La verdadera poesía

Autor: Jorge Ángel Livraga

publicado el 16-10-2014

La basura que se barre no deja de ser basura. Por más que en el aire suba, basura será en el aire. (Carlos Encina)

Nueva Acrópolis - Poesía

Recital con motivo del Día Internacional de la Poesía en la sede de Nueva Acrópolis en Buenos Aires (Argentina)

La poesía, como todo lo importante en la vida, es difícil de definir. Sería este trabajo inacabable si tratásemos de apuntar las características ciertas o falsas que, desde el fondo de nuestra historia conocida, se han dado a la poesía. Hoy sabemos que los egipcios, los sumerios y los chinos -por citar pocos ejemplos del pasado remoto- hacían poesía y le daban la mayor importancia. En la India milenaria, los textos mágicos y religiosos más antiguos están originalmente escritos en poemas, como el Mahabharata, que comprende en su mismo centro el inmortal Bhagavad Gita y el Uttara Gita.

Concebían los antiguos que todo el universo era armónico, regido por los números y las proporciones de oro. Esto se reflejó en la ordenación de los sonidos, los que alternados con los silencios dieron origen a la música, al canto y a la poesía, todas ellas expresiones del hombre que trató desde siempre de hacer surgir de su Alma las misteriosas semi-llas que los Dioses habían depositado en ella, para mejor y más justa comprensión de sí mismo, de la Naturaleza y de Dios. Y como el modelo que podemos llamar «clásico» tiene por característica el aunar lo bueno, lo bello y lo justo -al decir del divino Platón-, los ritmos y las rimas fueron utilizadas con el muy práctico fin de ayudar a la memoria en el recuerdo de arcaicas enseñanzas. Hasta no hace muchos años en Europa, y aún hoy entre los pueblos del Este, se acostumbra a los niños a cantar rimando las «tablas» de multiplicar o el número de días que tienen los meses.

En la tradición armórica que renace de su seno druida, afincada entre los celtas de la Bretaña francesa e inglesa, y que tras la caída del Imperio Romano se expande primero por Irlanda y luego por toda Europa, reaparecen los viejos versos apoyados por una lira y los coros ogámicos, sin palabras. El verso y la música rescatan elementos que parecían perdidos, para alentar desde el siglo V a bardos y trovadores, éstos últimos encargados especialmente de refrescar viejos mitos, consejos e historias. Es tanta su fuerza que el propio cristianismo adapta sus formas para combatir a la nueva «herejía» que se extiende por casi toda Europa en la Alta Edad Media. Así nacen los monjes cantores que acompañan a los marinos y a los labriegos, dándoles en verso los Testamentos.

El Diccionario vigente de la Real Academia de la Lengua dice: «Poesía: expresión artística de la belleza por medio de la palabra sujeta a la medida y cadencia, de que resulta el verso».

El origen de la palabra «Poesía» es latino, «Poêsis», de raíz griega. Las definiciones de la poesía, como es de suponer, son numerosas y muchas de ellas oscuras, y callan más que lo que dicen.

Aristóteles encuentra en la poesía una imitación de la bella Naturaleza. Bacon agrega que si bien es obra de la imaginación, imita la Naturaleza, pero exagerándola y reuniendo seres que no se hallan reunidos en ella. El Marqués de Santillana recoge la vieja idea platónica, haciendo de la poesía el arte de embellecer y vitalizar «con muy fermosa cobertura» las realidades, trasmutándolas en fábulas y fingimientos. Efectivamente, para Platón la poesía está relacionada con Lo Bello y el Resplandor de lo Verdadero. De tal forma, habría un trasfondo de verdad y de magia en toda auténtica poesía.

Royer-Collard expresa: Lo bello se siente y no se define. Hállase en todas partes: dentro de nosotros y fuera de nosotros, en las perfecciones de nuestra naturaleza y en las maravillas del mundo sensible, en la energía independiente del pensamiento solitario y en el orden público de las sociedades, en la virtud y en las pasiones, en la alegría y en las lágrimas, en la vida y en la muerte.

Desde Homero hasta los contemporáneos, las formas han cambiado y lo único que permanece es la que podríamos llamar «intención poética». Pero… ¿basta esta intención poética para plasmar poesía?

El que este trabajo escribe fue poeta desde su niñez y sabe que los poemas auténticos vienen a nosotros como ya confeccionados y tan sólo hay que retocarlos para darles forma definitiva. El acto de escribir una poesía es casi un fenómeno «mediúmnico» que sorprende al poeta en las situaciones aparentemente menos propicias y se le niega en los marcos más bellos o en las situaciones provocadas para el descenso de la Musa. Por ello, y con el mayor respeto para los que disientan conmigo, creo firmemente que los poe-tas nacen y no se hacen. Aún recuerdo las jocosas situaciones de algunos de mis compañeros de estudios, cuando al tratar de dedicar a su amada alguna palabra consonante con «divina», en su esfuerzo pseudopoético tan sólo acudían a sus mentes palabras consonantes y rimadas tan impropias como «cochina», «masculina» o «letrina».

