Estadísticas y sondeos de opinión: ¿una nueva forma de demagogia?

Autor: Jorge Ángel Livraga

publicado el 05-09-2026

Antonio entra a la casa de Juan y le pregunta, frotándose las manos moradas de frío: «¿Tienes brandy? ¿Me das un poco?». Juan no le contesta: «sí, tengo 56 centilitros, enseguida te serviré una copa con 9,08 centilitros, y si la prefieres, a una temperatura de 37 grados centígrados». Juan le dirá simple y prácticamente: «Entra, hombre, que ya te sirvo. ¿Te lo caliento un poco?».

María del Carmen, sentada a la mesa de un bar, espera la llegada de su novio, Ignacio, que estuvo ausente de la ciudad por viaje de negocios durante un mes. Este llega y, luego de las salutaciones cariñosas, le pregunta: «¿Me has extrañado?». Ignacio no le dice: «sí, te he extrañado la suma de 156 horas con distintas intensidades que vamos a clasificar desde un primer hasta un décimo grado». Sencillamente le dirá: «Sí, querida, mucho».

Las segundas respuestas son las corrientes y normales, propias de una mente sana: las primeras, francamente, de locos.

Así nos manejamos y así vivimos en la vida cotidiana, ahora y desde que comenzó el mundo: aquí y en todas las naciones del globo.

Pero, desde que el materialismo y el crecimiento demográfico aparecieron como verdaderas plagas, hace más de un siglo, la locura de las estadísticas y los sondeos de opinión —últimamente bajo la excusa de un positivismo que de positivo no tiene nada— promueven respuestas dignas de locos, que van contaminando psicológicamente, poco a poco, el medio ambiente de la más preciosa de las ecologías: la humana. Afortunadamente, esto no ha penetrado de manera obvia en el medio de las relaciones individuales, pero ya ha empezado a enloquecer a determinados grupos humanos.

Sondeos

Las estadísticas (generalmente falseadas desde un principio al ejercerse sobre grupos humanos específicos, por personas pre-alienadas por un resultado que se calcula y desea) nos tratan de convencer de que, sobre las virtudes de tal marca de jabón, de automóvil o de café, no caben dudas, ya que la mayoría los utiliza. En verdad, existen numerosísimos factores económicos, geográficos, costumbristas, por los cuales la mayoría podría preferir esos productos, y la realidad es que, aunque la estadística fuese cierta, no es forzoso que esos artículos o géneros sean mejores que otros por el simple hecho de que muchos los usen.

Lo corriente es que la estadística se haga por encargo de las firmas interesadas, de manera directa o indirecta, para promover sus ventas y forzar los gustos y preferencias hacia ellas. Una forma de robarnos un poquito de la más elemental de las libertades: el elegir un cepillo de dientes, un vino o un reloj. Los corpúsculos activos de la publicidad traban con sus irradiaciones inconscientes nuestros naturales afectos y nuestra posibilidad de elegir, de acertar, de equivocarnos, de aprender… de vivir.

En los últimos decenios, empresas especializadas se han dedicado, por encargo de sus amos internacionales —siempre ocultos— a trabajar ya no con elementos de consumo, sino con seres humanos, para producir efectos en el pensamiento y anular el discernimiento de grandes masas de hombres y mujeres. Así, para apoyar las pre-decisiones de minúsculas minorías político-económicas completamente carentes de autoridad moral, sin patria y sin Dios, se han inventado los «sondeos o cateos de opinión». Se efectúan de una manera estudiada por psicólogos especialistas en propaganda y acción subliminal, sobre personas desprevenidas, cuyas contestaciones serán «interpretadas» y luego publicadas con gran apoyo de la prensa de carril, de la televisión y la radio. Así nos enteramos de que en las elecciones que habrá en determinado país dentro de días o meses, el partido “A” sacará el 34,07 % de los votos, el “B” el 20 % y así…

Evidentemente, con la masiva y repetitiva publicación de esos datos, se está haciendo un verdadero «lavado de cerebro» a la opinión pública, bondadosa e inexperta, que siente fuertemente el impacto, vacila, duda y, al fin, termina dándole la razón a los «sondeos de opinión», no porque fuesen originalmente ciertos, sino porque le han robado su libre albedrío en beneficio de accionistas a los cuales jamás conocerá. Los nuevos adivinos de tests y computadoras cumplieron su misión. Ahora le tocará a otro país. Otro donde, obviamente, el Gobierno les deja actuar.

Así nos enfrentamos con esta nueva forma de demagogia, de sutil tiranía, eficaz y solapada, que deshumaniza a los humanos y les hace perder la dignidad, la capacidad de investigación y la fe, que es lo que nos diferencia de los animales. Así nacen las manadas, las piaras, los cardúmenes de seres humanos «robotizados», sin Ideal y sin nobleza, sin pureza y sin ni siquiera instinto de conservación, que marchan en bandadas ciegas hacia un horizonte neblinoso y lleno de peligros que ellos, enloquecidos, no pueden advertir. Las estadísticas y sondeos de opinión les han convencido de que si la moneda se devalúa, es porque se hace más fuerte; que si ganan menos es porque vivirán mejor; que si se asesina a cientos de personas por la espalda es el precio que debemos pagar por la libertad (¿libertad de morir? Esa, ya nos la dio Dios); que si se venden revistas pornográficas es para crear una nueva moral, etc.

Como filósofos acropolitanos, no podemos dejar de alertar sobre este nuevo peligro, que no solo puede enfermar el cuerpo, sino que deforma el alma y conduce a un fatal desfiladero de dolor, ignominia y necesidad.

 

Créditos de las imágenes: Mika Baumeister

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Referencias del artículo

Artículo aparecido en la revista Nueva Acrópolis España n.º 59, en el mes de marzo de 1979

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