El mito osiriano en la religión y la magia egipcia

Autor: Jorge Ángel Livraga

publicado el 26-10-2015

La antigua religión egipcia es una de las más completas y mejor conocidas en nuestros días, aunque sea superficialmente. Pero como cada momento histórico tiene una simbología y una apreciación diferente, más que juzgar el pensamiento egipcio, deberíamos observarlo a fin de captar el mayor número de elementos posibles de este enigmático panteón.

Nueva Acrópolis - Osiris

Interior del Templo de Hathor, en Dendera, mostrando las diosas Isis y Neftis protegiendo el cuerpo de su hermano Osiris

El primer interés de Occidente por Egipto empezó con Herodoto, y aunque él no llegó a conocerlo más que en plena decadencia y casi desvirtuado, le asombró lo que quedaba de antiguas creencias y simbolismos. El mismo nombre del país era Kem o Kemi, que significa el País Rojo. La palabra «Egipto», que procede del griego, significa «lo desconocido».

En la época romana ya no se escribía en Egipto el lenguaje jeroglífico, sino otro mucho más esquematizado, el demótico, y ya nadie podía descifrar las antiguas inscripciones de los templos, salvo los últimos sacerdotes de Isis en la isla de Philae. Pero con la caída del Imperio Romano este conocimiento desaparece completamente, hasta el hallazgo de la famosa Piedra de Rosetta por las tropas napoleónicas.

La primera excavación hecha en la Gran Pirámide la realiza, en la Edad Media, Al Mamuz; él nos da noticia de que había encontrado cofres dorados en los que los egipcios guardaban a sus reyes.

Posteriormente, en el Renacimiento, la Iglesia hizo excavaciones y se encontraron obeliscos egipcios que habían sido transportados por los romanos hasta la capital.

Pero hasta que Champollion logra, a través de la Piedra Rosetta, la traducción de más del 40 % de los signos jeroglíficos egipcios, no se empieza a conocer realmente algo, no solo de las formas, sino del espíritu de Egipto. Las excavaciones posteriores van a aportar una serie de papiros importantes, especialmente del mal llamado Libro de los muertos, porque aparecía en muchos sarcófagos, y que se llama en realidad Libro de la Oculta Morada. También se llega a saber que muchos de los templos egipcios no eran funerarios, sino monumentos religiosos en los cuales los personajes notables de aquel tiempo se hicieron enterrar.

Recordemos cuáles son las teorías que actualmente existen sobre la religión y la magia egipcias y qué tradiciones se derivan de ellas. Aclaramos que desde el punto de vista simbólico y esotérico, la palabra «Magia» significa «Magna Ciencia» o «Magno Conocimiento», y que era un saber que relacionaba todas las cosas, algo que hoy nos es muy difícil poder concebir.

Evidentemente, las últimas investigaciones demuestran que la cultura egipcia no devenía de las de tipo lítico prehistórico. ¿De dónde entonces? No lo sabemos con certeza. Hay muchas teorías. Algunos sostienen que su origen procede de la famosa Atlántida que, tras su hundimiento en el mar, habría pasado parte de su legado al país de Kem. Otros dicen que proviene de la India, pues «Nilo», en sánscrito, significa «azul».

¿Qué afirmaban los egipcios de ellos mismos? Que habitaban el país desde hacía miles de años, y que la época ahora llamada «dinástica», a partir de Menes, no había sido más que un período posterior al de otros reyes como Horus, Escorpio u Oxirrinco…, llegando en este retroceso hasta una cifra superior a los setenta mil años. Desde luego, entre los egipcios existió una verdadera religión. Si pensamos que las religiones modernas, en pocos siglos, han vivido muchos cambios y variaciones, dentro de Egipto debió de ocurrir el mismo fenómeno, y dentro de un común credo existieron distintas formas religiosas, según las ciudades y las épocas. Pero Egipto tuvo algo que es difícil descubrir en otros pueblos con tanta fuerza: supo variar lo variable y mantener lo invariable. Si variaron las formas externas, hubo en cambio una corriente que venía desde el fondo de la Historia, corriente a la cual podríamos asociar el Mito Osiriano, como médula central de todo el proceso religioso.

Para entender mejor este mito, hay que apuntar que los egipcios creían firmemente en la existencia del Alma y de Dios, y aunque fueron acusados de politeístas y de adorar animales, no debemos juzgarlos desde nuestro punto de vista, sino tratar de comprender el suyo, conociendo sus mitos y su simbolismo. Los egipcios, más que politeístas, eran panteístas, entendiendo que la Deidad está en todas partes, en todas las cosas, pero en potencia. Para poder ser captada por el Hombre, era este quien primero debía transmutarse mediante una serie de esfuerzos.

