Bienvenidos a todos a este centro filosófico, al que podemos llamar también «hogar filosófico», un lugar donde uno se reúne. «Hogar» significa fuego, o sea, hay una especie de fuego, algo que calienta, algo que conforta el alma; uno no lo sabe definir bien pero no importa, se siente bien…
Es como cuando uno se sienta relajado frente al televisor, o a conversar con la familia; se siente bien, ha llegado el fin del día, los trabajos y las tensiones han quedado atrás. Y aquí está, en este caso ya no es una reunión familiar particular, sino un encuentro familiar general en una casa de filosofía, en donde todos somos amigos de todos y en donde pretendemos llegar a una perfección, poco a poco, con mucha humildad, sabiendo que es muy difícil realmente mejorarse.
El tema de hoy trata de las mentiras del siglo XX.
La mentira ha existido en todo momento, no solamente en el siglo XX. La mentira y la verdad han existido siempre y es muy difícil reprimirlas, muy difícil. Supongamos que yo preguntase a alguien: «¿Qué es esto que tengo en la mano?», y una persona me dice: «Es un micrófono». ¿Miente o dice la verdad? Dice la verdad. Y si le preguntamos a otra, que diría: «Es un conjunto de plástico y metal», ¿miente o dice la verdad? Dice la verdad.
O sea, que hay varias formas de decir la verdad y hay varias formas de decir las mentiras. Las mentiras vienen porque no hay información ni formación, porque hay un vacío de conocimiento.
Incluso, si alguien ve este micrófono en el suelo puede decir: «¡Cuidado!, ¡que no es un micrófono!, ¡que es una bomba!», y la gente que no sabe, lo mira y dice: «Es cierto, ¡mira qué mecha más larga que tiene! ¡Esto es un atentado!».
Pues eso es ignorancia… Y esto es un micrófono y, obviamente, esto no es ninguna mecha…
Todas las verdades y todas las mentiras, todas las grandezas y pequeñeces son relativas. Como tantas veces he mencionado al principio del Curso de Dialéctica, si nosotros escogemos una cosa cualquiera, esa revista que está ahí, por ejemplo, y preguntamos: «¿Esta revista es grande o es pequeña?», evidentemente, esta revista al lado de una caja de cerillas es grande; pero si la comparamos con el tamaño de Madrid, es muy pequeña. Esta revista sola en el espacio, sin relación con nada, ¿es grande o es pequeña?, ¿es pesada o liviana?, ¿es nueva o es vieja? Todo es relativo, en este mundo de las manifestaciones. Todas las cosas son relativas; todas las cosas vienen y van como en una inmensa danza que está entre nosotros.
Así que quiero proponerles que comencemos por hacer una especie de voto en nuestros corazones: el de no condenar a nadie. Cuando hablamos de las mentiras del siglo XX, entendamos bien que no lo decimos como una condena, que no lo decimos para acusar con el dedo rígido junto al ojo de la otra persona, y decirle: «Te has equivocado, te has equivocado». No.
En todo siglo, en todo momento de la historia humana –y tal vez en la prehistoria–, o en momentos que ni siquiera conocemos ni soñamos, el hombre se ha equivocado muchas veces. Pero se ha equivocado porque ha intentado hacer algo, ha intentado decir algo.
A veces aun las mentiras son un acto de amor, y pueden ser –son a veces–, una búsqueda del mundo invisible, de un mundo inenarrable, inexistente, pero que busca lanzarse sobre sus pies para llegar a alguna parte.
O sea, desde ya dejamos de lado todo papel de inquisidores, todo papel de jueces que estén señalando de una manera brutal lo que es verdad y lo que es mentira, o los errores de nuestro siglo XX. Porque para los que hemos nacido en este siglo XX, con sus errores y sus aciertos también, en ellos hemos participado todos. Cada uno en nuestra pequeña medida ha participado de esos errores, o por lo menos los aceptó; o cuanto más, no los señaló a tiempo sino que los dejó pasar…
Así el siglo XX ya es un viejecito, y termina para dar lugar al siglo XXI.
