Educación permanente para una nueva formación

Autor: Jorge Ángel Livraga

publicado el 06-10-2017

El tema de nuestra charla de hoy va a ser sobre educación, en el sentido de una formación de carácter, es decir, como una actividad permanente del ser humano. Porque creo que si vamos a hablar de educación, lo primero que tenemos que hacer es entender que la educación debe formar parte de todos nosotros; o sea, no podemos pensar que la educación es algo así como un jarrón o florero que se coloca en algún lugar para que la gente lo vea o para que las visitas puedan admirarlo, sino que debe ser algo que portamos con nosotros, que forma parte de nosotros, que sea como el aire que respiramos, que sea útil a todos, aunque cada cual sea actor de la parte que le es más necesaria.

Nueva Acrópolis - Educación permanenteEs difícil definir lo que es educación, porque en distintos momentos históricos, distintas corrientes han dado diferentes versiones. Pero vamos a ceñirnos a un concepto clásico desde el punto de vista de nuestra filosofía acropolitana, o sea, un concepto clásico y primero. Educación es aquella ciencia que trata de la capacidad que tiene el ser humano de educir una serie de elementos que le permiten ponerse en relación con la cultura y transmitirla.

Sabéis perfectamente que, de los seres vivos conocidos, el Hombre es el único que tiene realmente cultura; los demás seres vivos que conocemos en esta creación tienen la posibilidad de transmitirse genéticamente una serie de aptitudes instintivas que les permiten sobrevivir, pero no hay una transmisión cultural por medios intangibles, por medios de tipo espiritual. A todos nos ha admirado, por ejemplo, ver la perfección maravillosa con la cual las abejas hacen sus panales o las arañas tejen sus telas; sin embargo, las distintas investigaciones paleontológicas han demostrado que las arañas y las abejas, durante millones y millones de años, han seguido recreando las mismas formas, haciendo sus panales con sus celdillas y haciendo sus telas exactamente de la misma manera. Si probamos, por ejemplo, a cortar la tela que está tejiendo una araña, esa araña no tiene la posibilidad de remendar su tela, de seguir adelante, de recrear una situación nueva que le permita saltar por encima de las dificultades. Esa araña dejará la tela rota de lado y comenzará otra de nuevo desde el principio. A la manera de computadoras vivas, están programadas para ejecutar una obra, pero no para recomenzarla desde la mitad o desde algún otro punto.

La diferencia con el Hombre es que el Hombre tiene una capacidad de creación, de imaginación y de fantasía que le permite pasar por encima de los obstáculos, que le permite no tener una programación mecánica, sino una fuerza espiritual humana que hace que pueda no solamente adaptarse al medio ambiente, sino superarlo y recrear en obras todo un mundo interior. Es obvio que los Hombres tenemos un mundo interior, cada uno de nosotros tiene su mundo interior. Su mundo interior está muchas veces en conflicto o está muchas veces en relación no del todo armónica con el mundo exterior o con el mundo circundante. En esta riqueza de la Humanidad cada uno de los Hombres tenemos nuestra forma de sentir, nuestra forma de pensar, nuestra forma de vivir; pero tenemos también, todos nosotros, una cultura que nos une. Esa cultura que nos une nos permite hablar de ciencia, hablar de arte, hablar de literatura, de lo que fuere, entendiéndonos por medio de signos convencionales que hemos aceptado. O sea, que los Hombres, por la parte genética, solo heredan una serie de capacidades instintivas, pero hace falta el aprendizaje, esto es, hace falta la transmisión de la cultura para que el Hombre se realice como tal.

