Los incas y su filosofía moral

Autor: Jorge Ángel Livraga

publicado el 25-07-2018

Hay un cierto parecido entre los incas y los aztecas, pues los incas, en una época tardía, resumen una serie de civilizaciones previas, que se van a encontrar en la denominada civilización incaica. La civilización incaica es la más nueva, la más moderna de entre las civilizaciones de América del Sur, o sea, el área técnicamente denominada tiahuanacota. Existen focos primordiales que van a hacer llegar a la civilización inca no solamente sus cánones artísticos, sino también su credo religioso, aunque los incas aportan algo nuevo: su sentido de la organización.

Nueva Acrópolis - IncasOtra vez volvemos a hacer el paralelo con los romanos. Los griegos son creativos, pero los griegos tienen, por lo menos hasta Alejandro, el concepto de ciudad-Estado. Los griegos, con Alejandro –que no se basa en modelos estrictamente atenienses, sino más bien en modelos macedónicos y espartanos–, van a entender un mundo mejor que la ciudad-Estado. Lo mismo pasa aquí, en América. Los incas van a traer la gran novedad de que no van a ser un pequeño Estado, sino que van a ser la relación entre varios Estados y que van a dar un trato común a pueblos que incluso son étnicamente diferentes.

Existen focos muy antiguos en América del Sur, focos que incluso son y han sido investigados y que, sin embargo, son poco conocidos. En el foco de Chavín (Chavín de Huántar está en el Callejón de Huaylas entre la Cordillera Blanca y la Cordillera Negra, a unos 400 kilómetros al norte de Lima) existen unas ruinas junto a un pequeño riachuelo que va a alimentar al río Marañón; estas ruinas de forma piramidal conforman el centro ceremonial de Chavín. Este centro es fundamental para poder entender luego toda la cultura incaica. Está compuesto de varios edificios, entre ellos, uno que es el central, donde están los laberintos subterráneos. En uno de estos subterráneos está el famoso Cuchillón de Chavín. El Cuchillón de Chavín es una pieza monolítica que tiene unos cuatro metros de alto aproximadamente, y que representa a un hombre investido con ropa ceremonial como si fuese un jaguar. En la parte superior tiene una oquedad para recoger «la sangre de los sacrificios». Evidentemente, es la vieja alienación de pensar que los pueblos antiguos fueron bárbaros, sangrientos, que hacían sacrificios humanos. Bueno… hubo pueblos que hacían sacrificios humanos como hubo y hay campos de concentración, pero no todo el mundo hacía sacrificios humanos, como no en todas partes hay campos de concentración.

En Chavín, a través de algunas investigaciones del Dr. Lumbreras, se descubrió un mapa de un templo redondo situado en este solar. Es un templo redondo rodeado por figuras de jaguares. Debajo de las escalinatas, que son cuatro, se han descubierto unos canales por donde pasaba el agua, y al pasar el agua retumbaba sobre unos escalones huecos y también retumbaba sobre una especie de vástagos de piedra que, al vibrar, teniendo el lado de adentro de la piedra libre del muro y estando conectado con un sistema como de amplificador de piedra, producía una resonancia especial en todo este templo. Se probó este canal, y cuando bajaba el agua, el ruido era como el rugido del jaguar. Frente al llamado Castillo de Chavín existe una piedra que es una mesa con siete socavones; en estos socavones se descubrió que en determinado momento del año –exactamente en el equinoccio de primavera–, se refleja la constelación de Orión. Y estos siete socavones son una especie de síntesis de la figura del jaguar; en el socavón que corresponde al ojo de la figura del jaguar, es donde se reflejaba la estrella Beta de Orión, la única estrella que no tiene prácticamente movilidad. O sea, hay una relación entre el ojo del jaguar inmóvil y la movilidad estelar.

De aquí va a salir una corriente teológica a través de los milenios (porque este es aproximadamente del 2000 a.C.), corriente que va a enraizarse en el culto de Viracocha, en el culto del pájaro, el culto del halcón emplumado. Al principio, iba a ser un jaguar emplumado, un jaguar relacionado con los pájaros; luego, va a convertirse en un halcón.

Otro de los focos de los que podemos hablar es Tiahuanaco, con su famosa Puerta del Sol. Ahí también está Viracocha como un Dios solar, que está en la llamada Puerta del Sol –que no sabemos si es una puerta–. También ahí existió un centro fundamental, un centro religioso, un centro cultural que se va a abrir a través de una serie de formas artísticas, no solamente el arte que llamamos el arte de Tiahuanaco propiamente dicho, sino por el llamado arte Huari de la Costa.

