Qué opciones tiene el Hombre en la vida

Autor: Jorge Ángel Livraga

publicado el 23-04-2015

Creo que todos los Hombres, tengan la cultura que tengan, tengan la edad que tengan o la condición que tengan, llevan dentro de sí esa potencialidad para ponerse en contacto con la verdad de manera directa, palpable. Únicamente hace falta que, de vez en cuando, alguien que tuvo un poco más de tiempo para averiguar estas cosas, os recuerde a cada uno de vosotros lo que lleváis dentro.

Nueva Acrópolis - OpcionesEl tema de hoy trata de las opciones que el Hombre puede tener en la vida. Es un tema muy, muy viejo, porque, obviamente, desde que existe, el Hombre se ha preguntado: “¿qué opción tengo yo ante la vida?”. Por lo general, los Hombres han optado en todos los tiempos entre tres posibilidades o tres alternativas.

Una, la de pensar que todo está absolutamente determinado: o sea, Dios, la Inteligencia Cósmica o como le queramos llamar, ha determinado ya todas las cosas de tan justa manera que no podemos variar ni un ápice de todo lo que ocurre en el Universo. E incluso cuando creemos que hacemos algo voluntariamente, en realidad no es así, sino que simplemente estamos condicionados, presionados por un entorno invisible y mágico que de alguna forma y manera nos va llevando irremisiblemente hacia donde tenemos que ir, o sea, hacia el destino. Esta sería una opción y, como vemos, sería una posición bastante absoluta.

Otra posición sería completamente la contraria; la que dice que no hay un determinismo histórico, ni vital, ni cósmico; que las cosas no pasan por causalidad, sino por casualidad, que hoy estamos aquí pero que podríamos estar en cualquier otra parte. Es decir, que todas las cosas que nos ocurrieron en la vida no era forzoso que nos hubiesen ocurrido, que simplemente nos han ocurrido estas como nos podían haber ocurrido otras; que si hemos tenido una amistad, un amor o una pelea, si hemos tenido un conflicto con una determinada persona, ¡bueno!, pudimos haberlo tenido con esa persona como con cualquier otra; que de alguna forma nosotros somos los que elegimos la totalidad absoluta de todo lo que nos pasa, o sea, seríamos los responsables –pero de una manera absoluta, de una manera casi categórica kantiana– de absolutamente todo lo que nos pasa. Nosotros seríamos amos y señores de nuestro destino. Como vemos, esta es también una posición demasiado absoluta.

Reconsiderando estas dos posibilidades, la primera sostiene la posición de que el Hombre está totalmente condicionado al Destino y que ninguna de sus acciones puede variarlo, ni modificar su propia actuación, la de sus semejantes o la de la Naturaleza. Esa es la primera posición.

Sin embargo, le encontramos un fallo desde el punto de vista filosófico básico, porque si todo está determinado, si nosotros no tenemos ninguna responsabilidad, ¿por qué existe el dolor? Obviamente el dolor es un aviso, el dolor nos alerta en distintos planos de conciencia cuando algo no anda bien. El dolor me avisa cuando tengo una muela cariada; cuando alguien me pisa un pie; cuando me están traicionando. El dolor es vehículo de la conciencia, aviso para el regreso a un camino trazado, o no, previamente.

Así, esa primera posición tendría en contra, fundamentalmente, la existencia del dolor. Porque si todos estuviésemos en un Universo donde todo ha sido ya preplanificado de manera absoluta, complemente absoluta, ¿qué sentido tendría el dolor? Ninguno. Sería una especie de sufrimiento gratuito; deberíamos pensar en un Dios loco, en un Dios bufón que está riéndose de nosotros y de nuestros sufrimientos diciendo: “¡Qué bueno, cómo sufren!”, un Dios sádico. Esto no puede entrar en nuestra concepción de Dios, porque estaríamos reflejando nada más que un estado aberrante de la naturaleza sádica de algunos hombres, a los que ni siquiera podemos llamar Hombres.