Vamos a suponer que un padre y una madre sean ciclistas y que tengan un niño. Ese niño no nace sabiendo ir en bicicleta, a ese niño hay que enseñarle a ir en bicicleta; tanto es así que el Hombre es uno de los pocos, si no el único mamífero, que necesita aprender –bueno, parece ser que cierta forma de camello también, ya que no nada instintivamente cuando es arrojado al agua, sino que tiene que aprender a nadar–. Todo lo que nosotros tenemos en nuestro acervo espiritual, en nuestra manifestación y en nuestras posibilidades de supervivencia es, en gran parte o en todo, adquirido mediante la cultura.

La transmisión de la cultura es lo que nos permite comunicarnos, es lo que nos permite escribir, leer, entendernos, crear obras de arte, ejecutar proyectos sociales, políticos, económicos. De ahí que la cultura sea fundamental. Pero ¿cómo podemos nosotros entender el proceso cultural sin entender previamente el proceso educacional? Hay un problema. ¿Qué es realmente educar? –por eso me refería a los clásicos–, ¿educar es transmitir a otros nuestros propios puntos de vista, nuestras propias aceptaciones, nuestras propias limitaciones? Si esto es educar, obviamente, la Humanidad jamás podría progresar, porque generaciones anteriores no podrían transmitir más que lo que tienen a las generaciones nuevas; eso es obvio.

Una vasija que tenga medio litro de agua no puede pasar a otra vasija más de medio litro de agua. Existe, entonces, un fenómeno adjunto o tal vez esencial: que educación no es solamente la transmisión de los elementos de cultura de una generación a otra, sino un cierto ámbito psicológico y mental de tipo espiritual y físico que permite a cada Hombre recrear un proceso y recrear en sí todo el proceso de la Humanidad aportando su propio matiz, su propio color y su propia fuerza. De ahí que los antiguos decían que educar era educir, o sea, enseñar, al joven en este caso, a extraer lo que tiene adentro. Lógicamente, para poder aceptar esto tendríamos que aceptar, por lo menos en teoría para poder entendernos, lo que pensaban los antiguos sobre las almas, sobre la naturaleza del Hombre.

Los antiguos, en el mundo clásico –por ejemplo, en el mundo platónico–, suponían, presuponían, afirmaban con razón o sin razón, que el Hombre poseía un alma inmortal; que esta alma inmortal no era la primera vez que venía al mundo, que había tenido otras encarnaciones anteriores y que iba a tener otras encarnaciones posteriores. Decían que las distintas almas de los Hombres tenían diferentes experiencias y que habían acumulado en sus vidas anteriores aspectos diferentes que les facultaban para una cosa o para otra. Así explicaban los filósofos de la Academia cómo algunos, siendo niños, podían tener tanta facilidad para la música, para la pintura o para la oratoria. Obviamente, si aceptásemos esta hipótesis o esta teoría del mundo clásico, nos sería mucho más fácil entender su hipótesis y teoría de la educación, puesto que, si fuese cierto que tenemos nosotros dentro una suerte de receptáculo de tipo parapsicológico que ha guardado las experiencias, que ha guardado las facultades de otras contingencias en este mundo –o sea, de otras vidas anteriores–, la sola educación que permite esas posibilidades nos enriquecería. De ahí que el concepto de educación en el mundo clásico, por ejemplo en el mundo que vio Platón, estaba basado en llegar a hacer educir de las personas jóvenes una serie de aptitudes para luego canalizarlas. Al joven no se le enseñaba estrictamente una cosa u otra, sino que el joven era puesto en un ámbito especial que le permitía educir lo que en sí mismo tenía.

Ahora entendemos un poco más esa frase enigmática de Platón cuando dice: «El conocimiento no es más que una forma de recuerdo». A eso se refería, a que todo conocimiento no sería más que una reelaboración y recreación basadas en recuerdos anteriores. Y ahora podríamos entender un poco ese sentido «teatral» de la educación griega, incluso la relación que tenía la educación con lo que se llamaban los Misterios.

En el libro La República de Platón, y en Las leyes de una manera más extensa, está tal vez mejor definido este problema de la educación. Cuando comienza el libro, con los caminantes que van marchando hacia el templo de Zeus Olímpico, se dice que la mejor forma de educar es mediante la gimnasia y mediante la música.

