Juventud… ¿de qué futuro?

Autor: Jorge Ángel Livraga

publicado el 05-02-2021

Este tema sobre la juventud es muy amplio. Generalmente, cuando hablamos de la juventud nos referimos a una etapa de la vida física, a la gente que tiene quince, veinte, o veinticinco años nada más. Pero desde el punto de vista filosófico la juventud es algo interior. Es decir, el hombre, la mujer es joven mientras tenga esperanzas, mientras tenga proyectos hacia el futuro, mientras tenga fe en algo.

Juventud de qué futuroAsí, una persona puede tener veinte años, pero puede ser viejo ya, porque se conformó con todo lo que le dieron hecho, y no tiene el valor de exponer algo nuevo. En cambio, una persona, tal vez de más edad física, puede tener lo que los griegos llamaban la «Afrodita de Oro», la juventud interior, la posibilidad de tener sueños, ilusiones, de pensar en un mundo que no solamente debe ser nuevo, sino que debe ser mejor.

Viendo un panorama general, encontramos dentro de nuestra civilización una serie de contaminaciones de cosas falsas, desde lo espiritual hasta lo físico. Y lo primero sería señalar que desde el punto de vista filosófico, lo espiritual no es contrario a lo físico, sino que lo espiritual y lo físico serían partes de un mega-cosmos, serían partes de un mismo universo.

Por ejemplo, el agua puede ser sólida. Como hielo es sólida; se puede tocar. Si se calienta se vuelve líquida; si la calentamos más, se vuelve vapor. Pero es siempre agua. La base –un átomo de hidrógeno más dos de oxígeno– es exactamente igual. Lo que ha variado, lo que ha cambiado es la circunstancia física, pero no la constitución interior. Entonces, también desde el punto de vista filosófico no existe una sustancia espiritual y una sustancia física, sino que hay una misma sustancia, que lentificado su movimiento la conocemos como materia, y acelerado su movimiento la conocemos como energía. Y aun acelerado más ese movimiento pasaría a otra dimensión, que le llamamos una dimensión espiritual. Queremos, en lo posible, remarcar esto para señalar una unidad en todas las cosas.

También, ante el problema de lo que hemos dejado a la juventud, yo querría señalar que aunque nos vamos a referir a los que son jóvenes de cuerpo, no hay esa diferenciación entre los seres humanos. Dividir la humanidad, cualquier que sea la manera, es un crimen, es un asesinato al sentido de la unidad de la humanidad. Dividir la humanidad entre jóvenes y viejos es también partir por el medio a la humanidad. Porque los que hoy son jóvenes, cuando pasen unos años más, serán viejos. Y los que hoy somos viejos, hace muy pocos años éramos jóvenes.

Más allá de lo joven y de lo viejo, está que somos seres humanos. Y la humanidad actual necesita volver a tener un concepto de unidad más allá de todo separatismo. Todo separatismo provoca un enfrentamiento de los grupos humanos; conduce a situar a los jóvenes a un lado y a los viejos a otro. Y esto provoca pujas, luchas, incomprensión. Si comprendemos que ser joven o ser viejo físicamente es simplemente una circunstancia del ser, vamos a dar un gran paso hacia adelante. Y nos daremos cuenta de que somos todos una única humanidad.

No obstante, hoy nos vamos a referir a esa juventud física, a la situación en que están los hombres y las mujeres que son jóvenes físicamente, ante este nuestro mundo de hoy.

Para estos jóvenes el mundo se presenta como algo bastante difícil. Yo sé que generalmente, las personas que son de mi generación, las personas ya mayores, suelen estar desencantadas de la juventud, diciendo que ya no es la juventud de antes, que no tienen esperanzas, que no quieren trabajar por la humanidad. Pero yo, que ya no soy joven físicamente, me pregunto: ¿eso es cierto?, ¿hasta dónde los jóvenes son culpables de esta situación?, ¿hasta dónde nosotros, las personas mayores, no somos los responsables? ¿Qué les hemos dejado a los jóvenes para que puedan continuar con un mundo adelante?

Tenemos la responsabilidad de dejar a los más jóvenes la oportunidad de poder vivir un futuro mejor. Y yo creo honradamente que las personas mayores, e incluso los que ya murieron, los que fueron más viejos que nosotros, en varias cosas hemos fracasado, y les hemos dejado a los jóvenes un mundo demasiado difícil. Es decir, que tal vez no son los jóvenes los difíciles; lo que es difícil es el mundo que les hemos dejado a esos jóvenes.