Desde ya tenemos que aclarar que afecta solamente a lo que llamamos la cultura occidental. Más de la mitad de la población del mundo vive sus propias cronologías; cronologías como la hebrea, como la musulmana, la brahmánica, la nipona, que son completamente diferentes a la cronología occidental establecida por el grupo humano que hoy domina el mundo.
Si hoy dominasen en el mundo, en todos los sentidos, los musulmanes, nosotros estaríamos en otro año; y si dominasen los brahmanes, en otro año. Y si la Revolución Francesa hubiese triunfado totalmente, no sé en qué mes estaríamos ahora, pero no se iba a llamar «junio» evidentemente, ni estaríamos en el año que estamos ahora. Así que también eso es muy relativo.
El querer «partir la historia» como si fuese un queso, en pedacitos, es para ratones no para hombres. Verdaderamente los hombres, no deben partir la historia, ni deben partir nada. Tienen que tener vocación de totalidad, de integralidad, de poder abarcarlo todo, no tan solo un pequeño trozo.
Este nuestro viejecito siglo XX que ya tiene muchas canas, que está un poco encorvado y tiene la suerte o la desgracia de saber cuándo ha de morir, nos ha dado muchas cosas, muchas cosas maravillosas, muchas cosas muy buenas, y también cometió errores.
Como de las cosas buenas y nuevas todo el mundo habla, y generalmente participa, nosotros como filósofos –yo, personalmente como un buscador de la verdad– y para compartir con vosotros este tema, prefiero señalar algunos de sus errores; vuelvo a decir, no para señalarlos con dedo inquisidor. No, porque no tenemos derecho real a hacer eso, ni pensamos tampoco dar un perdón que no está en nuestras posibilidades espirituales. Exponerlos simplemente para que, si es posible, no se vuelvan a repetir.
Simplemente para que aquellos, los jóvenes, aquellos que van a vivir en el siglo XXI, traten de poner a ese próximo siglo que viene un poco más de verdad, un poco más de autenticidad, un poco más de amor, un poco más de realidad que la que hemos tenido que vivir nosotros.
Este siglo XX muchas veces lo he comparado con un barco, no sé si será porque a mí personalmente me gustan los barcos o porque siempre he quedado muy impresionado con el hundimiento del Titanic.
El hundimiento del Titanic tal vez cambió de alguna manera la historia, y constituye un hito en la historia del siglo XX, tan grande como una guerra o una revolución. Es verdaderamente extraordinario el hecho de cómo se soñó con este barco.
Sé que existieron otros barcos muy grandes; incluso en el siglo pasado ya había algunos que no sirvieron tan solo para trasladar los cables submarinos de teléfono, pero no era este el caso. Este era un barco perfecto, insumergible. Era un barco para llevar a miles y miles de personas; que podía reunir el arte y lo más avanzado de la ciencia. Los ingenieros, los periódicos, todos los pensadores decían: «Este barco es insumergible, jamás se puede hundir. Es muy sencillo: hay una serie de compartimentos estancos, de puertas corredizas automáticas, que hacen que este barco jamás se pueda hundir».
Su potencia garantiza el que marche a través de cualquier lugar; tiene autonomía para ir y volver al punto al cual se dirige. Era el Titanic, el rey de los mares, al que nunca le iba a pasar nada… Este Titanic también lo soñó un escritor estadounidense veinte años antes, en una novela en la cual describió un gran barco que se iba a hundir y que se llamaba Titán. Esas cosas extrañas de la vida… E iba a tener una eslora aproximada a la del Titanic real, con una capacidad parecida, y donde se iban a ahogar las dos terceras partes de la gente que portase. ¡En fin! Que este hombre lo soñó así. Nadie en su momento lo tomó en cuenta. Luego lo reeditaron, lo leyeron… Así y todo no impidió que el Titanic saliera de tierras británicas hacia New York…
Todo eran fiestas y todo eran cantos. Todo andaba perfectamente bien hasta que un pedazo de hielo –que parece ser que ni siquiera fue demasiado grande– le rasgó uno de sus flancos. Aun así la gente no pensó en absoluto en suponer un naufragio. ¿Qué le podía hacer al Titanic? ¡Por favor! Cuanto más, se mojará un poco algo de la carga, o tal vez hemos tenido una pequeña avería. ¡A ver!, ¡que la orquesta siga! Y la orquesta seguía tocando las marchas de aquella época y la gente seguía bailando porque todo iba perfectamente bien.