Obviamente, cuando escuchamos las palabras «gimnasia» y «música» hoy, desde nuestro punto de vista, nos hacemos una imagen un tanto falsa. Al pensar en gimnasia imaginamos juegos de tipo físico: levantamiento de pesas, boxeo, jabalina; cuando pensamos en música, pensamos en tocar la guitarra o la cítara o lo que fuese. No es eso exactamente lo que entendían los griegos, o lo que quería expresar Platón.

Él hablaba de la gimnasia –de gymnós, desnudez– como de una aptitud especial en los jóvenes, los cuales podían desarrollar toda su pureza, en el sentido físico de descontaminación. Platón recomienda separar a las generaciones –y eso fue muy discutido–; no está de acuerdo en que los jóvenes sean educados por los padres; Platón propone en La República que solo durante cinco años –en el llamado gineceo– los niños estén a cargo de sus padres, y que luego tienen que pasar a manos de los paidagogoi, o sea, los pedagogos o maestros. Dice Platón, de una manera muy cruda, que cualquier hombre es capaz de tener hijos, pero no cualquiera es capaz de educarlos. Entonces, proponía que después de los cinco años –cosa que se hacía en la Grecia clásica– los niños pasaran a institutos especiales en donde se les educara en la parte física y en la espiritual.

Esa parte física, basada principalmente en un culto a las fuerzas y en un culto a la pureza –casi «tarzánica», diríamos hoy– era la gimnasia, y la parte espiritual era la música, pero por música entendían el ejercicio de las musas. Sabéis que las musas eran las antiguas diosas que regían la Historia, la oratoria, la música propiamente dicha, la pintura, el teatro, etc. O sea, que el joven tenía estas dos grandes vertientes; se pretendía un cuerpo sano y se pretendía un espíritu cultivado, un espíritu propenso a las artes y a todo lo que fuese humanista. Este conjunto de un cuerpo sano y de un espíritu abierto a toda la creación es propio del mundo clásico. Además, Platón creía que existía una gran relación entre el cuerpo y el alma. Los socráticos decían que el cuerpo era como una vasija y el alma como el agua que la llenaba, y que es obvio que el agua tome la forma de la vasija que la contiene, por lo que hace falta un cuerpo sano en todas sus extensiones y hace falta una vida sana, un medio sano para que pueda también el alma educir todos sus sanos aspectos.

Le hace falta también al espíritu tener no solamente el aprendizaje directo de lo que pueden ser los antiguos textos o las convenciones de la ciencia, sino la posibilidad de recrear aspectos insospechados. Para eso era utilizado especialmente el teatro, que formaba parte de los Misterios, cosa que en los tiempos más actuales, en los últimos gritos de la moda de la educación, está volviendo de nuevo a tener su importancia. Ya no se trata tanto de enseñar a un niño quién descubrió América –que al fin parece que no fue Colón– ni tampoco enseñarle quién hizo determinada obra –porque después viene una revisión y nos demuestra que la cosa no fue así–, sino que hay que enseñar al niño a oírse a sí mismo, a oír a la Naturaleza y a poder realizarse.