Han recibido un mundo en donde, en la parte metafísica o espiritual, hay un enorme desconcierto, donde hemos descuidado toda esa parte superior del hombre, que fue la que a través del arte, la ciencia, la filosofía construyó la cultura. La cultura que se plasmó en civilización la hemos sacrificado a una serie de elementos meramente mecánicos, que hemos identificado con el progreso. Pero hay que preguntar si este progreso que tenemos es nuestro o es de las máquinas.

Un filósofo griego que hubiese hablado hace dos mil quinientos años no hubiese utilizado este micrófono. Pero, ¿cuál es la diferencia? Yo puedo decir exactamente lo mismo; lo que pasa es que con este aparato se oye mejor a lo lejos. ¿Qué es lo que progresó entonces? ¿Progresó el hombre? No. Lo que progresó fundamentalmente es la máquina, no el hombre que está detrás. El romano que iba en una biga de dos caballos, iba a treinta o cuarenta kilómetros por hora. Hoy un astronauta va a miles y miles de kilómetros por hora. Pero el hombre que estaba en la biga y el hombre que está hoy en la cápsula espacial son muy parecidos. No hemos logrado un verdadero avance humano. Hemos logrado un avance técnico, un avance mecánico. Y en ese avance técnico, en ese avance mecánico, hemos perdido gran parte de nuestra metafísica, gran parte de nuestra espiritualidad.

Yo creo que es importante el desarrollo de la información, pero también dar una orientación a esa información. Porque al enchufar el aparato de televisión no aparecen elementos de cultura o aspectos positivos, sino que vemos fotografías de crímenes, de lucha entre la gente. Hoy tenemos mucha capacidad de poder comunicar pero no tenemos qué comunicar. Sócrates, sin tener un micrófono, o la figura de Cristo o de Buda, comunicaron mucho más a la humanidad de viva voz, que nosotros, que tenemos televisión y satélites de repetición.

Haría falta una revisión de aquello que vamos a comunicar, con un afán pedagógico, para que la gente no sólo tuviese que afrontar esos horrores que están pasando en el mundo sino que pudiese ser cada vez mejor. Si nos paramos a pensar en las películas de cine, debe haber una película que habla de la vida de un científico o de un artista por cada veinte películas que hablan de Al Capone, o de los narcotraficantes, o de la guerra. Y tenemos muy pocas películas que hablen de la parte positiva, del trabajo, del estudio, del amor. Creo que los fallos no están solamente en el sistema, sino que están dentro de nuestra propia formación psicológica, mental y espiritual.

Hoy, los señores con cierta edad dicen: «Parece mentira, hay jóvenes que no creen en Dios ni en la inmortalidad del alma. Hay jóvenes que no creen en nada metafísico». Pero, ¿es que las antiguas generaciones les hemos dejado a los jóvenes algo válido en cuanto a Dios o en cuanto a la inmortalidad del alma? No. Hemos dejado conceptos pobres, hemos dejado dudas, hemos dejado la muestra de nuestro fracaso, y no de nuestro éxito.

En este siglo XX se han ensangrentado todos los horizontes del mundo, especialmente los de Europa, a través de una primera y una segunda guerra mundial. ¿Y qué progreso hemos logrado los hombres humanamente con eso? No hemos logrado un progreso real, sino que hemos cambiado las cosas de lugar, pero sin darles mayor efectividad. Es como si yo tomo este jarrón y lo pongo aquí, o lo pongo allá. Eso no mejora la calidad de este recipiente, simplemente lo he cambiado de lugar. Hemos cambiado de lugar las cosas, pero no las hemos mejorado lo suficiente para permitir que el hombre mismo las pueda usar de mejor manera.

Si dejamos a un lado lo espiritual y vamos a la parte racional, a la parte de las ideas, vemos que hemos confundido inteligencia con cultura, y son dos cosas diferentes. Un hombre puede ser culto, un hombre puede ser entendido en geografía, astronomía, química, música o escultura, y puede no ser inteligente. Tal vez ante un problema simple de la vida cotidiana no lo sabe resolver. Hemos potenciado la cultura, pero no hemos potenciado la inteligencia, es decir, la interpretación de la realidad. La inteligencia es una interpretación correcta de la realidad, no es cultura.

Además, el conocimiento de las estructuras atómicas de las partículas, el poder entender lo que es un cuásar o una enana blanca, es algo para élites, es algo para un pequeño número de científicos. Pero hay millones de personas a las que eso no beneficia en nada a corto plazo. No veo en qué beneficia a los millones de personas que en el mundo tienen hambre o pasan necesidades, el que sepamos las teorías sobre el spin cuántico. ¿En qué le beneficia al hombre que vive en los Andes o al que vive en Sudáfrica?

