Las enfermedades del mundo actual

Autor: Jorge Ángel Livraga

publicado el 06-10-2020

Delia Steinberg Guzmán: En primer lugar, quería saber precisamente qué es una enfermedad, ¿qué entiende usted por enfermedad?

Jorge Ángel Livraga: Una enfermedad es básicamente una falta de armonía entre las partes. Dado un todo, que puede ser el universo, una familia, un hombre, una nación, la enfermedad sería la oposición de las partes que componen el todo, algo que ha roto la armonía, la teleología, o sea, que de alguna manera ha roto la direccionalidad del todo. Se trataría de una parte de algo que se ha rebelado contra el conjunto. A eso le podríamos llamar enfermedad. Cuando tenemos un dolor hepático o un dolor en una rodilla, decimos que tenemos una enfermedad en el hígado o en la rodilla. ¿Por qué? Porque nuestro hígado o nuestra rodilla, en ese momento, no están respondiendo a las necesidades del conjunto, no están respondiendo a una unidad biológica del todo. Enfermedad sería, entonces, fundamentalmente, una falta de armonía en una unidad biológica.Enfermedades del mundo actual

D.S.G.: Recogemos su definición y la retomamos para seguir haciéndole preguntas. Usted dice que la enfermedad es la falta de armonía dentro de una unidad biológica, la falta de equilibrio. Yo quiero preguntarle si esta falta de armonía se da únicamente en planos biológicos, en lo que el hombre considera su cuerpo, es decir, si las enfermedades son únicamente corporales.

J.A.L.: No. Di el ejemplo en función de lo que normalmente entendemos como enfermedad, pero es obvio que si admitimos que en el universo existen otros planos de conciencia u otros planos vibratorios, tenemos también que admitir que en esos otros planos de conciencia, en esos otros planos vibratorios puede también haber anomalías o enfermedades. Es más, según las doctrinas antiguas, según lo que hoy es llamado esoterismo, las enfermedades partirían, en su gran mayoría, de una lesión en la parte sutil de nuestros cuerpos, que se reflejaría en la parte física, es decir, que primero estaría el daño en la parte sutil.

Yo comprendo que, desde un punto de vista médico, alguien podría decir que estoy en la época de Galeno, que no reconozco la existencia de los microbios o de los virus. No, no es así. En estos momentos, por ejemplo, flotan en esta sala una gran cantidad de virus y de microbios de todo tipo. ¿Por qué no enfermamos? Porque tenemos unas defensas que nos permiten sobrevivir a esos microbios. Si tenemos lo que podríamos llamar planos sutiles sanos, si no tenemos lesiones, tampoco las tenemos ni en lo psicológico ni en lo físico, y podemos decir que gozamos de una buena salud. Así y todo, hay una interacción entre esos planos sutiles, psíquicos, podríamos decir intermedios, y los plenamente materiales. No los debemos ver como enfrentados.

Las doctrinas meramente dualistas y dialécticas que enfrentan lo físico con lo espiritual son decimonónicas, hoy no podemos de ninguna manera sustentarlas. Hoy ya sabemos que hay una unidad en todo el universo, que hay una correspondencia ecológica entre todos los elementos de la naturaleza.

Por lo tanto, también hay una correspondencia entre los planos sutiles y los planos físicos. Y, sin embargo, hoy los vemos como enfrentados, como negándose mutuamente los unos a los otros: si existe el mundo físico no existe el mundo espiritual, o si existe el mundo espiritual no existe el mundo físico. No, ya desde 1905, desde que Einstein introdujo la teoría de la relatividad, con su famosa ecuación E=mc2, sabemos que existe una identidad básica entre lo que es la energía y lo que es la materia. Así que materia y energía no son más que dos formas de una misma cosa. De la misma manera, espíritu, psique y materia no serían más que diferentes formas o expresiones de una misma realidad que podemos llamar materia primordial o espíritu primordial o, si lo queremos decir en sánscrito, Mulaprakriti, en fin, el nombre que le queráis dar, pero es algo puro que simplemente se expresa de manera múltiple y, por lo tanto, estas expresiones están encadenadas y dependen las unas de las otras.

D.S.G.: Nos habían pedido hoy que hablásemos de las enfermedades del mundo actual, y al respecto surgió casi de inmediato una pregunta que es la que quiero hacerle ahora. Si hablamos estrictamente de enfermedades de nuestro mundo, ¿queremos decir con esto que es una característica propia tan solo de la actualidad o en otros periodos de la historia también ha habido enfermedades?

