El lenguaje, reflejo de nuestro mundo interior

Autor: Delia Steinberg Guzmán

publicado el 05-03-2019

Muchas veces nos hemos preguntado cuál es el valor del lenguaje…

Aceptamos cómodamente la definición de que el lenguaje es una forma de expresión vertida hacia el exterior de nuestro mundo interior, pero aceptada esta definición, nada hacemos para comprobar si es verdadera o si, por lo menos, no siéndolo, podemos tornarla verdadera.

Comunicación - LenguajeAnte todo, para que el lenguaje sea una expresión, debe expresar algo, y el gran conflicto comienza cuando nos preguntamos a conciencia si tenemos algo que expresar… Por lo mismo que somos hombres, y aun aspiramos a ser Hombres, no se trata simplemente de expresar lo que podrían hacer los animales o las plantas, sino de encontrar una expresión que nos caracterice como lo que somos: como humanos.

De ahí la enorme importancia que tiene el cuidado y embellecimiento de nuestro mundo interior, ya que en él se gestan aquellos elementos que luego habrán de ser expresados a través de múltiples formas de lenguaje. Decía el emperador-filósofo Marco Aurelio, que el hombre debería pensar de tal manera que si en cualquier momento le preguntasen por sus pensamientos, pudiese responder de inmediato y sin avergonzarse… Eso revela, en primer lugar, el cuidado del mundo interior que antes mencionáramos, en el sentido de no dejar florecer ninguna hierba ajena al jardín de nuestro Yo superior; y en segundo lugar se refiere asimismo al embellecimiento de estos jardines, pues a estar con Platón, todo lo Bueno, todo lo Justo, ha de ser igualmente Bello.

La inarmonía exterior es fruto de una inarmonía interior. Si nuestros gestos y palabras son torpes y antiestéticos, es señal de que expresan otro mundo de torpeza y ausencia de belleza. La liberación no consiste en emplear desenfadadamente las peores palabras del vocabulario, sino en dejar en libertad a la mejor parte de nuestro ser -casi siempre dormida y relegada-, para que pueda expresarse más allá de las normas impuestas por el mal gusto. La liberación no es haber perdido la vergüenza de mostrar el cuerpo y ensalzar la materia por sobre todas las cosas, sino recobrar el pudor natural de nuestros modales y perder en cambio la vergüenza con que hemos condenado al espíritu, haciéndolo “pasar de moda”, o sumergiéndolo en el olvido del arcén de las cosas inservible, relegándolo al plano de los mitos.

El ser humano que soñamos, el Hombre radicado en sus propias alturas, es un Hombre que sabe usar del lenguaje, porque su lenguaje es a la manera de una cúspide integrada por todo lo superior que ha sabido recoger. Y a la manera de una cúspide, tiene la posibilidad de verter en su derredor, verter palabras, enseñanzas, acciones, virtudes ejemplares que despierten en los demás el deseo imperioso de emprender el mismo ascenso hacia esa cúspide.

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