En el nombre de Dios

Autor: Jorge Ángel Livraga

publicado el 05-02-2026

En el nombre de Dios se hicieron las cosas más grandes y más bellas.

En el nombre de Dios se levantaron los menhires y los dólmenes de remota antigüedad; se pintaron las cavernas con murales de un dinamismo sobrecogedor antes de la glaciación Würm; se construyeron las pirámides de Egipto y el complejo religioso de Karnak-Luxor; se elevaron las pirámides escalonadas de Yucatán, coronadas por templetes empenachados de inmarcesibles plumas pétreas de quetzal; se excavaron los laberintos de Chavín, en Perú, con su colosal órgano hidráulico del patio circular.

En el nombre de Dios, Pericles mandó reconstruir un Partenón en el cual la dinámica estética se adelantaba 25 siglos a la teoría del espacio curvo de Einstein; se trazaron hace más de dos mil años las enigmáticas figuras de la Pampa de Nazca; se hicieron el Panteón de Roma; la columna de hierro de Asoka; la catedral de Notre Dame de París; el Laberinto de Chartres, y el Escorial.

Moisés

Escultura de Moisés, de Miguel Ángel, en la tumba del papa Julio II en Roma, San Pietro in Vincoli.

En el nombre de Dios se escribieron los Vedas, el Mahabarata, el Evangelio de Asvagosha, las Leyes de Manú, el Libro de la Oculta Morada, el Libro del Dzyan, los Evangelios Cristianos, la Kábala, el Corán…

En el nombre de Dios habló Sócrates y escribió Platón. Nos dejaron sus enseñanzas un Heráclito y un Aristóteles, un Séneca y un Marco Aurelio.

En el nombre de Dios escribió Con-Fu-Tsé y habló Lao-Tsé.

En el nombre de Dios predicaron Sankaracharia y San Francisco; Santa Teresa de Ávila y Pachacutec. Hicieron música Wagner y Beethoven.

En el nombre de Dios pintaron Apeles y El Greco. Esculpieron Praxíteles y Leonardo. Escribieron el Príncipe Amman y Cervantes; Homero y Shakespeare; Goethe y Amado Nervo.

En el nombre de Dios cabalgaron Arturo y el Cid.

En el nombre de Dios… en el nombre de Dios… En el nombre de Dios…

Sí… Pero también en el nombre de Dios se quemó la biblioteca de Alejandría; Tamerlán hizo su pirámide de cráneos y manos; Asoka arrancó ojos; los brahmanes quemaron vivas a las viudas; los católicos arrasaron México y Perú; rodó la cabeza de Thomas Moro y se incineró a Giordano Bruno; se hizo apostrofar a Galileo y se martirizó a la Doncella de Orleáns; se levantaron las hogueras de la Inquisición y se mató a balazos a Gandhi.

La milenaria fórmula de “En el nombre de Dios” no es garantía de bondad; pues en su nombre se hicieron las acciones más bellas y las más aberrantes.

Un verdadero filósofo debe estar alerta y tratar de no repetir errores, pues el pasado es cantera de experiencias más que modelo inamovible de santidades.

Debemos ser prudentes respecto a invocar a Dios, pues pasadas las divinas emanaciones a través del tamiz de los seres humanos, muchas cosas se envilecen. No basta con repetir los nombres divinos. Hace falta que un sano discernimiento y la conciencia de nuestra propia pequeñez nos lleve a obrar justamente, a no hacer el mal, a no mentir ni difamar. A ser ecuánimes. A no dejarnos arrastrar por la ira. A ayudar a los débiles y a los enfermos y a no menoscabar a los fuertes y a los sanos. A no burlarnos de lo que no entendemos ni ensalzarlo tampoco.

Dios, para los seres humanos, en lugar de tema vano de conversación, debería ser guía de rectas y nobles acciones, inspiración espiritual, misterio en nosotros.

En el nombre de Dios… no le hagamos cómplice de nuestras fechorías ni de nuestros errores propios de nuestra humana condición. Seamos FILÓSOFOS; no somos curas, ni bonzos, ni rabinos. Allá ellos con lo suyo… Nosotros a lo nuestro, que es intentar que la verdad resplandezca en la Tierra más allá de las formas geopolíticas y eclesiásticas.

 

Créditos de las imágenes: David Ramírez

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Referencias del artículo

Artículo aparecido en la revista Nueva Acrópolis nº 102, en el mes de febrero de 1983

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