Es frecuente oír hablar, entre quienes se dedican al estudio de la Historia, del advenimiento de una nueva Edad Media. Pero también es frecuente que nunca encontremos dos historiadores que entiendan lo mismo cuando se refieren a esta Edad Media. Mientras unos dicen que vendrán tiempos difíciles, tiempos de hundimientos de civilizaciones, de desaparición de los elementos característicos de nuestra cultura, otros veneran el medioevo entrante como la esperanza y solución de todos los males que aquejan a la Humanidad actual. Y nosotros creemos que ambos puntos de vista encierran su parte de verdad.
La denominación de «Edad Media» ya ha certificado su validez por cuanto se ha referido, en el pasado, a una época de transición entre la desaparición del mundo clásico y la aparición de las culturas del Renacimiento. Así, la Edad Media es un intermedio, pero también tiene sus características peculiares. Este intermedio marcó un giro profundo en la Historia; en principio, se dejaron de lado todos los cánones que había señalado el mundo grecorromano, puesto que este mundo había mostrado muy de cerca y a las claras los motivos de su disolución. En cambio, y con esa piadosa falta de memoria que adjudica el tiempo a su paso, se buscaron las viejas fuentes, las más arcaicas, que estaban más allá de Roma, más allá de Grecia, en el fondo mismo de los pueblos que habían surgido a la faz de la Tierra. Y así, en ese refrescarse en las fuentes, hubo un material nuevo y digno que permitió remontarse a la Edad Media hasta dejar de ser un medio: ella dio a luz, en sus postrimerías, a otra forma cultural, el Renacimiento, de raíces netamente grecorromanas una vez más.
Es entonces cuando nos preguntamos: si el medioevo reeditó los valores del mundo preclásico; si el Renacimiento volvió a edificar el mundo clásico, ¿qué clase de extraña espiral intercalada va describiendo la Historia? Si la ley de los ciclos se cumpliese con exactitud matemática, ante el derrumbe del mundo occidental, fruto del Renacimiento, no queda más que vislumbrar una edad intermedia, arraigada en una Edad Media anterior, semejante a otras edades precedentes de iguales características.
Ello equivale, sin duda, a la destrucción de muchos de nuestros conceptos actuales, es cierto. Pero la verdadera Sabiduría entiende que la destrucción tiene un aspecto positivo tan solo cuando sustituye lo destruido por nuevos valores, no solo nuevos, sino aun mejores, para justificar la evolución. De este modo, si bien una nueva Edad Media podría destruir, también es cierto que podría construir sobre la base de la experiencia que el pasado nos brinda.
Cambiar de ropas en verano y en invierno es lógico, pero, en cambio, es de tontos pisotear enojados las ropas invernales que no sirven en verano o las ropas livianas que son innecesarias cuando hace frío. Esto último es olvidar, y el hombre que olvida su pasado —al decir de Cicerón— mal puede aspirar a un futuro.
No olvidemos, pues, que cabe la posibilidad de otra Edad Media y que, sin despreciar todos los cambios y valores que de ella surjan, tampoco debemos denigrar los logros del mundo clásico que dieron nacimiento al hombre de estos siglos, ya que por tantas edades medias de retorno y búsqueda existirán otros tantos renacimientos de floración y fruto.
Créditos de las imágenes: Cristina Gottardi
Si alguna de las imágenes usadas en este artículo están en violación de un derecho de autor, por favor póngase en contacto con nosotros.
¿Qué opinas?