El otro punto de vista, el de pensar que podemos modificar todo el entorno, tiene también su fallo. ¿Es que todos nosotros, por ejemplo, queremos morir? Yo creo que no; creo que hay mucha gente que no desea morir. Hay mucha gente que no desea envejecer o que no desea estar enferma, y sin embargo lo está. Si nuestra voluntad pudiese –ya sea de manera directa, ya sea a través de medios indirectos– modificar la Naturaleza de una manera absoluta, tal vez habría mucha gente que no muriese, que no envejeciese, en fin, que sería diferente a lo que es hoy. Por lo tanto, en este momento de la realidad, en el aquí y en el ahora, es obvio que hay cosas que nosotros no podemos modificar y circunstancias que no podemos mover. Vemos que esas dos posiciones absolutas tienen estos fallos de principio, además de otros muchos pros y contras que podríamos descubrir. Pero básicamente les encontramos estas grandes dificultades.

Habría también una tercera posición; la tercera posición sería pensar que, si bien a grandes rasgos todas las cosas están condicionadas, tenemos una cierta libertad. Esta es la posición que sustentan las más viejas escuelas de Filosofía, tanto en Oriente, donde en sánscrito se le llama Viveka, como en Occidente, donde se le llama libre albedrío. Es decir, la posibilidad, dentro de los márgenes que Dios o la Naturaleza nos otorga en los distintos momentos del tiempo y los distintos lugares del espacio, de ser libres.

Si yo voy, por ejemplo, en un avión a 10.000 metros de altura, soy libre para poder ir al lavabo, para ir a tomar una gaseosa o un vaso de vino, para leer un libro, pero no soy libre para abrir la portezuela y salir. Soy libre de hacerlo, pero me mato yo y a todos los demás, o sea, no tiene ningún sentido. Soy libre, por ejemplo, para poder recortarme las uñas, pero no soy libre para recortarme las plumas porque no tengo. Ahí está el problema. Mi problema filosófico es precisamente el no poder recortar lo que no tengo, solo puedo recortar lo que tengo. Es decir, que solamente puedo hacer crecer lo que veo, lo que siento, lo que percibo. Esta tercera posición filosófica es interesante.

Y actualmente, además, también existiría una cuarta posición, que no sería filosófica, sino humana, fruto de la desesperación del momento que vivimos. Todos sabemos que Occidente está en crisis y no es ninguna novedad decir que la crisis ha llegado a España, provocando aquello de que para qué vamos a elegir, o sea, dejar las cosas como están, sin elegir nada. Pero no dentro de un determinismo, o sea, esta no es la posición que afirmaba que todo está determinado, fijo, bien hecho. Esta es la que dice que no hay nada fijo ni bien hecho. No hay Dios, no hay mundo, no hay Alma, no hay nada; lo único que hay es lo que toco y veo. ¿Y para qué voy a molestarme en elegir si es cosa de viejos? Elegir es cosa de hombres que tienen preocupaciones estéticas o éticas, pero yo no tengo esas preocupaciones, yo soy un hombre liberado. ¿Para qué voy a elegir? Yo no elijo nada. Hago lo que quiero.

Esta posición no es estrictamente filosófica. Nadie hace lo que quiere: cuando alguien a veces parece tan libre y dice hacer lo que quiere , y por ejemplo un joven se tiñe el pelo de azul o de verde, eso no es libertad, simplemente está respondiendo a sus instintos; es decir, que tal vez no tenga amos fuera pero tiene amos dentro, amos bestiales que le obligan a llevar el pelo de una determinada manera, que le obligan a ponerse un corazoncito de tela en algún lugar del pantalón no muy mencionable o le obliga a cualquier otra actitud extraña. Esto, no es un proceso de libertad, sino un proceso de implosión, de caída sobre sí mismo; de tal suerte que se toca fondo, y cuando se toca fondo se llega a los instintos. Ahora bien, los instintos y las sensaciones que se transforman en percepciones son muy fuertes para todos nosotros.