Ahora, para ello hace falta un ámbito que le permita esa actividad especial. Para poder educar según los clásicos hacen falta medios que permitan hacerlo, medios no solo y estrictamente físicos, sino también medios psicológicos, medios mentales; hace falta que el maestro o pedagogo sea una persona normal, sea una persona sana; que el ambiente donde están los educandos pueda reflejar completamente todo aquello de bueno y de puro que se quiere educir de ellos, y que se los separe prudentemente de las antiguas generaciones para que las antiguas generaciones no proyecten sobre el nuevo ser humano todas sus desgracias, todas sus congojas. Esto parece que podría tener algo de cierto o algo de realidad, porque vemos hoy mismo que los niños a veces están en una mesa comiendo con los padres y estos están discutiendo sobre el problema de que no les alcanza el sueldo que ganan, problemas de celos, de amoríos o de lo que fuere, y cuando un niño pequeño escucha esto, al no participar plenamente, lo único que hace es frustrarse, entrar en un estado de frustración y en un estado de rebeldía –pero de mala rebeldía– y de rechazo hacia todo lo que sea el mundo, se engendran elementos en su subconsciente de rechazo y destrucción hacia toda forma que él traía cuando vino al mundo. De ahí que los antiguos prefirieran que los niños fuesen criados en jardines abiertos alejados de la gente, que no tuviesen un contacto directo con los mayores, que durmiesen, incluso, completamente aparte de los mayores y que fuesen conducidos por estos pedagogos.

¿Cómo podríamos resumir los tiempos o momentos en los cuales los antiguos pedagogos pensaban que se podía enseñar? Todos los antiguos pensaban y afirmaban que nunca es tarde ni nunca es temprano para poder aprender, que todos los hombres y todas las mujeres, de alguna forma y manera, pueden aprender en cualquier instante de su vida, pero que habría una cierta norma para el aprendizaje común.

El niño desde que nace –decíamos– está cinco años en este gineceo cercano a la madre, pues necesita del afecto, del amor de la madre, cosa que fue muy ridiculizada por los pedagogos del siglo XVIII, pero que hoy redescubrimos que hay cierta verdad en ello. Cuando los clásicos afirmaban que los niños necesitan del amor, del cariño de una familia, del amor, del cariño de una madre sobre todo, estaban en la verdad. No tenemos que pensar que al niño o a cualquier persona que vaya a ser educada, hay que educarle solamente la mente, porque el hombre no solo está hecho de mente; también hay que educarle la emoción, también tiene que educársele la parte física. O sea, un hombre que tenga muy educada la mente, que sea muy inteligente, pero que carezca de corazón, ese hombre tarde o temprano va a ser un tirano, un tirano de millones de personas o un tirano de su esposa, un tirano de su madre o un tirano de sus hijos. Un hombre que tiene nada más que educada la parte sentimental, pero que carece de una formación lógica que le permita apresar las ideas de una forma armónica, de alguna manera es un tonto y la vida lo va a superar. Si la parte física está arruinada, también se va a encontrar completamente constreñido. De ahí que la educación en el mundo clásico tenía estas vías, estas tres etapas, estas tres formas de lo físico, de lo psicológico y de lo que podríamos llamar mental o espiritual.

Decíamos, entonces, que había varios periodos. Del primero ya hemos hablado, es el periodo del amor, de unión con su propia madre, de la cual no había que separarlo violentamente. Luego, pasaba a lo que hoy podríamos llamar la edad del cuento, el niño necesita de alguna manera que le cuenten cuentos.

¿El niño nada más, amigos? También los grandes necesitamos a veces que nos cuenten cuentos. Y a veces, cuando decimos: «¡La verdad y nada más que la verdad, a mí dígame la verdad!», ¿no será porque estas verdades no nos afectan? El médico que generalmente dice la verdad a tantos enfermos, ¿no tiene también un poco de mentira piadosa cuando ve que el enfermo está bastante grave o cuando el enfermo es de su familia? ¿Hasta dónde estamos preparados para la verdad desnuda? La verdad desnuda es algo así como una llama de fuego que, a veces, más destruye que construye.

