Nuestra etimología ha sido vaciada, sobre todo en los últimos tiempos, de un contenido y de una exactitud. Hoy, las palabras carecen a veces de significado por sí mismas, necesitan ser explicadas; pero, más que ser explicadas, necesitan ser sentidas y necesitan ser vividas.
Estamos en un mundo en donde hay gran cantidad de explicaciones; en donde toda la gente nos explica algo, en donde toda la gente trata de darnos soluciones, y no darnos, realmente, preguntas. Y todos nosotros tenemos necesidad intrínseca, en el aquí y en el ahora, de preguntarnos sobre problemas fundamentales. Problemas tales como aquellos de ¿quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿adónde voy?, ¿qué es este universo que me rodea?
De alguna forma, en todos nosotros se contraponen, y a su vez se armonizan, los ideales del cuerpo y los ideales del alma. Necesitamos tener una comodidad básica para el cuerpo, y necesitamos tener también una “incomodidad” básica espiritual; un inconformismo interior para poder buscar cosas nuevas, para poder cavar en el mundo circundante esas soluciones, ya que estamos cargados de preguntas. Estamos cargados de enigmas, y todo el universo, alrededor nuestro, se nos presenta como un inmenso enigma.
Los hombres de todos los tiempos trataron de dilucidar este problema del cuerpo y este problema del alma. Según los momentos históricos, ha pendulado el interés entre estos dos extremos.
En la más remota Antigüedad los hombres registran siempre, dentro de nuestras investigaciones, una búsqueda no solamente de un perfeccionamiento material, sino también de un perfeccionamiento espiritual.
Desde las viejas escuelas filosóficas de India como la Vaizesika de Kanada, como la Escuela Yoga de Patanjali; desde los remotos tiempos de Sumeria en los cuales se quería ver a través del héroe Gilgamesh y su compañero Enkidu, toda esta serie de aspiraciones del hombre para poder formar en esta tierra un mundo mejor; en la lejana América donde se soñó un hombre emplumado que se llamaba Quetzalcoatl, y que descendió hasta los infiernos para buscar las verdades primeras y traerlas a los hombres… En todas partes, en todo tiempo se quiso saber qué es lo referente al cuerpo y qué es lo referente al alma; si este universo es un simple aparato mecánico, o si tiene “algo” detrás de sí que lo justifique.
Preguntémonos, pues, una vez más, si existen realmente el cuerpo y el alma. Ha habido momentos en la Historia en los que se ha dudado de la existencia real del cuerpo, y, en otros, se ha dudado de la existencia real del alma.
Podemos citar como ejemplo las corrientes habidas en el Extremo Oriente que han negado la existencia del cuerpo. Hoy nos parece algo casi ininteligible el negar la existencia del cuerpo. Mas en India, con la teoría del “maya” o la ilusión, se creía que el cuerpo realmente no existía, puesto que tenía una existencia efímera.
Nosotros, inmersos en este mundo de hoy, estructurado materialmente, si nos consideramos solo como seres materiales, nos parecerá que todo cuanto nos rodea es sólido y compacto. Pero si pudiésemos quedarnos un momento en silencio, recogidos, oiríamos crujir los muebles de la habitación donde nos encontramos, los empapelados, los viejos cuadros… Todo pasa, se va disolviendo en un polvo, todo se va cayendo y destruyéndose. De ese mismo polvo fueron construidas las cosas. ¿Hasta dónde, entonces, tienen existencia real? ¿Hasta dónde existe el cuerpo?, se preguntaban los filósofos antiguos. Y a partir de estos filósofos surgió la teoría del “maya”, de la ilusión, y de que, por lo tanto, de nada sirve aferrarse a las cosas materiales.
Platón, llamado con justicia, el “divino Platón”, nos decía que el hombre que se aferra a una silla de madera, dura tanto como una silla de madera. O sea, el hombre que se aferra a lo pasajero, siente que se desliza y se va con lo pasajero.
Sin embargo, otras corrientes pusieron el acento en la “no existencia del alma y del espíritu”. Son corrientes modernas, son tendencias materialistas que nos dicen y afirman que la única realidad está en los elementos materiales y que lo espiritual nos lo hemos inventado. Es decir, que el hombre, ante una angustia existencial, ante el saber que ha de morir, ante el saber que ha de vivir y luchar con sus semejantes y con el mundo circundante, ha creado a modo de consuelo la idea del alma, la idea, incluso, de algún paraíso en otro mundo, o la idea de una reencarnación o posibilidad de volver a vivir en mejores condiciones.