Aun la oficialidad de la nave no creía realmente que eso fuese grave, y cuando supieron que sí lo era, ¡cómo tiraban los cohetes de emergencia, las señales, las bengalas que pedían auxilio! Los de un buque sueco que pasaba cerca dijeron: «¡Qué locos estos del Titanic! Están tan contentos porque van a llegar mañana a New York que hasta están lanzando las señales de auxilio. ¡Cómo se divierten estos locos! Y a pesar de que la radio estaba transmitiendo la señal de SOS, esa señal era tomada como una broma, como algo que no tenía gran importancia. «¡Es verdad!, el Titanic pide SOS. Será una broma. ¡Qué sabremos! ¿Y si nos acercamos?».
Y de alguna manera yo creo que el siglo XX, mis queridos amigos, ha sido un poco como el Titanic. El siglo XX comenzó con unos auspicios y augurios extraordinarios, y sin embargo no vemos que se estén forjando para el próximo siglo XXI de manera tan exagerada. Porque en el siglo XX todo iba a ser mejor; todo, todo radicalmente mejor.
En el siglo XX iba a desaparecer la pobreza; en el siglo XX todos los países del mundo participarían de una gran riqueza, de una gran libertad. Europa sería evidentemente algo maravilloso, idílico, libre de guerras, o si las hubiese serían como esas que libraba a veces Napoleón III, en las cuales invitaba a sus amigos y sus amistades a que subiesen a las montañas vecinas para ver cómo se movían los batallones, y la gente aplaudía: «¡Muy bien, muy bien!, ahora la caballería, ¡muy bien, muy bien!, ahora la artillería. ¡Magnífico!, ¡tres magníficos despliegues!».
Pero el mundo del siglo XX se va forjando de manera un poco diferente, un poco distinta. Hemos arrasado con la naturaleza; hemos quemado y quemado muchas de las reservas que teníamos. Hemos emponzoñado el aire, pero, ¿qué importa? Hay tanto aire… ¿Qué importa entonces quemar un poco de ese aire? ¿Que se queman los bosques?, ¿que se queman las maderas? Hay tantas maderas en tantas partes del mundo, ¿por qué nos vamos a preocupar de esto?
Y así, entonces, se va creando toda una psicología de lo que he llamado en uno de mis pequeños libros «el progreso interminable». Todo siempre progresa, o ¿es que no lo vemos? ¿Acaso no vemos a nuestros vehículos avanzar a cientos de kilómetros por hora, levantarse en el aire e ir por debajo de las aguas, como submarinos perfectos? –cosas que antes no existían–, y nos creemos que somos netamente superiores a todos los siglos pasados. Ningún siglo pasado vio una maravilla tan grande: nos iluminan luces que no calientan, que no hacen humo. Estamos bajo una luz artificial pero que parece el sol, podemos leer a las altas horas de la noche, todo está a nuestro alcance, ¿qué más podemos pedir?
Bueno, tendríamos que haber tenido discernimiento para usar esos avances, porque no basta con tener las cosas, hace falta saber usarlas. Por ejemplo, podemos tener una casa maravillosa, podemos tener nosotros un coche muy rápido, pero si no sabemos usarlo, si no sabemos utilizarlo bien, es peor que si no lo tuviésemos. Y así aparecen una serie de errores que se van sumando, errores que algunos los he señalado, otros los seguimos señalando.