J.A.L.: Obviamente, en otros periodos de la historia también las ha habido. Ahora bien, si reconocemos que el tiempo afecta a la humanidad, podemos decir que la humanidad, cuando era joven, tuvo enfermedades de la niñez, tuvo enfermedades de la pubertad, tuvo enfermedades de la adolescencia y tiene enfermedades de la madurez. Hoy la humanidad está, según sabemos, en su plenitud, en su madurez. Enfermedades hubo siempre, pero no siempre fueron las mismas.

D.S.G.: Una pregunta que también puede ser interesante en este caso. Usted nos hablaba hace un instante de que hay una unión, de que los planos sutiles, psíquicos y materiales son nada más que distintas expresiones de la misma unidad. Esto nos lleva a referirnos a un tema que nos apasiona muchísimo a todos: la astrología. Queremos saber si las enfermedades que padece nuestro mundo son propias nada más que del hombre o también están manifestadas en otras partes del universo, por ejemplo, señaladas en los astros, y si es a causa de ello que nosotros hoy nos encontremos enfermos aquí.

J.A.L.: La astrología es una de las llamadas ciencias perdidas que en la actualidad estamos retomando, por nuestro interés y por sus conocimientos intrínsecos. Es evidente también que hay una manipulación de esta ciencia, hay una vulgarización tan extrema que a veces hasta temo hablar de esta ciencia. Que no se me entienda que astrología es lo que sale en los periódicos: «Si usted es Capricornio —vamos a suponer—, tenga cuidado de que hoy no le atropelle un camión. Si usted es Acuario, no se moje los pies». Quisiera aclarar, por favor, que eso no es astrología, eso es simplemente algo que se pone en general para vender un periódico, igual que se puede poner una noticia catastrófica a veces no confirmada o cualquier otra cosa. La astrología es una ciencia muy seria. En la Antigüedad formaba parte de un conjunto de ciencias. Lo que hoy llamamos astronomía, poner nombre a los astros, medir la distancia entre ellos y las relaciones respectivas, era nada más que una parte de la astrología, «el estudio de los astros», que, a su vez, era solamente una parte de la astrosofía, que era «el conocimiento de los astros».

Vamos a aclarar que sí, efectivamente, los astros tienen influencias sobre todo tipo de enfermedades o anomalías y en todos los seres vivos. Para empezar, físicamente nosotros somos «coloides inestables», estamos compuestos en nuestra mayor parte de agua y elementos en suspensión; por lo tanto, respondemos a las atracciones de los grandes campos magnéticos. Además de las influencias de origen terrestre o humano, en líneas generales, la acción de los astros nos afecta profundamente en la parte física, y aún más, tal vez, en la parte psicológica y en la mental.

Las enfermedades físicas o las mentales, las psicológicas, las alienaciones, la violencia, responden en gran parte a un especial aspecto que están componiendo en este momento los astros. En este principio de la Edad de Acuario —ya lo hemos repetido varias veces—,los astros van a estar influenciando de una manera muy dura. Por algunos años arrastraremos las influencias de la era anterior, Piscis, conforme vamos entrando propiamente en Acuario, con su primera parte de hielo. Luego, habrá una parte líquida, y después una parte gaseosa. Es decir: una primera parte difícil, que se puede denominar como una nueva Edad Media, una segunda parte de estabilización y decisión y una tercera parte al fin de espiritualización. Esa última parte de espiritualización estaría regida por Urano, pero en este momento los astros que rigen son otros. Por ejemplo: la estrella Régulus, que está subiendo por nuestro horizonte, Marte, Júpiter o la constelación de Capricornio. Eso hace que, en la actualidad, nuestra posición astrológica sea francamente negativa, propensa a desarrollar en los hombres y en las naciones actitudes violentas, intransigentes, y a todo ello podemos llamarle una enfermedad para el género humano.

D.S.G.: Creo que usted mismo ya ha introducido mi siguiente pregunta, al comenzar a referirse a algunos aspectos que usted considera enfermedades de nuestro género humano. Yo quería preguntarle concretamente si nos puede poner ejemplos de enfermedades del mundo actual. ¿A qué le llama usted enfermedades dentro de nuestro mundo actual?