Otros focos importantes que podemos mencionar como soportes o columnas que van a sostener el edificio incaico son las culturas de Paracas, Chimú, Paramonga, etc. Estos son nombres que nos suenan por sus conocidas cerámicas, pero cada una de esas cerámicas tiene involucrado un contenido religioso y todo un contenido cósmico.

Hay una Deidad que encontramos en Paracas; es el felino de Paracas, el famoso gatito de Paracas, que tiene un sentido muy profundo. El felino siempre representa lo luminoso, lo que puede ver en la noche, equivalente al Mau egipcio. El gato en Egipto se llamaba Bastet, pero el emblema cósmico del gato era Mau, era en cierta forma la Luna, porque puede brillar en medio de la noche. O sea, estos elementos solares se van a conjugar para sostener un tipo de civilización cuyos orígenes son oscuros.

Dicen las tradiciones que alrededor del siglo X, guiados por un personaje mítico que luego se iba a asimilar a uno de los incas, a Manco Capac –un Manú, como un Menes egipcio–, siendo de tez blanca, cabello claro y ojos claros, llegó para dominar estos pueblos, les dio civilización, religión y organización. El sistema incaico pudo ir agrupando una serie de pueblos, que no llegaron a ser lo que generalmente se dice imperio, porque siempre se habla del Imperio Incaico, y muchos hablan del «Imperio Socialista» de los incas. En verdad, de imperio no tenía nada, y de socialista, según es el socialismo de hoy, tampoco. Pero son nombres simpáticos que se utilizan para vender libros. No fue un sistema de imperio como lo podemos entender nosotros, sino una confederación de pueblos asociados, nada más que tenían una serie de creencias comunes, y una serie de relaciones, sobre todo en cuanto a comunicaciones. Aparentemente, podríamos decir ahora que tenemos un Imperio de América del Sur, porque tenemos comunicaciones que continúan y, sin embargo, no, porque son países diferentes, aunque las carreteras vengan de Brasil y vayan de aquí a Chile. Pues allí era algo parecido. Había carreteras que unían distintos pueblos, pero esos pueblos incluso tenían idiomas diferentes, costumbres diferentes y Deidades diferentes, si bien todas estaban unificadas a través de cierto culto solar.

Podríamos sintetizar su teogonía en tres grandes Dioses, una tríada: el Dios Kon, la Diosa Quilla y el Dios Viracocha, como Padre, Hijo y Espíritu Santo. Kon era el Dios de las Alturas, y todavía queda en los nombres de ciertas montañas: Aconcagua, Aconquija. Era semejante al Kami en Japón, el Dios de la Luminosidad, de la Frigidez, de la Altura, de la Soledad. Su compañera femenina, Quilla, era la Luna, era el objeto curvo, era la nave que se transportaba a través del Cielo. Y como resultante de estos dos está Viracocha, que viene desde el fondo del tiempo; es a su vez, pájaro, hombre, Sol…, es el tercer aspecto de la tríada, es la Fuerza que mueve las cosas en este mundo. Y estas tres Deidades –prácticamente ninguna otra– son las que se adoraron dentro de todo lo que llamaríamos esta suerte de Imperio Incaico.

Los incas habían logrado trazar carreteras muy importantes y tenían un concepto del trabajo que vale la pena estudiar con detenimiento. Para los incas, el trabajo era una forma pedagógica, para los incas el trabajo tenía valor en sí. El trabajo no era tan solo útil para formar riquezas, sino que el trabajo tenía una función humanizadora. Los incas concebían que el Hombre se humanizaba con el trabajo, sobre todo cuando el trabajo tenía una aspiración de tipo colectivo. Esto, en el producto general de los labrantines tenía tres aspectos: uno propio, para el que lo estaba trabajando; otro aparte, era la llamada parte del Inca, que era para mantener todo este sistema; y otro, era la parte del Sol, la parte del sacerdocio. Pero ¿no se han dado cuenta de algo, y es que lo mismo pasaba en Egipto? Las civilizaciones pasadas tenían un grave problema en algunos puntos técnicos, como nosotros tenemos con algunos puntos espirituales y morales. No había frigoríficos, no había transportes rápidos, entonces los alimentos perecían fácilmente. Cuando venía una sequía o cualquier problema, no se podían tener los alimentos necesarios, venía el hambre, pues no había posibilidad de poder conservar mucho tiempo los alimentos. A medida que llegaba el alimento, se iba consumiendo. Entonces, en unos silos muy especiales se guardaban los granos, en las grandes alturas de las montañas, donde estos mejor se conservaban; ese era el tesoro para el Sol. Pero cuando había una gran sequía, una gran necesidad, se les decía que el Sol les mandaba alimentos y, entonces, empezaban a aparecer alimentos en el mercado. No se les decía que se conservaban, sino que los mandaba el Sol. Quitaban el hambre y reafirmaban la fe. Este sistema hacía que el trabajo para los incas no valiese solamente por lo que producía, sino por el trabajo en sí.

