Exploraciones y conquistas: el viaje de las ideas

Autor: Mª Dolores F.-Fígares

publicado el 15-08-2021

Entre las dos polaridades extremas en el eje equinoccial del mundo, China en Oriente y en Occidente la zona de influencia de la cultura griega: Italia, sur de Galia, Sicilia, Cartago, Cerdeña y la costa sudeste de España, se han ido tejiendo a lo largo de los siglos las influencias y las civilizaciones. Las ideas han viajado por los más insospechados caminos, fecundando a su paso las grandes extensiones donde surgieron las culturas de los pueblos semitas, Irán y la India, verdaderos intermediarios, lugares de síntesis perdurables.

Ferécides de Siro

Vista del norte de Syros, desde la cueva del filósofo Ferécides

Aunque tenemos la idea de dos mundos distintos, que viven la Historia con ritmos diferentes, Oriente y Occidente han compartido desde antiguo formas culturales, medios técnicos, hasta el punto de que la división entre los dos mundos es artificial y sólo procede de una oposición inventada por el reduccionismo. También es inexacto atribuir a las llamadas «culturas superiores» todos los avances civilizatorios, y a los pueblos que han invadido sucesivamente sus dominios considerarlos como bárbaros carentes de toda cultura, pues ellos también contribuyeron a incrementar el acervo cultural.

Carros y caballos

Uno de los rasgos comunes que encontramos en la gran franja horizontal del mundo es el uso guerrero del carro de combate. En el segundo milenio a.C. el carro de guerra de dos ruedas estaba extendido en todos los pueblos, desde la India védica, hasta Egipto del Imperio Nuevo, los chinos o los griegos de Micenas. Era una forma de combatir propia de los nobles, que daba prestigio y exigía el manejo de armas como la lanza.

Un cambio considerable se produjo en la distribución de fuerzas cuando los nómadas de las estepas eurasiáticas en el primer milenio introducen el montar a caballo, que fue lo que dio el triunfo al rey medo Ciaxares y a Ciro el Grande para iniciar el imperio persa. Los últimos en montar a sus mejores guerreros en los veloces caballos y armarlos con arcos y largas espadas fueron los chinos en el siglo IV a.C., con Wu ling de Chao, en su lucha contra los nómadas de las fronteras del Norte. Los celtas y los germanos también lo adoptaron.

Esto quiere decir que los pueblos nómadas en Eurasia septentrional, que se extiende desde el desierto de Gobi hasta el Danubio y el Oder, desarrollaron formas de progreso civilizador, al mismo tiempo que amenazaban con sus incursiones a las culturas que se encontraban en la frontera sur de la amplia extensión eurasiática.

Otros cambios culturales que se fueron introduciendo procedían también de la zona noreurásica, como la costumbre de representar animales en el arte, que vemos en los frisos hititas, asirios o iranios, o en los vasos de cerámica protocorintios (750 a.C.), y que llega también a China.

La tensión de los bárbaros nómadas que amenazaban desde el norte a las culturas superiores del sur provocó la construcción de murallas y fortificaciones, y por lo tanto el desarrollo de técnicas arquitectónicas, desde China hasta Macedonia, pasando por Bactria. También se hicieron calzadas, que dieron posibilidad a las relaciones comerciales.

Exploraciones y conquistas

Con Wu ti los chinos empezaron la apertura a Occidente. Chang-kien, mensajero imperial, trajo a China la viña, la robusta raza de caballos iranios, y el trébol de alfalfa, necesario para su alimentación. En el año 106 parte la primera caravana de Oriente a tierras occidentales. Se abrieron lo que luego serían las rutas de la seda, estableciendo un lazo entre Mesopotamia, Irán y China. Por esa vía también circularon los misioneros budistas, y más tarde cristianos, maniqueos y musulmanes. De China fueron llegando a Occidente innovaciones tecnológicas como la brújula, el papel, la imprenta de tipos móviles, la pólvora, el hierro forjado, las carretillas, el timón, entre otras invenciones, algunas de las cuales fueron aprovechadas por Occidente varios siglos más tarde de su implantación en China.

Por su parte, el rey persa Darío I (521-485 a. C) había enviado también al griego Escilax de Cariandan a explorar el valle del Indo desde su curso superior, haciendo posible un enlace naval desde la desembocadura del río hasta el mar Rojo y luego se alcanzaba el Nilo mediante un canal de enlace que había sido construido por el faraón Necao (609-594 a.C.) y que Darío restaura (no estaba lejos del actual canal de Suez). Sometió el Noroeste de la India y fomentó el comercio marítimo y terrestre. Los modelos artísticos aqueménidas por otra parte no dejaron de influir en el reino indio de los Maurya.