J.A.L.: Yo llamaría enfermedades de nuestro mundo actual al uso de las drogas, a considerar el confort como algo fundamental, al exceso de materialismo, a una falta de espiritualidad, a la falta de fe, a una falta de carácter y de valor que nos impide dar una educación a nuestros niños verdaderamente delimitada, que nos permita dar un gobierno a nuestros pueblos de una manera concreta y, sobre todo, llamaría enfermedad al desconcierto. Yo creo que la humanidad actual tiene el gran mal del desconcierto.

Las viejas humanidades, equivocadas o no, tenían una ventaja sobre nosotros: ellas sabían o creían saber de dónde venían y adónde iban. Tenían un pasado y un futuro en los que creían, tenían dioses, instituciones, religiones y relaciones humanas en las que creían. Digamos también que esas humanidades, obviamente, equivocadas o no, lo vuelvo a decir, tenían una direccionalidad. Para un griego, por ejemplo, un bárbaro era un extranjero, e hiciese lo que hiciese, seguía siendo un bárbaro, no lo acababa de hacer bien. En la actualidad no tenemos ese concepto, pero ni ese concepto ni ningún otro.

Hoy, si se nos pregunta algo, por lo general, si es que vamos a contestar francamente, sin oratoria, sin grandes frases que puedan llevar a una exaltación, muy tranquilamente, se suele decir cualquier cosa. Por eso os digo que hoy estamos completamente desconcertados. Hoy no sabemos nada. Nuestros padres sabían, por ejemplo, que el Cid Campeador era bueno, que la reina Isabel la Católica había empeñado sus perlas para mandar las famosas tres carabelas de Colón, etc. Hoy unos dicen que el Cid era bueno, otros que era un aventurero, otros que era una especie de espía doble que trabajaba para los dos lados. En cuanto a la reina Isabel, algunos dicen que es mentira lo de las joyas, que en verdad fue nada más que una forma de propaganda, que esto se hizo para adelantarse a Portugal, que intentaba hacer el mismo viaje, y hasta hemos averiguado que las carabelas no eran tres, sino que una era una nao, la Santa María. En fin, todo este mundo de cuando éramos pequeños y pintábamos las tres carabelas y aquello que nuestros antepasados sentían de pertenecer a un imperio donde no se ponía el sol, se nos va viniendo un poco abajo.

Pero ¿esto sucede a causa de una búsqueda de la verdad? En parte sí, pero también a causa de un gran desconcierto. Hoy ninguna figura histórica es buena, tampoco es mala; entonces, no habiendo nada ni malo ni bueno, ni grande ni pequeño, ni viejo ni nuevo, hay un desconcierto, porque uno se pregunta de dónde vengo, adónde voy, qué modelos debo tomar en mi vida. Cuando éramos niños, por lo menos cuando yo era niño, creía que mis papás me habían tenido porque me habían querido tener, porque habían soñado conmigo, y yo me sentía rodeado de amor, pensaba que mis padres realmente habían deseado que en su mesa hubiese una silla más. Cuando pasó el tiempo y fui a la facultad y me iniciaron en todas esas cosas que vosotros sabéis, resultó que no, que parece que mis padres me tuvieron simplemente porque se distrajeron una noche, y que nadie había preparado una silla para mí; simplemente, el juego del comedor tenía doce sillas y, bueno, había una silla para mí; me tuvieron porque no pudieron evitarlo. En fin, una serie de cosas que hacen que empecemos a dudar sobre el amor real de los padres, sobre el sentido histórico, sobre elementos religiosos, sobre la amistad…