Ellos creían que el trabajo en sí tenía un aspecto pedagógico. Cuando el hombre trabaja, y trabaja por un ideal, con un convencimiento, se va purificando a medida que trabaja. De ahí que el trabajo entre los incas –y esto llamó la atención a los españoles cuando llegaron– estaba generalmente ritmado, se hacía siempre al compás de música ritmada. Había una música rítmica determinada para cada uno de los trabajos, un ceremonial para cada uno de ellos, es decir, que el inca trabajaba y cantaba a la vez. Y ese trabajar y cantar a la vez producía un efecto psicológico, según los incas, que les permitía educir su ser espiritual, una especie de Religión del Trabajo.

El sistema de trabajo estaba organizado con dos funciones. Vamos a suponer nosotros que hay una célula de trabajo de campesinos que están produciendo alimentos. Cerca tienen un puente que está cuidado por un encargado. Si el puente se cae por un terremoto o se cae por cualquier causa, esta célula tiene también el trabajo de reparar el puente. O sea, había dos formas de trabajo: un trabajo normal, que es el que hacían todos los días, y un trabajo extraordinario ante las catástrofes, ante las guerras o por concentraciones de tipo religioso. Este sistema que aparentemente es complejo, y no parecería hoy muy factible, dio resultado entre los incas. Todavía hoy ciertas tierras de Bolivia y de Perú no producen lo que producían en la época de los incas, aun con todos los medios modernos (productos químicos, tractores, etc.), no se puede llegar a producir por hectárea lo que producían los incas con estos sistemas mucho más primitivos de trabajo, pero de una secuencia, una periodicidad, verdaderamente asombrosas.

Los incas, además, tenían un sentido económico de la vida. Ellos consideraban los pueblos diferentes, pero creían que se podían unificar. Tuvieron algunos avances realmente asombrosos; por ejemplo, hacían maquetas de sus construcciones antes de construirlas. Hacían pequeñas maquetas de un puente, de una construcción, y solían presentarlas a los pueblos que querían anexionar; les hablaban de las comodidades, les explicaban bien sobre una mesa cómo iba a funcionar todo, ya que la maqueta era funcional. La maqueta mostraba cómo podía pasar el agua, cómo se podían combinar los distintos granos, aprovechar el terreno. Ahora, si les entendían, si el pueblo estaba a una altura cívica como para poder entender el trabajo de civilización, directamente los incas los asociaban a su Imperio y su rey se convertía ahora en un Curaca, o sea, se convertía en un Jefe de Estado inca. En caso de que esos pueblos, por su estado de salvajismo, no aceptasen esos diagramas de civilización, entonces penetraban por la fuerza. Y aun penetrando por la fuerza, solían respetar todas las costumbres y solían respetar las normas, siempre y cuando se aceptase este sistema social de trabajo, este sistema común donde todos podían estar.

El llamado imperio de los incas duró muy poco, prácticamente doscientos años nada más. Sin embargo, abarcó desde el área chibcha en el Ecuador y Colombia, hasta los araucanos en el sur de Chile y zona marginal, aquí entre Tucumán y demás. Abarcó en su tiempo una superficie que oscilaba entre tres y cinco millones de kilómetros cuadrados, ¡verdaderamente enorme! Los incas habían logrado comunicación por medio de carreteras. Se dice que el Inca, estando en Cuzco, solía comer pescado fresco. Podían entonces llevar el pescado fresco desde el Pacífico hasta el Cuzco. Si pensáis en los cientos de kilómetros que existen a través de montañas, ¡qué sistema de chasquis[1] tendrían!, si pensamos que no tenían caballos, que utilizaban hombres –hombres que corrían– y además que podían cargar muy poco peso.

Los incas tenían dentro de su sistematización una serie de enfoques: religioso, político-social –el control de estructuras– y militar. Había una canalización de estos sistemas, pero los que regían el imperio eran siempre de la misma familia (pues no eran de la misma familia los Incas que sus gobernados). Los Incas parecían arios, pues tenían la piel clara, cabellos rubios; en cambio, la casta de los pueblos, eran pueblos más bien cobrizos, oscuros, tal cual hoy los conocemos.

