El Aire es uno de los cuatro elementos –junto con la Tierra, el Agua y el Fuego– según las cosmogonías tradicionales de Oriente y Occidente. Aristóteles los llamaba “principios incorpóreos conectados con las cuatro grandes divisiones de nuestro mundo cósmico”, y los cuatro simbolizan los principios del mundo manifestado que podemos percibir en esta vida. La ciencia oculta reconoce la existencia de hasta siete elementos cósmicos: cuatro de ellos enteramente físicos (los que ya conocemos), un quinto (Éter) semimaterial y otros dos, más sutiles, de los que nada sabemos todavía.
Estos siete elementos, con sus innumerables sub-elementos son, según afirma HPB en su Glosario Teosófico, “…aspectos y modificaciones condicionales del solo y único Elemento original de todos ellos, y en cuya raíz está la Divinidad (…) Cada uno de los cinco elementos en la actualidad conocidos está relacionado con su correspondiente orden de elementales (salamandras, silfos, etc.) y su divinidad respectiva (Indra, Agni, Varuna, etc.)”. Los cabalistas denominan gnomos a los elementales de la Tierra, ondinas a las del Agua, silfos a los del Aire, y salamandras a los del Fuego.
Algunas cosmogonías proponen al Fuego como origen de todas las cosas pero es más generalizada la creencia de que fue el Aire el elemento de partida. Para el filósofo presocrático Anaxímenes de Mileto, el Aire es el principio y esencia de todas las cosas. Su concentración produce una ignición de la que derivan todas las formas de vida; está presente en la mayoría de las religiones y en sus rituales, en la filosofía esotérica, en la alquimia y en la astrología.
Cada elemento tiene un significado simbólico y a cada uno de ellos se le atribuyen sus propias características. El Agua se identifica con lo femenino, la adaptabilidad, la intuición y la emoción; la Tierra se asocia con la estabilidad, la solidez y la solidaridad; el Fuego con la energía vital, el intelecto y la lógica, y al Aire lo identificamos con la flexibilidad, la comunicación y el pensamiento que viaja con la rapidez del viento transportando las ideas entre los seres humanos y permitiéndoles dialogar con los dioses.
Así como el Aire y el Fuego se consideran elementos activos y masculinos, la Tierra y el Agua son conocidos como pasivos y femeninos. En la mitología griega, el Aire fue considerado como un dios bienhechor, esposo de la Luna y padre del rocío; al estar entre el cielo y la tierra, representa el mundo sutil existente entre ambos y es un símbolo de espiritualización. Asociado con el hálito vital, con la tempestad y con el espacio atmosférico, posee en general un simbolismo activo y creador.
El Aire es el segundo elemento después del Fuego y, con el Agua, puede ser caliente y húmedo como ellos, por eso está en medio de ambos. Los signos zodiacales relacionados con él son Géminis, Libra y Acuario. El Aire simboliza también el elemento espiritual relacionado con la respiración y la vida animada en el mundo. En muchas tradiciones, especialmente en la islámica, se asocia a la pronunciación del nombre de Dios y al canto de los pájaros. Para los chinos, el aire es el aliento necesario para la comunicación entre los dioses y los hombres, y en la tradición alquímica el Aire se representa como un triángulo con el vértice hacia arriba y una línea divisoria en medio, lo que simboliza la parte volátil de la Gran Obra.
Entre los animales, son las aves las que se asocian al elemento aire, simbolizando la flexibilidad y la libertad que, gracias a sus alas, les permite volar por todos los espacios y establecer comunicaciones entre el cielo y la tierra. Se suele representar por un águila planeando majestuosa sobre las nubes. Entre los colores, al Aire le corresponde el azul, el gris y el plateado.
Créditos de las imágenes: Kurt Cotoaga
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