Vamos a tratar de puntualizar un poco. El error, por ejemplo, de la igualdad: «Todos los hombres son iguales», eso es un dogma. Es lo mismo que decir: «Todas las paredes son blancas». Los seres humanos no son iguales; pueden tener derecho a una oportunidad semejante y no ser iguales. El hombre que haya nacido para tocar el piano por ejemplo, y nosotros le ponemos una paleta de pintura en las manos, ese hombre no tiene oportunidad. Y un hombre que haya nacido para pintar, si nosotros le damos ahora un violín, ese hombre no tiene oportunidad, y cuando no le damos ni un violín ni un piano, ni nada y solamente le damos hambre y solamente le damos desolación, ese hombre tiene menos oportunidad. Entonces, esto de la igualdad es simplemente un mito, es simplemente una mentira.
¿Que todos los hombres somos iguales?, ¿que es igual el hombre que ha nacido en París o en Madrid, que el hombre que ha nacido en uno de esos pueblecitos de Bolivia o de Colombia?, que yo conozco tan bien. ¿Acaso es igual el pobre chico que nace y crece dentro de una chabola de chapas de metal, de metal viejo, bajo el sol del Caribe, que el que aquí puede haber nacido en el barrio Salamanca e ir a estudiar a las mejores universidades?
No, es evidente que hay algo previo, que no venimos todos del mismo sitio, o que hay una especie de Karma –como dirían los orientales– que de alguna forma nos ha llevado a tener distintas oportunidades. Y cada cual debe aprovechar sus oportunidades según el momento y según dónde está.
Hoy la mitad de la población mundial, o sea, más de dos mil millones de habitantes –somos unos cinco mil doscientos millones de habitantes actualmente– están en la penuria, están en la miseria y pasan hambre. Hay países –como en el que yo nací, Argentina–, que en su día fueron el granero del mundo. Argentina, en la época de la posguerra europea, ayudó incluso a países como España con sus cargamentos de trigo y de carne. Y en esos países, hoy la gente se está peleando en la calle por un poco de comida o por unas zapatillas viejas. ¿Que todos somos iguales? No, no. Eso es un error.
Tendríamos que haber educado a la gente y haberles enseñado que todos somos maravillosamente diferentes, que la igualdad, si se repite, puede ser sumamente aburrida, insoportable y catastrófica. ¿No es bella una rosa? Sí, es muy bella, pero si todas las flores fuesen rosas, y fuesen idénticas, todas iguales, ¿quién querría tener una flor?
¿No es acaso hermosa una música o una sinfonía determinada, de determinado autor? Sí, pero si nos tocan siempre la novena sinfonía, eternamente, y cuando termina comienza de nuevo y de nuevo, ¡nos volvemos locos! O sea, hace falta la diversidad, hace falta una diversidad que no aplaste a los demás.
La Guerra Mundial fue terrible, la Primera Guerra Mundial no fue determinada ni por los cañones Krupp ni por los nuevos modelos Mauser con miras telescópicas, no. La Primera Guerra Mundial fue determinada por la gripe, a la que llamaron gripe española, y que no había sido española sino asiática, pero era una gripe. Entonces quedó un tratado de paz, de paz para siempre, porque esa «Gran Guerra» –nosotros hoy la llamamos la Primera Guerra Mundial–, era algo inconcebible que había pasado, una falla que por única vez había pasado y que nunca más iba a volver…
Pero, ¿quién garantizaba eso? Bueno, parecía una cosa muy segura: estaba por ejemplo el Tratado de Versalles, estaba el corredor de las Ardenas, había una serie de elementos que garantizaba la paz completa, la más total en Europa. Obviamente solo en Europa porque los chinos y los japoneses se seguían matando, pero por un poco de «europacentrismo», diríamos que eso era cosa de ellos, no nos vamos a meter nosotros en ello. Después de todo, que en América Latina hubiese una serie de revoluciones y revueltas y que se persiguiese a la gente por la calle y se la fusilase…, bueno tampoco vamos a pararnos en esas cosas que son particulares, pero en Europa nunca jamás una guerra, nunca jamás.