Necesitamos entonces envolverla, portarla con una suerte de mango que impida que nos queme las manos; o sea, que la verdad nos dé luz y nos dé calor pero que no nos destruya. Así, al niño no hay que presentarle ciertas realidades de la vida, según los clásicos, de una manera brutal y despiadada, sino que hay que dárselo de una manera simbólica y envuelta con una serie de imágenes y una serie de cuentos o narraciones que le permitan extraer enseñanzas. Vemos que aun ese gran libro al cual le llamamos «el Libro», la Biblia, contiene una serie de enseñanzas basadas en parábolas; y aun los que en el momento actual no obedecen tanto a la Biblia o no se basan en parábolas, reconocerán que es casi imprescindible utilizar las parábolas para dar un ejemplo que nos permita, a través de ellas, tomar contacto de una manera directa. Muchas veces lo que las palabras no alcanzan a decir lo puede decir un instante de silencio; muchas veces un cuento, una imagen cualquiera creada en este momento por el orador, por la persona que está escribiendo, por el poeta o por el artista, sugiere mucho más que grandes textos. A veces un artista, con pocas pinceladas en una tela, logra sugerir, logra expresar algo que no podría hacerlo a través de miríadas de palabras.

Es necesario que ese niño, según los clásicos, pueda asimilar una serie de realidades a través de esa edad del cuento, en donde lo fundamental era mostrarle toda la Naturaleza como conformando un gran ser vivo, o sea, la teoría del macrobios. Los antiguos no enseñaban que estamos sobre una piedra en el cosmos; los antiguos enseñaban a sus niños que formaban parte de una gran vida, de un macrobios, que todo tenía vida, cosa que las actuales investigaciones en física atómica demuestran. Todo esto está vivo. Nuestra vieja terminología de hablar, por ejemplo, de una química orgánica o de los seres vivos y una química inorgánica para los elementos sin vida ya no existe, ya no tiene sentido; si se usa, se usa mal. Hoy sabemos perfectamente que en una piedra el movimiento molecular y atómico es tan activo y tan vital como puede serlo en la sangre que corre por nuestras venas; o sea, que todas las cosas están vivas.

A los antiguos se les enseñaba eso también, y los niños aprendían en ese sentido la teoría del macrobios que luego va a desarrollar Marción en época romana, donde los árboles, los animales, las estrellas, las rocas, tenían diferentes formas de vida, y que los Hombres tenían que ponerse en relación de respeto y semejanza con todo ese resto de la Naturaleza viva. De ahí nace ese concepto mágico que tenían los antiguos y que hoy hemos perdido, el sentido mágico de creer que se puede estar en comunicación con la Naturaleza, que se la puede dominar psicológicamente, que se pueden leer en la Naturaleza augurios y presagios; que, de alguna manera, el vuelo de los pájaros, la inclinación de las ramas de los árboles o la caída de las piedras sobre una hoguera pueden significar algo. Esta recomendación que se hacía servía para que el niño tomase contacto con el mundo circundante sin sentirse agredido por él, sin sentirse lastimado, sin verlo tampoco como algo extraño. Porque si veía un árbol tan vivo como él y pensaba que el árbol también había tenido papá, que el árbol también iba a tener hijos, que el árbol también crecía y había sido niño, y se le enseñaba a plantar, por ejemplo, pequeños vegetales que él mismo veía crecer y debía regar y debía cuidar, él entendía, entonces, que el mundo circundante no era diferente a él, por lo tanto iba perdiendo el temor al mundo circundante.

Luego de esa edad del cuento, en esta educación clásica, sobrevenía la edad de la aventura. Hay algo más también que es antiguo y que hemos olvidado; hoy afirmamos siempre que todo Hombre tiene derecho a un pedazo de pan, que todo Hombre tiene derecho a una manta, que todo Hombre tiene derecho a una casa; eso es cierto, y hasta un animal tiene derecho a tener una cueva, y hasta un animal tiene derecho a comer su comida; pero decían algo más los antiguos, y es que todo Hombre tiene derecho natural a tener un trozo de honor y un poquito de Historia.

