Durante un diálogo con sus discípulos, uno de ellos preguntó a Plotino:
- Maestro, si el alma proviene de algo divino, ¿por qué no sentimos su grandeza en nuestra vida diaria?
Plotino se acercó a un espejo viejo cubierto de polvo y lo levantó frente al grupo. Entonces dijo:
- Este espejo puede reflejar la luz, pero mientras esté cubierto, solo verá sombras y manchas. Así es el alma: no es que no brille, es que está oculta por todo lo que acumulamos.
Sus discípulos quedaron en silencio, comprendiendo que lo divino no está fuera de nosotros, sino esperando ser recordado dentro de cada uno.