Ayer, en la cátedra de “Fenomenología Teológica”, hablaba con mis discípulos sobre uno de los Evangelios chinos que recogió la palabra de Buda. Estábamos hablando del famoso caso de Siddhartha Gautama, Príncipe de Kapilavastu, cuando quiere conocer el mundo. Como los augures y demás habían predicho que si conocía el mundo se iba a entregar a la mística y a la enseñanza religiosa, su padre –que no quería eso, sino que su hijo fuese su heredero– lo retuvo dentro de un palacio de mármol con grandes jardines, en contacto solamente con personas muy bien constituidas, impidiéndole ver el mal del mundo.

Pero él, siendo joven, siente curiosidad por conocer la realidad y le dice a su padre que quiere ver el mundo. Entonces, se le preparó un itinerario turístico especial por la ciudad, donde todo estaba previamente “montado”. Recorrió la ciudad y todas las cosas estaban perfectas; las casas limpias con guirnaldas por todas partes; la gente era toda joven y hermosa, cantaban y vitoreaban, mientras los pajarillos volaban por todas partes. Mas –dicen los textos– los Devas, los seres luminosos, queriendo de alguna manera probar el ánimo del Príncipe,hicieron que este encanto se rompiera.

Entonces Siddhartha Gautama vio a un hombre encorvado sobre un bastón con las piernas temblorosas y preguntó a su auriga –que hace las veces de su Maestro, como en el caso de Krishna y Arjuna en el Bhagavad Gita– qué era ese hombre, qué le pasaba, por qué estaba encorvado, por qué apenas podía caminar y se apoyaba así sobre un bastón. Le dijo el auriga: “Señor, es un viejo”. Y Siddhartha le contestó: “¡Pobre! Supongo que esto le pasa solo a él”. “No, no –le dijo el auriga–-; la verdad, Majestad, en fin, es que todos los hombres envejecemos”. O sea, le dijo la verdad. Siddhartha se quedó pensando, mudo y consternado de lo triste que es la vida del Hombre: “Entonces, ¿todas esas doncellas tan hermosas que yo veo y esos jóvenes tan erguidos, tan llenos de vida, estarán alguna vez tan encorvados, tan viejos, con la mirada tan apagada?”.

Luego, los Devas hicieron que se le cruzase en el camino un enfermo –probablemente un leproso, según las descripciones– que mostraba en su rostro, en sus manos, en toda su piel exfoliaciones, deformidades sumamente repugnantes. Preguntó otra vez al auriga:”¿Qué le pasa? Sus carnes caen a pedazos, sus manos tiemblan, tiene el rostro desfigurado, hay partes de la cabeza en que le falta el cabello y se le ve el cráneo, y parece que tiene grandes dolores… ¿Qué le pasa?”. “Señor –le contestó–, es un enfermo…”. “¿Y todos enfermamos?”. “Sí, Señor, todos podemos enfermar en cualquier momento”. “¡Qué triste es la condición del Hombre! –pensó Siddhartha–, porque en cualquier momento y por sano que esté, tal vez por un viento o por una emanación insalubre de algún pantano, el Hombre puede enfermar y sufrir”.

Siguió andando y vio pasar un cortejo fúnebre; un grupo de personas que llevaban a un hombre muerto en una parihuela. Siddhartha Gautama lo vio, y dijo: “¿Quién es este hombre? ¿Qué le pasa? ¿Por qué está tan pálido y tan rígido? ¿Por qué lo llevan así en parihuela?”. “Señor, es un hombre al cual la vida se le fue, los pensamientos le han abandonado y ahora está como una cosa, una madera, una piedra…”. Siddhartha insistió: “Mas esto, ¿es para todos?”. “Sí, Señor. Esto es el destino inexorable de todos. Por la vejez, la enfermedad y la muerte, todos nosotros pasamos. Es inexorable”. Entonces, el príncipe Siddhartha pensó que tal vez la vida no tenía sentido como vida en sí y que habría que buscárselo, el porqué de la vida y qué se esconde detrás de todo esto, qué se esconde detrás de todo este mal, detrás de todo este dolor y detrás de todo este sufrimiento.