De los Incas, de la raza inca, no ha quedado nada; lo que nos quedó es del pueblo que los Incas gobernaban, porque cuando llegó la Conquista, los primeros en ser ejecutados fueron los gobernantes. Entonces, ahí pereció este sistema, que podríamos llamar una especie de teocracia o aristocracia étnica. Lo que tenemos que recalcar –que es lo más fundamental– es que ellos se apoyaron en una formación moral muy estricta para hacer esto. Consideraban que había una dualidad entre el Alma y el cuerpo, y que esa dualidad se podía armonizar de tal manera que el Alma imperase sobre el cuerpo. Imperando el Alma sobre el cuerpo, existía una verticalización, que permitía al cuerpo colaborar con el Alma, o sea, que tenían un profundo sentido moral.

Veamos primero cuál era su concepto religioso de una manera más amplia, puesto que la moral es la puesta en escena, la puesta en práctica; es la objetivación, es el llegar al aquí y al ahora de conceptos previos y subjetivos.

Nueva Acrópolis - Plancha de Cuzco

La llamada “Plancha de Cuzco”.

Estas tres Deidades nombradas eran las fundamentales, pero además de estas Deidades populares, existía una concepción mucho más profunda de la religión, según podemos ver por la llamada «Plancha del Cuzco». En la Plancha del Cuzco, que fue encontrada por los conquistadores, se veía un huevo en el centro. El huevo es emblema del Huevo Cósmico del cual habían partido todas las cosas. A los lados había formaciones estelares relacionadas con el Carro de Orión. También se encuentra allí el emblema de los «Dos Pastores», que portaban unas hachas de doble filo o láber. Este símbolo del láber lo encontráis no solamente en Roma, sino que también lo encontráis en Creta. El láber, según las tradiciones griegas helenísticas, había forjado el laberinto; de ahí viene el nombre de «laberinto»: es lo que se ha hecho con el láber. El láber era el símbolo, el instrumento de Voluntad para cavar las Tinieblas en las que se encontraba el laberinto y el láber era enemigo del Minotauro. Pero ¿qué es el Minotauro? El Minotauro es el hombre con cabeza de toro, o sea, el hombre-bestia; el hombre con aspecto humano pero cuya mentalidad, cuya moral, cuya espiritualidad está a la altura de las bestias. El enemigo del láber, el que era sacrificado, era el Minotauro.

Por debajo se encontraba el arco iris, que consideraban como un emblema solar. Ellos pensaban que el arco iris era un resumen de los Siete Principios del Universo, con sus siete colores. Consideraban que unía la Tierra con el Cielo, y los Incas, de alguna manera, se consideraban intermediarios, o sea, pontífices entre la Tierra y el Cielo. Debajo tenía el símbolo redondo con una división muy parecida al yin-yang que vemos en Oriente, porque decían que el mundo fue dividido por un río, y que a un lado estaba el mundo bueno y al otro lado estaba el mundo malo. De un lado estaban las Tinieblas y del otro lado estaba la Luz. En uno de sus costados tenía un puma, y en el otro, un árbol que representaba el mundo de los hombres, el mundo de las bestias y el mundo de los vegetales. El mundo de los hombres está asociado a los tres reinos inferiores. Los incas no concebían al Hombre como perteneciente al reino animal, sino que lo situaban en un reino aparte, es decir, existiría un reino mineral, un reino vegetal, un reino animal y un reino humano. El reino humano sería, entonces, la síntesis. Para los incas, el Hombre sería la síntesis porque tenía algo de piedra, su cuerpo; algo de vegetal, por su propia arborización, por sus nervios, por sus venas; algo de animal, por sus instintos, por su vida misma; pero más allá de todo esto tenía algo propio, y esa cosa propia era el Alma humana. Ellos pensaban que el Hombre podía coordinar todo este proceso.

Hay otras referencias estelares, incluso referentes a la estrella Sirio, estrella que fue adorada por todos los pueblos. Probablemente la adoración de la estrella Sirio proviniese de Tiahuanaco, donde se asociaba a la estrella Sirio con el planeta Venus; o también del área mochica, pues en ciertas representaciones de vasos figuran cabezas de lobos con figuras de estrellas o marcas de estrellas en medio de la frente. En el Museo Larco Herrera de Lima, en una de las cerámicas color azul –una de las pocas piezas que hay de las cerámicas mochicas–, vais a ver una Deidad con cabeza de perro y con ese emblema. Para los incas esta concepción religiosa va a formar, va a motivar la formación moral. Y entre esta formación moral y estas costumbres, podemos citar a Pachacutec Inca, considerado el filósofo más grande de los incas, llamado el Séneca, el Epicteto de los incas.