Es notable incluso, Delia, cómo a veces me comentas que, cuando aquí hay reuniones, las personas más nuevas que entran en Acrópolis lo primero que preguntan es: ¿quién financia Acrópolis?, ¿quién está detrás de Acrópolis?, ¿qué sois, fascistas o comunistas? La gente parte, por lo general, de un pensamiento enfermo: Acrópolis no puede ser Acrópolis, no parece Acrópolis, vamos a ver qué hay detrás de Acrópolis, quién les pagó a estos señores para poder estar haciendo lo que están haciendo, ¿de dónde viene el dinero? Nadie va a creer que el dinero viene de la gente acropolitana misma que paga una cuota, que es lo más básico, lo más elemental, lo que se le ocurre a cualquiera. No, hay que pensar algo raro, alguna financiación extraña, algún contubernio oculto. Aparte de eso, se preguntan si somos fascistas o si somos comunistas. Bueno, si fuésemos fascistas o comunistas estaríamos en los partidos constituidos por unos u otros. ¿Qué estamos haciendo aquí? Si estamos haciendo algo aquí es porque no somos ni fascistas ni comunistas, entendemos otra cosa, es que somos Acrópolis. Pero el decir esto hace que a veces haya personas que digan: ¿y hasta dónde serán Acrópolis? El mundo está enfermo de duda, de una duda maligna. Creo que a veces he comentado en alguna de mis conferencias que si alguien nos dice que el señor que vende periódicos ahí enfrente es una muy buena persona, nosotros decimos: «bueno, quién sabe, puede ser…». Ahora, si nos dice que ese señor es un drogadicto, decimos: «¡uy!, ya le veía yo unos ojitos raros a ese hombre, ya le veía yo cara de degenerado». Tenemos una cierta propensión a creer lo malo, a no aceptar lo bueno, a pensar que todo está enfermo, y eso crea una forma mental que enferma las cosas, obviamente. Sabéis que la mente es muy poderosa. Si vosotros bebéis un vaso de agua con el convencimiento de que estáis tomando un laxante, es muy probable que os produzca el efecto del laxante. Hay que tener mucho cuidado con la parte mental. Cuidado, no proyectemos más enfermedades de las que ya kármicamente tenemos que soportar.

D.S.G.: Me han preguntado algunas veces, y por eso se lo quiero transmitir, si el miedo puede considerarse una enfermedad. Me gustaría saber si usted incluye el miedo dentro de su análisis de las enfermedades actuales.

J.A.L.: Sí, considero el miedo una enfermedad, una enfermedad terrible. Shakespeare dice precisamente en una de sus obras: «El valiente muere una vez, el cobarde muere mil veces». El miedo es una de las grandes enfermedades que afectan al individuo y a la sociedad actual. La sociedad actual está no ya enferma, sino casi muerta, casi corrupta de miedo. Hoy he leído algo espantoso en el periódico, por lo menos espantoso para mí. En un atentado, un señor fue acribillado a balazos y cayó al suelo desangrándose. Gran cantidad de gente vio el atentado, mas no solo no hizo nada para impedir el atentado —que es normal, porque si ves gente armada, lo primero, lo instintivo es arrojarse al suelo, esconderse detrás de una pared—, sino que luego nadie se acercó. Una sola persona, que era íntima amiga de la víctima, se atrevió a levantarlo y a llevarlo al hospital, pero dijo a los periodistas que por favor no revelasen su nombre.

Encontramos una suma de cobardía enorme. Primero, los grandes cobardes que ni se movieron para ayudar a este hombre que se estaba desangrando. Y luego, el único que tuvo la decisión, porque era amigo personal, de llevarlo al hospital, lo primero que dice es que no se sepa su nombre. Obviamente, señores, estamos en un gran aprieto. A mí, como ser humano, cuando leí eso esta mañana me avergoncé, y, en secreto, me estoy poniendo ahora mismo un poco colorado. La verdad es que me avergoncé de pertenecer al género humano, preferiría tener pelos y garras como mi gato o, no sé, ser un jabalí o cualquier cosa, pero sentí aversión de ser un humano.

D.S.G.: Su ejemplo me sirve para una pregunta que, si bien no la tenía a continuación, la tengo de todas maneras en el temario. La pregunta trata del terrorismo. ¿Es producto del mundo actual que estamos viviendo, cosa que parece indudable? La gente quiere saber si este terrorismo que estamos padeciendo a todos los niveles y en todo el mundo es también una enfermedad. Y si usted la considera una enfermedad, ¿podría decirnos si es curable o incurable, y si debemos padecerla o intentar superarla?

J.A.L.: No me acuerdo qué poeta dijo: «Todos los males incurables tienen cura cinco minutos antes de la muerte». Creo que sí, que aunque es una enfermedad compleja, es curable. Entre los terroristas hay personas realmente enfermas, locas, que gozan y se ríen mientras matan, gozan siendo perseguidas y hasta gozan luego abatidas; no son personas normales. Pero hay una gran cantidad de personas que son víctimas también de distorsiones generales, políticas, sociales, económicas y se van uniendo unas con otras. De cualquier manera, el terrorismo en general es una enfermedad actual muy grave, es una especie de bandolerismo pero relacionado con su faz más cobarde. Los antiguos bandoleros de Sierra Morena por lo menos lanzaban un tiro al aire, detenían una diligencia o un carruaje, hacían bajar a la gente, generalmente respetaban a las damas, en fin, tenían un cierto criterio. Hoy no. Hoy la persona está de espaldas, tomándose un café con leche o caminando y le vacían el cargador de una metralleta en la espalda. No importa si es hombre, si es mujer, si es viejo, si es joven. Obviamente, es una enfermedad.

