Simbolismo de… la puerta

Autor: M.A. Carrillo de Albornoz y M.A. Fernández

publicado el 25-03-2019

Es umbral, tránsito, pero también está ligada simbólicamente a la idea de casa, patria o mundo que abandonamos y a los que volvemos pasando siempre a través de ella. La puerta es un símbolo femenino en el sentido de apertura, de invitación a penetrar en el misterio, lo opuesto al muro, que sería lo masculino. En el ritual cristiano, “Janua coeli”, puerta del cielo, es una de las advocaciones en las letanías de la Virgen que evoca este simbolismo de lo femenino. Existe una relación entre la función simbólica de la puerta como posibilidad visible y externa que permite el paso hacia el interior, y el centro, lo más profundo e invisible que da sentido a todo el conjunto. De ahí que entre la puerta del templo y el altar, situado en el Sancta Sanctorum, exista la misma relación que entre la circunferencia y su centro pues, aún siendo los elementos más alejados, son, de alguna manera, los más próximos, ya que se determinan mutuamente y se reflejan. Esto se advierte en la decoración arquitectónica de las catedrales, en las que, con frecuencia, la portada es semejante al retablo del altar mayor.

Nueva Acr-opolis - Símbolo PuertaEn el arte medieval europeo era muy frecuente poner adosada en las puertas principales la cabeza de un monstruo de cuya boca pendía un anillo que el animal sujetaba entre sus dientes, símbolo de la “puerta estrecha” o de las pruebas para entrar en los misterios, en los que, como es bien sabido, para penetrar había que superar difíciles pruebas. Quizá el dicho común de “pasar por el aro”, provenga de esta costumbre que aún se conserva hoy día. En China, este monstruo es el “Tao-tie” de la época de los Han, una máscara con fauces de bestia carnicera, especie de ogro devorador que destruye y se traga las formas materiales y era como el guardián de la puerta, al igual que el “Kâla-mukha” en la India. Todavía hoy, podemos ver estas “aldabas” para llamar en muchas de las puertas de nuestras casas.

Jano, el dios de doble faz de los romanos, era el Guardián de las Puertas en la antigua Roma. Sus insignias son la llave y la varita que le sirve para apartar todo lo que no debe penetrar por la puerta. Su templo, situado en el Foro, tenía las puertas abiertas durante las épocas de guerra y en los tiempos de paz se cerraban.

En la antigua Escandinavia, los exiliados se llevaban las puertas de sus casas, o, en otros casos, las lanzaban al mar y abordaban en el lugar donde las puertas encallaban, viendo en este símbolo la mano del destino que los había querido llevar hasta allí. Así cuentan que se fundó la capital de Islandia, Reykjavik, en el 874.

Créditos de las imágenes: Mark Boss

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