Si seguimos con este pequeño análisis vemos que en el mundo de las emociones tampoco les hemos dejado a los jóvenes algo válido. Les hemos dejado solos, les hemos dejado sin una transmisión válida, por una especie de cobardía.

Y los jóvenes hoy, aunque están en muchos grupos, aunque están en grandes ciudades, se sienten solos; solos frente a un entorno que no comprenden, y frente a una especie de protesta natural que viene de dentro hacia fuera, aunque no saben bien contra qué protestar. Sin embargo, hay que protestar, porque los jóvenes actuales no están conformes. Tal vez nunca los jóvenes estuvieron conformes, y ese fue el motor que hizo mover la civilización. Pero con una diferencia: los jóvenes en la época griega o en el medioevo, no estaban conformes con el medio circundante pero tenían una intuición de lo que podía ser el mundo futuro. Y entonces decían: «No estamos de acuerdo –supongamos– con la posición de Parménides, y sí estamos de acuerdo con la posición de Heráclito», o «no estamos de acuerdo con santo Tomás y sí estamos de acuerdo con san Agustín». Había en el joven una direccionalidad de su sentir y de su emoción. Pero hoy, tal cual están las cosas, los jóvenes no están de acuerdo, por lo general, con el mundo en donde viven, pero no saben tampoco adónde dirigirse, ni cómo podría ser ese mundo mejor.

Vemos que en el siglo XX se han presentado muchas ideas que hoy sabemos que son utópicas, pero al principio del siglo parecían posibilidades reales. Y en base a esas posibilidades reales se hicieron muchas promesas, y los jóvenes se comprometieron para vivirlas. Las diferentes formas políticas, sociales o económicas han demostrado que en teoría son muy buenas, pero cuando llegan a la práctica, fracasan.

El símbolo de nuestro siglo XX es la energía atómica, ejemplo de las promesas que le hemos hecho al futuro, en base a convicciones políticas, económicas, científicas, y que luego no fueron en la práctica verdaderamente beneficiosas. El hombre soñó mucho tiempo con llegar a descubrir una fuente de energía tan poderosa como la desintegración del átomo. Y siempre se pensó y se escribió que cuando se desintegrase el átomo todo iba a ser mucho más fácil, porque iba a haber una gran fuente de energía, para la luz, para el sonido, para la vida de la gente. Pero hoy, la casi totalidad de la energía disponible se emplea en la construcción de armas y los primeros dispositivos atómicos se utilizaron directamente sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki. No se emplearon para mejorar las cosechas, no se emplearon para mejorar las condiciones de vida, sino que se emplearon para matar gente.

¿Cómo podemos pretender nosotros que luego los jóvenes que aparecen a la vida frescos, y que leen esa historia tengan optimismo, si cada vez que hemos prometido algo lo hemos utilizado para el mal, lo hemos utilizado para la explotación de los pueblos, para la destrucción de las ciudades? Hoy en el mundo hay más de mil millones de pobres. Nunca en la historia de la humanidad hubo tantos. Entonces, es lógico que los jóvenes se pregunten: ¿para qué sirven todas las organizaciones que tenemos? ¿Para qué sirven todos los grandes principios políticos, económicos, sociales, cuando hay más de mil millones de personas que están en estado de extrema pobreza?

Yo conozco un poco lo que se llama el Tercer Mundo, lo conozco de verlo, de vivir en él. Y yo sé que aun esos zapatos viejos que están en la calle, como parte de una escultura moderna que hay ahí afuera, esos zapatos, en el Tercer Mundo, en muchos lugares, serían codiciados, serían vistos como un tesoro, porque esa gente no tiene ni buenos ni malos zapatos.

Es lógico, entonces, que los jóvenes nos coloquen un poco en el banquillo de los acusados y nos digan: «¿Qué han hecho con el mundo?». Nuestros ríos están contaminados. En los cielos, cada vez que los aviones vuelan, van destruyendo un poco la capa de ozono, que protege a la Tierra de unas radiaciones que podrían penetrar y crear mutaciones gravísimas dentro de la humanidad.

Las grandes líneas de montaje y la automatización del trabajo han dejado sin empleo a mucha gente. ¿Y qué hace la sociedad actual cuando ve que hay desempleo? En las fábricas de coches se están poniendo autómatas, para generar más desempleo todavía. Nosotros no necesitamos autómatas. Necesitamos que vuelva de nuevo una forma de vida que nos permita un acceso a la realidad.