Cabe preguntarnos sobre estas posiciones que parecen tan antinómicas: unas que desprecian la materia al grado de pensar que es inexistente; y otras que afirman que tan solo existe la materia y que el espíritu no es nada más que una especie de tabú, o un instrumento en manos de un clero que ha querido explotar a los pueblos. ¿Cuál de estas dos es la auténtica? ¿O puede haber alguna otra posición?, porque los filósofos, como la palabra lo indica, tratamos de buscar la verdad. Buscar la verdad donde esté. El verdadero filósofo, aquel que siente en sí la Filosofía, es un hombre activo, es un hombre que busca, es un hombre que no tiene posiciones externas y que las sacrifica honradamente a una búsqueda interior. Es un hombre que respeta todo lo que los demás hombres han dicho y buscado; pero él se pone ante la Naturaleza, ante el mundo circundante, en una posición ingenua, tratando de ver por sí mismo dónde está la verdad.
De ahí que tenemos que tratar de enfocar este tema en la forma más sencilla, simple e ingenua; porque lo que caracteriza al filósofo no es –y esto hay que borrarlo de la mentalidad de la gente– el tener una suerte de palabrería fácil, sino el poder provocar una comunicación directa que nos permita redescubrirnos a todos nosotros como filósofos, porque todos nosotros somos, en algún grado, filósofos.
El materialismo, sobre todo después de la época cartesiana, ha separado por un lado la ciencia, la religión, la política, el arte… Esto ha creado dentro de la Humanidad verdaderas tribus con sus tótems y sus tabúes. O sea, que los literatos se reúnen con los literatos, los militares con los militares, los músicos con los músicos, y son muy pocos hoy los hombres y mujeres que tienen un interés humanista como para poder abarcar varios temas. De ahí que el mundo ha sufrido una explosión desintegradora.
Antes de haber desintegrado el átomo, nos hemos desintegrado a nosotros mismos. Hemos desintegrado a la Humanidad. Hoy estamos lejos los unos de los otros. Así nos va viniendo un cierto “frío” dentro del corazón. Nos invade una sensación de soledad.
Hoy cada cual habla de su propia experiencia, de lo suyo, sin ninguna comunicación humana. Es el “gran monólogo”, sin diálogo, sin interés por las personas que nos rodean, y éstos a la vez, sin interés por nosotros mismos.
Ahora, nos amontonamos pero no nos encontramos realmente. Se encontraban más nuestros abuelos cuando se reunían alrededor del hogar familiar o de una mesa para conversar, que nosotros, que tenemos tantos medios de comunicación pero que solo poseemos una especie de curiosidad por saber qué pasa en el mundo, sin poner calidez ni vivencia.
Estamos inmunizados ante lo que pueda sentir o sufrir el hombre; estamos inmunizados ante lo que pueda sufrir o sentir la Naturaleza.
¿Cuántas veces nos hemos detenido a observar un camino de hormigas en el que van una detrás de otra llevando algo?; y ¿cuántas veces hemos visto las abejas apuradas en libar la miel?; o ¿de qué manera se abre un pimpollo en la primavera? Todo rezuma actividad, todo rezuma una “marcha”, pero, ¿una marcha hacia dónde?, ¿una marcha para qué?
Hagámonos preguntas primordiales: ¿Por qué germinan las semillas? ¿Por qué se mueven los astros en el cielo? ¿Por qué se desplazan los microbios? ¿Por qué corre el viento? ¿Por qué caen las hojas lentamente? ¿Qué es esta Naturaleza que da a algunas semillas alas como las del helicóptero para poder volar en las lejanías y apartarse de la mata principal? ¿Qué es esta Naturaleza que supo poner los elementos respiratorios de las hojas en su parte inferior para que el polvo no les impida la vida? ¿Qué es esta Naturaleza que ha dado color y perfume a las flores para atraer las abejas y así servir a la reproducción de las mismas?
El materialismo ha tratado de explicar esto como una reacción al medio, pero las nuevas investigaciones demuestran que la cosa no es tan simple. Por ejemplo, las investigaciones iniciadas por el batiscafo de Piccard en las profundidades, y luego continuadas por otros, han hallado a miles de metros de profundidad debajo del mar, una suerte de peces que tienen unas fosforescencias y unas luces sobre los ojos que les permiten ver en las tinieblas para lograr sus alimentos o atraer a otros peces.