Pachacutec Inca, que vivió en el siglo XV, tenía uno de sus centros fundamentales de Pachacamac, en las cercanías de lo que actualmente es Lima. ¿Sabéis que Lima en época arcaica no era una ciudad? Era un lugar de parada, un simple tambo[2]. No existía Lima, le pusieron Lima como deformación de Rimac, que es el nombre del río que la cruza. Rimac significa actualmente en lengua aimara (lengua perteneciente a los indios que habitaban la región del lago Titicaca, entre Perú y Bolivia) «payasito, hablador». Pero exactamente significa «el oráculo», o sea, «el que habla». Los indígenas pensaban que este río, al arrastrar sus piedras, hacía profecías. Y no sabemos qué profecías hacía, pero sí sabemos que Pachacutec Inca estuvo muy impresionado en cierta ocasión, porque sus augures le habían dicho que un día, en una barca muy grande con signos cruciformes en las velas, llegarían hombres blancos a destruirlos. Es decir, lo mismo que encontramos en el Chilam Balam en el área maya. Es evidente que esta gente tuvo una especie de intuición, un anuncio de destrucción que sobrevendría 900 años más tarde.

Pachacutec Inca tenía su palacio de verano en Pachacamac, en donde muchas veces se sentaba a ver el mar, a meditar sobre los problemas de la vida y de la muerte. Nos han llegado algunas pequeñas parábolas de Pachacutec Inca que tal vez iluminen lo que queremos decir. En una ocasión, estando en lucha contra el pueblo de los chimúes –en la ciudad de Chan Chan, la ciudad que estaba hecha de losas coloreadas de azul–, Pachacutec Inca dio orden de que ningún general retrocediese y que si alguno retrocedía, fuese ejecutado. Entonces, al retroceder un general, le dijeron a Pachacutec Inca que iba a ser muy difícil ejecutar al general. Pachacutec Inca preguntó por qué, y le dijeron que el general que había desobedecido su orden era su hijo. Entonces, Pachacutec Inca contestó que no había ninguna dificultad en cumplir la orden, sino que, con más razón, debían llevar a cabo dicha ejecución.

En otra oportunidad, tuvo ante sí el problema de tener que seleccionar a uno de los dos candidatos a gobernantes. Pachacutec Inca se colocó delante de ambos y, extendiendo su mano cerrada y vacía, les preguntó: «¿Podríais describirme el ánfora vacía que sostiene mi mano?». El primero dijo: «Yo no veo ninguna». El segundo, en cambio, respondió: «Tiene tal forma, tal color, tales cualidades, está colocada de tal manera». Pachacutec Inca nombró al primero y dijo: «Me gusta la gente que tiene imaginación, no la que tiene fantasía, ni la que inventa para tener un cargo. Prefiero al hombre que cuando no ve, dice que no ve, el hombre que pone la veracidad por encima de sus ambiciones».

Pachacutec, en otra oportunidad, pasó junto a un lago pantanoso en donde había un lobo de largas patas, un aguará. Estaba el aguará allí atrapado y todos los que pasaban por el camino le echaban piedras, le daban con palos, como ocurre siempre, cuando alguien fuerte está atrapado, los débiles atacan. Entonces, Pachacutec mandó parar la litera, se bajó, tomó al aguará en sus brazos y lo levantó, o sea, lo salvó del barro que lo estaba tragando, y cuando lo levantó, el aguará lo mordió en el hombro. Uno de sus guardias levantó la lanza para matarlo, pues había atacado a su Rey. Entonces, Pachacutec Inca dijo: «No, no lo matéis, dejadle». El guardia le dijo: «¿Pero por qué, Señor? Tú has sido bueno, lo has salvado, lo has levantado en brazos y él te ha mordido en el hombro». Pachacutec le respondió: «Este aguará estaba en el barro, golpeado por todos, y es como un pueblo que tuvo malos reyes. Cuando un pueblo tiene un buen rey, que lo levanta en brazos, creen que es un mal rey, que será como los de antes, y lo muerden. Pero si el buen rey lo acaricia, le habla, y le demuestra que no le tiene odio sino amor, y que le va a salvar realmente, así como este aguará se amansa ahora entre mis brazos, se amansan los pueblos». Y así, con caricias, Pachacutec convirtió a ese animal salvaje en su mascota.