La influencia griega en tierras orientales llegaría por la vía de los dos siglos de dominación del reino helenístico de Bactriana, independizado desde el 250 a.C. Seleuco había renunciado a las provincias indias, entregándolas a Chandragupta, fundador de la dinastía Maurya; los diadocos (sucesores) volvieron a recuperar los territorios, sobre todo Demetrio I y llegaron a pactar con Asoka. Uno de aquellos reyes se convirtió al budismo, como consta en el Libro del Rey Milinda, o «Milindapanha». Se trata de Menandro, que había reinado en las regiones del Indo y del curso superior de Ganges en 160-142 a. C. Este rey había sucedido a Estratón y era citado por Plutarco como el ideal del gobernante griego. Nació en una Alejandría, no se sabe si la de Egipto o la del Cáucaso. El centro de su reino era Gandhara. Después de Menandro, o Milinda, los territorios griegos de la India se dividieron en pequeños reinos, que sostenían entre sí continuas guerras; el rey de uno de ellos, Antiálcidas (100-85) se hizo seguidor del visnuismo.

Estos griegos de Bactriana tomaron contacto con los chinos de los primeros Han y se deja ver su influencia en los trabajos de taracea, con damasquinados en oro y plata sobre los vasos de bronce, tan característicos de la dinastía. En el 129 los pueblos nómadas Yue-chih invaden Sogdiana y Bactriana, según cuenta Apolodoro Artemita, historiador de este reino, que había viajado él mismo varias veces a Oriente. Hace poco se han encontrado templos de estilo corintio en las montañas afganas. Pues bien, Apolodoro dice que Bactriana era el país de las mil ciudades y en su capital, Bactra, había mercados y una potente fortaleza. Era también la patria y fortaleza del zoroastrismo. Los sucesores de estos reyes greco-bactrianos son los Kushana del Irán oriental, uno de cuyos reyes, Kanishaka, (siglo III) fomentó la relación entre India y el arte occidental, como puede verse en una lápida encontrada en el norte de Afganistán, en la cual Heracles lleva los emblemas de Shiva y Budha. A la muerte de Vasudeva I el reino kushana se dividió y después fue absorbido por los sasánidas.

La filosofía

A comienzos del primer milenio concluyen los grandes desplazamientos de pueblos, se desarrollan panteones religiosos, la épica y los himnos. Se trata de un «tiempo eje», como lo llama Jaspers, de extraordinaria fecundidad, tanto en Oriente como en Occidente, enlazados en momentos especiales. El período comprendido entre el 600 y el 500 a. C. es ciertamente dorado para toda la Humanidad, pues en un corto lapso florecieron en todas partes los más grandes sabios, cuyas doctrinas marcaron para siempre un nuevo giro en la historia. Es época brillante para la filosofía universal, pues alcanzan su formulación todas las tendencias; Confucio y Lao Tse, en China, junto a los filósofos Mo ti, Chang Tse y otro muchos. En India se recopilan los Upanishads, Sidartha Gotama el Budha predica su mensaje y se desarrollan ladas las corrientes filosóficas: desde el escepticismo hasta el materialismo. En Persia, Zoroastro inspira con su doctrina de la lucha entre el Bien y el Mal. Palestina ve surgir a sus grandes profetas, como lsaías, Elías y Jeremías. Y Grecia recibe a Homero y a los grandes maestros presocráticos.

El enigmático Ferécides de Siro

Entre aquella profusión de sabios, destaca Ferécides de Siro, simbolizando el puente entre Oriente y Occidente, con su influencia sobre Pitágoras.

Los autores antiguos difieren entre sí sobre su origen: según una tradición sería contemporáneo del rey lidio Aliates (605-560 a. C.) y de los Siete Sabios, que fueron fechados en tomo al eclipse predicho por Tales en 585/4 a. C; según otra tradición que se basa en Apolodoro, habría sido contemporáneo de Ciro, una generación más joven que Tales y coetáneo, aunque más joven, de Anaximandro. Esta versión además concuerda con la tradición pitagórica posterior, según la cual Pitágoras enterró a Ferécides en Delos, después de haberle cuidado cuando enfermó de pediculosis, dato que resulta elocuente de la relación discipular que vinculaba al brillante maestro jonio con el enigmático sabio de Siro. Esta ausencia temporal, para cuidar y después enterrar a su Maestro, le salvó la vida a Pitágoras, pues fue el momento en que se produjo la agresión a la escuela pitagórica por parte del resentido Cilón, si bien este asunto no ha quedado del todo claro en las diversas versiones que existen sobre el hecho.

El perfil biográfico que aparece tras los escasos datos que podemos manejar, nos los presenta como dotado de unas cualidades excepcionales, entre ellas la capacidad para predecir los terremotos y otros acontecimientos, como por ejemplo la victoria de los habitantes de Éfeso sobre los de Magnesia.

Algunas de las escasas referencias que existen de las obras de Ferécides las hace H.P. Blavatsky en el tomo V de Doctrina Secreta. Cita a Kircher y su afirmación de que en la biblioteca de Alejandría, fundada por Tolomeo Filadelfo, se encontraban pergaminos que se salvaron del incendio que destrozó la gran institución. Entre los autores de tales obras, como Hermes Trismegisto, o Beroso, se encontraba Ferécides de Siro.

