La esfinge

Autor: Jorge Ángel Livraga

publicado el 10-11-2019

Según una remota tradición egipcia recogida y poetizada por los griegos, la esfinge es un monstruo con cuerpo de bestia y cabeza de hombre, que existe y no existe.

Descartando desde ya las efímeras formas de creencia de los distintos pueblos, que atribuyeron carácter objetivo y tangible a este engendro, la esfinge es un símbolo. Un símbolo no es una mera fantasía, sino una realidad psicológica preñada de significados.

La esfinge de GizeLos modernos mitólogos se han deshecho rápidamente del problema, atribuyendo su importancia tradicional a una simple oposición absurda de caracteres animales y humanos que se imponen por el terror ancestral, que sería el fundamento común a toda ignorancia. Pero nuestro desconcierto respecto a un fenómeno de la naturaleza, objetiva o subjetiva, no lo invalida; los relámpagos, el granizo, el miedo y la envidia, por ejemplo, han existido desde que la humanidad es tal, independientemente de la opinión y el juicio de los hombres. Las cosas son o no ciertas al margen del registro que se tome de ellas y la interpretación que se les dé.

El mito de la esfinge es una representación de la captación de un momento en el devenir de la Naturaleza, es un monumento a la evolución a que están sometidas las ideas y los seres vivos que son sus reflejos, es un altar levantado a la inexorable Realidad.

Cuando nos referimos al Individuo, le reconocemos como tal tan solo cuando la Idea-Individuo se ha logrado enseñorear del marco biológico de elementos físicos, vitales y psicológicos, y aun de los razonamientos mecánicos que le limitaban y esclavizaban en el común de los hombres. En cuanto esa Idea-Individuo no haya logrado autorrealizarse y armonizar sus soportes menos nobles, ni estos ni la idea tendrán real existencia y el Individuo no lo será de hecho, sino un mero conjunto más o menos caótico y circunstancial. Al hablar de Estado, afirmamos la misma posición de un Ideal armonioso y armonizante respecto a las partes integrantes, y en cuanto no se logre –al menos en un grado básico- esta armonización y clarificación de fines, el Estado no será tal, sino una forma compleja de sociedad.

El Ideal del Estado es quien justifica el atesorar de experiencias y las realiza en beneficio del futuro. Pero este Ideal, en su direccionalidad o destino existencial, necesita de un elemento que esté capacitado para captarlo.

Estando el Estado constituido por subestructuras con diferente edad evolutiva y características de crecimiento divergentes, su función principal no consiste en doblar voluntades ni falsear naturalezas, creando dolorosos y frágiles artificios, sino en hallar la fórmula conciliatoria, sin sacrificar lo mejor, lo ya logrado, a lo peor o por lograrse.

A la vieja Esfinge se la representaba con cuerpo de toro, garras de león, alas de águila y cabeza de hombre, echada sobre su vientre, silenciosa y mirando hacia el Este, por donde sale el Sol.

Los mitólogos analizaban la Esfinge, pero ¿se han preguntado cómo nació la Esfinge y si siempre estuvo echada con su humana cabeza mirando al Oriente y sus labios sonriendo enigmáticamente?

La antigua versión egipcia, hoy prácticamente desconocida, dice que las partes de la Esfinge crecieron en animales diferentes, que de ellos surgió luego una cabeza de apariencia humana, pero muda y terrible; que este engendro corría, nadaba y volaba, devorando y destruyendo lo que hallaba a su paso, hasta que Toth (el dios Hermes de la versión griega, el Mercurio de los romanos, el Buddha de los proto-indoeuropeos) penetró en ella, animó la insensata cabeza y entonces la horrible bestia se echó, domada, sobre su vientre. La leyenda quiere que, cuando el hombre la comprenda, en algún amanecer, la Esfinge se arrojará al mar que la espera cerca de sus garras (en el monumento egipcio llamado “Esfinge de Gizeh”, el símbolo es hoy incompleto luego de haberse secado el otrora mar, quedando su lecho arenoso al descubierto), y entonces, la Inteligencia, que es Toth-Hermes, ascenderá con el primer rayo de sol, liberándose del mundo fenomenal y condicionado.

Si bien el simbolismo es harto complejo, en líneas generales nos habla de la larga evolución y costosa sincronización de las formas animales, del hombre primitivo sin mente, del advenimiento de la conciencia, del Yo, y su triunfo ultérrimo sobre la bestia que la sujeta, y su evasión del panorama material hacia la esfera de las Ideas Puras, el plano de los Arquetipos, como diría Platón.

El pensamiento griego, a través de Edipo, el héroe de Sófocles, reafirmó el significado primitivo, haciendo que el personaje principal de la obra, cuyo nombre –Edipo- significa “pies hinchados” o “caminante”, resuelva la pregunta de la Esfinge referente al Hombre, matándola después. Así, él partió hacia su gran prueba, su realización definitiva en manos de un destino cósmico inescrutable.

En el orden de la política, la Esfinge representa el buen gobierno, con la inteligente cabeza rectora de las subestructuras menos evolucionadas –impidiéndoles combatir entre sí y hacer daño a otros–, bondadosamente acordadas y a la espera de un fin impuesto por la Naturaleza, pero realizado gracias al esfuerzo del Hombre. Las pasiones, los odios, las inercias, la irresponsabilidad y la evasión moral siempre presentes, en algún grado, en la naturaleza del pueblo no instruido, se trasmutan y dulcifican, y ese pueblo se convierte en verdaderamente humano, adquiriendo conciencia del Yo, dejando debajo los anteriores estados evolutivos y liberándose finalmente de toda carga material y límite psicológico. La garra, la pezuña, el ala, se han convertido en elementos inteligentes, en virtudes metafísicas, perdurables, y van desde la oscuridad a la luz, desde la muerte a la inmortalidad, como nos dice la tradición oriental.

Así, el proceso de la Esfinge es el del Individuo, el del Estado; en fin, es el de la Humanidad.

Pero, entendiendo que el Gobierno no es el poder de unos hombres sobre otros, sino la imagen ordenadora y directriz de la voluntad del conjunto, debemos considerar sus funciones en el cometido de mantener la unidad del Estado, y propiciar y expandir hacia la generalidad universal todo lo positivo que se manifieste en sus integrantes.

Debemos ver más de cerca la conversión de la potencia en acto, de la idea en palabra, de la fuerza en trabajo, del amor sentimental en fraternidad total.

Créditos de las imágenes: José Ignacio Pompé

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