¿Que si se puede curar? Sí, claro que se puede curar. Ahora bien, la curación abarca varios procesos, no basta con una curación a nivel represivo, no basta con la represión. Es obvio que las fuerzas policiales que hoy existen están capacitadas para poder dominar en cierta forma ese terrorismo. ¿Por qué no lo dominan? En gran parte porque ¿para qué se van a jugar la vida apresando a esas personas, si luego los jueces les dan un año o dos de prisión y, generalmente, a los seis meses hay una amnistía que los saca de nuevo fuera? Hay que ponerse en el lugar de los policías también. Obviamente, están trastocados los valores morales.

Deberíamos empezar por tener un Estado que aclare perfectamente que no hay amnistía para los crímenes de sangre. Haría falta tener fuerzas policiales efectivas realmente, que se basen en los principios elementales de la seguridad. No es posible, por ejemplo, que hayan sido sorprendidos tres señores de la policía tomando un café con leche y que los tres estuviesen dando la espalda a la puerta de entrada del local. Los principios elementales de seguridad dicen que hay que estar enfrentados para poderse guardar la espalda mutuamente.

Yo no creo que a la guerrilla se la pueda combatir tan solo con palabras. Por mucho que se hable de no perder la serenidad, cada vez muere más gente.

Yo creo que esto es una mezcla de enfermedad y de locura. Haría falta un cambio, desde lo más alto hasta lo más bajo: haría falta en todo el mundo que los reyes reinen, que los Gobiernos verdaderamente gobiernen, fuerzas militares o policiales que controlen realmente, y un sistema jurídico que impida por completo que se otorgue una amnistía para los casos donde haya habido derramamiento de sangre. Obviamente, amnistía para gente que estuvo pegando carteles me parece muy bien, porque los tiempos pasan, las ideas cambian y eso puede ser, pero para las personas que han matado…, eso es un crimen. Además, no solo tenemos que pensar en los criminales. Pensemos también en los que mueren. Primero, a nadie le debe de gustar morir, por más rápido que sea, dejando viudas, niños, familiares. El día que puedan remontar los cadáveres y hacerlos volver de nuevo a la vida, que haya amnistía, porque entonces habrá amnistía para unos y para otros; pero no puede ser que haya amnistía nada más que para los que matan, porque no hay amnistía para los que mueren.

Así que yo pienso, Delia, que en este caso el cambio tendría que ser radical, completo y profundo, y de esa manera el terrorismo sería dominado en un tiempo bastante corto.

D.S.G.: Le voy a hacer otra pregunta que es típica también en nuestras aulas. Muchos de nuestros amigos y nuestros estudiantes se sienten naturalmente inclinados a los temas esotéricos. Les gusta saber de dónde venimos, adónde vamos; qué es la vida y cuáles son sus misterios, conocer las leyes de la naturaleza, todas estas cosas que sintéticamente usted reflejó. Pero, últimamente, hay una corriente que ha dado en relacionar todos estos conocimientos esotéricos, profundos —yo casi me atrevería a decir sagrados y aun místicos—, con algo tan simple, tan humano como es el sexo. Es decir, que ahora hay cantidad de libros, maestros y agrupaciones que explican que a través del sexo se logra la mística, que a través de la fuerza hombre-mujer se pueden lograr los mismos conocimientos que a través del intelecto, del estudio paciente, de los libros, etc. Como es mucha la gente que me pregunta acerca de esto, me gustaría saber si usted lo incluye o no dentro de las muchas enfermedades que estamos mencionando.

J.A.L.: Es verdad, Delia, eso es parte también del desconcierto. Tratar de llegar a la espiritualidad a través del sexo es como tratar de tener hijos a través de la oración. Es más o menos lo mismo. Si uno a su mujer le dijese: «vamos a rezar siete avemarías y vamos a tener un niño», me parece a mí que eso no resultaría. Nunca lo probé, pero me parece que no resulta. Por otra parte, pensar que a través de un acto sexual, de una masturbación o cualquier cosa por el estilo se eleva el espíritu, me parece también una soberana estupidez, francamente, casi no hace falta ni un análisis metafísico u ontológico. Ahora bien, yo sé en qué se basan estas corrientes.

