Es uno de los símbolos legendarios de mayor belleza y complejidad, que ha dado lugar a numerosas y muy diversas interpretaciones. La más divulgada es que se trata del cáliz de la Última Cena en el que fue custodiada la sangre del Crucificado que recogió José de Arimatea llevándolo a Bretaña, y es considerado como una reliquia que prodiga todos los bienes al que consigue alcanzarla.
Plato o vaso, objeto de oro o piedra preciosa, el Grial es considerado como la esmeralda celeste caída de la corona de Lucifer, una piedra preciosa y santificadora otorgada por Dios al portador de la luz y traída por este a la humanidad. Es el símbolo de la gracia divina a la que aspiran llegar todos los seres humanos.

El Grial es realmente un objeto misterioso, cuya sola contemplación es fuente de vida, juventud y bienaventuranza espiritual. Por esta razón, no es extraño que jugase un papel tan importante en los poemas heroicos de la Edad Media y en toda la saga de los Caballeros del rey Arturo, cuyo principal objetivo en sus salidas en busca de aventuras era la búsqueda del Grial para poder alcanzar así la suprema victoria. Como dice Bayard, refiriéndose a la transmutación alquímica que se opera en este recorrido: «La alquimia es el resultado final de la caballería mágica, y este viaje aventurero de una época religiosa y científica es el mismo que el de la búsqueda del Santo Grial.»
En el cristianismo, el Grial ha venido a ser el emblema de la pureza, pues se supone que sería lo que inspiró la institución del sacramento de la eucaristía, y también simboliza las virtudes –caridad, valor, compasión– del heroísmo caballeresco, de los que buscan el Grial trabajando por el bien de la humanidad sin esperar otra cosa que su contemplación como recompensa. El Grial aparece también en la tradición cristiana como una reliquia de la Pasión, ya que se considera la copa en la que Cristo bebió en la Última Cena con sus discípulos, y donde José de Arimatea recogió la última gota de sangre del Crucificado, brotada de la herida provocada por la lanza de Longinos.
Chretien de Troyes, Wolfram de Eschenbach y hasta Richard Wagner han tratado este tema. Es curioso que en su ópera Parsifal, Wagner considera el Grial como un símbolo femenino y maternal, claramente encadenado a la vida y a la fecundidad: por un lado porque devuelve la salud al rey Amfortas y, por otro, porque tiene una acción decisiva en el renacimiento de su reino. Gilbert Durand también lo considera en este sentido como un símbolo de lo femenino, de la Madre que protege y sacia como fuente inagotable de alimento y regeneración. Quizás por eso el Grial no solo simboliza la utopía fundamental, o la ucronía del imaginario humano, sino también el “paradigma de toda la potencia mítica”, el arquetipo religioso por excelencia, debido precisamente a que es un continente “hueco” y no vacío. Este hueco significa para Gilbert Durand el “Muy Santo Tesoro” esencial del alma. Y citando de nuevo a Bayard: «El ciclo arturiano, con su maravillosa búsqueda del Santo Grial, es el fin de un largo itinerario poético y espiritual. El esoterismo del Grial es innegable y se revela en esta transmutación de una fábula predestinada en un símbolo cristiano… Exégesis teológica y mística, este dispositivo medieval es tan rico en enseñanzas que nunca va a morir, ya que de él brotarán siempre nuevas y enriquecedoras interpretaciones.»
Créditos de las imágenes: Michael Hurst