Eso se olvidó, y se olvidó el sentido de la dignidad del ser humano; el ser humano no se corrompe solamente porque le falten alimentos físicos; el ser humano no se corrompe porque pase frío; el ser humano se corrompe, también, cuando carece del derecho de tener un poco de gloria y un poco de Historia. Todo hombre y toda mujer necesitan a través de su vida tener algo, algo en lo cual fijarse, tener un poco de gloria, tener alguna satisfacción interior, poder decir: «Yo hice tal cosa y lo hice bien», y todos, todos necesitamos también haber trazado una pequeña línea en el gran libro de la Historia y poder decir: «Yo he aportado algo, yo hice algo». Esta es una necesidad ingénita del Hombre. La negación de esto trae, desgraciadamente, la destrucción psicológica del ser humano en sus aspectos más profundos. La falta de respeto por la dignidad humana borra las características humanas y hace aparecer características prehistóricas completamente bestializantes.

Los griegos lo sabían y por eso propugnaban una edad de la aventura en la cual el adolescente podía, rememorando a Ulises y otros héroes, hacer viajes, subir montes y bucear bajo las aguas. Claro, nosotros hoy pensamos que eso es peligroso porque algún niño podría sufrir algún accidente, pero el hombre clásico no temía a los accidentes. Decía que si estaba escrito el accidente vendría igual, pero de alguna manera el riesgo valía la pena porque permitía al niño crecer, crecer fuerte y crecer con un ánimo que estaba más allá de los portales de la muerte.

Y hoy nosotros nos preguntamos si no era ese espíritu el que animó a aquellos trescientos espartanos que en las Termópilas desafiaron a más de un millón de persas. Se cuenta que al decirle alguien a Leónidas: «Leónidas, ¿estás dispuesto a correr el riesgo de con tan pocos soldados desafiar a tantos persas?», respondió: «Si pensáis que corro riesgo por el número, ni toda Grecia sería suficiente, ya que entre todos formaríamos una pequeña parte de los que son ellos, pero si lo que consideramos es el valor, somos suficientes». Y alegremente iban a la muerte; es el mismo espíritu de aquella dama espartana que al entregar a su hijo el escudo le exhortaba diciendo: «Hijo, o con él o sobre él», haciendo referencia al oprobio que significaba para un soldado griego el tirar o abandonar el escudo dándose a la fuga, y a la tradición espartana de devolver a su ciudad natal a los guerreros muertos en combate sobre sus escudos.

Obviamente, muchas de estas cosas nos suenan a extraño, nos suenan casi barbáricas, pero tendríamos que revisar un poco y ver hasta dónde siguen siendo válidas, porque si bien el mundo de la Antigüedad tenía grandes contradicciones y el mundo de la Antigüedad padecía grandes sufrimientos y había muchas injusticias, nosotros hoy sabemos que nuestro mundo también padece contradicciones, que en nuestro mundo también hay injusticias, que hay dolor; y tendríamos que tratar de extraer –según proponemos los filósofos de Nueva Acrópolis– de cada cosa la mejor parte, o sea, poder comparar, poder seleccionar y poder retener aquello que sea mejor y más útil. Esta es una actitud especial dentro de la filosofía que se llama actitud ecléctica, que permite comparar todos los elementos, tomar los más útiles y ponerlos en contacto con la realidad. Precisamente, educación es eso: ponernos en contacto con la realidad.

También se sostuvo en este mundo clásico que el hombre podía aprender siempre, que no solamente podía ser educado cuando era niño, sino también cuando era grande. Tanto es así que Platón propone una educación especial para los ancianos: que se les prepare para la muerte. Dado que el advenimiento de la muerte en un anciano es más probable que en una persona relativamente joven o en un niño, considera Platón una cosa justa y digna preparar al anciano para ese nuevo mundo. Y dicen precisamente los filósofos platónicos: «Si cuando vamos a viajar a Atenas o a cualquier otro lugar preparamos alguna maleta, nos preocupamos por ver si está bien el barco, ¿cómo ante el gran viaje que es la muerte no preparamos a los viajeros?».