Estos son los que se atienen a la forma por encima de todo.

No pueden hacer verdadera poesía.

Tampoco la hacen quienes tienen tan sólo la intencionalidad poética, y así recortan la prosa como bien les viene y pretenden que eso sea poesía. Y menos aún los que, carentes de lo uno y de lo otro, no escriben haciendo arte, sino buscando la ostentación ante sus semejantes, tratando de sorprenderlos con palabras incoherentes y no pocas veces soeces. Hacen burla de los verdaderos poetas y llaman «cursi» a todo aquello que se deslice armónicamente desde un buen principio hasta un mejor fin.

Un ejemplo del último caso lo da un poeta contemporáneo quien, parodiando aquella pequeña joya de Gustavo Adolfo Bécquer: “¿Qué es poesía? -dices- mientras clavas / en mi pupila tu pupila azul / ¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas? / Poesía eres tú” le replica: “¿Qué es poesía? -dices- mientras clavas en mi pupila tu pupila atroz. / ¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas? / Poesía soy yo”.

Francamente no me convence la explicación casi esotérica que, de esta burla, nace de la bondadosa actitud de Don José García Nieto, cuando expresa el fenómeno como una identificación entre la poesía y el poeta. Más bien creo que es más fácil burlar que crear, aunque el poeta de marras haya tenido que recurrir a lo de «atroz» para rimar con relativa belleza las últimas dos palabras de su verso. Todo espíritu sensible seguirá prefiriendo la dulzura de Bécquer y su idealización del ser amado asumiendo una actitud humilde y fresca, que la de su «sucesor» que ve en la mirada de otra persona algo atroz, para encumbrarse en el narcisismo a la moda de un egocentrismo sin mensaje. Por lo menos, sin mensaje poético. Si Homero hubiera expresado que la guerra de Troya o los viajes de Odiseo eran sólo él, o si Virgilio hubiese pretendido que la creación de Roma y la presencia de los Dioses se resumiese en su propia existencia… La Humanidad habría perdido mucho. Y es muy posible que ya ni supiésemos de la existencia de Homero ni de Virgilio.

La que llamamos «verdadera poesía» debe ser trascendente, fácilmente comprensible y bella.

Amado Nervo nos dejó asimismo una pequeña poesía, tal vez recopilada de otra más antigua que por su sencillez y ternura podemos memorizar fácilmente. Hace decir a un niño: “Yo adoro a mi madre querida, / yo adoro a mi padre también; / ninguno me quiere en la vida / como ellos me saben querer. / Si duermo, ellos velan mi sueño; / si lloro, están tristes los dos; / Si río, su rostro es risueño; / mi risa es para ellos el sol. / Me enseñan los dos con inmensa / ternura a ser bueno y feliz. / Mi padre por mí lucha y piensa, / mi madre ora siempre por mí”. ¡Qué magnífico resumen poético de amor filial y de reconocimiento por los sentimientos más excelsos y de las virtudes que deben adornar a los padres!

Hay algo que olvidó la mayoría de mis contemporáneos: la vida es bella y debe ser cantada natural y bellamente. Y quien no pueda dar ese aporte a la sociedad en la que vive, es mejor que busque otros caminos de expresión. Pero la contaminación ha llegado a todos los niveles y el fracaso de quienes quisieron cambiar el mundo tan sólo por figurar en el cambio, nos envenena a casi todos.

No quiero cerrar este pequeño trabajo con mis torpes palabras y recurro a uno de los maestros de mi juventud. Un viejo libro y un viejo poema.

DIOS TE LIBRE, POETA…

Dios te libre, poeta,
de verter en el cáliz de tu hermano
la más pequeña gota de amargura;
Dios te libre, poeta,
de interceptar siquiera con tu mano
la luz que el sol regale a una criatura.
Dios te libre, poeta,
de escribir una estrofa que contriste;
de turbar con tu ceño
y tu lógica triste
la lógica divina de un ensueño;
de obstruir el sendero, la vereda
que recorra la más humilde planta;
de quebrantar la pobre hoja que rueda;
de entorpecer, ni con el más suave
de los pesos, el ímpetu de un ave
o de un bello ideal que se levanta.
Ten, para todo júbilo, la santa
sonrisa acogedora que lo aprueba;
pon una nota nueva
en toda voz que canta;
y resta, por lo menos,
un mínimo aguijón a cada prueba
que torture a los malos y a los buenos.

Amado Nervo, Marzo de 1916.

Que la verdadera poesía, querido lector, amigo sin rostro que me lees, ilumine tu vida y la ennoblezca. ¡Que cuentes tan sólo horas felices!

Jorge Ángel Livraga Rizzi.
Publicado en Revista Nueva Acrópolis núm. 107. Madrid, Julio de 1983.

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Publicado en Revista Nueva Acrópolis núm. 107. Madrid, Julio de 1983.

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