Esos pequeños cuentos del estilo de Flash Gordon, esas cosas futuristas que iban a pasar en el año dos mil, los viajes a los planetas, las vacaciones en la Luna… hoy no lo podemos sostener. ¿Cuánta gente ha llegado a la Luna? Doce personas llegaron a la Luna en estos quince años. Sólo doce. Y para que ellos hayan pisado la Luna, trabajaron millones de personas, aportando dinero, aportando trabajo. ¿Y qué nos importa que hayan llegado a la Luna? Desde el punto de vista científico, muy bien. Siquiera desde el punto de vista romántico, ¡hemos puesto los pies en la Luna! Bueno, no sé hasta dónde será romántico, porque es como poner los pies sobre una flor…

Pero, ¿para qué queremos que hayan llegado a la Luna? ¿Eso es progreso? ¿Es progreso poder ir muy rápido en un avión? Yo he vivido eso. Uno cruza el Atlántico rápidamente en un avión. Claro que antes de poder tomar el avión, hay que estar dos o tres horas esperando, y aun así, luego muchas veces las maletas no están facturadas. Y cuando uno llega al punto de destino pasa lo mismo. Se pierde mucho tiempo.

Entonces les hemos dejado a los jóvenes un mundo que tiene visos de locura, visos de irrealidad. Un mundo teórico, utópico. Y se llena todo eso con palabras cliché. Que si en este mundo hay libertad, que si hay igualdad, que si hay democracia. Sí, en este mundo hay un montón de cosas, pero son palabras cliché. Ninguna de esas cosas tiene una realidad, ninguna de ellas se comen, ninguna de ellas se visten, ninguna nos da paz espiritual. Son tan sólo palabras, definiciones que están en el aire, pero que no nos satisfacen.

Y a los jóvenes no les satisfacen tampoco. Los jóvenes quieren amar, quieren trabajar, quieren poder estar en paz con la naturaleza, quieren no estar siempre con el terror de una bomba atómica; quieren no estar separados por sectas, por partidos políticos; quieren un mundo que esté más unificado, un mundo en donde, aunque un hombre tenga la piel negra o blanca o amarilla, aunque sea la gente alta o baja, puedan estar de la mano todos trabajando para un futuro. Pero ese mundo hoy es mentira. Eso se conversa en la ONU o se dialoga en las grandes salas. Y cuando se termina de hablar, ¿qué pasa? Nada.

Respecto a los sistemas políticos, en lugar de estar creando muchos partidos o posiciones políticas enfrentadas, habría que tratar de coordinar lo mejor de todas las posiciones, para crear un nuevo impulso que no separe a los hombres, sino que haga que los hombres se ayuden entre sí. Porque si hacemos un análisis de cada una de las posiciones políticas, vamos a ver que no podemos decir que son absolutamente negativas; todas tienen algo de positivas. Si no, no existiría la posibilidad de juntar esa parte positiva de cada una de las posiciones para hacer un nuevo movimiento.  Es lo que hacemos nosotros a través de la filosofía, pero otros pueden concebirlo en el ámbito político, en donde se tomen las partes positivas de estos enfrentamientos, y no su parte negativa.

Es comprensible que nuestros jóvenes quieran cambiar el mundo, en cualquier dirección. Pero es que tienen que poder cambiarlo. Y nosotros no les hemos dejado la posibilidad prácticamente de poder hacerlo. Porque cuando lo quieren cambiar, inmediatamente el sistema, o los sistemas, los ponen de nuevo dentro de un carril, dentro de un sendero. Y no pueden salir tampoco de ese camino. Pero ese camino ya fue probado hace diez, veinte, cincuenta años y fracasó.

Y estamos poniendo a nuestros jóvenes otra vez en la misma senda. De ahí que los jóvenes, muchas veces, hoy no tengan entusiasmo. No quieren comprometerse con nada. Pero ¿por qué? Porque instintivamente se dan cuenta de que son caminos que llevan, como antes, a la muerte. Y el joven está identificado con la vida. El joven está identificado con la esperanza.

