Acerca de la cordura

Autor: Delia Steinberg Guzmán

publicado el 11-04-2015

Entre tantos valores que se echan en falta, la cordura ocupa un sitio muy especial. Si estar cuerdo es lo contrario de estar loco, hoy se advierten rasgos variados de locura en todos los niveles humanos, al punto que cuesta reconocer quién es quién y dónde se encuentra el sutil límite que diferencia a unos de otros.

Nueva Acrópolis- Cordura

Detalle de la Alegoría del triunfo de Venus, de Angelo Bronzino

No vamos a analizar los casos clínicos de locura en los que, de alguna manera, es posible detectar causas físicas u orgánicas que promueven el desequilibrio. O aunque esas causas no sean tan claras, lo que sí es evidente es la pérdida del equilibrio mental.

Nos preocupa, en cambio, la forma de crear y mantener un sano juicio a lo largo de la vida. Una cosa es la salud mental, y otra cosa es ir perdiendo la capacidad normal de juicio por falta de formación, de educación, con lo que disminuyen las facultades racionales, el gran distintivo del ser humano.

Si damos por sentado que todos venimos al mundo con un potencial que debe manifestarse con los años, y en grado creciente, ¿qué pasa con el sano juicio, el juicio cabal, inteligente, el que tendrá que discernir y elegir? Si las oportunidades que nos presentan, lejos de ser útiles al desarrollo del entendimiento, lo van distorsionando o atrofiando, lo que tendremos son locos más o menos peligrosos.

Estamos inmersos en el reino de las opiniones. Proliferan programas en radio y televisión, donde se trata de ver quién grita más alto, quién acapara más la atención con un escándalo más notable o con un disparate más atractivo. No se busca la razón, sino que cada cual busca tener razón, “su” razón, más allá de la verdad, de la lógica o de los hechos reales.

¿Cómo se puede desarrollar así el buen juicio? ¿Dónde encontrará el equilibrio quien sólo se dedica a estas fuentes de información?

Por otra parte, ante el mismo hecho, vemos cómo se esgrimen dos argumentos totalmente opuestos, aunque ambos aparentan tener el mismo valor. El espectáculo diario de las discrepancias entre las altas personalidades del mundo, es un quebradero de cabeza que, lejos de conducir al juicio saludable, llevan a la perplejidad, al desencanto, o lo peor, a la fácil solución de “tomar partido” por unos o por otros, según nos resulten más o menos simpáticos.

A todo ello hay que sumarle la inmensa cantidad de argumentos que existen sobre un mismo tema. Cada cual tiene sus apoyos y sus demostraciones, y el espectador es el que se queda sin saber qué hacer ante tanta variedad de opiniones. No se educa el criterio de selección, sino que se induce a la persona a escoger algo sin pensar. En todo caso, los elementos que ayudan a decidirse son: ¿qué es lo que está de moda?, ¿qué es lo que dice- aunque no piense- la mayoría?, ¿qué resulta más prestigioso o indica que se vive a la vanguardia? Pero, desgraciadamente, ninguna de estas opciones es buena para que prevalezca la cordura.

Así, los pobres seres humanos viven la locura del desacuerdo, de las opiniones que cambian de un día para otro, de las modas arrasadoras e inconsistentes, de las ideas que se sustentan por la fuerza o por sólo el carisma personal. Nadie está loco, pero tampoco goza de cordura, de inteligencia, de sabiduría, de la aptitud para pensar serenamente y escoger conscientemente.

Hace mucha fortaleza para penetrar en esta jungla y encontrar un camino en medio de tanta maleza caótica. Pero hay que hacerlo indefectiblemente. Ese es el camino que han trazado, seguido y señalado los verdaderos y perdurables sabios que tuvo y tiene la Humanidad, y el que hay que rescatar para dar su sitio de honor a la cordura, al pensamiento educado, libre y, sobre todo, eficaz.

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