Esa pregunta de “¿por qué?”, que nos sale de adentro, es una pregunta eminentemente filosófica, aunque no se haga mediante todo un juego dialéctico ni retórico; aunque no se utilicen los silogismos ni como Sócrates ni como Aristóteles; sin embargo, esa pregunta, ese por qué, esa voz que “clama en medio del desierto”, como también dice la Biblia, es profundamente filosófica. Y esa voz la recogemos hoy, pues nosotros también tenemos esa pregunta dentro de nosotros: ¿por qué?

Se trata de la inquietud natural de todos los seres vivos, es la pregunta natural de todos los hombres y mujeres, puesto que todos se preguntan: “¿Por qué me pasa tal cosa? ¿Por qué no me pasa tal otra? ¿Por qué soy un día de una manera y otro día de otra? ¿Por qué hay hombres que nacen sanos y otros enfermos? ¿Por qué unos ricos y otros pobres? ¿Por qué unos son hermosos y otros tan horriblemente feos? ¿Por qué mueren los buenos y los malos quedan?”. ¿No son acaso preguntas fundamentales, a las cuales es difícil dar respuesta si no pasamos del nivel de la pregunta y vamos a la dimensión de la respuesta? Quiero decir que si nos quedamos en la pregunta en sí jamás podremos salir de ella.

A todos, me imagino, nos ha tocado algún tipo de sufrimiento, de dolor, o nos ha afectado la muerte de un ser querido, y sabemos cuán difícil y cuán chocante es esa situación. No me estoy refiriendo ahora a cuando leemos en los periódicos que se han ahogado cinco mil personas en tal lugar. Eso lo leemos pero sin concienciarlo. La verdad es que todavía nos falta mucho para tener “conciencia imaginativa”. Ese es uno de nuestros grandes problemas. Al faltarnos imaginación no concebimos el sufrimiento de las cinco mil personas ahogadas por el Ganges o cualquier otro río, solo alcanzamos a decir: “¡Qué curioso, ¡fíjate!”. Hablamos de las catástrofes ajenas con la mayor intrascendencia, no participamos de ellas. Pero cuando muere nuestra madre o nuestro padre, o alguien que nos afecta de cerca, cuando somos nosotros los que tenemos una enfermedad o un sufrimiento, cuando somos nosotros quienes vivimos un drama, entonces sí que dentro de nuestras vísceras espirituales surge esa pregunta profunda: ¿por qué? ¿Qué elección tengo? ¿Qué posibilidad tengo de superar este mal del mundo? ¿Qué posibilidad tengo de comprender aunque sea por qué pasan estas cosas? ¿Por qué hay enfermos? ¿Por qué hay viejos? ¿Por qué hay muertos? ¿Por qué hay tanta gente que sufre? ¿Por qué hay tantos niños que no tienen ni siquiera una cuna en donde sean mecidos? ¿Por qué hay tantos muertos que se echan a las fosas comunes? ¿Por qué no hay un ataúd para ellos? ¿Por qué, por qué, por qué…? Y dentro de esta pregunta vamos a buscar una respuesta, una respuesta simple, una respuesta humana.

Pero si nos aferramos a la pregunta nunca vamos a llegar a la respuesta. Por favor, amigos míos, quisiera que meditaseis un instante sobre lo que os digo. Si yo, por ejemplo, me aferro ahora con esta mano a este ventilador que está aquí, no puedo tocar la pared de enfrente con la otra mano. Es inútil que lo intente. Tendré que soltar el ventilador para poder tocar la pared. Y cuando toque la pared no podré tocar el ventilador. Entonces, para poder llegar a las respuestas, lo primero que tenemos que hacer es superar las preguntas. O sea, la pregunta fue un móvil, un motivo, un incentivo para la respuesta, pero si no nos soltamos de la pregunta nunca llegamos a su respuesta. Esto es un principio físico; y como decía el antiguo Kybalion: “Así es arriba como es abajo”, en la parte espiritual, en la parte psicológica, sucede exactamente igual.

Hay dos alternativas o dos posibilidades para el Hombre: una de ellas es ser materialista, o sea, quedarse aferrado a la pregunta. La materia siempre es incompleta, siempre muere, siempre sufre. La materia pierde plumas, pierde escamas, pierde hojas en los otoños… Cae con los pájaros cuando hace frío, se rompe con los hielos cuando viene la primavera. Es decir, que la materia siempre es frágil, siempre perece o cae.

