Para qué sirve la filosofía

Autor: Delia Steinberg Guzmán

publicado el 17-11-2017

Hoy todo se valora en función de su rendimiento. Si no hay beneficios concretos de uno u otro tipo, las cosas carecen de valor.

Así sucede también con la Filosofía, un Arte y una Ciencia para Vivir, que difícilmente tiene aceptación entre lo que actualmente se considera ventajoso, porque no es sencillo descubrir las extraordinarias aportaciones que proporciona al ser humano.

No vamos a detenernos en definiciones ni en raíces etimológicas, que sin embargo siguen siendo útiles en cuanto a la finalidad esencial de la Filosofía. Sabemos que es el Amor y, por consiguiente, la búsqueda de la Sabiduría. Pero, una vez más conviene recordar a qué Sabiduría nos referimos, y especialmente, que es amar y buscar lo que se ama.

Todo aquel que quiere ejercer un oficio, una profesión o algún trabajo práctico, necesita estudiar, y sobre todo, aprender; es una forma específica de sabiduría necesaria para actuar correctamente. Una de las preguntas más habituales y simplonas que se les hace a los niños es: “¿qué querrás ser cuando seas grande?”. Es una forma de averiguar qué le gustará estudiar, aprender, hacer.

Sin embargo, nadie pregunta “qué sentido querrás darle a tu vida”, tal vez porque un niño todavía no lo reconoce, lo mismo que la tarea que querrá realizar cuando sea mayor. O tal vez porque pocos piensan que esta pregunta tenga valor.

No obstante, es la gran pregunta, el gran punto de partida de la Filosofía, es la que conduce toda búsqueda y todo encuentro positivo, es la que da importancia al ser humano. Es la que nos acerca a nuestra propia realidad y la que abre numerosos caminos para conseguir una excelencia personal que no tiene nada que ver con las labores que desempeñemos. O, desde otro punto de vista, la que da valor a cualquier cosa que hagamos en la vida.

Esta es la Sabiduría esencial de la Filosofía: darle un sentido a la vida, a partir del propio autoconocimiento, darle valor al tiempo y a nuestras posibilidades de actuar adecuadamente.

No hace falta un análisis psicológico ni una medición de las capacidades mentales; es mucho más que eso, porque es conocer el propio yo con sus características psicológicas y mentales, pero sobre todo, con sus debilidades y potenciales interiores sin asustarse por las primeras ni envanecerse por las segundas. Es tener anhelos de supervivencia espiritual a través de las propias convicciones que nos ayudan a mejorar las situaciones de los demás o las circunstancias que nos rodean.

Esta forma de Sabiduría busca y halla tesoros en lo grande y en lo pequeño. Sufre con las desdichas que percibe, pero no se paraliza por ellas; ama las cosas bellas; va tras la verdad objetiva y no de los propios gustos; ve el trazo magnífico de una mano todopoderosa que conduce la naturaleza y el universo en su inmensidad.

En este caso, la Filosofía sirve, para mucho y para muchos.

Sirve para ser buenos.

Sabemos que hay muy variadas concepciones de moral, y que los condicionamientos sociales influyen en lo que se denomina bueno o malo. Pero en el fondo del corazón, cada cual sabe qué es bueno, y si opta por lo contrario, es simplemente porque no le interesa la opinión que tiene de sí mismo y prefiere estar de acuerdo con las opiniones aceptadas por determinados grupos humanos, con sus vacíos interiores o sus fanatismos.

Para ser bueno hay que atreverse a ser diferente.

O más sencillo todavía: ser natural de acuerdo a las mejores ideas que la Filosofía nos permitió encontrar. Los sabios que nos precedieron nos han legado una sabiduría que no tiene tiempo ni ocupa lugar en el espacio.

Sirve para ser justos en conformidad con la verdad. También sabemos que no hay verdades absolutas para los humanos, pero hay acercamientos a la verdad que no tienen que ver con obsesiones o exaltaciones personales; es una verdad que se reconoce porque es válida para uno mismo y para los demás.

Así, la justicia no es revancha ni venganza de los males que creemos haber recibido, sino una adaptación sensata a las verdades que vamos incorporando a la vida. Y la primera justicia es saber juzgarse a sí mismo, sin caer en extremos sino, al contrario, corrigiéndose para ser mejores cada día.

Sirve para apreciar y disfrutar de la belleza. Nuevamente debemos apuntar que no hay cánones absolutos de “belleza”, o que esas valoraciones han cambiado con los tiempos. Pero la belleza tiene la propiedad de conmovernos hasta el punto de desear asemejarnos lo más posible a ella. Las distorsiones que, en cualquiera de las ramas, hoy se denominan arte o belleza, reflejan por desgracia las distorsiones interiores que sufren muchos y que trasladan a sus obras para ofrecer un modelo de desesperación o de incomprensión.

El que busca la belleza y la encuentra, disfruta tanto con el ronroneo de un gato como con el brillo de una estrella y, si estuviera en sus manos, reflejaría todo el encanto del mundo.

Sirve para comprender, no solamente para instruirse. Comprender permite percibir todo lo que está más allá de los sentidos; se comprende lo interno, la raíz de lo que se manifiesta hacia afuera. Conocerse a sí mismo – la máxima filosófica por excelencia – es la mejor forma de comprenderse a sí mismo, sin caer en excesos ni justificaciones. Conocerse a sí mismo con objetividad es la mejor forma de comprender a los demás, buscando las causas y no los efectos, evitando las excusas o las injurias espontáneas sin apoyo inteligente.

Y sobre todo sirve para amar, porque el Amor es parte fundamental de la Filosofía. Sin descartar el amor hacia las personas, da lugar a la expansión del amor como un vínculo de unión que sobrepasa todas las barreras y nos acerca a todos los misterios del Universo.

¿Para qué sirve la Filosofía? Aquel que intente llegar a estas pocas explicaciones anteriores, tendrá una llave maestra para abrirse paso en su ser interior y en los infinitos caminos que ofrece el mundo para saber para qué y por qué vivimos.

Créditos de las imágenes: nonbirinonko

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