Nosotros y la vida

Autor: Delia Steinberg Guzmán

publicado el 10-06-2026

Calidad de vida

Como consecuencia lógica de las exigencias de nuestra civilización tecnológica, fundamentada en la calidad y el rendimiento de sus productos, se han vuelto los ojos finalmente hacia el ser humano, el factor principal de cualquier modelo civilizatorio, tecnológico o no. Con el paso de los años se ha llegado a la conclusión de que la calidad objetiva de la producción material es tanto mejor cuanto mejor se encuentra el hombre-productor. Una vez más, las máquinas solas no pueden realizar una obra acabada; el simple incentivo de tener más bienes o ganar más dinero, no es suficiente para hacer feliz al ser humano. Por ello, se ha puesto de moda mejorar la calidad de vida. En miles de empresas, grandes, pequeñas y medianas de todo el mundo, se han lanzado campañas para elevar la autoestima, la eficacia consciente, el sentido de participación y responsabilidad, el desarrollo de las relaciones humanas y de la correcta comunicación entre unos y otros.

Nosotros y la vida

Todo esto está muy bien, y de hecho se han logrado avances positivos en muchos casos: gente más distendida, más atenta a su trabajo y más conforme con el medio ambiente en el que se desarrolla. Pero creemos que aquí no acaba la cosa. Esta calidad de vida tiene una motivación de partida que no cubre todo el espectro humano; busca una mayor y mejor producción, pero no suele tomar en consideración las otras necesidades inherentes a la condición de estar vivos, de enfrentarse a docenas y docenas de situaciones que no siempre tienen que ver con el trabajo y la productividad. El ser humano requiere, lógicamente, unos medios materiales –más o menos tecnificados– que le permitan subsistir dignamente. Y, sobre todo, que le permitan competir y lograr un sitio en medio de unas sociedades específicas, que miden a la gente por lo que tienen y por el prestigio que alcanzan.

Pero no podemos olvidar que, junto a esa subsistencia material, existen sentimientos no siempre definidos que alegran o torturan –según el caso– a quienes los experimentan; ideas no siempre claras ni resueltas que dificultan una marcha segura, la elección del futuro. Y aún agregaríamos esas otras vivencias, espirituales o metafísicas, que surgen de pronto en la conciencia pidiendo respuestas a los enigmas de siempre.

Para hablar de una auténtica calidad de vida, debemos considerar al hombre en su integridad, y no solo en lo que puede dar y producir. Hay que considerar una educación que, desde los primeros años, atienda el desarrollo psicológico, mental, moral y espiritual de quienes, más adelante, tendrán que dar lo mejor de sí, habiendo llegado primeramente a ser mejores.

En lo psicológico, es importante que cada cual sepa distinguir sus emociones cotidianas y pasajeras, de aquellos sentimientos profundos que pueden y deben alimentarse para que perduren y proporcionen una felicidad estable. Mientras se relacione la calidad de vida con unas experiencias emocionales superficiales y cambiantes, poniendo allí el acento y el interés, no habrá personas seguras de sí mismas ni de quienes tienen a su alrededor. Lo variable puede ser entretenido por un tiempo, pero no lleva el sello de la calidad.

En lo mental, no solo hace falta estudiar, tal y como hoy se entiende esto, porque la realidad nos demuestra con cuánta facilidad se olvida lo que mal se estudia. Hace falta aprender, recordar con inteligencia, sumar experiencias propias y de otros, hacer vital todo aprendizaje para obtener, también a este nivel, calidad de vida.

En lo moral y aunque los ejemplos diarios indiquen lo contrario, es indispensable desarrollar las virtudes latentes en todos los seres humanos. No importa que “no esté de moda” ser bueno, honesto, justo, prudente, cortés, valeroso, generoso, digno; simplemente sin esas y otras características similares, no habrá calidad de vida. Y los hechos lo demuestran.