Nos encontramos que en la música, por ejemplo, se ha perdido el sentido de la melodía. Lo único que se hace es sorprendernos con una serie de ruidos, asustarnos con una serie de sonidos discordantes que recuerdan solo a la materia, como si se tratara de mecánica.

Vemos que también en el arte de la pintura se refleja tan solo la visión materialista que aqueja a nuestro mundo moderno. Es así que en la pintura moderna, en la pintura actual, el dibujo, que es la parte espiritual, la que reproduce el pensamiento, la que reproduce el entendimiento entre los Hombres, ha sido reemplazado por el color y las mezclas, que no dan nada, que no transmiten nada de un Hombre a otro. Es lo mismo que si ahora, por ejemplo, estrellase contra una pared cuatro tubos de colores y dijera que eso se llama “La batalla del Ebro”. Estará el que vea eso y estará también el que vea un plato de huevos fritos –según el hambre que tenga–, o el que vea de la suegra…, etc. Cada cual verá “lo que quiera ver”. Sin embargo, si yo ahora pintase una manzana, se trata de algo que podemos reconocer, y no solo lo reconocemos nosotros, sino también el que viniese después de cien o doscientos años, pues diría: “Ahí está pintada una manzana”. Igual que cuando vamos al Museo del Prado, vemos los cuadros antiguos y decimos: “Este cuadro representa tal o cual cosa”. Pero ¿cómo podemos saber lo que está pintado en esos otros cuadros?

Desde esa posición materialista, que va a decir incluso que Dios no existe, no se va a ninguna parte, porque es una posición de acceso, pero no de respuesta. La posición de respuesta es una posición completamente diferente, es una posición espiritual. No me refiero ahora a la “espiritualidad” de sentarse en padmasana en el suelo y repetir “Om Mani Padme Hum”, o de quemar incienso –u otras cosas– en la habitación, sino a lo automáticamente espiritual, a lo que siente todo Hombre, aunque no haya leído nada, aunque no sepa una palabra de sánscrito, aunque jamás encienda incienso, aunque no haya puesto una vela en ningún templo.

¿Qué es ser espiritual? Espiritual es aquello que trata de revelar a sí mismo y a los demás las soluciones, es decir, lo que no está sujeto al tiempo. Fijaos bien: todos podemos constatar cuándo un amor es un afecto materialista, porque no dura, dura muy poco, hasta que se satisface. Mas cuando el amor es espiritual dura toda la vida y a veces más allá de la muerte. Igual diríamos de cualquier otra cosa. Cuando alguien está entregado a algo por fines materiales, supongamos por dinero, ¿cuánto dura la entrega a ese empleo? Hasta que a uno le pagan, lógicamente, “y si no me pagan, pues me voy”. Pero si uno está entregado a una idea, a un idealismo cualquiera, como el que por ejemplo, pueda ser Acrópolis, aunque a mí nadie me pague por dar esta conferencia, yo la doy igual. Es decir, que no estoy “atado”, ¿me comprendéis? No me han dado un plan para lo que tengo o no tengo que decir. No me han dicho: “Bueno, profesor Livraga, trate este y este punto, pero cuidado, no trate de ese otro punto…, porque no le dejamos ¡eh!”. Lógico, si hubiese cobrado para dar la conferencia tendría que acceder a ciertas limitaciones. Pero no cobro nada, soy un hombre libre, digo lo que siento y se acabó.

De ahí que la libertad está fundamentalmente en el Espíritu. Y se plasma en el arte a través del dibujo, por ejemplo, o a través de la escultura, etc. Todo el mundo reconoce que esto es una réplica de la Venus de Milo. Bueno, y supongamos que hubiese alguno, que no creo, que no supiera que es una réplica de la Venus de Milo. ¿Pero es una mujer o es una tuerca? Obviamente es una mujer, cubierta hasta la cintura, que no tiene brazos, etc., etc. El artista que la hizo, hace más de dos mil años, nos está transmitiendo algo, y si ese algo vivió dos mil años, no es material aunque se haya apoyado en la materia. Es algo espiritual, porque no ha muerto ni morirá jamás; mientras conservemos las obras de arte, seguirán transmitiendo su mensaje, su idea, por los siglos de los siglos.