La educación estaba hecha de tal suerte que no solamente se fijaba en el niño, en el joven o en el adulto, que eran capaces de dar algo a la sociedad, sino también en el anciano, que ya dio a la sociedad y que tiene derecho a aquello que dije: un poco de honor y de Historia. El anciano también tiene derecho a esa educación, educación en las cuestiones de la vida que ya aprendió pero que ha de interpretarlas, educación en lo referente a la muerte, que hace falta porque todos vamos a morir y los ancianos están más cerca y, por lo tanto, necesitan obviamente conocer adónde van, cómo van, cómo presentarse ante ese hecho biológico irreversible. Esta educación permanente, esta educación que abarca desde los primeros hasta los últimos años del Hombre, era lo que proponían los filósofos clásicos.

Creemos, amigos, que hoy esta educación permanente, esta forma de aprendizaje ecléctica es todavía válida. Yo no creo en las modas. Creo en las modas en cuanto a las ropas, en cuanto a cosas que no tienen importancia, pero en las cosas fundamentales del espíritu ¡no! Somos seres humanos, ¿qué nos diferencia tanto del hombre antiguo?, ¿qué nos diferencia tanto del hombre del porvenir? Ha ido un hombre a la Luna, algunos se preguntan para qué, pero no importa. Fueron unos señores a la Luna en una nave que se llamaba el Apolo XI; estos señores que fueron a la Luna tenían un vehículo que era muy diferente a lo que podía ser una biga romana. Obviamente, corría miles de veces más, pudo separarse de la Tierra, pero los hombres que iban dentro, ¿eran muy diferentes de los que conducían las bigas romanas? Los hombres que iban dentro, ¿no tenían también emociones, pensamientos, dudas, esperanzas, temores?

O sea, el Hombre como Hombre no es muy diferente del hombre del pasado, así como el Hombre como Hombre no es muy diferente el asiático, el africano o el americano del hombre europeo; las diferencias son superficiales, son los acondiciona­mientos exteriores, pero el Hombre interior, ese no es diferente. El Hombre interior siente y vibra como sentimos y vibramos todos nosotros y como sentirá el Hombre que venga en el futuro –que no sé si irá a la Luna; a lo mejor irá a plantar patatas, porque no sabemos lo que pasará–.

Las vueltas de la Historia son cíclicas y lo que nos gusta a nosotros hoy puede ser que no le guste a las generaciones venideras; o tal vez tengan más sabiduría que nosotros y no se les ocurra ir a ver qué hay en la Luna; pero esos Hombres van a amar, van a sufrir, van a sentir, van a preguntarse, van a estar en desacuerdo y en acuerdo, van a soñar hacer grandes cosas, van a soñar hacer otras cosas pequeñas. Cuando se encuentren un hombre y una mujer que simpaticen van a amarse, o cuando se encuentren dos hombres que simpaticen serán amigos, y si se encuentran muchos hombres que piensan igual harán grupos humanos. Eso está marcado en la Historia y en el Destino, siempre fue, es y será.

Si podemos extraer de la vida un sentido más eternal y más duradero, si podemos despojarnos un poco de lo inmediato circunstancial, nos daremos cuenta de que hay un sentido filosófico en todo lo que nos rodea; podremos interpretar este macrobios en el cual vivimos y dentro de nosotros toda la vida que también hay; podremos ver que, más que forzar a los niños o a las nuevas generaciones a seguir nuestras propias afirmaciones y alienaciones, hace falta permitirles educir su propia realidad, su propia vida, hace falta rodearlos de la belleza, del cariño, de la armonía, de la paz, del trabajo, de la concordia que les permita realizar un mundo que no solamente debe ser nuevo, sino mejor.

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Referencias del artículo
Conferencia dictada el 10 de marzo de 1976 en la sede de la Alianza Francesa de Lima, Avda. Garcilaso de la Vega 1550, Lima, Perú.

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