Tenemos que tratar, cada uno de nosotros, de hacer un pequeño esfuerzo y no confiar todo a los sistemas. No confiemos todo a esas cosas invisibles y raras que están lejos. Confiemos de nuevo en nuestras manos, en nuestra voz, en nosotros mismos. Tenemos que volver a poder fabricar, a hacer las cosas con orgullo, como se hacía entre los antiguos. Yo estuve visitando las ruinas de Pompeya y había unos pequeños panes, unos panecillos, que tenían un sello. Es decir, cada panadero tenía su marca, con su nombre; estaba orgulloso del pan que él hacía. Hoy, ¿quién hizo esta mesa? Un sistema. ¿Quién hizo las sillas? Un sistema. ¿Quién hizo el pan que comemos? Un sistema. No hay nada personal.

Tenemos que volver a personificar nuestra cultura y nuestra civilización. Tenemos que volver a tomar la responsabilidad individual de lo que estamos haciendo. Tenemos que volver a poner en manos de los jóvenes la esperanza. Pero no una esperanza vieja, no una esperanza fracasada, sino una esperanza nueva. Una esperanza que realmente dé posibilidades de hacer un mundo nuevo, un mundo mejor.

Para eso necesitamos muchas cosas, pero necesitamos, para empezar, una cosa muy pequeñita, que es humildad de corazón. Si seguimos pensando que nuestra cultura occidental es la mejor del mundo, y lo mejor que pudo haber habido en todos los tiempos; que los griegos, los romanos, los chinos, los mayas, los aztecas, los sumerios, en fin, todos se equivocaron; que el hombre medieval se equivocó; que el renacentista se equivocó; que el hombre del siglo pasado también; y que los únicos que estamos en la verdad somos nosotros, vamos a caminar con la barbilla muy alta, pero vamos a tropezar con las piedras. Debemos tener la humildad de bajar de nuevo la cabeza y ver qué tenemos en el camino.

Mi mensaje a los jóvenes, de todo corazón, es que volvamos a tener un poco de humildad para poder encontrar las piedras del camino. Que volvamos a confiar más en las manos que en las máquinas. Que confiemos más en la naturaleza y en nuestro propio ser interior que en los sistemas, y que confiemos a la vez los unos en los otros. Porque somos personas, más allá de jóvenes o viejos. Más allá de pensar en uno u otro partido, político o social. Somos personas. Hace falta unión. La unión hace la fuerza. Y la fuerza hace la unión. En tal caso llegaríamos a un sistema ecológico que permitiría al mundo avanzar otra vez.

Y si no lo podemos hacer, si no hay posibilidades de hacerlo, tengamos aunque sea el honor de decir la verdad, el honor de no engañar a la gente. No llamemos por ejemplo países en desarrollo a países en los cuales la evolución no es hacia arriba, sino que es hacia abajo. Que cada vez que se visitan hay menos comida, hay menos ropa, no hay trabajo, no hay nada.

Pero claro, nos conformamos con palabras. Les decimos: «Pueblo de tal –se están muriendo de hambre, pero no importa– ustedes están en desarrollo. Esperen un poco más. Ya viene. Es el progreso». Mientras tanto se les manda metralletas, bombas, misiles… Eso no sirve para comer. Pero, ¡qué más da!, están en desarrollo.

Digamos la verdad, entonces. Digamos que somos egoístas. Que lo único que queremos es vivir nosotros, y que no nos importan los mil millones de pobres que hay en el mundo. Sería más honrado, sería más legítimo.

En el siglo pasado, una vez le preguntaron a la reina Victoria de Inglaterra por qué morían unos diez mil soldados británicos por año. Y la reina Victoria habló muy claramente. Le dijo a las dos Cámaras, a la de los Comunes y a la de los Lores: «Si quieren seguir teniendo el Imperio, tienen que seguir muriendo diez mil personas por año para mantenerlo. Si no quieren que mueran, hay que eliminar el Imperio. Elijan». Y dijeron: «Que siga el Imperio, aunque mueran esos diez mil». Se equivocasen o no, se atrevieron a decir la verdad. Hoy, generalmente, no nos atrevemos a decir la verdad.

Nuestra proposición es volver a decir la verdad, por lo menos la que sentimos, la que tenemos en el corazón. Podemos estar equivocados, pero decir la verdad. Tratar de buscar caminos verdaderos, y dar a los jóvenes la oportunidad de vivir sus propios aciertos y sus propios errores más allá de los clichés, más allá de los caminos que les pudieron haber dado sus mayores. Que no repitan los errores ni de hace diez años, ni de hace veinte, cuarenta o cien años. Que traten de hacer realmente un mundo nuevo y mejor.

 

Jorge Ángel Livraga

Créditos de las imágenes: Matese Fields

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Referencias del artículo

Conferencia pronunciada el 17 de mayo de 1985 en Lisboa, Portugal.

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