De la misma forma, la música nos transmite mensajes. Cuando escuchamos a los grandes clásicos, aunque no sepamos mucho de música, aunque no sepamos diferenciar una redonda de una blanca o una corchea de una semifusa, sin embargo, se escucha la música y se siente que se levanta el Alma. Cuando escuchamos, por ejemplo, música gregoriana en una catedral gótica, lo que me ha pasado tantas veces, gracias a Dios, el Alma se eleva, el Alma se pone de pie, y los brazos se abren como en una magnífica cruz de fuego para recibir esto que sentimos dentro nuestro.

Porque nosotros aplicamos nuestra espiritualidad a todas las cosas; cuando le ponemos el sello de la espiritualidad a todas las cosas, por bastardas y bajas que sean, cuando podemos ser espirituales hasta en el más mínimo de nuestros actos, entonces nos tornamos inmortales, nos tornamos realmente Hombres. Entonces, dejamos de hablar de desigualdades y hablamos de los valores que tienen los Hombres, de los valores que tienen las cosas, porque no hay en el mundo dos flores iguales, ni dos peces iguales, ni dos hombres iguales, ¡gracias a Dios! Y esa es la riqueza que hace que no nos aburramos eternamente, que seamos todos benditamente diferentes; que podamos ir por los jardines viendo miles de rosas sin hastiarnos; que podamos estar frente a los fuegos en este invierno viendo elevarse cientos de llamas que, sin embargo, nos parecen todas diferentes; que hayamos estado, a lo mejor, este verano viendo las olas del mar y, sin embargo, sus espumas nos hayan parecido siempre distintas.

Es en esa riqueza del Espíritu, en esa fuerza del Espíritu, donde nosotros hallamos las soluciones. Así, el Hombre deja de estar encorvado, deja de estar enfermo y deja de estar muerto, porque el Hombre Interior no se encorva jamás, ni se enferma, ni muere. Es entonces cuando se siente esa fuerza interior, cuando se descubre al verdadero Hombre, no al Hombre de las preguntas, sino al de las respuestas.

Entonces sí, entonces nuestros brazos se abren hacia las estrellas; entonces podremos estar de pie ante la Historia y podremos transmitir nuestra palabra apasionada. Podremos legar nuestras plumas rotas, ensangrentadas con tinta de nuestro corazón, a las generaciones que vengan. Podremos volver a reconocer el mármol, las piedras; podremos dibujar, pintar, soñar, reír, cantar. Podremos volver a tener y aclamar a un Señor, y podremos llegar a concebir a Dios, a nosotros mismos y a la Naturaleza. Entonces retomaremos otra vez las sendas del honor; los labios nuevos cantarán las viejas canciones y nuestras manos jóvenes volverán a empuñar otra vez las viejas espadas, en una gran Olimpiada espiritual. ¡Basta de preguntas! Todos los hombres y todas las mujeres que estamos capacitados para ello clamamos ante Dios y ante los Hombres por respuestas; clamamos en la noche, en el silencio, clamamos con nuestras bocas abiertas, con nuestros ojos llenos de lágrimas: queremos respuestas, queremos vivir en una respuesta. Y nuestro brazo se alza al cielo pidiendo, implorando y exigiendo, si es que hay un Dios, una respuesta.

Conferencia dictada el 7 de septiembre de 1978 en Madrid

 

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Un comentario

  1. Jose Fonseca dice:

    Leer al Maestro JAL es como beber agua fresca luego de meses de sed. Cuanto me reconfortan sus conferencias. Pienso hacer un hábito leer de nuevo sus enseñanzas con regularidad semanal. Fui miembro en NA y por diferentes motivos salí hace 6 años, pero las fuerzas que me llevaron a militar por 8 años están ahí. Mucho provecho obtuve para mi vida y hoy siento que necesito de Los Maestros para proyectar mi presente.

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