En lo espiritual, sin caer en fórmulas fanáticas e intransigentes, hay que ofrecer una salida a las inquietudes del alma que quiere saber qué hacemos aquí en el mundo, de dónde venimos y hacia dónde vamos. Sobran enseñanzas y consejos de grandes sabios, lo de ayer y los de hoy, para señalar perspectivas en este sentido. Hay que saber aprovecharlas y dejar de lado la prejuiciosa vanidad de que nadie puede transmitirnos nada válido, y menos si son conceptos que han traspasado el Tiempo desde la Antigüedad.

Verdaderamente, todos queremos calidad de vida. Pero queremos darle a la Vida su verdadero y amplio significado y que la calidad nos haga mejores en todos los aspectos. Entonces seremos más eficaces, más felices, más inteligentes, un poco más sabios y podremos ostentar con orgullo el calificativo de seres humanos.

Triunfar en la vida

La Historia es un extraordinario muestrario donde aparecen, como cristales de colores que varían de tonalidad según la luz, las diferentes ideas que han configurado los estilos de vida del ser humano. Cada período tiene sus parámetros, y en el camino incesante de la búsqueda, los humanos se rigen por esos modelos, tratando de seguirlos y obedecerlos, tanto como no lo harían con ninguna otra idea que proviniese de otra fuente. Lo comúnmente aceptado es ley, y de acuerdo con el transcurso de los tiempos, hay aceptaciones que tienen más fuerza que las leyes.

Así, en todo momento, el éxito ha sido una meta, aunque no siempre se ha considerado al éxito de igual manera. Lo que señalaba el triunfo en un siglo, o en unas décadas atrás, hoy puede bien ser un anhelo desenfocado y pasado de moda, a la par que otras ambiciones han ocupado el lugar de las anteriores. Una sola cosa permanece: el deseo del éxito, la necesidad de triunfar, el hecho de ser aceptados y tomados en consideración por los demás, ajustándose a la ley que hace del conjunto –nosotros y los demás– una masa coherente en la que no se puede sobresalir ni siquiera para encontrar ese éxito por otros derroteros.

Las estadísticas ocupan páginas y páginas en docenas de publicaciones. Está muy claro que, en estos años del final de nuestro siglo, el triunfo está delimitado por el prestigio social, y el poder económico, de los cuales pueden derivar otras formas de poder que a su vez aumentan el prestigio. Cierto es que la investigación, las ciencias, las artes, el conocimiento en general ocupan un lugar, pero cada vez más pequeño. El saber es un bello adorno que, salvo excepciones, viene unido al mencionado prestigio de una sólida posición social avalada por una respetable fortuna económica.

No es de extrañar pues que, los jóvenes sobre todo, enfilen sus aspiraciones hacia esas fórmulas de éxito si quieren verse dentro de las sociedades en las que viven, si no quieren configurar las largas listas de los “marginados”. Hoy el futuro se encara desde esa perspectiva; una vocación debe ir acompañada de un cuestionario indispensable sobre la practicidad de esa vocación en cuanto a poderío y riqueza. Aumenta la lista de carreras que pueden cursarse pensando siempre en la posibilidad de un éxito rápido y fecundo, de una posición social entendida como sólida y duradera.

Pero no es oro todo lo que reluce

Si estas fueran verdaderamente fórmulas para triunfar en la vida, debería haber muchos más seres felices de los que encontramos. A menos que aceptemos que una cosa es el triunfo y otra es la felicidad.

Hay muchísimas personas –si bien son muchísimas más las que no encajan en este marco– que han logrado adaptarse a las exigencias de nuestro momento. Aparentemente lo tienen todo, pero, si embargo, las mismas estadísticas que nos ponen el éxito en las manos, nos demuestra que aumentan progresivamente los estados de psicosis, de depresión, de angustia, de insatisfacción, de soledad, de agresividad, de hastío, de corrupción, y otras muchas situaciones psicológicas que conforman el cuadro general del «stress».