Existen unas mariposas que, al posarse en las ramas, muestran en sus alas una figura muy semejante a los ojos del búho para espantar a los pájaros. ¿Es que la mariposa, pequeño ser, que no tiene siquiera un sistema nervioso organizado, pudo haber pensado alguna vez en engañar a los pájaros? ¿Es que podemos aceptar que los peces de las tinieblas, completamente primitivos en su forma de ser, puedan por sí mismos haber inventado estos elementos luminosos que atraen a otros peces y les permiten nadar con seguridad? ¿Podemos acaso aceptar que la semilla haya ideado por sí sola esas alas para desplazarse, fenómeno redescubierto hoy con el principio del helicóptero? ¿Aceptaremos acaso que las plantas, carentes de sistema nervioso, y de las cuales solo recientemente se comienza a intuir que pueden tener alguna sensibilidad, hayan enderezado sus hojas de tal manera de que su parte respiratoria esté en la cara inferior de las mismas; o que hayan creado de por sí el fenómeno de la fotosíntesis?
Es obvio que detrás de todas estas cosas, detrás de estos “ideales de cuerpo” que son el poder cazar, el poder comer, el poder sobrevivir, el poder nadar, el poder volar, el poder andar, existe “algo” que los sobrepasa. Existen los ideales de “algo” que está más allá que el cuerpo. A esos ideales los llamamos los ideales del alma. La palabra “alma”, que viene del griego, significa y simboliza el “animar”; es aquello que da vida. Y en verdad, esta palabra es exactísima, o sea, que anima, que da vida, que justifica. Es así entonces que a “ese algo” que ha diseñado las cosas, a ese algo que dio forma a los mundos, lo vamos a llamar “alma”, lo vamos a llamar “espíritu”; alma y espíritu que también tienen que estar en nosotros porque somos parte de la Naturaleza.
Hay entonces ideales del cuerpo, ideales en cuanto a técnicas; pero, ¿para qué?
Para algo que indudablemente está más allá del cuerpo. Es evidente que la Naturaleza es una gran ecónoma; el hombre no inventó la economía. No es necesario que recordemos a Lavoisier ni sus leyes para saber que en la Naturaleza nada se pierde, todo se transforma y que hay ciclos naturales perfectamente pensados.
Todos estos ciclos han sido pensados por una inteligencia universal que ha regido todas las cosas; y si esa inteligencia universal ha ideado y regido el universo del cual nosotros formamos parte, también nos tiene que afectar a nosotros mismos. Nuestro propio cuerpo hoy se moviliza, guarda una determinada temperatura, guarda una forma determinada, porque tiene en su interior algo que lo justifica. La prueba está en que cuando nos morimos ese cuerpo vuelve a las sustancias primordiales que lo integraban, pierde su forma, se descompone, es decir, que pierde aquello que le justificaba en su existencia.
¿Cuál es entonces el ideal del cuerpo? El ideal del cuerpo es el poder manifestar algo que está más allá del cuerpo en sí. El ideal del cuerpo no es un ideal en sí, es un ideal que responde a algo que se esconde más allá del propio cuerpo.
Aquello que es interior, que es previo y posterior al elemento físico es aún más importante que el propio elemento físico, lo que no quiere decir que el cuerpo no tenga importancia. El cuerpo y los ideales del cuerpo tienen importancia pero están supeditados al alma y a los ideales del alma. Los ideales del cuerpo son “número”; los ideales del alma son “calidad”. Aquellos que están con los ideales del cuerpo querrán tener muchos objetos. Aquellos que están con los ideales del alma querrán, en cambio, seleccionarlos para poder tener una satisfacción interior.
Tenemos que entender que nuestro mundo está en crisis. La supervaloración de los elementos materiales nos ha convertido en una suerte de manadas de lobos que se dan mordiscones unos a otros para arrebatarse la presa. Tenemos que entender que en esto de percibir las cualidades del alma, no se nos va solamente un aspecto cultural: se nos va la vida misma. Y no solamente la nuestra, sino también la vida de los seres que amamos, la vida de nuestros hijos, de nuestras madres; la vida de nuestros amigos, de las generaciones que vendrán, de los niños que van a llenar las cunas que todavía están vacías. Se nos va el futuro de la Humanidad.
