Platón, en su República, advierte del peligro de divinizar a Homero sin entender los significados ocultos de sus obras. Así sucede, por ejemplo, al dar motivos para sentir pavor a la muerte (por las palabras de Aquiles en el Hades, según la Odisea) o al presentar una excesiva humanización de los dioses, en una cadena sin fin de infidelidades amorosas y excesos de todo tipo, etc.
Los filósofos neoplatónicos —por ejemplo, Porfirio en su Antro de las ninfas—, así como el autor de Sobre la vida y poesía de Homero, obra atribuida inicialmente a Plutarco, son un ejemplo de la necesidad de una hermenéutica que bucee en las esencias de las obras de un personaje tan asombroso como el autor de la Ilíada y la Odisea, ya sea este personaje singular o colectivo, histórico o mítico.
El examen de las etimologías nos hace percibir, a veces de un modo fácil y otras no, la importancia de los nombres en estas obras, tal y como desarrolló Platón en su libro Cratilo, un texto, como el Nirukta védico, de metafísica en relación con el lenguaje y los nombres. Por ejemplo, el «jefe» de los pretendientes de Penélope, el más soberbio, hábil y peligroso, es Antinoo, cuyo nombre significa literalmente «antimente», o sea, el reverso oscuro de la mente, su dimensión egoísta y perversa, el centro en torno al cual giran todas las pasiones y que arruina y «devora» la luz del Alma.
El mismo nombre de Odiseo es muy llamativo, pues, según la explicación de Autólico, su abuelo, en la misma obra, viene del verbo griego Odyssomai, en la voz media o pasiva, que significa «el que sufre y hace sufrir», un nombre muy apropiado para quien encarna la misma naturaleza errante del alma humana, cuyo camino es inseparable del dolor.
En una clave quizás más esotérica, Odiseo representa el poder que mueve la historia, para que la humanidad, como río que debe correr hacia Dios, no se estanque en aguas putrefactas. Se trata de un poder cuyos representantes H. P. Blavatsky examina en su Doctrina secreta y que identifica con Narada en la mitología hindú o con el «cara de simio», Sun Wukong, el protagonista del asombroso libro chino Viaje al Oeste. Por eso, cuando la guerra de Troya está en un punto muerto, Odiseo la lleva a su resolución, pues estaba escrito en el libro del destino lo que habría de suceder (¿incluida la hybris, o desmesura, de personajes como Agamenón?).
Vamos a examinar algunas de estas etimologías en el libro del retorno de Ulises a Ítaca, de modo que nos sea útil para una interpretación simbólica e incluso filosófica. El lector interesado en estos nombres puede consultar la lista excepcional que hace Luis Segalá y Estalella en su traducción de la Odisea.
OUTIS. Con pequeños cambios, recuerda a la primera parte del nombre de Odiseo. Significa «nadie»; es el nombre con que engaña a Polifemo. Ou (no) tis (quién, alguien). En el texto original, cuando Odiseo le responde al cíclope, utiliza la fórmula: «Outis emoi g’ onoma» (Nadie es mi nombre para mí). La semejanza con Odyssomai es aún mayor. En sentido filosófico podemos decir que «nadie es su nombre», pues lo está haciendo y rehaciendo con sus actos y no es real hasta que complete su camino, hasta que llegue a Ítaca.
POLIFEMO. «El muy renombrado», «del que se habla mucho». Por su gigantismo y fuerza bruta. Irónicamente, no por el uso de su palabra, pues es bárbaro, incivilizado. Quizás sea también una ironía, al explicarse en los Misterios el origen de la humanidad en este tipo de gigantes con un solo ojo, y ser un tema «del que nada se debía hablar directamente».
CÍCLOPE. El de ojo (ops) circular (kyklos). En la Antigüedad clásica se hacía una relación entre los cometas y los cíclopes: como un gigante en el cielo del que solo podíamos ver el ojo circular brillante y el cuerpo difuso alrededor. El cometa era un «gran ojo ardiente en el firmamento» que perturbaba el orden de Zeus, la armonía a que sujetó el mundo venciendo a gigantes y titanes, como si fuera un catalizador del karma colectivo o de pasiones que se liberan de su encierro y actúan sobre la humanidad entera. Por ello, la aparición de un cometa era un presagio de acontecimientos funestos, de guerras, plagas, del despertar de fuerzas caóticas y salvajes, de la fuerza bruta sin ley ni civilización (como se describe al cíclope Polifemo). Polifemo, hijo de Poseidón, remite a las corrientes del mar primordial y a los terremotos: nada debe a Zeus ni al orden olímpico (el de la naturaleza actual), y lo quebranta.
Por eso H. P. Blavatsky dice que lo que son «meteoros, cometas y toda clase de cuerpos cósmicos ocasionales y fenoménicos» en el cosmos son, en el hombre, «sus pasiones y emociones, o sea, los meteoros y cometas morales de la naturaleza humana», y los vincula en el feto humano con la vesícula umbilical —con clara semejanza a un cometa, «y que lleva al feto, por osmosis, las influencias cósmicas extrañas a la madre»— y con la humanidad de los cíclopes, agitada por primera vez por estas pasiones.
