Dos piadosos judíos estaban discutiendo sobre las excelencias de sus respectivos rabinos. Uno de ellos argumentaba de esta manera:
—Dios conversa con nuestro rabino todos los viernes.
—¿Cómo lo sabes? —pregunta el otro.
—El propio rabino nos lo ha dicho.
—¿Y cómo sabes que no miente?
—¿Cómo iba a mentir un hombre con el que Dios habla todos los viernes?
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