La Humanidad se ha levantado; la Humanidad ha elevado montañas artificiales; la Humanidad ha secado los ríos y los ha vuelto a construir; la Humanidad ha hecho pantanos, ha cruzado los mares, ha llegado a la Luna y se comunica continente con continente porque tuvo una fuerza espiritual y una fuerza de aventura que la arrancó del lugar cómodo donde se hallaba y la proyectó hacia el enigma, hacia el futuro, hacia aquello que es mejor y desconocido.
Si nosotros perdemos esa fuerza vertical del alma; si nosotros perdemos esa capacidad de poder expresar, a través de los ideales del cuerpo, los ideales del alma, estamos perdidos. Tenemos que robustecer esa parte interior de nosotros. Todo hombre, toda mujer, tienen posibilidades de autodescubrirse a sí mismos. Por lo general, nosotros no utilizamos toda nuestra memoria. Por lo general, no sabemos de dónde proceden determinadas intuiciones que a veces tenemos. Tampoco nos estamos empleando a fondo en cuanto a conocer los misterios de nuestra propia vida y del mundo circundante; el saber de dónde venimos, qué somos, adónde vamos; si es que hemos estado antes en esta Tierra, o si vamos a estar de nuevo; si es que vamos a un mundo más sutil cuando morimos, o si no vamos a ninguna parte.
Estas son preguntas acuciantes en nosotros. Debemos investigar y leer; debemos comparar las diferentes formas religiosas o místicas para saber qué sintieron, con qué vibraron los hombres que sacrificaron sus vidas en inciensos y bondades. Aquellos que nos enseñaron que cuando nos golpean en una mejilla tenemos que poner la otra. Eso es completamente superior a todo instinto humano y a todo instinto animal.
Tenemos también que tratar de nuclear a aquellos que sienten estas cosas, más allá de todas las diferencias de la personalidad, más allá de todas las diferencias de las generaciones y más allá de todas las diferencias de lugar, de espacio y de tiempo. Tenemos que tratar de unir nuestros corazones en una búsqueda y en una interrelación.
¿Es posible que a veces los “mafiosos”, los ladrones nos ganen en capacidad de organización y en posibilidades de concordia? Porque los ladrones se juntan entre sí, y si son tomados presos muchos de ellos no delatan nunca a sus compañeros. Tienen sentido de la lealtad. ¿Es que la lealtad, hoy, está acurrucada entre los ladrones? ¿Es que la capacidad de organización hemos de dejarla tan solo a los tratantes de blancas o a los que trafican drogas?
Los idealistas, los filósofos, los artistas, los científicos, los que queremos un mundo nuevo y mejor, debemos tener esa y más capacidad en nuestra unión y en nuestra relación. Nuestra filosofía acropolitana promueve no solamente esta búsqueda y estas preguntas individuales, sino que promueve también la formación de un nuevo tipo de gente, de un nuevo tipo de pensar que permita crear una ciencia nueva, un arte nuevo, una política nueva, una convivencia nueva.
Y esa nueva convivencia, esa nueva política, esa nueva forma de pensar, ese misticismo general con cualquier nombre o con cualquier forma pero que sea profundo, eso no lo podemos perder de ninguna manera. Debemos tener la tenacidad que tienen las cosas de la materia. Si tomamos una piedra y la soltamos, caerá inexorablemente hacia su madre tierra de la que un día salió. ¿Cómo es que nuestra alma ha perdido la capacidad de caer hacia su padre Dios con la misma naturalidad? Para ser místico, para ser idealista, no hacen falta condiciones muy especiales: hace falta ser natural, encontrarse a sí mismo, poder expresar lo que dentro tenemos.
De ahí que os digo que esta, nuestra nueva acrópolis que os proponemos en una Nueva Acrópolis, es una nueva ciudad alta. Esto no es una secta de religión; esto no es un partido político. Esto es una posición humana para los nuevos seres humanos que quieran vivir realmente en este mundo, que quieran vivir realmente dentro de sí, que quieran pasar las barreras de la muerte, que quieran conocer las cosas; que puedan gozar con las flores, con el agua, con las mariposas; que puedan también gozar con las amistades que le rodean, que puedan encontrar en el fondo de las cunas niños que puedan ser promesas para el mañana; que puedan no lloriquear sobre los ataúdes de los muertos, sino comprender la ley inexorable que nos va llevando a través del tiempo.
Hombres que puedan vibrar y cantar con voz plena frente a las montañas y en los amaneceres… Hombres y mujeres que puedan ir con las manos enlazadas sin temor a la violencia, sin caducidad, ¡que puedan marchar siempre hacia arriba y hacia adelante!
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