PENÉLOPE. «La que teje», de Peenee (hilo, trama) y lepein (desgarrar, pelar) o loopee (manto, vestidura). También se asocia al ave Penelops, un ganso de bello plumaje y estrictamente monógamo (lo que refuerza su papel en esta obra).
Recordemos que el ganso u oca es símbolo del Alma en la materia, y del Eterno Femenino, y de la Sabiduría (como la prudencia de Penélope). La que teje o desgarra es también la Luna (de nuevo el Alma o lo Femenino en la Naturaleza), dadora de vida y de muerte. La acción de la Luna en la naturaleza es como la de las mareas que genera: teje su luz e influencia hasta la luna llena y las desteje hasta la luna nueva. En este caso, la función del Sol es ejercida por el héroe masculino, Ulises, que, como Hércules, debe superar sus pruebas antes de retornar a su morada celeste.
LAERTES. «El que reúne al pueblo», indicando su función de antiguo rey de Ítaca, como padre de Ulises que es. De laos (pueblo) y eirein (reunir, atar, unir). En una clave alquímica, como Adán primordial o agricultor, siempre ligado a la tierra o trabajando en ella, quizás sea la misma materia primordial, la tierra negra que trabaja el alquimista, o incluso la Tierra, que reúne a la gente, mientras que Penélope, que teje y desteje la mortaja de Laertes (la Tierra), es la Luna, y Odiseo pertenece a la raíz del Sol o representa el oro alquímico que sufre todo el proceso de depuración.
La diosa Atenea, en esa misma versión, es el poder de la mente divina, o sea, Venus; Hermes es el planeta y dios Mercurio, y Zeus, el Logos solar.
NAUSICAA. Esta bella y admirable joven es quien socorre a Ulises en su naufragio en la isla de los feacios. Termina enamorada del héroe y bien se habría quedado el rey de Ítaca en este país y con ella si no sintiese la imperiosa necesidad de volver a su reino. Su nombre significa «la que quema las naves», de nau (barco) y caio (quemar). De hecho, Ulises ya no vuelve en su barco ni construye uno, sino que es llevado en las naves de los feacios. No hay más barcos en su vida después de llegar ante Nausicaa.
Todo el país de los feacios es muy misterioso, como si fuera un sueño de felicidad. Es como si fuera lo que en la tradición hindú y la teosófica llaman «devakán». Un lugar de felicidad pura, de fuego mental, en el que descansa el alma con la intimidad de todo cuanto haya soñado bueno, justo, verdadero y bello.
El nombre del rey de esta isla es Alcinoo, «el de mente poderosa» y justa (todo lo contrario de Antinoo), y constituye un modelo de fortaleza, justicia y capacidad de gobernar. El de la reina es Arete, «aquella a quien se reza», nombre semejante a areté: virtud, excelencia, perfección, nobleza y eficacia.
Y el reino mismo o isla es Esqueria, palabra que se traduce como «playa continua», pero que también se lee como «la que contiene, o retiene», lo que identificaría la dimensión mental en que quedan retenidas las semillas de todos los actos, palabras e intenciones, o la que detiene temporalmente el impulso de la vida (las barcas) para que descansen y retomen las fuerzas, como en el texto místico egipcio en que se pregunta por el nombre secreto de la cala (de la barca) y se la llama «la que alimenta».
CIRCE. Es la maga, hechicera y divina hija del Sol. Es también la naturaleza misma en la que este poder realiza sus transformaciones, en círculo. De ahí que los filósofos neoplatónicos relacionasen su nombre con kyklos, círculo. Giordano Bruno llama, por ejemplo, al poder del sexo en la naturaleza «encantamiento circeo al servicio de la procreación». Es así el deseo, el poder de la vida en los mundos materiales y psíquicos: la luz astral, desarmada ante quien se domina a sí mismo (Ulises) con la voluntad humanizada y el poder de su inteligencia (Hermes).
La naturaleza realiza sus transformaciones alquímicas, acelera o desacelera las formas, detiene el tiempo, y se convierte para el alma en la rueda de las transmigraciones o de la metempsicosis. Los compañeros de Ulises, en quienes la sustancia humana no es pura aún, se convierten en cerdos, pero sin perder su interna luz humana en la forma de la razón, pues esta magia no afecta a la esencia.
Otras etimologías asocian a Circe con kirkos, el halcón, por la relación de esta ave con el Sol, del que sería símbolo, mientras que ella es su hija. El cáliz (de veneno o elixir de transformación) y la varita mágica expresan el doble poder femenino y masculino (yin y yang), que es la clave del dinamismo de la naturaleza y de la atracción y repulsión en ella, base de todas sus transformaciones.