En Oriente, especialmente en Tíbet, se ve a deidades masculinas y deidades femeninas que están unidas. A esta unión se le llama yab-yum, pero esto es un símbolo de las fuerzas positivas y de las fuerzas negativas de la naturaleza. Por ejemplo, todos sabéis que nosotros estamos ahora sentados aquí, más o menos cómodos, porque hay una fuerza gravitacional que nos está atrayendo hacia el suelo; si no, estaríamos como los astronautas, flotando por el techo. Obviamente, hace falta una unión de fuerzas positivas y de fuerzas negativas para que todas las cosas rueden. Lo mismo sucede con los elementos químicos: hay metales y metaloides, los iones de los átomos de los metales son positivos y los de los metaloides son negativos. De la misma manera hay hombres y mujeres, y detrás de esa división sexual está la gran división de la naturaleza en cosas positivas y negativas, luminosas y oscuras, blandas y duras, húmedas y secas, ígneas y aéreas, pero no debemos confundir una cosa con la otra.

Yo creo que, por lo menos en una parte de la juventud, a veces esto es una excusa para poder llevar una vida no del todo espiritual. Voy a tratar de explicarme. Nosotros tenemos una naturaleza dual que hace que cuando a veces estamos haciendo algo material estemos pensando en lo espiritual y nos arrepintamos, y que cuando estamos haciendo algo espiritual pensemos que es demasiado subjetivo, que no es práctico, y que tendríamos que hacer algo más en la tierra. Así, esta gente parece que logró una especie de… —¿cómo se podría llamar?— «marihuana espiritual» que los ha idiotizado un poco y creen que pueden hacer las dos cosas a la vez, o sea, que pueden realizar el acto sexual a la vez que un acto espiritual. El acto sexual está hecho para tener hijos, y cuanto más para dar un poco de placer carnal en esta dura tierra, pero de ninguna manera para proyectar el alma y levantar kundalini, ni cuadrar los chakras, ni cosas por el estilo, así como tampoco pasar el rosario o rezar un padrenuestro está hecho para tener hijos. No debemos mezclar lo uno con lo otro, y aquellos que lo mezclan es por la ignorancia de su extrema juventud o porque simplemente tratan de justificar, espiritualizar y sacralizar algo que es natural pero que no es sagrado. Por ejemplo, tomar un plato de sopa es natural pero no es sagrado, aunque podemos sacralizarlo: podemos hacer una oración antes y otra después de tomarla, o signos mágicos encima de la sopa y creer que cuando estamos tomándola es una especie de sangre de Cristo o soma hindú y que nos está levantando una columna de luz por la espalda, pero entenderéis que eso son formas de locura de gente que no tiene nada que hacer.

Yo creo que hay una relación entre el desempleo y todo esto. Si la gente estuviese ocupada, si los jóvenes realmente tuviesen trabajo o pudiesen estudiar e hiciesen lo que tienen que hacer, llevarían una vida normal: tendrían su novia, se casarían, tendrían sus hijos o no los tendrían, pero de una manera natural, completamente natural, y no con un póster con dos figuras en yab-yum para ver cómo pongo el dedo y cómo pongo el otro, o leyendo el Kamasutra para ver en qué lugar hay que apretar con la uña. Francamente, nuestros abuelos no habían leído el Kamasutra y, sin embargo, aquí estamos.

D.S.G.: Creo que ha llegado el momento de preguntarle algo acerca de soluciones. Estamos hablando de enfermedades y hemos aclarado que sus raíces no son solo físicas, sino también de otros niveles, y que generalmente son los otros niveles los que conforman el cuerpo. Por lo tanto, yo, como filósofa, como acropolitana, quisiera que nos diga desde un punto de vista filosófico, acropolitano, cuáles son las soluciones que Acrópolis puede ofrecer a las muchas enfermedades que ha mencionado: el desconcierto, el miedo, la falta de fe, los ideales pequeños, en fin, todas esas cosas que hemos ido mencionando.