Después de 1918, pasados veintiún años, se declaraba la Segunda Guerra Mundial, que ya no nos atrevemos a denominar «la Guerra», porque fue la segunda y no sabemos cuántas van a venir. O sea, hemos aprendido algo, pero eso fue un error. Fue un grave error, un grave error y allí cayeron una serie de formas, formas sociales, políticas, económicas, que evidentemente no se adecuaban al siglo XX. Pero se crearon otras formas que tampoco se adecuaban al siglo XX y fueron conviviendo más a la fuerza que por verdadera comprensión, elementos muy distintos, elementos anacrónicos.
Así hoy nos encontramos, por ejemplo, con que tal vez un psiquiatra nos hable de religión o nos enseña la reencarnación, porque él cree, o para dejarnos tranquilos de por qué hemos nacido mal. Y a la vez un cura nos habla sobre anticonceptivos y de la manera en cómo debe unirse una pareja joven, cuando él teóricamente no tiene esa experiencia y por lo tanto no podría aconsejar nada. Bueno pues, esas son las contradicciones, los errores, las cosas que encontramos de día y de noche.
Ahora mismo nosotros tal vez nos impresionamos leyendo el periódico y viendo que hay luchas raciales en Sudáfrica por ejemplo. Muchos que leemos el periódico no entendemos muy bien el porqué de las luchas raciales… Imaginamos que los blancos persiguen a los negros…
¿Y si hay diferencias raciales en Vallecas o en cualquier otra parte, en donde tal vez están agrediendo a un gitano, o unos gitanos atacan a otros que no son gitanos? Bueno, en eso no nos vamos a fijar; las luchas verdaderas están en Sudáfrica.
A veces nos gusta saborear pequeñas mentiras como esta: «Nosotros queremos ayudar a que en el mundo la juventud pueda crecer con nuevas oportunidades y que la juventud pueda lanzarse hacia adelante». Ahora mismo, aquí cerca, a unos pocos metros hay unos simpáticos señores que les están vendiendo papeletas de cocaína a nuestros jóvenes. Claro que, bueno, uno lo ve todos los días y se acostumbra. «¡Hombre!, ¡eso ya se arreglará!, pero el problema fundamental es la proyección de la juventud».
¡Ah!, ¡esa forma tan extraordinaria que tienen de hablar los políticos!, siempre los he envidiado de alguna manera. He estudiado dialéctica toda mi vida y nunca pude lograr hablar de esa manera. El poder hablar tanto sin decir absolutamente nada, poder hacer tantos viajes como hacen los políticos para no llegar a ninguna parte…
Por ejemplo: haber tardado diez años en elegir el color, ¡el color!, del pasaporte que utilizamos todos en la comunidad europea; ese que es un poco púrpura, más o menos púrpura. ¡Diez años utilizaron!, y cuando se terminó de imprimir se olvidaron de un idioma que habría que haber incorporado en Europa, puesto que ya lo hablan unos seiscientos millones de personas en el mundo: el español (porque en los pasaportes aún no figura el español)[1].
Esa suma de pequeños errores y grandes errores justifica la rebelión de la gente, justifica que haya gente que quiera un mundo diferente a toda costa.
No estamos de acuerdo con estas rebeliones violentas, de ninguna manera; que además sería mentira empezar a hablar de eso también. Por ejemplo, si os pregunto a vosotros que sois españoles, ¿en España, se ha abolido la pena de muerte? Todos me diréis que sí; aquí está abolida.
En la nueva constitución está abolida la pena de muerte, pero en realidad no lo está; lo que está abolido es la pena de muerte por parte del Estado, porque, que yo sepa, siguen matando gente, y hay grupos guerrilleros –y grupos no tan guerrilleros–, que están matando a gente todos los días. Entonces no se abolió la pena de muerte.