Asimismo los egipcios creían en la reencarnación. Las Almas, tras la muerte, pasaban a una zona intermedia o la Duat, un tipo de «Purgatorio», en donde los hombres, al no disponer de los medios terrestres, se encontraban como en un vacío. El hombre que tenía suficiente fuerza espiritual podía sortear las pruebas de la Duat, y entonces pasaba al Amenti, que significa Tierra de Amón. El Amenti era el lugar de las Almas bienaventuradas, un paraíso, y si esas Almas desarrollaban aún más energía, podían subir a lo que llamaban La Barca de los Millones de Años. Pero para quienes no alcanzaban esa Liberación total, quedaba un regreso a la Duat y un nuevo descenso a la tierra física.

A partir de aquí, el Mito Osiriano nos muestra una narración religioso-simbólica. Dice que existían en un tiempo hombres primitivos –no salvajes, sino antiguos–, y que para acompañarlos y aconsejarlos existía una Tríada Divina, emanada de otras Deidades superiores; esta Tríada estaba constituida por Osiris, Isis y Horus, hijo de ambos.

En una ocasión, los Dioses, reunidos, dándose cuenta de que Osiris se estaba tornando demasiado importante, lo invitaron a reunirse con ellos. Osiris tenía un hermano o contraparte negativa, como siempre sucede en estos relatos mitológicos. El hermano de Osiris era Seth, representado como un monstruo en forma de cocodrilo. Seth, en la reunión, explica que regalará una caja o cofre muy bello a aquel de los Dioses que demuestre que cabe perfectamente en su interior. Ninguno pudo hacerlo bien porque, o faltaba, o sobraba lugar, pero Osiris entró cómodamente, dado que el cofre había sido hecho a propósito a su medida. Aprovechando que estaba dentro, Seth selló el cofre con plomo, lo arrojó al río Nilo, y así llegó navegando hasta el Mediterráneo, donde, de acuerdo a las versiones, quedó anclado junto a un árbol de la costa.

Isis, su esposa, consumada hechicera, por medio de un espejo mágico, logra descubrir su paradero y rescatarlo. Pero Seth, temeroso de que pudiese resucitarlo, parte el cadáver de Osiris en 7, 14 ó 49 trozos, y los arroja en todas las direcciones del Universo.

Con la ayuda de Anubis, Isis logra encontrar todos los fragmentos menos la parte sexual, y así recompone un cuerpo mágico para Osiris, aunque se queja amargamente porque ya nunca podrá tener un hijo de su esposo. Entonces, también de manera mágica, queda preñada al ser rozada por un halcón, y de este modo nacería Horus. Más tarde Horus crece y venga a su padre destruyendo a su maligno tío.

Fundamentalmente este mito está relacionado con la resurrección, no de las mieses, como a veces se cree, sino de los hombres. Se trata de una Resurrección a la manera iniciática, de una resurrección interior y no del cuerpo. Desde el punto de vista de los Misterios, los hombres nacen «muertos» en lo espiritual; a partir de allí tendrán que empezar a «vivir» a través de un proceso especial (Iniciación), que les hará renacer en base a su propia semilla. Así, vemos la relación del Mito Osiriano con la Iniciación, lo mismo que en todos los ritos funerarios egipcios.

Se entendía en Egipto por Iniciación la posibilidad de acelerar un proceso natural, que es la evolución de la conciencia del Hombre. El Alma humana sufre un proceso de depuración y ampliación a medida que pasa el tiempo, es decir, que hay una equivalencia entre tiempo y conciencia. Pero si se puede acelerar el tiempo, se acelera también la conciencia, logrando en un pequeño trecho un gran avance. Existe un tiempo «psicológico», un tiempo no fijo, que demarca horas más cortas en nuestras alegrías, y horas terriblemente largas en nuestros dolores. Si tuviésemos que contar nuestra vida, notaríamos que podemos hacerlo en un par de horas, dado que no la recordamos completa, sino tan solo algunos momentos claves. Los egipcios, en su profundo conocimiento psicológico, trataban de mantener al Hombre siempre en ese estado límite de sus momentos importantes, para acumular una conciencia más intensa, viviendo el tiempo en cada uno de sus instantes.

La alienación egipcia era el ansia de tener cada vez más conciencia de la propia inmortalidad, del mismo modo que cada período histórico tiene y comprende sus propias alienaciones. Por eso momificaban sus cadáveres, no como un homenaje o resguardo material, sino para retener la parte física del muerto bien atada a la tierra, facilitando entonces el ascenso del Alma liberada. Hacia esto último era a lo que se tendía, y por eso la inmortalidad, las cosas eternas, eran su máxima preocupación. También nosotros hoy tenemos, si no las mismas creencias, sí la misma necesidad de creer y tener fe en cosas absolutas, en Algo que dure más allá de nosotros mismos. Cavando hondo y profundo en la Historia es como podremos encontrar ese Hilo de Unión y Duración, que enlaza el pasado con nuestro propio momento actual y con el Futuro que habrá de llegar.

Artículo aparecido en la revista Nueva Acrópolis de España nº 10, en el mes de octubre de 1974.

Créditos de las imágenes: Francesco Gasparetti

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Un comentario

  1. Ariana dice:

    Un articulo corto, claro y preciso. Que al ir leyendo aumenta la curiosidad de seguir acogiendo la informacion.

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