J.A.L.: Bueno, ahora ya hemos conversado, ¿no es cierto?, porque en la respuesta de cada pregunta pretendía estar también una solución. Pero para terminar, digamos que para mí la solución fundamental a todo esto es retornar a la naturaleza en lo físico, en lo psicológico, en lo espiritual, ser naturales, no ser sofisticados, no ser personas prefabricadas. Por ejemplo, y perdonad que me ponga de ejemplo un momentito, yo no sabía qué preguntas me iba a hacer Delia, aunque ya sabía que no me iba a preguntar sobre el tonelaje de los últimos carros de combate fabricados en Cádiz, obviamente, sino que me iba a preguntar algo sobre Acrópolis, sobre filosofía, sociología, psicología, esoterismo o historia, pero no sabía ni las preguntas ni traía preparadas las respuestas, sino que las he creado y no estoy leyendo ningún papel tampoco, ni nadie me está dictando nada.

Nosotros hemos construido, hemos plasmado de alguna manera algo que vuelve a la naturaleza: Nueva Acrópolis. Es decir, hemos aportado nuestra solución, que se plasma en este movimiento filosófico que hoy está en treinta países del mundo, que hoy tiene muchísimas sedes, que hoy abarca muchísima gente, que tiene ya muchas publicaciones, y esto no es propaganda, la propaganda la dejo a los responsables de propaganda de aquí. Simplemente os digo lo que siento en mi corazón. Para mí, la solución es retornar a las fuentes, retornar a la naturaleza. Nosotros retornamos a través de una metodología que es Nueva Acrópolis, de la reconstrucción de una acropolis, una ciudad alta: de una moral elevada, de una juventud sin miedo, no corrupta, de personas mayores que sean ejemplo de los más jóvenes, de una humanidad que no se mida nada más que por su vejez exterior, que no se mida por el dinero que pueda tener en el bolsillo, que no se mida por ser el hijo de mamá o de papá, sino fundamentalmente y sobre todo ser alguien que se mida por la fuerza interior, por el mensaje que tiene dentro, que se mida por su propia realidad, sin inventar a nadie. Queramos a nuestros hermanos, a nuestros amigos, a nuestros compañeros como son, no los inventemos; no me queráis a mí por una gran cabellera, porque soy prácticamente calvo, no me queráis sin gafas porque las necesito. Me tenéis que aceptar como soy, como yo os acepto a vosotros como sois.

Si todos nos aceptamos como realmente somos y tratamos de mejorarnos enérgicamente —porque las gafas son un remedio para la miopía—, tratando de poner remedio no solo a nuestra miopía física, sino a nuestra miopía psicológica y espiritual, estaremos creando un mundo nuevo donde pueda habitar ese hombre nuevo del cual siempre os hablo al finalizar mis pequeñas charlas.

Ese hombre nuevo debe ser no solamente nuevo, sino mejor. El hombre nuevo no conocerá los miedos que hoy conocemos, caminará en las tinieblas alumbrado por las estrellas; sabrá amar de manera natural y no necesitará ningún póster que le enseñe dónde poner el dedo; va a saber lo que son reyes, lo que es un gobierno, lo que es Dios; será capaz de amar y de ser amado. Soñemos intensamente con ese hombre nuevo, que nuestras manos se muevan incesantemente para fabricarlo día a día, minuto a minuto. Ese es el compromiso histórico que tenemos todos los acropolitanos.

Y todos aquellos que esta misma tarde nos visitan, bien porque son parte de nuestro círculo de amigos, bien porque han venido por curiosidad para ver qué es Acrópolis, os digo: Acrópolis es algo diferente, es algo nuevo, es una oportunidad de trabajo, de servicio, de plasmación. Aquí no se le cierran las puertas a nadie, ni para entrar ni para salir. Aquí, todo hombre, toda mujer de buena voluntad tiene un lugar donde poner su cuerpo y también su atención, donde poder conocer cosas que no son conocidas por la mayoría.

Os saludo y os agradezco que me hayáis prestado vuestra atención esta tarde. Y agradezco esta entrevista a la que me ha invitado Delia, que más que una conferencia como os doy siempre, con mis arranques que me salen del alma, con mis voces que me hablan y hacen que os hable a vosotros, yo quería que fuese una charla de confraternidad, de reflexión, en la cual cada uno de vosotros plasme en la medida de sus fuerzas el ideal que lleva dentro. No os conforméis con escucharme, haced por vosotros mismos la obra que podéis hacer, yo soy tan solo un poco de viento que ha pasado a través de la flauta, ha dado algunas notas, y ahora se va.

Créditos de las imágenes: Melanie Wasser

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Referencias del artículo

Conferencia dictada el 17 de mayo de 1980, en la sede de Nueva Acrópolis, Gran Vía 22, Madrid, España.

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