Lo único que hay es el reconocimiento –o el no reconocimiento–, de un mundo «soft», blando, descafeinado como el nuestro donde obviamente esos reconocimientos son muy relativos. Porque nos hemos acostumbrado a pedir un café muchas veces: «Sin cafeína, por favor»; nos hemos acostumbrado a pedir un azúcar, «pero sin glucosa, por favor» y nos hemos acostumbrado, nos hemos acostumbrado… Dicen que esto es mejor por una serie de cosas.
Los médicos hace unos cuarenta años nos hablaban de la helioterapia, o sea, no había nada mejor que estar al sol; estar al sol curaba.
La última vez que estuve en Miami, hace unos meses, la gente poco menos que iba con tres sombrillas, del miedo que le tiene al sol, porque ahora han descubierto que el sol provoca cáncer en la piel. Entonces, los mismos que antes hablaban de la helioterapia, ahora dicen que el sol es una especie de bomba atómica que está irradiando sobre nosotros y nos va quemando; ¡la gente tiene un miedo terrible!
Ante un mundo así de confuso, ante un mundo un poco fantasmal, un poco irreal en donde uno va a coger esto, por ejemplo este picaporte, y este da un salto, ¿qué podemos hacer, ante el cúmulo de mentiras y falsedades?
¡Mentiras, mentiras, mentiras!, a causa de nuestra propia desinformación. De ahí que lo que proponemos sea obtener una información profunda. Lo que proponemos ante todo es lo que está escrito aquí arriba, que se dice lo dijo Sócrates: «Conócete a ti mismo».
Pero Sócrates lo había sacado a su vez del santuario de Delfos. A veces yo agrego una broma a mis discípulos –hay algunos aquí presentes–, y cuando uno pretende conocerse a sí mismo, todos soñamos: «¡Ah!, el día que me conozca a mí mismo…», uno piensa en una luz, una luz que es cegadora, maravillosa, con una serie de ángeles alrededor tocando clarines: uno se ha conocido a sí mismo. Pero hay que ver en qué estado estamos. Algunos de nosotros también dentro de nosotros no tenemos tanta luz sino un poco de oscuridad… Habrá que buscar la llave, y que no se nos escape para poder encender la luz.
Debemos hacer un esfuerzo en conocernos a nosotros mismos. ¿Qué somos y qué no somos? ¿Cómo estamos hechos?, no sólo corporalmente, sino también ¿cómo están hechas nuestras emociones?, ¿cómo están hechos nuestros pensamientos? ¿En qué creemos verdaderamente? No estoy hablando ahora de ir a misa o no ir a misa, sino de reflexionar en qué creemos realmente, si es que creemos en algo. ¿Qué es lo que hacemos realmente?, si es que hacemos algo. Y ¿estamos cambiando el mundo, aunque sea en pequeña medida?, ¿nos estamos cambiando a nosotros mismos?, ¿nos atreveríamos –ante una opinión muy adversa– a decir igualmente nuestras verdades? Y si no nos atreviéramos, ¿por qué?
Esas son preguntas que se debe hacer un filósofo. Preguntas muy básicas.
Probablemente algunos de los amigos que es la primera vez que vienen aquí, a esta sede de Nueva Acrópolis tengan una idea de lo que es ser un filósofo. Un filósofo es aquel que os puede hablar de lo metafísico, de lo ontológico, de lo óntico, de qué es lo que decía no solamente Platón o Aristóteles, sino también de lo que pudo haber dicho Kant o Heidegger, etc. Bueno no, eso sería un profesional de la filosofía, o sea, alguien que se dedica a esa parte de la filosofía de la época postcartesiana, que se ha especializado, y que repite lo que dicen los demás.
Un filósofo verdadero es el que busca la verdad, busca la verdad en todas las cosas. El día que encontremos aunque sea pequeñas verdades para llenar los huecos de nuestra ignorancia, ese día en que podamos clavar esas pequeñas piedras en el fondo de ese pozo de nuestra ignorancia, el pozo irá volviéndose menos profundo, menos oscuro, será mucho más difícil que nos manipulen. Será mucho más difícil que nos lleven de aquí para allá, porque tendremos nuestro conocimiento de nosotros mismos y el del mundo en que nos movemos y que nos rodea.