Refiere más adelante cómo autores antiguos como Hexiquio de Mileto, Filón de Biblos y Eustacio acusan todos a Ferécides de haber basado su filosofía y su ciencia en tradiciones demoníacas, es decir en la brujería. Cicerón afirma que Ferécides es potius divino quam medicus: más bien un agorero que un médico.

Sus vaticinios y profecías han quedado como testimonio de los poderes de este mago, gracias a las referencias aportadas por Diógenes Laercio: Ferécides predijo el naufragio de un buque, a muchas millas de distancia, la derrota de los lacedemonios por los arcadianos y su propia muerte.

Se le relacionó con el zoroastrismo y su pensamiento tiene motivos orientales evidentes, lo cual concuerda con la afirmación tradicional de que había tenido acceso a los libros secretos de los fenicios.

H.P. Blavatsky cita a De Mirville, cuando dice sobre Ferécides: admite la primordialidad de Zeus o el Éter, y luego, en el mismo plano, otro principio coeterno y coactivo, al que llama quinto elemento, u Ogenos. La palabra Ogenos significa «encerrar, retener, cautivo, y eso es el Hades».

La obra fundamental de Ferécides, que conocemos gracias a la Gruta de las Ninfas de Porfirio (obra por lo demás esencialmente mistérica) comienza con una frase que establece una tríada primordial: Zas, Cronos y Ctonia existieron siempre, que rechaza la creación ex nihilo, y que se ha visto después en autores como Heráclito. Zas es una forma etimológica de Zeus.

Sigue diciendo el poema: Ctonia recibió el nombre de Ge, después que Zas le dio a Ge como regalo (o prerrogativa)… Crono produjo de su propio semen al fuego, al viento, o aliento, y al agua… de los que, una vez dispuestos en cinco escondrijos, se formó otra numerosa generación de dioses, la llamada «de cinco escondrijos», lo que, acaso, equivale a decir «de cinco mundos». Por su parte, Porfirio dice que Ferécides, con eso de los escondrijos, se refiere en enigmas a las generaciones y muertes de las almas.

Es posible que la referencia a los escondrijos tenga raíz babilonia, pues los babilonios imaginan el mundo de los muertos con siete regiones y en el mito del descenso de Ishtar esta tenía que pasar a través de siete puertas.

En un manuscrito recoge Clemente de Alejandría lo siguiente: le hacen muchas y grandes salas. Cuando acabaron todas estas cosas… al llegar el tercer día de boda, Zas hace un velo grande y hermoso; pinta en él a Ge, u Ogeno y los aposentos de Ogeno «porque quiero que las nupcias sean tuyas te honro con esto. Salve y sé mi esposa». Ogeno es un nombre que Ferécides emparenta con Océano. Este velo sería una alegoría de un acto de creación. Proclo añade otro fragmento al relato: Zeus, cuando estaba a punto de crear se convirtió en Eros, porque, habiendo compuesto el mundo de opuestos, los puso de acuerdo y en amistad e inseminó todas las cosas mismeidad y unidad que penetra todo el universo.

El velo bordado estaba sobre una encina alada (que representa el bastidor donde se hizo la tela, y alada = que se mueve). La encina representa el armazón de la tierra. Su tronco y ramas son el soporte y las raíces de la tierra. Sobre ellas coloca Zas el velo bordado con la tierra y Ogeno, que representan la superficie de la tierra, plana o ligeramente convexa. Se menciona la encina por su vinculación con Zeus.

Posteriormente viene una lucha entre Cronos y Ofioneo (monstruo semejante a una serpiente). Aquí aparece otra referencia a los fenicios: la batalla entre Zeus y Tifón tuvo lugar en Cilicia, en el monte Casio, junto al centro minoico protofenicio de Ras-Sharnra/Ugarit. Coincidía con la versión local de un dios-cielo y el monstruo serpiente.

La figura de Ferécides de Siro nos aparece como la de un mago, transmisor de una sabiduría enigmática, que a través de Pitágoras se vertió al mundo griego, dejando tras de sí una larga estela de misterios, corno ha sucedido con los grandes personajes de la Historia.

 

Bibliografía

H.P. Blavastky: Doctrina Secreta. Vol. V. Kier. Buenos Aires, 1979.

Diógenes Laercio. Vidas, opiniones y sentencias de los Filósofos más ilustres. Visión libros, Ediciones Teorema, 1985.

G.S. Kirk y J.E. Reven. los Filósofos Presocráticos. E. Gredos. Madrid, 1969.

VV.AA las culturas superiores de Asia Central y Oriental, vol. l. Espasa-Calpe, Madrid, 1987.

Porfirio. Vida de Pitágoras. Biblioteca Clásica Gredos. Madrid 1987. La gruta de las Ninfas. Traducción de A. Barcenilla. Perficit, 2ª ser. I (1968)

Francisco L. Lisi. La teología de Ferécides de Siro. Helmántica, 36. 1985

Créditos de las imágenes: Evangelos Nikitopoulos

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