¿Deberemos pensar entonces que esas personas no han triunfado? ¿O que su triunfo no es total, que no llena todas sus vidas? ¿Que es un luchar constantemente para no llegar jamás a ningún puerto?

¿Deberemos tal vez plantearnos otros estilos de triunfo que, si bien no se avienen a las modalidades aceptadas, pueden llegar a ser más efectivos?

Nos inclinamos, sin duda alguna, por la segunda pregunta y por las respuestas que ella conlleva.

Una de las cuestiones que más nos preocupa a todos, es la falibilidad de las cosas que conseguimos, lo poco que dura lo que creíamos perdurable, lo poco que se mantiene lo que suponíamos inamovible. Con el éxito pasa precisamente eso: necesitamos un éxito que, aunque pequeño, no se desvanezca de inmediato, que nos deje al menos una dosis de satisfacción y de paz. Proponemos, pues, unas sencillas claves para lograr, en los más variados terrenos, un triunfo más humano, más estable, más acorde con nuestros sueños y aspiraciones.

Es evidente que no basta con soñar para convertirse en un triunfador. Hay que actuar, hay que saber desarrollar una sana actividad fundamentada en la voluntad. No actuar porque sí, sino eligiendo las mejores y más adecuadas acciones.

El viejo consejo de conocerse a sí mismo no ha perdido actualidad; mal podemos enfocar un trabajo provechoso si no sabemos quiénes somos, cuáles son nuestras habilidades y posibilidades. Y una vez que las conocemos, hay que entrenarse en ellas de modo de ejercer alguna actividad útil a nosotros mismos y a los demás.

Hacer bien todos los trabajos que emprendamos, no solamente por el premio que podamos recibir sino por la satisfacción de comprobar nuestra propia eficacia. Saber conformarse con lo que vamos obteniendo y, al mismo tiempo, no conformarse jamás, buscando siempre una cota más alta de rendimiento.

No dejarse aplastar nunca por los problemas por difíciles que nos parezcan. Al contrario, esforzar la imaginación para buscar salidas y soluciones. Concebir las dificultades como pruebas para nuestra inteligencia y nuestra voluntad. Y en el peor de los casos, convertir los fracasos en nuevas oportunidades para volver a empezar.

Saber aprovechar las oportunidades. La vida está llena de oportunidades, pero si vamos con los ojos cerrados, no las vamos a descubrir. Si nos encerrarnos en nuestros conflictos y los rumiamos constantemente, perdemos energías y no salimos de ese círculo vicioso, despreciando las mil puertas que el pretendido laberinto nos estaba ofreciendo.

Ensayarse continuamente en amar, que es la mejor forma de comprender a los demás. Ayudar alegre y generosamente a los otros, que es la mejor forma de sentirse a gusto con uno mismo.

Buscar el sentido de la Vida y tratar de encontrar el sentido de nuestra propia vida. Nada sucede porque sí, y las respuestas se ofrecen se ofrecen solamente al que las persigue con espíritu de sabiduría, con el valor del que da por segura la conquista.

Mejorar a diario todo lo que hacemos; mejorar sin desmayo todo lo que nos rodea. Poner belleza en todos los rincones; poner luz en todos los sitios –externos e internos– en los que estamos.

Quien logre aplicar estas pocas llaves, será una persona segura de sí misma, una persona satisfecha en la medida en que la satisfacción es alimento de los humanos. Quien pueda hacerse con estos logros es realmente un triunfador. Y aunque nadie lo confiese porque la moda no lo permite, a todos les gustaría alcanzar este estilo de éxito.

Si fuésemos muchos los que trabajásemos así, hasta valdría la pena hacer moda de esta particular manera de triunfar en la vida.

 

Créditos de las imágenes: Benjamin Davies

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Referencias del artículo

Publicado en la Revista Nueva Acrópolis núm. 244, en enero de 1996.

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