Porque no creamos que todo lo que está escrito en letras de molde es cierto; yo también lo creí, yo también fui joven alguna vez –cuando volaban los Pterodactylus–… Era joven y creía que lo que estaba impreso en letras de molde era cierto, era verdad. Así fue hasta que empezaron a imprimirse los libros escritos por mí. Entonces me di cuenta de que en letras de molde imprime quien puede hacerlo y no el que tiene la genialidad, la creatividad, etc.
Hay libros maravillosos que nunca verán la luz, simplemente porque no tuvieron un editor. Y hay otros, en cambio, inacabables, aburridos y pesados, que siguen y siguen, cuarenta y dos tomos o más sobre, por ejemplo «La heráldica en el siglo XVI en Valdemora de Abajo». Eso sí se publica y ¿por qué? Porque hay un editor, porque hay un señor que dice que pondrá el dinero sin importar cuánto cueste.
Así, que eso también lo tenemos que tener en cuenta, que no todo lo que dicen los periódicos es cierto. Los periódicos tienen agencias que los informan, tienen dueños, como todas las cosas. No son entes informativos puros, o sea, que por lo general también tienen intereses creados a los cuales tienen que responder.
Cuando escribimos un libro, empezando por un servidor, todos tenemos una idea, todos tenemos un interés. Eso no es malo, no tiene nada de malo; simplemente lo malo es ignorarlo. Es decir: hay que saberlo.
Si yo escribo ahora un libro sobre Nueva Acrópolis, ¿qué pensáis que voy a poner? Obviamente, siendo su fundador y habiéndole dedicado toda mi vida a Nueva Acrópolis –es mi sueño, es mi bandera, es mi pájaro que vuela allá encima del horizonte de la Historia–, ¿qué voy a escribir de Nueva Acrópolis? Obviamente todo lo bueno, todo lo grande, todo lo bello que yo siento que es y que puede ser.
Pero eso no quiere decir que sea absolutamente cierto; otro puede decir otra cosa y estar también en la verdad. Entonces para conocer la otra verdad, tenemos que leer no solamente el libro del doctor Livraga en este caso, sino el libro del doctor Pérez, del doctor Jacinto, del doctor tal y cual…
O sea, que sí que debemos enterarnos de las cosas, y enterarnos también por nosotros mismos; porque hay mucha gente que opina, por ejemplo, sobre los canguros de Australia y nunca ha ido a Australia; no sabe ni dónde está ni conoce el tema. Hay gente que opina sobre una cosa y sobre la otra, y no la conoce ni siquiera por fotos.
Entonces, tenemos que conocer las cosas, conocer las ideas, los sentimientos, para poder estar por encima de toda mentira.
Por eso le hemos llamado a nuestro movimiento filosófico «Nueva Acrópolis». Nueva Acrópolis, o sea, «nueva ciudad alta» porque todos tenemos dentro de nosotros también una pequeña montaña; si la buscáis cuando estéis solos vais a ver que dentro nuestro hay una pequeña montaña; algo que está más allá de lo que nos enseñaron en el colegio, de lo que hemos leído en la universidad. Es algo íntimo, algo pequeño pero duro: hay una pequeña montaña.
Una pequeña montaña que sabemos que si la escalamos, que si podemos llegar a la cumbre, tendremos una fuerza, tendremos un don, tendremos una gracia, pero ¡cuesta tanto subir esa montaña!
Por eso también en lo colectivo existe la Acrópolis, o sea, la ciudad alta, la ciudad más cerca de los dioses, por eso le hemos puesto este nombre de Acro-polis. O sea, una ciudad alta, no alta en ladrillos, no alta en cemento ni en acero, sino alta en ideales, alta en sueños, en verdaderos sueños, en sueños que no son mentiras sino que son proyecciones del alma. ¡Pobre de aquél que no tenga sueños! Lo que diferencia tal vez fundamentalmente al hombre del animal es su capacidad de tener fe en Dios y su capacidad de tener sueños; eso es fundamental. El hombre lo lleva dentro intrínsecamente. Hoy dirían los nuevos científicos que lo lleva impreso en una especie de programa de computación interna. Decimos simplemente que lo lleva adentro, muy adentro.
