Jean-Jacques Rousseau, hijo de un relojero, nunca llegó a enriquecerse con sus libros, aunque algunos alcanzarían una enorme difusión. A pesar de su modesta situación económica, frecuentaba los ambientes de la gente adinerada.
Uno de sus conocidos, hombre muy rico pero no especialmente brillante, solía invitarlo con frecuencia. En cierta ocasión, Rousseau le preguntó:
—¿Cómo os las habéis arreglado para ganar tanto dinero en tan poco tiempo?
El hombre respondió sin vacilar:
—Con mi cabeza.
Rousseau lo miró con ironía:
—Pero si no la habéis vendido. Veo que todavía la lleváis puesta.
—Quise decir con mi inteligencia —aclaró el otro.
Rousseau remató:
—Entonces sois el mejor ejemplo de que, con muy poco capital, se puede llegar a hacer una gran fortuna.
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