LEUCOTEA. De leukós (blanco) y theá (diosa). Esta deidad marina, que salva a Ulises, ha sido identificada con la divinizada espuma del mar o con la niebla blanca de la costa. Su velo mágico, kredemnón (que se dice que literalmente significa «lo que ata la cabeza»), es el que lo va a proteger de ahogarse. Pero antes él debe renunciar a todo, «morir»: abandonar la balsa maltrecha, desvestirse y arrojarse al mar. Y, cuando llegue a salvo a la playa, debe arrojar el velo tras de sí sin mirar atrás. Este velo debe rodear su pecho, su corazón, como si fuera el pericardio, que lo mantiene a salvo y protege.
H. P. Blavatsky relaciona las cuatro cámaras del corazón con los cuatro cuerpos de la personalidad y las tres envolturas (endocardio, miocardio y pericardio) con Manas, Buddhi y Atma. El pericardio sería Atma, la Luz Blanca o Luz de Osiris, la Unidad. Este velo de Luz Blanca se extiende entre dimensión y dimensión de la naturaleza, separándolas y uniéndolas al mismo tiempo. En cierto modo es la luz de Dios, o la luz de Dios en el mar de la existencia, que protege y sostiene todo lo que es intrínsecamente verdadero, y debe tener relación con lo que la filosofía budista llama «el continuum».
Recordemos que Leucotea, diosa marina, antes era Ino, una mortal, con lo que se juega con el concepto del umbral entre la vida y la muerte. Al morir, el Alma, antes de seguir su camino en otras dimensiones, se encuentra con este Dios de luz blanca que es el Dharma mismo, palabra cuyo significado también es la Ley, porque «sostiene» (dhr) e impide que lo real se hunda.
Este abandono, salto a lo desconocido o «estar en las manos de Dios» es el silencio y la pureza del umbral necesarios para acceder a lo real, a la unidad, y, desde él, continuar la senda, sin volver la mirada atrás. Por eso las puertas estaban regidas por Jano en Roma o por Amón en Egipto, el primero de los dioses.
También la espuma blanca es un misterioso estado umbral entre el agua líquida y el aire, y está siempre asociada a Venus, la diosa del amor.
ARGOS. Es el perro de Ulises, que lo reconoce después de veinte años, cuando llega a su palacio en Ítaca, aunque el héroe viene transformado en mendigo. Muere tras hacerlo, como si lo hubiera esperado para sumergirse en la paz.
Su etimología remite a arg-, «brillante», «blanco», en su raíz indoeuropea, que luego, en el griego homérico, va a significar también «rápido, fulgurante», como el rayo. Es curioso que el color blanco azulado del rayo, y en general de la electricidad, sea semejante al blanco intenso con destellos azulados de la estrella Sirio.
Orión es Osiris (y Ulises, el cazador, en otra clave); Argos sería Anubis y la constelación del Can (y más específicamente la estrella Sirio), tan sagrada para los griegos que juraban por ella. El Argos de la Odisea habita entre detritos y basura; Anubis reina sobre las sombras y entre las mentiras, para ayudar a salir de ese laberinto. La muerte, la paz o el reencuentro de Ulises con Argos señalan el comienzo del fin de sus trabajos, de la matanza de los pretendientes. Simbólicamente, es Anubis en las Puertas de la Iniciación, o Sirio, la Estrella Guía de la misma.
CALIPSO. Significa literalmente «la que esconde», «la que oculta», «la que cubre», y su isla, Ogigia, se halla, según la Odisea, en un lugar inaccesible, el ombligo del mar. La ninfa Calipso ofrece la inmortalidad a Ulises, pero aceptarla supondría también la pérdida del nombre (porque no culminó sus hazañas) y de sus funciones como rey, como esposo y padre.
Esta inmortalidad no es la de los dioses del Olimpo, cuyas funciones se entretejen como la luz en el seno de todo lo que vive, y con un dinamismo que es el de la vida, inmortal. Es una inmortalidad en que todo será eternamente igual, una infinidad de días en perpetua paz y reposo. Por eso Ulises llora junto al mar, porque él no ha terminado su camino, no ha regresado a su casa. Es una inmortalidad egoísta, autocentrada (la isla en el medio de todo), de felicidad no compartida, que nada ve ni mira.
Quizás su significado oculto sea el acceso a lo Eterno que el budismo identificó con los Pratyeka Budas o con la «vestidura Dharmakaya», en la que el alma, retornada a la esencia, se olvida y pierde el vínculo de acción y sentimiento con todo lo que existe. De hecho, la isla de Calipso se llama Ogigia, que significa «primogénito», «primordial», «el amanecer más temprano». Ella misma es hija del titán Atlas, o sea, más allá del tiempo (Cronos) y de la Armonía del Mundo posterior (Zeus).
Calipso le ofrece volver a la paz y seguridad del seno materno, antes de la aventura, de la necesidad de ser, de la realización de los sueños. Pero no puede ser así, pues el héroe se halla en el seno de la aventura, de la necesidad de ser y de retorno, del combate contra las dificultades que le permiten la realización de los sueños.
¡ULISES DEBE RETORNAR A ÍTACA!
José Carlos Fernández
Créditos de las imágenes: ChatGPT