Si ahora, por ejemplo se hiciese un agujero en el lugar donde estoy de pie, y me cayera tres metros, ¿qué creéis que gritaría? Gritaría: «¡Dios!». No gritaría: «¡Democracia!», o «partido popular del pueblo», «partido comunista» o «partido socialista». Probablemente no, probablemente no. Ni siquiera gritaría: «¡Nueva Acrópolis!», tampoco «Organización Internacional Nueva Acrópolis», de ninguna manera.
Es lo atávico, lo que está dentro de nuestras almas lo que sale. Y lo que sale es: ¡Dios!, porque llevamos dentro nuestro parte de Dios, el sentimiento profundo de Dios, lo llamemos como lo llamemos y lo sintamos como lo sintamos.
Y cuando hablo de Dios, eso no tiene nada que ver con una religión u otra religión, sino con aquello que llevamos en lo más profundo de nuestros corazones; encontrar eso es un gran valor, un gran valor…
Es poder encontrar la joya que tenemos interiormente y poder escalar esa montaña hasta ese lugar donde las cosas no cambian. Poder escalar esa montaña es nuestro sueño colectivo. Tenemos un sueño que flamea delante de nosotros, un sueño que compartimos con todos aquellos que lo quieran tener. Es tener un sueño, una bandera, una fuerza, una ilusión, una esperanza.
¡Hoy el mundo está sediento de esperanza y está sediento de ilusión! Tal vez podamos hacer llegar agua a los sedientos o alimentos a los hambrientos, pero lo más importante es hacer llegar una esperanza, un sueño.
Sentir profundamente lo que es la vida, lo que es nuestro entorno, lo que soy yo en relación con la gente, lo que soy yo en relación conmigo mismo.
Poder superar la angustia, poder pasar por encima de los inconvenientes. Para eso hace falta tener voluntad y para eso hace falta tener conocimiento.
Así como se enseña por ejemplo, a conducir un avión, un automóvil o una vaca, también hay que enseñar cómo conducirnos a nosotros mismos, de tal manera que seamos realmente eficaces y que también nosotros tengamos interiormente unas buenas vacaciones de verano.
Me refiero a que no solamente las vacaciones sean externas, sino que sean también internas: que nuestro pobre corazón se pueda poner también al sol, sobre la arena, o vaya a la montaña, etc. Que pueda también leer su propio libro, tener sus propias vivencias fundamentales. Debemos rescatar ese corazón interno que tantas veces hemos olvidado por ver nada más que lo exterior.
Las grandes leyes, los grandes fogonazos de este siglo XX, que tantas veces nos ha dicho mentiras, pero que ahora está viejecito y que no vamos a acusar por ello a nadie…Tal vez esa gente que se equivocó tanto, en el fondo tenía también una buena voluntad. ¿Por qué no? ¿Cuántas veces nos equivocamos con buena voluntad? No acusemos a nadie, tratemos simplemente de ser nosotros un poco mejores, hoy, aquí, ahora.
Entonces veremos cómo toda la naturaleza visible e invisible se acercará a nosotros y serán hermanos nuestros los animales, las plantas, las nubes… Los mismos fantasmas se convertirán simplemente en recuerdos que nos enseñen a vivir.
A vivir en un Mundo Nuevo pero además de ser nuevo, que sea mejor: es la Esperanza para Vivir.
Nota
[1] La resolución de los representantes de los Gobiernos de los Estados miembros de las Comunidades Europeas, reunidos el 23 de junio de 1981 acordando la expedición de un formato único para los pasaportes de la Unión Europea, no previó incluir el idioma español, al menos en las partes del pasaporte que sí están traducidos al inglés y francés (aparte del idioma del país expedidor).
Créditos de las imágenes: Stijn Swinnen
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