definimos nuestros principios y fines de manera tal que no aparecen antagonismos: trabajar para la paz, para un verdadero progreso moral y material, para la tolerancia y la armonía. ¿Qué líder será capaz de negar lo positivo de estas ideas?

–A pesar de que usted prevé un futuro muy difícil para el hombre, a causa de la polución y del agujero de la capa de ozono, acepta con demasiada facilidad que a su llamada de atención solo acudan veinte personas.

–Yo no soy un político, yo soy un filósofo. Mi trabajo es pensar, difundir mis conclusiones y actuar consecuentemente con ellas. Yo espero que aquí la Escuela tenga muchos estudiantes. Y le prometo que los estudiantes de Nueva Acrópolis van a estudiar la filosofía atemporal y realizar trabajos ecológicos de limpiezas de playas y lugares históricos, como lo hacen todos los estudiantes de Nueva Acrópolis en el mundo entero. Yo no espero más.

–Pero ¿no es importante para usted tener una influencia mayor para poder ver plasmado el mundo que quisiera ver?

–Es importante para mí que alguien –en su momento– vea un mundo mejor, pero no pretendo verlo yo, ya mismo. El error más grande que ha cometido esta generación fue plantar un árbol y querer coger los frutos inmediatamente. ¿Dónde estaríamos si la generación precedente a la nuestra se hubiera conducido de la misma manera? Si actuamos con la paciencia que caracterizó a las antiguas civilizaciones, la generación próxima sí va a ver un mundo mejor.

–¿Cómo puede usted ser tan optimista cuando, al mismo tiempo, es tan pesimista? Nos ha hablado de las muchas posibilidades de regresar a la Edad de Hielo.

–Usted me ve optimista porque soy un optimista. Porque yo creo en Dios. No en el Dios de las religiones, no en un Dios formal, sino en un Dios filosófico: yo creo que las cosas no ocurren por casualidad, sino más bien de manera inteligente y armónica. Cuando se tiene el convencimiento de que todas las cosas están subordinadas a una inteligencia divina, no se puede ser pesimista. Y mi optimismo me hace esperar que nosotros aprendamos nuevamente a vivir de manera inteligente y armónica.

Entrevista realizada por Gabi Nitzan, y publicada en el periódico Hadachot (Las Noticias), el 8-11-1989, en Israel.

Créditos de las imágenes: Iva Rajović

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