¿Qué es lo que pretendemos con todo esto? ¿Qué es este sentido de Acrópolis que tratamos de dar a nuestros estudios? Buscar siempre la parte superior y mejor de las cosas. Sepamos ver que muchas veces lo que nos preocupa, nos desangra y nos debilita, es no ver la parte positiva de las cosas, sino que más bien vemos la parte negativa de las cosas. Si nosotros consideramos que la Humanidad es una, más allá del bien, más allá de lo creado, más allá de las diferencias económicas, más allá del tiempo, más allá de toda barrera; y consideramos que los hombres que vivieron hace cien, mil, un millón de años son tan hombres como somos nosotros, que sintieron, amaron, soñaron, vibraron, si logramos hacer esa Unión –que no solamente venza la distancia, que no solamente nos haga amar al hombre que está al otro lado del mundo, sino al hombre que está al otro lado del tiempo–, si podemos vencer al tiempo y a la distancia, entonces, podremos crear una imagen completa del Hombre.

Cuando nosotros les decimos que hace falta tener una visión Acrópolis, estamos tomando el sentido de Acro-polis, «Ciudad Alta», o sea, la verticalización del Hombre. El Hombre, en los últimos tiempos, ha crecido mucho, pero mucho en su parte material, en su parte técnica; han crecido las máquinas, el Hombre se ha ensanchado como una mancha de aceite, pero no ha logrado su verticalidad, hay un escaso espesor, perdonadme la comparación. Es decir, no tiene el mismo espesor vertical que tenía en Roma o en Grecia, lo que ocurre es que se ha expandido más. El hombre que maneja una máquina espacial no es mucho mejor que el hombre que manejaba una cuadriga. El hombre que viaja en un avión y llega en doce horas a Europa desde América no es mejor que el hombre que tardaba tres, cuatro o cinco meses en ir a Europa. Las que son mejores son las máquinas, los que son mejores son los medios, pero no el hombre.

Entonces, ¿cuál es nuestra misión? Es tener en sí algo del filósofo y del amante de la verdad; es tratar de robustecer todo aquello que sea constructivo, todo aquello que sea voluntad. A nosotros nos parece que estamos liberados de un montón de cosas, pero a la vez estamos llenos de otro montón de cosas. Como decía en una charla el otro día, hoy, el niño se liberó de la inhibición de hablar del sexo. El niño habla del sexo y decimos: «Bueno, ¡qué bien, nos hemos liberado al fin!». Pero ahora tiene otra inhibición, tiene vergüenza de decir que cree en Dios, tiene vergüenza de decir que es puro. Antes, los jóvenes tenían vergüenza de ser impuros y tapaban su impureza, y hoy, los jóvenes tienen vergüenza de ser puros y tapan su pureza. Lo que estamos haciendo es cambiar una tapadera por otra. Lo que necesitamos es quitar las tapaderas. O sea, vernos tal cual somos para poder utilizarnos en beneficio de la Humanidad y en beneficio de un ideal. Si cada uno de nosotros, más allá de toda esta inmensa máquina montada, más allá de toda esta multitud, somos «gente», cada uno de nosotros tenemos nuestras sonrisas, pero también tenemos nuestras lágrimas, nuestras esperanzas, nuestro dolor y nuestras alegrías. Si nosotros consideramos que el que está al lado tiene las mismas cosas, si tenemos un sentido de fraternidad, entonces comenzamos realmente a verticalizarnos, pero no es una fraternidad masiva, de montón, porque también se amontonan los gusanos y las piedras, sino que es un sentido de Concordia, de entendimiento.

Cuando los hombres se pueden entender, cuando se logra comunicar de corazón a corazón, entonces nace una Acrópolis, entonces nace una Ciudad Alta, nace una montaña en nosotros mismos. La suma de las montañas individuales hace las cordilleras que cruzan la Historia.

 

NOTAS

[1] Indio que sirve de correo. Mensajero.

[2] Posada.

Créditos de las imágenes: HAZapata

Si alguna de las imágenes usadas en este artículo están en violación de un derecho de autor, por favor póngase en contacto con nosotros.
Referencias del artículo
Conferencia dictada el 17 de mayo de 1973 en el Instituto de Cultura Hispánica, Avda. de los Reyes Católicos s/n, Ciudad Universitaria, Madrid, España.

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